Lo más difícil de vivir con un cachorro no es lo que la mayoría se imagina: no es sacarle a pasear bajo la lluvia o el frío, ni renunciar a planes y viajes porque “sin el perro, por favor”, ni el pelo en las sábanas, la ropa o la comida, ni limpiar el suelo una y otra vez sabiendo que pronto estará igual, ni las facturas del veterinario o el miedo a no ver lo importante, ni perder algo de libertad porque la libertad ahora es “nosotros”, ni siquiera ese corazón que ya nunca será solo tuyo… Todo esto es amor, es vida, es elección propia. Lo realmente difícil llega despacio—como ese frío húmedo que no notas hasta que lo tienes dentro—cuando un día ves en sus ojos cansados que él lo sigue intentando, pero ya no puede igual, y recuerdas lo que fue y miras lo que es, enteramente tuyo y confiado, sabiendo que él creyó siempre en ti y que tú le has salvado de todo, menos de envejecer. Lo más doloroso es entender que para ti fue consuelo y, para él, tú eras TODO: su vida, su cielo, su esperanza… y no estás preparado para dejarlo ir, ni para ver apagarse a quien te enseñó a amar sin medida. Luego, cuando llegue el silencio y el hueco en la almohada y el cuenco sin dueño y tu corazón roto y la costumbre de buscarle aunque ya no está… sabrás que, si pudieras, volverías a elegirle y repetirlo todo, porque ese amor fue de verdad. Tener un perro es invitar al fuego en tu vida, ese que te calienta para siempre aunque él ya no siga contigo, porque la única misión del perro en este mundo es regalarte su corazón.

Lo más difícil de vivir con un cachorro no es lo que la mayoría imagina.
No es tener que sacarlo a la calle cuando llueve, cuando el frío cala hasta los huesos, cuando apenas has pegado ojo o cuando llevas el alma inquieta.
No es rechazar viajes o planes porque te dicen: Ven, pero deja al perro en casa.
No es encontrar pelo en las sábanas, en la ropa o hasta en la comida.
Tampoco es fregar el suelo una vez más, sabiendo que en media hora volverá a estar igual.
No son las facturas del veterinario, ni ese temor a pasar por alto lo importante.
No es perder un poco de libertad, porque ahora la libertad es nosotros.
Ni siquiera es darte cuenta de que tu corazón ya no es solo tuyo…

Todo eso es amor.
Todo eso es vida.
Todo eso fue una elección profunda y personal.

Lo verdaderamente duro llega despaciocomo ese dolor en los huesos cuando cambia el clima. Como ese frío madrileño que no se siente al principio, pero acaba calando hondo.

Y un día te das cuenta, así sin más:
Ya no puede como antes.
Lo intenta pero ya no puede.

Corre hacia ti igual que siempre pero notas que algo ha cambiado.
Sus ojos siguen siendo los tuyos, pero en ellos aparece ese brillo cansado, diciendo:
Aquí sigo, pero cada día me cuesta un poquito más.

Y recuerdas cómo era.
Y le ves ahoratodo tuyo, confiando hasta el final.

Siempre creyó en ti:
que estarías a su lado,
que le cuidarías,
que le salvarías.

Y lo hiciste.

Pero ahora no puedes salvarle de la vejez.

Lo más doloroso es saber que para ti fue consuelo
y tú para él fuiste TODO:
toda su vida,
todo su cielo,
toda su esperanza.

Y no estás preparado.
No estás preparado para soltarle.
No estás preparado para ver apagarse a quien te enseñó a amar sin medida.

Después llega el silencio.
Un silencio denso.
El hueco vacío en el sofá.
El cuenco que ya nadie va a relamer.
Y tu corazón, hecho pedazos.

Vuelves a salir a la calle.
Pero ya no va contigo.

Y te sorprendes murmurando al aire:
Vamos, pequeño

Y si pudiese volver atrás
le elegiría otra vez.
Lo elegiría todo: el cansancio, la tristeza, la entrega.

Porque ese amor es de verdad.

Tener un perro es invitar el fuego a tu vida.
Un fuego que nunca se apaga,
aunque él ya no esté.

Porque un perro solo tiene una misión en este mundo:
regalarte su corazón.

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MagistrUm
Lo más difícil de vivir con un cachorro no es lo que la mayoría se imagina: no es sacarle a pasear bajo la lluvia o el frío, ni renunciar a planes y viajes porque “sin el perro, por favor”, ni el pelo en las sábanas, la ropa o la comida, ni limpiar el suelo una y otra vez sabiendo que pronto estará igual, ni las facturas del veterinario o el miedo a no ver lo importante, ni perder algo de libertad porque la libertad ahora es “nosotros”, ni siquiera ese corazón que ya nunca será solo tuyo… Todo esto es amor, es vida, es elección propia. Lo realmente difícil llega despacio—como ese frío húmedo que no notas hasta que lo tienes dentro—cuando un día ves en sus ojos cansados que él lo sigue intentando, pero ya no puede igual, y recuerdas lo que fue y miras lo que es, enteramente tuyo y confiado, sabiendo que él creyó siempre en ti y que tú le has salvado de todo, menos de envejecer. Lo más doloroso es entender que para ti fue consuelo y, para él, tú eras TODO: su vida, su cielo, su esperanza… y no estás preparado para dejarlo ir, ni para ver apagarse a quien te enseñó a amar sin medida. Luego, cuando llegue el silencio y el hueco en la almohada y el cuenco sin dueño y tu corazón roto y la costumbre de buscarle aunque ya no está… sabrás que, si pudieras, volverías a elegirle y repetirlo todo, porque ese amor fue de verdad. Tener un perro es invitar al fuego en tu vida, ese que te calienta para siempre aunque él ya no siga contigo, porque la única misión del perro en este mundo es regalarte su corazón.