¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me escapé de casa, empecé a construir mi vida, ¡y habéis vuelto para lo mismo de siempre! – Zina, mujer, ¡no te agobies tanto! Sé que en el pueblo, a ti que eres de ciudad, te costará adaptarte, pero yo te echo una mano – le prometía Dimas a su chica – ¡Sé cómo va esto, me las apaño solo! Sólo quédate conmigo. La joven estaba hecha un lío. ¿Por qué me habré enamorado de un chico de pueblo? ¡Y encima de esa manera, hasta temblar de nervios! Ella ya tiene veintiocho años y una carrera exitosa, y Dimas, de treinta, tiene mucha familia y su propia casa en una aldea muy cerca de la ciudad. Se conocieron en el Parque de Atracciones del Retiro, donde Dimas acabó de casualidad mientras su madre hacía compras, y Zina fue arrastrada por sus amigas. Intercambiaron números y empezaron a hablar. Dimas se esforzaba por sorprenderla, iba a visitarla a Madrid, era atento y cariñoso, y Zina acabó cayendo rendida. Además, a diferencia de otros conocidos, él era sincero, abierto y muy buena persona. Poco después, el chico le pidió matrimonio y ella aceptó. – Bueno, hija, inténtalo. Dimas es un buen chaval, trabajador y con buen fondo – consintió la madre de Zina – Si no sale bien, siempre puedes volver a casa, a la capital. A Zina no le faltaban oportunidades. Podía teletrabajar y ahora en su empresa eso estaba bien visto. Además, ya no tenía dieciocho años, y en el pueblo dicen que el aire es más puro. Sólo que… – Dimas, ¿pero yo, en qué plan voy para allá? – le preguntó Zina. – En plan de prometida. Y dentro de un año celebramos la boda y nos vamos de viaje. Para entonces habré ahorrado lo suficiente, ni tendremos que pensar en el dinero – contestó, algo avergonzado, el chico. – Ya sé que tú estás acostumbrada a lo mejor. Todo parecía perfecto, pero a Zina algo la inquietaba. No sabía qué, así que decidió lanzarse y probar suerte. Así que, cogiendo una semana de vacaciones y una maleta bien grande, cerró su pequeño piso de dos habitaciones al que tanto esfuerzo le había dedicado, y se fue en su Seat Ibiza al pueblo, donde la esperaba Dimas. El primer día allí le gustó. Era un verano tórrido, así que los dos regaron juntos el huerto y prepararon la cena entre risas. Enseguida terminaron las tareas cuando lo hacían en equipo. – ¡Cariño, que vienen mis padres a vernos! – avisó Dimas al llegar antes de lo habitual del trabajo el viernes. – ¿Por qué? – preguntó, un poco asustada, Zina. – Para conocerte y echarnos una mano. Además, vienen mi hermano y su mujer – el chico paseaba inquieto por el salón. – ¿Mucho tiempo? – preguntó Zina, alarmada. – Espero que no… ¡Pero no te rallles! Entre los dos podemos con todo – aseguró Dimas, mirándola con cariño. Tras esas palabras, a Zina le costaba más estar tranquila. – No te preocupes, hija. Considera esto una prueba. Si no la pasas, te vuelves. Lo importante es que tienes donde ir – le dijo su madre, riéndose – Tú haz lo que te salga. Si no les gusta, se acostumbrarán. Y si no, que lidiar con ello te toque a ti, Dimas. “¿Y, oye, por qué me rallo yo tanto?… Si todavía ni siquiera soy su mujer”, pensó para sí Zina. ¿No me morderán, no? Cuando terminaba de poner la mesa, oyó llegar un coche. – ¡Ya están aquí! – anunció Dimas entrando en la cocina. Salieron a recibirlos. – ¡Vaya, así que tú eres la futura nuera! – exclamó una señora robusta, vestida con un vestido ancho y elegante, con el pelo recogido y unas pestañas tan negras que parecía imposible fuesen naturales, mientras abrazaba a Dimas. El padre, tan corpulento como ella, saludó a su hijo y asintió a Zina. El hermano mayor se presentó de broma y con buen rollo, pero su cuñada, una rubia de pueblo con pinta saludable, apenas saludó a Zina y dirigió la mirada a su marido: – ¿Qué miras tanto? ¡Venga, ayúdame! – Y fue al coche por las maletas. Zina los invitó a pasar y pensó que, en la mesa, quizá se relajasen todos un poco. Porque cocinar, eso sí, ella sabía. – ¡Menuda mesa habéis puesto! Así da gusto – aprobó María Milagros, la suegra. Pedro, el padre, asintió satisfecho. – ¿Y esto qué es? ¿Pollo? ¡Pero quién cocina así! – gruñó la cuñada Elena, removiendo el plato con desdén – Estas modernidades… luego no hay quien se trague esto. – Pues a mí me encanta, está buenísimo – protestó Vlad, el hermano, mirando feo a su mujer. – Claro, tú sólo quieres llenar el buche, da igual lo que te den – bufó ella, dejando el tenedor con gesto indignado. Dimas miró a Zina con cara de disculpa. – Elena, ten un poco de respeto. Y deja de mostrar tanto la envidia. Zina se ha esforzado mucho – la defendió. – ¿Y quién le ha puesto ese nombre? ¡Como nuestra vaca! También se llama Zina – soltó venenosa la cuñada. Zina sonrió disimuladamente. – ¿Qué te hace gracia? – le susurró Dimas. – Es que una amiga tiene una cobaya que se llama Elena – le musitó Zina. Pero la mesa entera la escuchó. María Milagros miró a su nuera con fastidio, los hombres aguantaban la risa, y Elena se encendió. – Pero tú, ¿quién te has creído? ¡Qué descaro! – le gritó. – Si tú misma lo decías antes, pensé que ese tipo de bromas te iban – replicó Zina con calma. Vlad miró orgulloso a la futura cuñada. – Soy la legítima esposa de Vlad, ¿y tú qué eres? ¡La querida! – se levantó Elena. La madre la respaldó. – Por lo menos soy educada y cuando voy de invitada, no falto el respeto – contestó Zina. – ¡Pero si yo no vengo a verte a ti! – replicó triunfante. – ¡Ni yo te he