La llave del 13
Llamó temprano, con esa voz que disimula lo importante:
¿Te pasas por aquí? Tengo que subir la bicicleta y no quiero apañármelas solo.
Las palabras te pasas y no quiero juntas resultaban extrañas. Su padre solía decir hay que hacerlo y yo lo hago. El hijo, ya con canas en las sienes, se sorprendió buscando entre líneas una trampa, igual que antaño. Pero no, solo era un ruego sencillo, y eso lo dejó incómodo.
Llegó a la hora de la comida, subió al tercer piso y se detuvo en el rellano, peleando un poco con la llave en la cerradura. La puerta se abrió enseguida, como si su padre hubiera estado esperando tras ella.
Pasa. Quítate los zapatos dijo el padre, haciéndose a un lado.
El recibidor estaba como siempre: la alfombrilla, la cómoda, los periódicos apilados con esmero. Su padre no parecía distinto, pero los hombros lucían más finos y, al remangarse, las manos le temblaron apenas un instante.
¿Dónde está la bici? preguntó el hijo, evitando así otras preguntas.
En el balcón. La puse ahí para que no estorbase. Pensé arreglarla yo, pero su padre hizo un gesto vago y fue delante.
El balcón, frío y acristalado, lleno de cajas y botes, guardaba la bicicleta junto al muro, tapada con una sábana vieja. Su padre la destapó con sumo cuidado, como si revelara algo importante, y pasó la mano por el cuadro.
Es la tuya dijo. ¿Te acuerdas? Te la compramos por tu cumpleaños.
Claro que se acordaba. Recodaba aquella sensación de libertad por el barrio, las caídas, cómo su padre, en silencio, lo levantaba, sacudía la arena de sus pantalones y revisaba la cadena. Nunca le felicitaba, pero lo miraba todo con el respeto de quien responde por las cosas.
Tiene las ruedas bajas apuntó el hijo.
Eso no importa tanto. La maza cruje y el freno trasero no frena. Ayer le di un par de vueltas y el corazón casi se me para dijo el padre, sonriendo fugazmente.
Llevaron la bici al salón, donde el padre tenía su taller: no era una habitación, solo un rincón junto a la ventana con una mesa, una lámpara, una alfombra y una caja de herramientas. En la pared colgaban las tenazas, destornilladores, llaves ordenadas. El hijo tomó nota de ello como siempre lo hacía: su padre mantenía el orden donde podía.
¿Me pasas la llave del trece? preguntó el padre.
El hijo abrió la caja. Las llaves estaban alineadas, pero la del trece no aparecía en su sitio.
Aquí hay una de doce, otra de catorce la del trece no está.
El padre frunció el ceño.
¿Cómo que no? Si siempre calló, como si la palabra siempre doliera.
El hijo empezó a rebuscar entre las herramientas, abrió el cajón de la mesa. Allí, entre tuercas, arandelas, cinta aislante y un poco de lija, la llave apareció bajo un paquete de guantes de goma.
Aquí está.
El padre la tomó, evaluando su peso.
La debí de dejar ahí yo. La memoria bromeó, con una pequeña risa seca. Bueno, tráeme la bici.
El hijo tumbó la bicicleta sobre un trapo y el padre se agachó despacio, con delicadeza, como si sus rodillas temieran fallarle. El hijo fingió no verlo.
Primero quitamos la rueda dijo el padre. Tú sujétala, yo me encargo de las tuercas.
Puso la llave y trató de girarla. Le costó, frunció los labios con esfuerzo. El hijo cogió la llave, lo ayudó y la tuerca cedió.
Puedo solo gruñó el padre.
Solo te ayudo
Ya, sujeta fuerte, que no se menee.
Trabajaron en silencio, usando palabras breves: aguanta, tira ahí, más despacio con la arandela. Y el hijo pensó que le resultaba más fácil así: entre herramientas, las palabras no esconden nada.
Dejaron la rueda en el suelo. El padre buscó el hinchador, comprobó la goma. Era viejo, de madera gastada.
