Siempre creí que tenía mi vida bajo control. Un empleo estable, un chalet propio en las afueras de Sevilla, un matrimonio de más de diez años, vecinos que conocía desde que era niño. Pero lo que nadie sospechaba ni siquiera ella era que yo también llevaba una doble vida.
Desde hacía tiempo mantenía encuentros fuera del matrimonio. Yo mismo los minimizaba, convenciéndome de que no significaban nada, que mientras volviera a casa, nadie salía herido. Jamás sentí que estuviera al borde de ser descubierto. Jamás sentí verdadera culpa. Vivía con esa falsa serenidad del que piensa que puede jugar sin perder nunca.
Mi mujer, por su parte, era una mujer reservada. Su día transcurría en la rutina: horarios precisos, saludos corteses a los vecinos, un mundo que, visto desde fuera, parecía sencillo y ordenado. El vecino de al lado, Tomás, era de esos que se cruzan cada mañana te presta una escalera, tiráis la basura justo a la vez, os saludáis con un gesto de cabeza. Nunca lo vi como una amenaza. Jamás imaginé que se entrometería en lo que yo consideraba mi espacio seguro.
Yo salía, volvía, viajaba por negocios y creía que, al regresar, todo seguiría tal y como lo dejé.
Todo comenzó a desmoronarse el día que, tras una serie de robos en la urbanización, la comunidad pidió que se revisasen todas las cámaras de seguridad. Por curiosidad, me puse a ver también las nuestras. No buscaba nada concreto, solo pretendía asegurarme de que todo estaba en orden. Avancé rápido las grabaciones; luego, retrocedí.
Y entonces descubrí lo que nunca sospeché.
Mi esposa, Lucía, entraba por la puerta del garaje en horas en las que yo no estaba en casa. Y apenas segundos después, Tomás la seguía adentro. No ocurrió una sola vez. Ni dos. Grabaciones que se repetían, fechas, horas, un patrón tan claro como una bofetada.
Seguí mirando.
Mientras yo me convencía de que todo estaba bajo mi control, ella también vivía su propio universo secreto. La diferencia: el dolor que sentí era indescriptible. No era como el pesar devastador de perder a mi padre, esa tristeza honda. Esto era diferente.
Esto era vergüenza.
Esto era humillación.
Sentí que mi dignidad quedaba encerrada en esos vídeos.
La enfrenté con los hechos. Le enseñé las fechas, las grabaciones, las horas. No lo negó. Me dijo que empezó cuando yo me alejé emocionalmente, que la soledad la arrastró, que una cosa llevó a la otra. No se disculpó al instante. Solo me pidió que no la juzgara.
Y fue en ese preciso instante cuando comprendí la más cruel de las ironías:
yo no tenía ningún derecho a juzgarla.
Yo también había sido infiel.
Yo también había mentido.
Pero eso no aminoró el dolor.
Lo más duro no fue la traición en sí.
Lo más devastador fue darme cuenta de que, mientras yo creía jugar solo, en realidad compartíamos el mismo engaño bajo un mismo techo, con la misma osadía.
Me sentía seguro por haber ocultado mi parte.
Pero resultó que solo era un ingenuo.
Me hirió el orgullo.
Me dañó mi propia imagen.
Me dolió ser el último en enterarme de lo que pasaba en mi hogar.
No sé qué será de nuestro matrimonio a partir de ahora. No escribo esto para justificarme ni para culparla. Solo soy consciente de que hay dolores que no se parecen a nada que antes hayas sentido.
¿Debo perdonarla?
Ella aún ignora que yo, también, le fui infiel.