invitado! – se defendió Dimas, cada vez más harto – ¿Para cuánto os quedáis? El silencio reinó de repente. Todos miraron sorprendidos al anfitrión. – En cuanto enseñemos a tu “fifí” cómo se vive en el pueblo, nos vamos – resolvió su madre. – Mamá, no hace falta. Nosotros nos las apañamos bien solos, y seguiremos haciéndolo. – Sí, sí, ahora estás encantado con la ciudadana esta, ¡ya veremos cuánto duras! – siguió Elena implacable. – Aquí la vaga eres tú, y no Zina – le cortó Dimas – Y ahora, gracias por la cena; podéis iros a descansar, queridos e inesperados invitados. Dimas le ofreció la mano a Zina y juntos, bajo las miradas de enfado y asombro de la familia, comenzaron a recoger la mesa. Zina pensó que tener un respaldo así era todo un alivio. Aquí nadie la pisaría; y si hacía falta, siempre podía volver a casa. El sábado empezó animado. – ¿Pero qué hacéis aún en la cama? Aquí a estas horas ya se ha ordeñado la vaca y hecho el desayuno – entró la suegra como un huracán. Zina miró el teléfono. ¡Las ocho de la mañana! – Señora María Milagros, en la nevera hay de todo para desayunar – se tapó más la joven. – ¿Puedo al menos vestirme? – ¡Vaya, qué delicada! Mira, mira – exclamó la mujer – ¡Hay que preparar lo que hay en la nevera! ¡Levanta ya! La suegra salió dando un portazo. Zina, ya vestida y desayunada, bajó a la cocina. – ¡Amor, ya te has levantado! – la recibió Dimas, enredado en cazuelas. – Sí. Si no fuera porque la he despertado yo, seguiría en la cama – resopló la suegra. Zina apretó los dientes. – Mamá, ¿a qué viene eso de entrar en nuestra habitación? – protestó Dimas, atónito – ¿No habíamos quedado en que…? – ¡Aquí no sólo eres lenta, también eres vaga! – se burló Elena. – Nadie te ha pedido opinión – le soltó Zina. – Así es el campo. Aquí madrugar es ley. Cuando os compréis la vaca, habrá que ordeñarla a las seis – comentó la cuñada, con una sonrisilla. – No tenemos previsto comprar vacas – contestó Dimas. – No te conviene, Zina seguro que ni sabe ordeñar… ¡Y lo de madrugar, ni te cuento! – se rió Elena. – Tú tampoco sabes, y aquí estás tan pancha – bromeó Dimas. – Desde que está Zina en tu vida eres más arisco y borde – protestó la cocinera. – Me vuelvo a Madrid, Dimas. Cuando este circo acabe, si acaso, llámame – Zina ya no aguantaba más. – ¿Cómo? ¡Si desde que apareció, mi hijo nos ha olvidado! Ni llama ni viene. Y ahora ¿quieres que la aceptemos? ¡Está rompiendo nuestra familia! – estalló la madre. – ¡Basta! – gritó Dimas. Silencio absoluto. – ¿No os gusta que quiera mi propia familia? Me fui de casa, empecé a vivir por mi cuenta, y habéis vuelto a lo mismo de siempre. – Hijo, ¡pero es que has perdido el juicio! Todo tu tiempo y dinero se lo das a esa… ¡Sólo le interesas por la pasta! ¡Te está exprimiendo! ¡Y nosotros, intentando salvarte porque te queremos feliz! – Mamá, Zina se mantiene ella solita; yo sólo ahorro para nuestra boda – dijo Dimas, agarrando a su chica por si intentaba huir – ¿Queréis que sea feliz? ¡Volved a casa! Y a nuestra casa, sólo por invitación. Especialmente tú, Elena. Mientras la familia asimilaba el shock, Dimas llevó suavemente a Zina al dormitorio y volvió con los suyos, que empezaban a recoger apresurados. – Hijo, ¡elige! O tu madre, o esa – le espetó María Milagros. – Pero a Elena bien que la aceptasteis – señaló Dimas, decepcionado. – ¡A esa ni la compares! – bufó la rubia. El padre y el hermano vigilaban la escena con interés. – ¿Y bien? – aceleró la madre. – ¡Elijo ser feliz! – respondió Dimas, desafiante. – ¡Entonces dejo de tener hijo! – la madre salió dando un portazo, la cuñada siguiéndola con dramatismo. – Si necesitas algo, cuenta con nosotros – le guiñó el padre. – Yo me encargo de mamá. El hermano le dio un abrazo al chico. – Cuida tu felicidad. Nosotros tendremos que poner orden en la familia. Y así, la familia se fue. A Zina le daba apuro, pero entendió que para Dimas, ella era realmente importante. Volvieron a hacer todo juntos, mientras Zina intentaba darle apoyo a su pareja, porque sabía que lo estaba pasando mal. Ahora, sin embargo, en casa del hermano de Dimas la cosa era divertida. – ¡Mamá, Elena! ¡Os hemos comprado una vaca! – anunció muy serio Vlad. – ¿Pero qué dices, hijo? – respondió María Milagros, horrorizada. – Elena, mañana la ordeñas tú, y luego la sacas a pastar – insistió Vlad, sin titubear. – ¡No tiene gracia! – protestó Elena, nerviosa. – Como tanto enseñabais a Zina, hemos pensado que a vosotras os falta aprenderlo – añadió el padre. – Y, por cierto, madre, todos los días a las siete, el desayuno tiene que estar hecho. Nada de sándwiches, y que sea contundente. Gente de campo, ¡madruga! Y así empezó la educación de las mujeres. No veas cómo se lo pasaron. Todo lo que le reprocharon a Zina, se lo devolvieron multiplicado. La madre comprendió que se había pasado con la nuera, porque ahora también les exigían que ganasen tanto dinero como ella. Pero eso ellas no podían. No tenían formación, y el campo ahora es mucho curro… ¡No llegaban! María Milagros hizo las paces con su hijo, pero seguía temiendo volver a su casa. ¿Y si Zina tenía algún talento más? Por fin, Dimas le pidió matrimonio a su amada como Dios manda. ¡En la boda no faltó nadie! No es que María Milagros y Elena amasen a la nuera, pero procuraban callarse. No fuese a armarse otra vez. Y Zina era feliz; seguían haciéndolo todo juntos, ayudándose uno al otro, y ya no tenían miedo de las visitas sorpresa.

