No voy a permitir que mi marido mantenga al hijo de otro

¿Cuánto te pasa tu ex de pensión?

A Inés casi se le fue el café por mal sitio. Aquella pregunta llegó de golpe, como una bofetada helada en un domingo soleado de agosto. No era grave, pero escocía.

Doña Matilde López se sentaba enfrente, observando fija, paciente. Entre las dos, sobre la mesa de formica, se enfriaba una tarta de manzana hecha por Inés sola y exclusivamente para agradar a su suegra. La preferida de doña Matilde. Aunque, en ese momento, aquello parecía carecer de toda importancia.

Nos apañamos bien intentó sonreír Inés, pero los labios se le agarrotaron.
No te pregunto eso.
Bueno Es algo muy personal

Doña Matilde retiró la taza y cruzó las manos sobre el mantel bordado que Inés había puesto con esmero. Se puso a tamborilear con sus dedos finos, con esa manicura beige discreta y señorial.

Inesita, no es por pura curiosidad. Samuel ya ha empezado este año el colegio, ¿no?

Inés asintió con la cabeza, aunque bien sabía adónde quería llegar su suegra. O mejor dicho, no quería reconocerlo.

El uniforme, los libros, la mochila. Las actividades extraescolares, el comedor Todo cuesta dinero, y no poco, ¿verdad? fue contando doña Matilde con cada dedo. ¿Quién crees que se deja más? ¿El padre de Samuel o mi hijo Javier?

Un silencio tenso llenó la cocina, cálida y pequeña, donde colgaban unas cortinas alegres que Inés misma cosió la primavera pasada. Afuera, un coche pitaba al cruzar la calle, arriba se oía la risa lejana de un chiquillo, aquí el aire se espesó.

Inés carraspeó.

Nos apañamos repitió, pero hasta a ella le sonaron vacías esas palabras. Javier no se queja nunca.

La suegra resopló, cortante, igual que una gata herida.

Claro, hijo de su padre Aguanta todo lo que le echan se puso en pie y sacudió su rebeca. Porque, a este paso, parece que es mi Javier quien mantiene a todos. A ti, y a tu hijo.
Doña Matilde

Pero la suegra ya marchaba al recibidor. Inés la siguió, sin saber si justificarse, sin saber qué decir. ¿Debía siquiera? Al fin y al cabo, Javier lo había decidido, él quiso

Doña Matilde se puso el abrigo, inspeccionó su bolso y, antes de salir, la miró con cansancio, casi compasión.

Busca algún trabajo, Inesita le dijo con una dulzura que todavía dolía más. Yo no he criado a mi hijo para que mantenga al hijo de otro.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Inés se quedó de pie mirando la alfombrilla de Bienvenido gastada por el tiempo.

Por la tarde la casa se llenó de sonidos familiares: Samuel armaba un castillo de piezas en su cuarto, Javier preparaba la cena y el microondas pitaba. Todo, como cada día en cualquier hogar. Pero Inés no podía liberarse del eco de la conversación con doña Matilde; sus palabras martilleaban en la cabeza como disco rayado.

Esperó a que Samuel cayera rendido, y ya en la cocina, mientras Javier leía el periódico digital en la tablet con su camiseta vieja, se sentó a su lado. Por un segundo, dudó.

Javi dijo bajito, sentándose junto a él, ¿de verdad estás bien? ¿Nunca piensas que Samuel te cuesta demasiado?

Javier levantó la vista, sorprendido.

¿Cómo dices?
Solo quiero saberlo.

Dejó la tablet, girándose hacia ella con ese gesto simple y sincero. Inés sintió vergüenza por su pregunta.

Samuel es mi hijo contestó él, tan claro y simple que no admitía dudas. ¿Qué más da lo que ponga en los papeles? Yo lo crío, yo lo quiero, yo soy su padre. No sé de qué gastos hablas.

Inés asintió con una sonrisa, sabiendo que era eso lo que necesitaba oír. Sin embargo, muy adentro una inquietud fría y punzante se le instaló. Las palabras de la suegra se le agarraron como una astilla imposible de extraer.