La cámara estará bien, solo reseca pronosticó el padre.
El hijo estuvo por preguntarle cómo lo sabía, pero se calló. Su padre siempre afirmaba con seguridad, incluso cuando dudaba.
Mientras el padre hinchaba, el hijo revisaba el freno. Las zapatas estaban gastadas y el cable, oxidado.
El cable hay que cambiarlo dijo.
Cable el padre se detuvo y se limpió la mano en el pantalón. Por ahí tengo uno de repuesto.
Rebuscó en el armario bajo la mesa, sacó cajas una tras otra. Cada bolsa traía una nota escrita a mano. El hijo lo observaba y veía en ese gesto no solo orden, sino la necesidad de controlar el tiempo: si todo está clasificado, nada puede escapar.
No lo encuentro el padre cerró la caja con fastidio.
¿Y en el trastero? sugirió el hijo.
En el trastero tengo un follón su padre lo dijo como confesando un pecado.
El hijo sonrió:
¿Tú? ¿Desorden? Eso sí que es novedad.
El padre le lanzó una mirada severa, pero como agradeciéndole la broma.
Ve a mirar, a ver si aparece. Yo acabo esto.
El trastero, pequeño, atestado de bolsas y cajas. Al encender la luz, el hijo apartó algunos paquetes. En la balda de arriba encontró la madeja de cable envuelta en El País.
¡Lo tengo! gritó.
Ves, si ya lo dije.
El padre tomó el cable, lo giró examinando los extremos.
Está bien. Faltan los terminales.
Rebuscó y halló los capuchoncitos metálicos.
Vamos a desmontar el freno dijo.
El hijo sujetó el cuadro mientras su padre aflojaba los tornillos. Los dedos de su padre estaban secos, agrietados, las uñas cortas. Recordaba cuando de niño aquellas manos le parecían tan seguras e invencibles. Ahora la fuerza era otra: tenaz, sobria.
¿Por qué me miras así? preguntó el padre, sin levantar la vista.
Nada, pensaba cómo te acuerdas de todo.
El padre bufó.
Me acuerdo, pero a veces no sé ni dónde guardo las cosas. ¿Hace gracia, eh?
El hijo iba a decir que no, pero entendió que su padre no hablaba de humor, sino de miedo.
A mí también me pasa.
El padre asintió, tomando aquello como permiso para ser humano.
Al desmontar el freno faltaba un muelle. El padre miró el hueco en silencio, luego alzó la mirada.
Igual ayer lo perdí toqueteando. Busqué por aquí y nada.
Vamos a mirar otra vez respondió el hijo.
Se arrodillaron y palparon el suelo, mirando bajo la mesa. El muelle apareció junto al zócalo, pegado a la pata de una silla.
Aquí está.
El padre lo cogió, lo examinó de cerca.
Menos mal. Ya pensaba no terminó.
El hijo supo que ese pensaba que ya no sirvo no se llegó a decir.
¿Quieres un té? preguntó el padre seco, como si la infusión tapase el silencio.
Vale.
En la cocina, puso el hervidor y sacó dos tazas. El hijo se sentó a la mesa, observando a su padre moverse entre la encimera y el armario. Sus movimientos, familiares pero lentos. Sirvió el té, puso una bandeja de galletas.
Anda, come algo. Estás más delgado.
El hijo iba a decir que era por el abrigo, pero guardó silencio. En esas palabras estaba todo el cariño que su padre sabía dar.
¿Qué tal en el trabajo? preguntó el padre.
Bien. Han cerrado un proyecto y ahora tengo otro.
Que paguen a tiempo, eso es lo importante.
El hijo sonrió.
Siempre pensando en el dinero.
¿Y en qué quieres que piense? ¿En lo sentimental? el padre lo miró muy serio.
El hijo notó un nudo dentro. No esperaba oír esa palabra de él.
No sé confesó.
El padre se quedó pensativo y tomó la taza con ambas manos.