¿No os gusta que quiera tener mi propia familia? Me fui, empecé de cero, ¡y habéis vuelto para empezar con lo de siempre!

¡Venga, Lucía, no te pongas así! Entiendo que, viniendo de la ciudad, la vida en el pueblo será difícil para ti. Pero te ayudaré intentaba convencerla Daniel. Lo sé todo, podré con ello. ¡Solo quédate a mi lado!

Lucía no sabía ni qué pensar.
¿Por qué se había enamorado de un chico de pueblo? ¿Y tanto que lo hizo? ¡Hasta el temblor de piernas!

Ella ya tenía veintiocho, una carrera brillante; Daniel, con treinta, mucho parentesco y una casa en una aldea cercana a Salamanca.

Se conocieron en el parque de atracciones de Madrid; Daniel había ido por casualidad mientras su madre iba de tiendas, y las amigas de Lucía la habían sacado de casa para distraerse.

Intercambiaron teléfonos, comenzaron a quedar. Daniel la conquistaba: viajaba a la capital para verla, atento y cariñoso, así que Lucía cayó rendida.
¡Además, a diferencia de los chicos que conocía, era sincero, abierto y bondadoso!

Más tarde, él le pidió matrimonio, y ella aceptó.

Bueno hija, pruébalo la animó su madre. Daniel es de campo, trabajador, buen chico. Si no funciona, vuelves a casa, a Madrid.

