En el umbral estaba un desconocido.
Víctor llevaba coladito por Inés desde el instituto. Le escribía notitas, hacía malabares para llamar su atención, incluso llegó a aprenderse de memoria los horarios solo para coincidir con ella en los pasillos.
Pero a Inés le gustaba Diego, un tipo alto y rubio que jugaba al voleibol con ella en el equipo del colegio.
A Víctor, que además de desgarbado era un desastre con los libros, Inés apenas le dedicaba un hola.
Al poco tiempo, Diego empezó a salir con Carmen, una chica del curso paralelo. Víctor, sin rendirse, volvió al ataque nada más terminar el instituto. ¡Incluso le propuso matrimonio a Inés en la fiesta de graduación!
Pero ella le cortó en seco con un ¡No! tajante, como quien desactiva la alarma de incendios. Ni se planteaba estar con él.
Tras la universidad, Inés entró a trabajar de contable en una asesoría en Salamanca. Su jefe era un apuesto moreno, Don Álvaro, diez años mayor que ella y con un aire de galán de película española de los 60.
A Inés le fascinaba su profesionalidad, su sentido del humor y cómo le quedaban las camisas de lino. Entre ambos surgió cierta chispa, y a ella no le importó mucho que Álvaro estuviera casado y tuviera un niño pequeño.
Don Álvaro, a lo grande, le prometía dejar a su mujer, que la única a la que quería era a ella, y que era cuestión de tiempo.
Pasaron los años, y la buena de Inés se acostumbró a pasar los puentes, las Navidades y hasta el Día del Padre sola, esperando el famoso divorcio que nunca llegaba.
Hasta que un día la vio de lejos en El Corte Inglés en la sección de charcutería; Álvaro paseaba del brazo a su mujer, embarazadísima, mientras él le colocaba la bufanda al cuello y le cogía las bolsas como todo un caballero. Luego subieron al coche y se fueron tan felices.
Inés, entre lágrimas y una bandeja de jamón ibérico, lo vio todo. Al día siguiente, presentó su carta de dimisión.
El Año Nuevo se acercaba y ella no tenía ganas de hacer compra, decorar la casa ni preparar un triste roscón.
Una tarde, notó que la casa estaba más fría que la nevera. El termo viviendo en un chalecito a las afueras de Valladolid había decidido morirse justo antes de Nochevieja.
Intentó encontrar un técnico, pero todos pedían un dineral en euros, sobre todo cuando les decía que era fuera de la ciudad. Empezó a desesperar y llamó por fin a su amiga Lorena. “Espera, Inés, que mi marido de esto sabe”, le prometió la otra.
Dos horas después, llamaron al timbre.
En la puerta había un tipo al que casi no reconoció Era Víctor, su ex compañero de clase.
Buenas, Inés, ¿qué se ha liado aquí?
Eh ¿Tú cómo sabías?
Mi jefe me mandó para acá. Dice que te está entrando el frío de Burgos. ¿Has vaciado el agua de los radiadores?
Pues no, ni idea de eso.
Madre mía, así se te congela toda la calefacción. Menos mal que esta semana no ha caído la nevada
Víctor se lió con el termo y en un periquete ya tenía la casa lista. Luego fue al almacén, trajo piezas y, como quien hace una tortilla, lo dejó todo niquelado.
Al rato, cuando la casa ya estaba a temperatura tropical, Víctor, mientras se lavaba las manos, soltó:
Inés, la grifería te gotea y una bombilla parpadeando ¿No tienes a nadie que te arregle esto?
Que va, no tengo marido ni nada parecido
¿Sigues esperando al Borbón perfecto o qué?
Ni perfectos ni imperfectos, no tengo a nadie admitió ella, encogiéndose de hombros.
¿Entonces por qué me soltaste un no hace años? le preguntó él con una sonrisa ladeada.
Ella no contestó.
Cuando acabó de apretar tornillos, Víctor se despidió y se fue de vuelta a casa.
Inés, mientras tanto, se puso nostálgica recordando al niño rechoncho y tímido de clase que le traía caramelos y ahora era un hombre alto, moreno y de ojos castaños, aunque mantenía la misma sonrisa dulce de antes.
Ni tiempo le dio a preguntar si seguía soltero.
El 31 de diciembre, de repente, alguien llama a la puerta.
Inés abre sorprendida; no esperaba a nadie.
Allí estaba Víctor. Traje nuevo de estreno, ramo de flores en la mano y una sonrisa más grande que la puerta.
Inés, que te lo pregunto otra vez: ¿te casas conmigo o te vas a quedar esperando al príncipe azul hasta que te jubile la Seguridad Social?
Ella se echó a llorar de alegría, claro y asintió emocionada.
A la segunda, la propuesta fue aceptada. España, después de todo, ¡también tiene segundas vueltas!