Pasaron seis meses…

Inés estaba sentada en el borde de la bañera mirando dos rayas rosas en un test. No podía creérselo. Se lo enseñó a Javier y éste la levantó en brazos y giró con ella, riendo. Samuel, al enterarse de que sería hermano mayor, saltaba y decía que quería tener una hermana pequeña, para enseñarle a construir castillos de piezas.

El embarazo fue sencillo y casi inadvertido, y en marzo nació Carmela, pequeña, arrugadita, con los ojos de Javier y la nariz de Inés. Samuel cumplió su promesa: pasaba horas al lado de la cuna, cuidando el sueño de su hermanita y mandando callar con un dedo a quien hablase alto.

Inés pensó que por fin las cosas se arreglarían. Que doña Matilde, al ver a su nieta, terminaría por entender, por admitir la familia tal cual era.

Se equivocó.

La suegra vino dos semanas después del nacimiento. Carmela dormía en su cuna, Samuel en clase, y en la cocina estaban Inés, Javier y doña Matilde.

En un momento dado, doña Matilde apartó la taza.

Ahora que estás de baja, ¿verdad, Inesita? inició, con voz calculada. Los ingresos de la familia han bajado, pero los gastos de Samuel siguen igual ¿Cómo piensas compensarlo?

Inés sintió un nudo de hielo en el pecho, le costaba respirar.

Creo que deberías hablar con el padre de Samuel continuó la suegra, con esa voz impasible. Que aumente la pensión o que colabore más. Es su obligación mantener a su hijo. Ya está bien de cargarle todo a Javier

Javier reaccionó dando un puñetazo en la mesa. Las tazas saltaron, la cucharilla rodó hasta el suelo.

Mamá dijo, con una firmeza desconocida, basta.

Doña Matilde alzó la barbilla, tensando los labios como quien se prepara a la batalla.

Solo me preocupo por ti y por Carmela su voz vibraba de rabia. ¿Acaso eso es delito? ¡Soy tu madre, tengo derecho!

¿A qué temes? Javier no se echó atrás, los músculos de la mandíbula marcados. ¿A que sea feliz? ¿A que tenga una familia?

¡A que mantienes a un hijo que no es tuyo! gritó la suegra, alzando las manos. ¡Ahora tienes tu propia hija y sigues pagando eso!

Inés se encogió, sintiendo el deseo de desaparecer. Eso. Samuel, que tanto adoraba a Javier, que le decía papi, que le hacía dibujos en cada fecha señalada: eso.

Samuel es mi hijo dejó claro Javier. Me da igual lo que ponga su documento. Lo estoy criando, lo quiero, y es igual de mío que Carmela. Somos familia, mamá. Y si no lo entiendes, es tu problema, no el nuestro.

Doña Matilde se levantó tan de golpe que la silla chocó contra la nevera.

¡Estás destrozando tu vida! chilló, la voz quebrada. ¡Te pierdes por ella y por su hijo! ¡No te eduqué para esto!

Desde la habitación llegó el llanto de Carmela, primero débil y luego más fuerte.

Inés corrió hacia la niña, dejando atrás la cocina y la disputa. Alzó a Carmela, la apretó contra el pecho, murmurando palabras tiernas y sin sentido hasta que el llanto se extinguió.

Poco después, retumbó por la casa el portazo de la entrada. El silencio volvió, denso.

Carmela, poco a poco, volvió a dormirse entre los brazos de su madre. Inés, inmóvil en la habitación, temía moverse, temía regresar, temía el desenlace.

Chirrío la puerta. Javier entró, despacio, con el rostro cansado pero en paz. Se acercó, rodeó a Inés y a la niña con sus brazos y se quedaron así, tres eternidades.

Mamá es complicada dijo por fin, con los labios entre el pelo de Inés. Pero no le dejaré amargarte. Y durante un tiempo no vendrá más.

Inés lo miró, los ojos húmedos, y solo pudo asentir.

Habían resistido. Su pequeña familia siguió adelante.

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