Lucía no tenía mucho que perder. Su trabajo podía hacerlo a distancia, algo común en su empresa desde hacía poco. Y no tenía dieciocho años ya. Además, en el pueblo dicen que el aire es más limpio. Solo que

Daniel, ¿y voy en calidad de qué? preguntó Lucía.

En calidad de prometida. Y dentro de un año hacemos la boda y nos vamos de viaje. Para entonces habré ahorrado suficiente, para no pensar en el dinero añadió, algo cohibido. Sé que estás acostumbrada a otra vida.

Parecía que todo iba bien, pero algo inquietaba a Lucía. Sin saber exactamente el qué, decidió dejarse llevar y probar suerte.

Así, con una semana de vacaciones y una maleta llena de ropa, cerró su pequeño piso de dos habitaciones, por el que tanto había trabajado, y se marchó en su coche rumbo al pueblo, donde Daniel ya la esperaba.

La primera noche en la aldea le gustó.
Era pleno verano, y juntos regaron el huerto, prepararon la cena, y colaboraron con todo. Se sintió parte de ese pequeño mundo.

Cariño, ¡que vienen mis padres! le anunció Daniel el viernes tras volver del trabajo antes de lo habitual.

¿Para qué? preguntó ella sorprendida.

Para conocerte, y ayudarnos. Además, viene mi hermano con su mujer añadió, paseando nervioso.

¿Se quedan mucho? susurró Lucía algo inquieta.

Espero que no dijo Daniel mirándola a los ojos. Pero no te agobies, saldremos adelante.

Las palabras, lejos de tranquilizarla, la pusieron más nerviosa.

No te preocupes, vida mía. Piensa que es una prueba; si no sale, siempre puedes volver dijo su madre por teléfono. Haz lo que te parezca mejor. Ya se acostumbrarán. O no. Pero es cosa de Daniel.

¿De verdad? ¿Por qué me preocupo tanto? ¡Si ni siquiera soy su esposa aún!, pensó Lucía. ¡No la iban a devorar!

Estaba terminando de poner la mesa cuando oyó que llegaba el coche.

¡Ya están aquí! entró Daniel a la cocina.
Salieron ambos a recibirlos.

¡Hola, nuera! exclamó una mujer corpulenta, vestida de forma elegante, con el pelo corto y moreno, y unas pestañas gruesas y negras de nacimiento, mientras abrazaba efusivamente a su hijo.

El marido, regordete también, saludó jovialmente a Daniel y asintió a Lucía.

El hermano, alto y bromista, la saludó con simpatía; pero su esposa, una joven rubia y muy llamativa, miró a Lucía de arriba abajo y se dirigió solo a su marido.

¿Vas a quedarte ahí mirando? ¡Ayúdame con las maletas! dijo y se marchó al coche.

Lucía invitó a todos a la mesa, esperando que la comida relajase la atmósfera. Al fin y al cabo, se le daba bien cocinar.

¡Vaya, os lo habéis trabajado! aprobó María del Carmen, la madre de Daniel.

Pedro, el padre, asintió satisfecho.

¿Y esto qué es? ¿Pollo? ¿Quién lo cocina así? preguntó de mala gana Elena, la rubia. Se inventan cosas raras, ¡y luego que te lo comas!

No digas tonterías. ¡Está buenísimo! protestó Vlad, el hermano, mirando a su esposa.

Tú solo quieres llenar el estómago, da igual con qué resopló la joven, dejando el tenedor.

Daniel miró a Lucía con cierta culpabilidad.

¡Por favor, Elena! Un poco de respeto. Y deja de mostrar la envidia así. Lucía ha cocinado con cariño defendió a su prometida.

¿Y a quién se le ocurre ese nombre? Como nuestra vaca. También se llama Lucía ironizó la rubia.

Lucía se rio por lo bajo.

¿Qué te hace gracia? preguntó en voz baja Daniel.

A una amiga también le llaman Elena a su cobaya susurró Lucía, pero la oyeron todos.

María del Carmen la miró con disgusto; los hombres se aguantaron la risa, pero Elena se puso furiosa.

¿¡Quién te crees!? le saltó enrabiada.

Solo lo dije porque a ti te gusta bromear, pensé que así te sentirías en casa respondió Lucía muy tranquila.

Vlad miró a la futura cuñada con admiración.

¡Soy la esposa de Vlad, la LEGÍTIMA! ¿Y tú? ¡Solo una conviviente! Elena se levantó de la mesa, mientras María del Carmen la apoyaba.

Al menos tengo educación y trato de ser amable si me invitan a casa ajena respondió Lucía.

¡No vine a verte a ti! sonrió Elena con sorna.

