Mi esposo y yo dejamos nuestro piso en Madrid a nuestro hijo y nos mudamos al pueblo. Él se fue a vivir con su suegra y puso en alquiler nuestro piso.

Mira, te cuento lo que nos ha pasado a mí y a mi marido, Alfonso. Hace un tiempo, dejamos el piso de nuestro hijo en Madrid y nos fuimos a vivir al campo, a las afueras de Segovia. Él se mudó con su suegra a un piso grande en Salamanca y alquiló el nuestro.

Alfonso y yo nos casamos cuando teníamos veintitrés. Ya estaba embarazada de nuestra hija en el momento de la boda, para qué te voy a engañar. Ambos estudiamos en la Universidad Complutense, en Magisterio. Ninguno veníamos de familia pudiente, ni padres ni tíos ricos, así que todo lo que conseguimos fue a base de trabajar mucho.

Empezamos a currar pronto. Desde casi recién nacida, nuestra hija comía biberón. Entre que estaba hecha polvo por el trabajo y que apenas tenía tiempo ni para comer bien, no tenía leche. Con once meses, la llevamos a la guardería. Allí aprendió a comer sola, a ir al orinal sin problemas y a dormir sin que la tuviéramos en brazos todo el día. Porque tanto Alfonso como yo teníamos que estar al pie del cañón, claro.

Primero, alquilamos un estudio; luego, nos fuimos a un piso de una habitación, y tras ahorrar un poco, compramos uno de dos habitaciones. Y también, siendo de pueblo, soñábamos con tener nuestro trozo de tierra, así que hace unos años compramos una parcela cerca de Pedraza. Alfonso construyó con sus propias manos una casita de dos habitaciones, ladrillo a ladrillo. Pusimos una estufa, nivelamos el terreno y compramos muebles sencillos pero dignos.

Y la verdad es que estábamos bien. Por fin nos podíamos permitir disfrutar un poco. Tenemos 46 años y sentíamos que empezábamos a vivir para nosotros. Pero claro la sangre tira. Nuestra hija, con 23, decidió casarse también. La nuera, Laura, viene de una de esas familias adineradas de Valladolid. Ella y nuestra hija estudiaron Derecho juntas. Se les metió en la cabeza casarse.

Y ahí empezó el circo. Que querían un restaurante caro, limusina, luna de miel por Tailandia y, cómo no, un piso independiente.

Desde que nació nuestra hija siempre tuve la impresión de que no le dábamos suficiente cariño. A la guardería enseguida, al colegio antes de lo habitual Siempre estábamos liados con los alumnos de otros, como pasa mucho entre profes. A nuestra niña la veíamos menos de lo que hubiéramos querido. Los abuelos vivían lejos, en Cáceres, así que la cría creció un poco sola. Eso sí, intentábamos compensarla: juguetes caros, sillones nuevos, ropa buena, la universidad privada, un coche a los 18

Ahora decidimos ayudarles también con su nueva vida. Todo el dinero que habíamos ahorrado se fue para la boda. Alfonso y yo lo hablamos y le regalamos nuestro piso. Pensamos: que no pase las estrecheces que pasamos nosotros. Los padres de Laura también pusieron dinero, pero todo para ella: abrigos de piel, joyas, muebles de lujo. Ellos tienen un casoplón en la sierra, con tres plantas, coches de alta gama y todo eso.

Poco a poco, nuestra hija empezó a distanciarse. Al poco solo venía una vez al mes, y hasta dejó de llamarnos. El tío de Laura le encontró trabajo en una empresa buena.

Y mira por dónde, un día, en el mercado, nos cruzamos con una vecina y nos cuenta que nuestra hija y Laura no llevaban tiempo viviendo en nuestro piso. Que vivían desde hacía meses en casa de la madre de Laura, y que nuestro piso estaba alquilado. Alfonso se puso malo al instante. Yo intenté calmarle. Llamé a nuestra hija y me contestó de mala gana, diciéndome que el piso fue un regalo nuestro. Que siempre habíamos sido unos pobres y que ella había sido la pringada de la familia. Que nosotros, siendo simples profesores, le habíamos hecho sentir que era una aprovechada viviendo en casa de su suegra, cuando podía tener una vida mejor. Nos echó en cara dárselo todo hecho, como si hubiéramos cometido un gran error.

Alfonso y yo decidimos que esto no podía seguir así. Consultamos con un abogado. Nos explicó que como no habíamos formalizado la donación, legalmente, el piso seguía siendo nuestro; solo el propietario puede alquilar el piso por ley.

Al final, decidimos no denunciar a nuestra hija, dejamos a los inquilinos un mes más, hablamos con ellos, fueron súper comprensivos y se marcharon a su debido tiempo. Así que volvimos nosotros al piso. Pero aún seguimos sin apenas relación con nuestra hija. Alfonso está herido, yo también, para qué negarlo. Quizá con el tiempo lo superemos y las cosas mejoren pero de momento, así están.

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Mi esposo y yo dejamos nuestro piso en Madrid a nuestro hijo y nos mudamos al pueblo. Él se fue a vivir con su suegra y puso en alquiler nuestro piso.