Mira dijo, dudando. A veces pienso que vienes aquí solo por cumplir. Como si fuera un trámite.
El hijo dejó la taza. El té quemaba, pero no apartó la mano.
¿Tú crees que me cuesta poco venir? Aquí todo es como volver a ser niño. Y tú siempre sabes más.
El padre esbozó una sonrisa sincera.
Es la costumbre, creer que sé más.
Y nunca has preguntado qué tal estoy. De verdad.
El padre miró su taza, como buscando respuestas en el fondo.
Me daba miedo preguntar. Si preguntas, hay que escuchar. Y yo levantó la vista. Nunca he sabido hacerlo bien.
El hijo sintió alivio. No era ni perdón ni excusa. Solo la verdad sencilla de no saber.
Yo tampoco sé.
El padre asintió.
Pues toca aprender. Con la bici de por medio, mira tú bromeó, entre ironía y ternura.
Terminaron el té y volvieron al salón. La bicicleta yacía en el suelo, la rueda aparte, el cable preparado. El padre se dispuso a terminar el trabajo con renovado tesón.
Venga. Tú pasa el cable y yo ajusto las zapatas.
El hijo pasó el cable y lo fijó. Sus manos eran menos hábiles que las de su padre y eso le frustró. El padre lo notó.
No corras. Aquí importa la paciencia, no la fuerza.
El hijo lo miró.
¿Me lo dices por la bici?
Por todo y el padre giró la cabeza, como si se hubiera dejado llevar.
Ajustaron las piezas, apretaron tornillos. El padre accionó el freno varias veces. Probó el tacto.
Mucho mejor.
El hijo infló la rueda hasta el tope; la cámara aguantaba. Colocaron la rueda y la fijaron. El padre pidió la llave del trece, el hijo se la pasó. La herramienta encajó perfectamente en esa mano conocida.
Listo sentenció el padre. Vamos a probar.
Bajaron la bicicleta al portal. El padre la sujetaba por el manillar; el hijo caminaba junto a él. La vecina los saludó con su bolsa de la compra.
Súbete, da una vuelta indicó su padre.
¿Yo?
Claro. Ya no hago equilibrios como antes.
El hijo se sentó en el sillín. Como siempre, el asiento bajo, las rodillas a la altura del pecho. Dio un par de vueltas junto a los setos y frenó. La bicicleta respondió.
Funciona.
El padre empujó la bicicleta, rodando un poco, sin montar de verdad. Se detuvo, apoyando el pie en el suelo.
Mereció la pena.
El hijo lo entendió: no hablaba solo de la bici, sino de haberlo llamado.
Llévate tú el juego de herramientas dijo el padre de pronto, señalando los utensilios. A mí me sobran, te serán útiles. Ya haces todo solo.
El hijo iba a protestar, pero comprendió que ese era el lenguaje de su padre: no te quiero, sino que no te falte.
Vale, lo guardo. Pero la llave del trece queda contigo. Es la principal.
El padre sonrió.
Esta vez no se me pierde.
Subieron de nuevo a casa. En el recibidor, el hijo cogió la chaqueta. El padre no tenía prisa en despedirlo.
¿Pasarás la semana que viene? preguntó, fingiendo indiferencia. Tengo que engrasar la puerta del altillo. Ya no tengo las manos de antes.
Lo dijo sin justificación, solo como una invitación.
Claro que sí. Avísame antes, para no venir a lo loco.
El padre asintió y, antes de cerrar la puerta, dijo casi en susurro:
Gracias por venir.
El hijo bajó las escaleras con las herramientas en una tela. Pesaban, pero no agobiaban. En la calle echó un vistazo a las ventanas del tercero. Vio la cortina moverse apenas, como si su padre lo espiara. No saludó con la mano. Solo siguió andando hacia el coche, sabiendo que ahora podía volver, no solo para algo, sino por lo realmente importante, aquello que al fin los dos aceptaban.