¡Y yo no te he invitado! afirmó Daniel, visiblemente harto. Por cierto, ¿planeáis quedaros mucho?

Hubo un silencio incómodo. Todos miraron al dueño de la casa, sorprendidos.

En cuanto tu finolis se adapte al pueblo, nos iremos contestó María del Carmen.

Mamá, no hace falta. Nos apañamos solos, y seguro que seguiremos haciéndolo.

Sí, claro. Has acogido a una perezosa, ¡a ver cuánto duras! Elena mantenía el tono desagradable.

Perezosa la hay solo una, y no es Lucía replicó Daniel. Bueno, queridos invitados, gracias por la cena. Descansad.

Tomó a Lucía de la mano, y bajo la mirada de todos, juntos recogieron la mesa.

Lucía pensó que tener a alguien de tu lado es tranquilidad y fortaleza. Allí no iba a dejarse pisotear. Y siempre podía volver si hacía falta.

El sábado empezó torcido.

¿Qué pasa aquí? ¡En esta casa no se duerme hasta mediodía! entró la suegra en la habitación. Y hay que preparar el desayuno.

Lucía miró el móvil, confundida.
¡Eran las ocho!

Señora María del Carmen, en la nevera hay de todo para desayunar dijo Lucía, tapándose más.

¡Qué señorita! Las cosas hay que cocinarlas. ¡Levanta ya!

Y con un portazo, se fue.

Lucía se vistió y bajó a la cocina, donde Daniel preparaba el desayuno.

¿Ya has bajado, cariño? la recibió él sonriente.

Si no la despierto yo, ella no se levanta nunca murmuró la madre al fondo.

Lucía apretó los dientes.
Mamá, ¿por qué entraste en nuestro cuarto? preguntó Daniel, sin entender.

¡Aquí hay pereza y torpeza a partes iguales! rió Elena.

¡Nadie te ha preguntado! respondió Lucía molesta.

Es lo que hay en los pueblos. Se madruga. Cuando traigáis vaca, ¡hay que ordeñar a las seis! añadió, irónica, Elena.

No pensamos comprar vaca dijo Daniel.

¿Y eso? La leche, la nata Ah, claro. ¡Lucía no sabe ordeñar ni madrugar! se burló Elena.

Tú tampoco y aquí estás bromeó Daniel.

Desde que está Lucía, te has vuelto un gruñón suspiró la madre.

Daniel, me marcho. Cuando este circo se vaya, si quieres, me llamas dijo Lucía, incapaz de soportar más humillación.

¿Cómo? Desde que llegaste, mi hijo pasa de su familia. ¡Ya ni viene, ni ayuda! Y tú, ¿esperas que te aceptemos? ¡Estás rompiendo nuestra familia! gritó María del Carmen.

¡Ya basta! Daniel levantó la voz; la casa se quedó en silencio.

¿No os gusta que quiera mi propia familia? Me fui, empecé de cero, ¡y habéis vuelto para empezar con lo de siempre!

¡Hijo, has perdido la cabeza! ¡Todo para esa chica! Solo quiere tu dinero, vive a tu costa, te arrastra ¡Nosotras solo intentamos salvarte porque te queremos feliz!

Mamá, Lucía trabaja y yo ahorro para la boda agarró a Lucía antes de que se marchara. Si de verdad queréis mi bien, ¡marchad! Y aquí solo se entra invitados. Especialmente Elena.

Mientras la familia se reponía del shock, Daniel llevó a Lucía a la habitación y volvió con los suyos, que hacían las maletas a toda prisa.

¡Elige, o ella o yo! insistió la madre.

Y a Elena sí que la aceptasteis replicó Daniel cabizbajo.

¡No compares! chilló la rubia.

El padre y el hermano observaban, en silencio.

¿Y bien? María del Carmen apremió a Daniel.

¡Elijo la felicidad! respondió él desafiante.

¡No tengo más hijo! gritó la madre marchándose, seguida de Elena.

Tranquilo, estamos contigo le sonrió el padre a Daniel. Yo me encargo de mamá.

Vlad abrazó a su hermano.

Cuida tu felicidad. Nosotros tenemos muchas cosas que aprender en esta familia.

Y así, se fueron.

Lucía se sintió algo incómoda, pero a la vez comprendió el compromiso verdadero de Daniel.

Volvieron a hacer las cosas juntos, y Lucía apoyó a Daniel, sabiendo lo que costaba alejarse de un vínculo familiar tan fuerte.
Mientras tanto, en la familia de Daniel reinaba el cachondeo.

¡Mamá, Elena! ¡Os hemos regalado una vaca! anunció Vlad a las mujeres.

¿Pero tú estás loco? preguntó María del Carmen.

