Conocí a mi marido en la Universidad Complutense de Madrid. Ambos teníamos veinte años por aquel entonces y éramos estudiantes llenos de sueños y esperanzas.
Él me llamó la atención desde el primer momento: destacaba por su fortaleza, su inteligencia y, lo más importante, por su generosidad. Al principio fuimos solo amigos, pero no tardé en darme cuenta de que mis sentimientos por él eran mucho más profundos.
A los pocos meses, nos convertimos en pareja. Sigo recordando con una ternura inexplicable aquellos años dorados de universidad; estoy convencida de que fueron los más felices de mi vida.
Un año después, Marcos me pidió matrimonio y nos casamos sin demasiados recursos. No podíamos permitirnos un gran banquete, así que celebramos aquel día tan especial rodeados únicamente de nuestros familiares más cercanos y algunos amigos fieles.
Ya en el segundo año, Marcos comenzó a trabajar. Al principio vivíamos en una residencia de estudiantes. Tener nuestra propia vivienda nos parecía un sueño, pero estábamos seguros de que tarde o temprano lo alcanzaríamos. Así ocurrió: cuando falleció mi abuela materna, heredé 100.000 euros y Marcos también reunió algunos ahorros. Con aquella suma dimos la entrada para pedir una hipoteca de un piso de dos habitaciones en Vallecas, ya que soñábamos con aumentar la familia en breve.
Nuestro matrimonio duró diez años, aunque no tuvimos hijos. Hace unos años, Marcos tuvo un grave problema laboral: la empresa en la que trabajaba pasó por una crisis y, de forma injusta, el dueño responsabilizó a mi marido que era jefe de contabilidad de las deudas y los errores administrativos. Terminó en un juicio y, pese a nuestra lucha, a abogar y buscar letrados, la documentación fue manipulada hasta el punto que Marcos acabó condenado a cuatro años de prisión.
Luché con todas mis fuerzas por él, por devolverle la libertad o al menos un poco de dignidad; sin embargo, la realidad fue más dura de lo que hubiese imaginado y, al poco tiempo, me descubrí a mí misma necesitándo apoyo a mi vez
Fue entonces cuando la madre de Marcos se presentó en nuestra casa. Recuerdo la forma en la que me miró, fría y distante, para anunciarme que ya no podía quedarme allí. Me acusó de ser la culpable de todo lo que le había ocurrido a su hijo, asegurando que el piso era solo de Marcos porque lo había pagado él y que yo no tenía ningún derecho. Me quedé sin palabras; jamás pensé que mi suegra pudiese ser así de despiadada.
Después descubrí la razón oculta: antes del proceso judicial, Marcos le había dado un poder notarial a su madre para representarle, y con ese documento, ella gestionó un extracto bancario en el que figuraba que todas las cuotas de la hipoteca se habían pagado solo desde la cuenta de Marcos. Según ella, esos papeles bastan para que el juez sentencie que yo nunca colaboré en la compra del piso.
Ahora mismo me siento perdida y confusa, sin saber hacia dónde dirigirme ni qué hacer con mi vida.







