Durante todo un año pagamos la hipoteca de los nietos para que saldaran su préstamo; ¡ya no pondré ni un céntimo más!
Mi marido y yo sólo tuvimos un hijo, ya adulto. Él está casado, tiene hijos y nosotros ya somos abuelos. Crecí bajo el régimen franquista y contraje nupcias a los treinta años. En aquella época se me consideraba una anciana doncella y, naturalmente, todo el mundo esperaba que tuviera descendencia. No tener hijos se asimilaba entonces a estar maldito.
Al fin, mi esposo y yo dimos a luz a un varón y decidimos que con él bastaba. Como personas instruidas sabíamos que el sustento de un niño supone una gran partida. Cuantos más hijos, mayor la pesada carga económica.
Así que, con sensatez, nos limitamos a un solo hijo. Logramos criarlo, ofrecerle una buena educación y estabilizar nuestra vida.
Nuestro hijo, sin embargo, tenía una visión distinta. Apenas unos meses después de nuestra boda, su esposa, Carmen, quedó embarazada y nació nuestro nieto. La joven pareja no disponía de vivienda propia y acudió a un préstamo para comprar un piso en la periferia de Valladolid. Nosotros les ayudábamos a pagar la cuota mensual, y poco después descubrimos que Carmen estaba nuevamente encinta. Les pregunté cómo iban a alimentar a dos niños y, al mismo tiempo, saldar la deuda. Me respondieron con cierta hostilidad que lo lograrían; yo, a su vez, les dije que, si lo conseguían, bien.
Al principio lo consiguieron. Pero entonces Carmen perdió su empleo y mi hijo fue despedido. ¿Qué harían ahora? Decidieron mudarse a nuestro apartamento alquílado en la zona de Chamartín, Madrid. Mi marido aseguró que los ayudaría a liquidar el préstamo. Así, durante un año entero, pagamos la hipoteca de los jóvenes. Yo pensé que estaríamos brindándoles un gran apoyo, pero resultó ser otra historia.
Recientemente descubrimos que el préstamo sigue sin saldarse: llevan seis meses de retraso. ¿Dónde ha desaparecido el dinero? Mi marido está furioso y declara que ya no tiene fuerzas para seguir. Yo me siento estupefacta y sin saber qué decir o hacer. Hemos intentado ayudarles, y ellos solo nos han pesado la espalda sin aportar nada.
Al final, he aprendido que el apoyo desmedido sin límites claros puede convertirse en una carga para quien lo brinda. Es necesario establecer fronteras y fomentar la responsabilidad propia, porque la verdadera ayuda se mide en la capacidad que el otro adquiere para valerse por sí mismo.