No. Elena la ordeñará todas las mañanas y la llevará al prado dijo Vlad muy serio.

¡Esto no es gracioso! Elena se alteró.

Solo os estamos aplicando vuestras enseñanzas dijo sonriente Pedro, el padre. Ah, y que a las siete haya desayuno, y que sea caliente. Así es la vida del campo.

Así empezó el aprendizaje para las mujeres. ¡La diversión estaba asegurada!

Todo lo que tiraron en cara a Lucía, ahora les tocaba a ellas.
La madre reconoció que fue demasiado lejos con Lucía, sobre todo cuando exigieron que trabajasen lo mismo que ella. Pero no podían. No había estudios ni ánimo ¡Y el campo era mucho trabajo!

María del Carmen acabó reconciliándose con su hijo, aunque temía volver; no fuera que Lucía supiese aún más que ellas.

Finalmente, Daniel pidió la mano de Lucía con todo su amor.
¡En la boda bailó todo el mundo!

No es que María del Carmen y Elena llegasen a quererla, pero decidieron guardar silencio; cualquier provocación era peligrosa.

Lucía era feliz. Seguían haciendo todo juntos, apoyándose siempre y, por fin, dejaron de temer a las visitas inesperadas.

Y así aprendieron: la verdadera familia es la que se elige cada día, trabajando por la felicidad y el respeto mutuo, sin importar de dónde venimos.

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MagistrUm
¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me escapé de casa, empecé a construir mi vida, ¡y habéis vuelto para lo mismo de siempre! – Zina, mujer, ¡no te agobies tanto! Sé que en el pueblo, a ti que eres de ciudad, te costará adaptarte, pero yo te echo una mano – le prometía Dimas a su chica – ¡Sé cómo va esto, me las apaño solo! Sólo quédate conmigo. La joven estaba hecha un lío. ¿Por qué me habré enamorado de un chico de pueblo? ¡Y encima de esa manera, hasta temblar de nervios! Ella ya tiene veintiocho años y una carrera exitosa, y Dimas, de treinta, tiene mucha familia y su propia casa en una aldea muy cerca de la ciudad. Se conocieron en el Parque de Atracciones del Retiro, donde Dimas acabó de casualidad mientras su madre hacía compras, y Zina fue arrastrada por sus amigas. Intercambiaron números y empezaron a hablar. Dimas se esforzaba por sorprenderla, iba a visitarla a Madrid, era atento y cariñoso, y Zina acabó cayendo rendida. Además, a diferencia de otros conocidos, él era sincero, abierto y muy buena persona. Poco después, el chico le pidió matrimonio y ella aceptó. – Bueno, hija, inténtalo. Dimas es un buen chaval, trabajador y con buen fondo – consintió la madre de Zina – Si no sale bien, siempre puedes volver a casa, a la capital. A Zina no le faltaban oportunidades. Podía teletrabajar y ahora en su empresa eso estaba bien visto. Además, ya no tenía dieciocho años, y en el pueblo dicen que el aire es más puro. Sólo que… – Dimas, ¿pero yo, en qué plan voy para allá? – le preguntó Zina. – En plan de prometida. Y dentro de un año celebramos la boda y nos vamos de viaje. Para entonces habré ahorrado lo suficiente, ni tendremos que pensar en el dinero – contestó, algo avergonzado, el chico. – Ya sé que tú estás acostumbrada a lo mejor. Todo parecía perfecto, pero a Zina algo la inquietaba. No sabía qué, así que decidió lanzarse y probar suerte. Así que, cogiendo una semana de vacaciones y una maleta bien grande, cerró su pequeño piso de dos habitaciones al que tanto esfuerzo le había dedicado, y se fue en su Seat Ibiza al pueblo, donde la esperaba Dimas. El primer día allí le gustó. Era un verano tórrido, así que los dos regaron juntos el huerto y prepararon la cena entre risas. Enseguida terminaron las tareas cuando lo hacían en equipo. – ¡Cariño, que vienen mis padres a vernos! – avisó Dimas al llegar antes de lo habitual del trabajo el viernes. – ¿Por qué? – preguntó, un poco asustada, Zina. – Para conocerte y echarnos una mano. Además, vienen mi hermano y su mujer – el chico paseaba inquieto por el salón. – ¿Mucho tiempo? – preguntó Zina, alarmada. – Espero que no… ¡Pero no te rallles! Entre los dos podemos con todo – aseguró Dimas, mirándola con cariño. Tras esas palabras, a Zina le costaba más estar tranquila. – No te preocupes, hija. Considera esto una prueba. Si no la pasas, te vuelves. Lo importante es que tienes donde ir – le dijo su madre, riéndose – Tú haz lo que te salga. Si no les gusta, se acostumbrarán. Y si no, que lidiar con ello te toque a ti, Dimas. “¿Y, oye, por qué me rallo yo tanto?… Si todavía ni siquiera soy su mujer”, pensó para sí Zina. ¿No me morderán, no? Cuando terminaba de poner la mesa, oyó llegar un coche. – ¡Ya están aquí! – anunció Dimas entrando en la cocina. Salieron a recibirlos. – ¡Vaya, así que tú eres la futura nuera! – exclamó una señora robusta, vestida con un vestido ancho y elegante, con el pelo recogido y unas pestañas tan negras que parecía imposible fuesen naturales, mientras abrazaba a Dimas. El padre, tan corpulento como ella, saludó a su hijo y asintió a Zina. El hermano mayor se presentó de broma y con buen rollo, pero su cuñada, una rubia de pueblo con pinta saludable, apenas saludó a Zina y dirigió la mirada a su marido: – ¿Qué miras tanto? ¡Venga, ayúdame! – Y fue al coche por las maletas. Zina los invitó a pasar y pensó que, en la mesa, quizá se relajasen todos un poco. Porque cocinar, eso sí, ella sabía. – ¡Menuda mesa habéis puesto! Así da gusto – aprobó María Milagros, la suegra. Pedro, el padre, asintió satisfecho. – ¿Y esto qué es? ¿Pollo? ¡Pero quién cocina así! – gruñó la cuñada Elena, removiendo el plato con desdén – Estas modernidades… luego no hay quien se trague esto. – Pues a mí me encanta, está buenísimo – protestó Vlad, el hermano, mirando feo a su mujer. – Claro, tú sólo quieres llenar el buche, da igual lo que te den – bufó ella, dejando el tenedor con gesto indignado. Dimas miró a Zina con cara de disculpa. – Elena, ten un poco de respeto. Y deja de mostrar tanto la envidia. Zina se ha esforzado mucho – la defendió. – ¿Y quién le ha puesto ese nombre? ¡Como nuestra vaca! También se llama Zina – soltó venenosa la cuñada. Zina sonrió disimuladamente. – ¿Qué te hace gracia? – le susurró Dimas. – Es que una amiga tiene una cobaya que se llama Elena – le musitó Zina. Pero la mesa entera la escuchó. María Milagros miró a su nuera con fastidio, los hombres aguantaban la risa, y Elena se encendió. – Pero tú, ¿quién te has creído? ¡Qué descaro! – le gritó. – Si tú misma lo decías antes, pensé que ese tipo de bromas te iban – replicó Zina con calma. Vlad miró orgulloso a la futura cuñada. – Soy la legítima esposa de Vlad, ¿y tú qué eres? ¡La querida! – se levantó Elena. La madre la respaldó. – Por lo menos soy educada y cuando voy de invitada, no falto el respeto – contestó Zina. – ¡Pero si yo no vengo a verte a ti! – replicó triunfante. – ¡Ni yo te he invitado! – se defendió Dimas, cada vez más harto – ¿Para cuánto os quedáis? El silencio reinó de repente. Todos miraron sorprendidos al anfitrión. – En cuanto enseñemos a tu “fifí” cómo se vive en el pueblo, nos vamos – resolvió su madre. – Mamá, no hace falta. Nosotros nos las apañamos bien solos, y seguiremos haciéndolo. – Sí, sí, ahora estás encantado con la ciudadana esta, ¡ya veremos cuánto duras! – siguió Elena implacable. – Aquí la vaga eres tú, y no Zina – le cortó Dimas – Y ahora, gracias por la cena; podéis iros a descansar, queridos e inesperados invitados. Dimas le ofreció la mano a Zina y juntos, bajo las miradas de enfado y asombro de la familia, comenzaron a recoger la mesa. Zina pensó que tener un respaldo así era todo un alivio. Aquí nadie la pisaría; y si hacía falta, siempre podía volver a casa. El sábado empezó animado. – ¿Pero qué hacéis aún en la cama? Aquí a estas horas ya se ha ordeñado la vaca y hecho el desayuno – entró la suegra como un huracán. Zina miró el teléfono. ¡Las ocho de la mañana! – Señora María Milagros, en la nevera hay de todo para desayunar – se tapó más la joven. – ¿Puedo al menos vestirme? – ¡Vaya, qué delicada! Mira, mira – exclamó la mujer – ¡Hay que preparar lo que hay en la nevera! ¡Levanta ya! La suegra salió dando un portazo. Zina, ya vestida y desayunada, bajó a la cocina. – ¡Amor, ya te has levantado! – la recibió Dimas, enredado en cazuelas. – Sí. Si no fuera porque la he despertado yo, seguiría en la cama – resopló la suegra. Zina apretó los dientes. – Mamá, ¿a qué viene eso de entrar en nuestra habitación? – protestó Dimas, atónito – ¿No habíamos quedado en que…? – ¡Aquí no sólo eres lenta, también eres vaga! – se burló Elena. – Nadie te ha pedido opinión – le soltó Zina. – Así es el campo. Aquí madrugar es ley. Cuando os compréis la vaca, habrá que ordeñarla a las seis – comentó la cuñada, con una sonrisilla. – No tenemos previsto comprar vacas – contestó Dimas. – No te conviene, Zina seguro que ni sabe ordeñar… ¡Y lo de madrugar, ni te cuento! – se rió Elena. – Tú tampoco sabes, y aquí estás tan pancha – bromeó Dimas. – Desde que está Zina en tu vida eres más arisco y borde – protestó la cocinera. – Me vuelvo a Madrid, Dimas. Cuando este circo acabe, si acaso, llámame – Zina ya no aguantaba más. – ¿Cómo? ¡Si desde que apareció, mi hijo nos ha olvidado! Ni llama ni viene. Y ahora ¿quieres que la aceptemos? ¡Está rompiendo nuestra familia! – estalló la madre. – ¡Basta! – gritó Dimas. Silencio absoluto. – ¿No os gusta que quiera mi propia familia? Me fui de casa, empecé a vivir por mi cuenta, y habéis vuelto a lo mismo de siempre. – Hijo, ¡pero es que has perdido el juicio! Todo tu tiempo y dinero se lo das a esa… ¡Sólo le interesas por la pasta! ¡Te está exprimiendo! ¡Y nosotros, intentando salvarte porque te queremos feliz! – Mamá, Zina se mantiene ella solita; yo sólo ahorro para nuestra boda – dijo Dimas, agarrando a su chica por si intentaba huir – ¿Queréis que sea feliz? ¡Volved a casa! Y a nuestra casa, sólo por invitación. Especialmente tú, Elena. Mientras la familia asimilaba el shock, Dimas llevó suavemente a Zina al dormitorio y volvió con los suyos, que empezaban a recoger apresurados. – Hijo, ¡elige! O tu madre, o esa – le espetó María Milagros. – Pero a Elena bien que la aceptasteis – señaló Dimas, decepcionado. – ¡A esa ni la compares! – bufó la rubia. El padre y el hermano vigilaban la escena con interés. – ¿Y bien? – aceleró la madre. – ¡Elijo ser feliz! – respondió Dimas, desafiante. – ¡Entonces dejo de tener hijo! – la madre salió dando un portazo, la cuñada siguiéndola con dramatismo. – Si necesitas algo, cuenta con nosotros – le guiñó el padre. – Yo me encargo de mamá. El hermano le dio un abrazo al chico. – Cuida tu felicidad. Nosotros tendremos que poner orden en la familia. Y así, la familia se fue. A Zina le daba apuro, pero entendió que para Dimas, ella era realmente importante. Volvieron a hacer todo juntos, mientras Zina intentaba darle apoyo a su pareja, porque sabía que lo estaba pasando mal. Ahora, sin embargo, en casa del hermano de Dimas la cosa era divertida. – ¡Mamá, Elena! ¡Os hemos comprado una vaca! – anunció muy serio Vlad. – ¿Pero qué dices, hijo? – respondió María Milagros, horrorizada. – Elena, mañana la ordeñas tú, y luego la sacas a pastar – insistió Vlad, sin titubear. – ¡No tiene gracia! – protestó Elena, nerviosa. – Como tanto enseñabais a Zina, hemos pensado que a vosotras os falta aprenderlo – añadió el padre. – Y, por cierto, madre, todos los días a las siete, el desayuno tiene que estar hecho. Nada de sándwiches, y que sea contundente. Gente de campo, ¡madruga! Y así empezó la educación de las mujeres. No veas cómo se lo pasaron. Todo lo que le reprocharon a Zina, se lo devolvieron multiplicado. La madre comprendió que se había pasado con la nuera, porque ahora también les exigían que ganasen tanto dinero como ella. Pero eso ellas no podían. No tenían formación, y el campo ahora es mucho curro… ¡No llegaban! María Milagros hizo las paces con su hijo, pero seguía temiendo volver a su casa. ¿Y si Zina tenía algún talento más? Por fin, Dimas le pidió matrimonio a su amada como Dios manda. ¡En la boda no faltó nadie! No es que María Milagros y Elena amasen a la nuera, pero procuraban callarse. No fuese a armarse otra vez. Y Zina era feliz; seguían haciéndolo todo juntos, ayudándose uno al otro, y ya no tenían miedo de las visitas sorpresa.