Redescubriendo a los demás: Miradas renovadas en nuestras relaciones

Recuerdo aquel día en que regresé a casa de la oficina antes de lo habitual. Normalmente llegaba a las siete en punto, oíía el chisporroteo de la paella en la sartén y percibía el perfume suave de mi esposa, Begoña, mezclado con el aroma del vino. Pero esa tarde el jefe se enfermó y me dejaron salir de la reunión a las cuatro. Me encontré ante la puerta de mi propio piso, con una extraña sensación de desubicación, como un actor que sube al escenario fuera de horario.

Inserté la llave; el cerrojo hizo un chasquido demasiado fuerte. En el vestíbulo colgaba sobre el perchero un elegante chaqué de lana fina, un abrigo caro que nunca había visto, colgado en mi propio gancho.

Desde el salón se percibió una risa femenina contenida, esa risa grave y aterciopelada que siempre había sido mi tesoro. Seguidamente, una voz masculina, apenas audible, pero con tono seguro, como el de un hombre de casa.

Quedé inmóvil, como si mis pies se hubieran fundido en el parquet que Begoña y yo habíamos elegido juntos, discutiendo el tono del roble. En el espejo del hall veía mi reflejo: rostro pálido, traje arrugado por la rutina de oficina, como un desconocido en su propio hogar.

Me acerqué al sonido sin quitarme los zapatos, lo cual violaba la regla más estricta de nuestra casa. Cada paso retumbaba en mis oídos. La puerta del salón estaba entreabierta.

Allí estaban sentados en el sofá. Begoña, con su bata turquesa que yo le regalé el cumpleaños pasado, con las piernas recogidas bajo ella, como siempre en casa. A su lado, él: un hombre de unos cuarenta años, con mocasines de ante sin calcetines detalle que me resultó insoportable y una camisa perfecta, el cuello abierto. Sostenía una copa de vino tinto.

Sobre la mesa de centro reposaba la misma jarrón de cristal, reliquia familiar de Begoña, lleno de pistachos. Las cáscaras estaban esparcidas por el tablero.

Era la escena de una intimidad absoluta, acogedora, pero no de pasión, sino de una infidelidad cotidiana, la más repugnante de todas.

Ambos lo vimos al mismo tiempo. Begoña se estremeció; el vino se derramó sobre su bata, dejando una mancha carmesí. Sus ojos, abiertos de par en par, mostraban no horror, sino una perplejidad infantil, como la de un niño sorprendido en medio de una travesura.

El extraño, con un gesto lento, casi perezoso, dejó su copa sobre la mesa. En su rostro no había miedo ni vergüenza, sólo una ligera irritación, como la de quien le interrumpen en el mejor momento.

Ví begó Begoña, y la voz se le quebró.

Él no prestó atención. Su mirada pasó de sus mocasines a mis zapatos empolvados. Dos pares de calzado en el mismo espacio, dos mundos que no debían cruzarse.

Me voy, dijo, levantándose con una lentitud impropia para la situación. Se acercó a mí, me miró con curiosidad, como quien observa una pieza de museo, asintió y se dirigió al vestíbulo.

Yo permanecí paralizado. Oí el crujido del chaqué al colgarse, el clic del cerrojo y la puerta cerrarse.

Quedamos solos en un silencioso bullicio interrumpido sólo por el tictac del reloj. El aire olía a vino, a perfume caro y a traición.

Begoña se abrazó a sí misma, susurrando cosas como «no lo entiendes», «no es lo que piensas», «solo estábamos hablando». Palabras que llegaban a mí como a través de un vidrio grueso, sin peso.

Me acerqué a la mesa, tomé la copa del desconocido; desprendía un aroma ajeno. Observé la mancha del vino en la bata, las cáscaras de pistacho, la botella a medio vacía.

No grité. No clamé. Sólo sentí una repulsión total, fisiológica, hacia todo: la casa, el sofá, la bata, el perfume, e incluso hacia mí mismo.

Devolví la copa a su sitio, giré y regresé al vestíbulo.

¿Adónde vas? tituló la voz de Begoña, temblorosa.

Me detuve frente al espejo y miré mi reflejo, al hombre que había dejado de existir hace minutos.

No quiero estar aquí dije, bajo, con claridad. Hasta que todo se ventile.

Salí del piso y bajé las escaleras. Me senté en la banca frente al portal de mi edificio. Saqué el móvil y descubrí que la batería estaba agotada.

Miré las ventanas de mi apartamento, la luz cálida que tanto apreciaba, y esperé a que el perfume ajeno, los mocasines y esa vida que había sido mía se disiparan. No sabía qué vendría después, pero sabía que no había regreso al hogar tal como lo conocía antes de las cuatro.

Así, con el frío bajo el banco, el tiempo se alargó; cada segundo era una llama clara. Vi pasar la sombra de Begoña en la ventana; la desvié la mirada.

Pasado un rato ¿media hora? ¿una hora? la puerta del portal se abrió. Salió sin bata, con jeans y una chaqueta sencilla, llevando una manta.

Cruzó lentamente la calle y se sentó junto a mí, dejando entre nosotros un espacio de medio cuerpo. Me tendió la manta.

Tómala, te dará calor.

No, gracias respondí, sin mirarla.

Se llama Arturo susurró Begoña, mirando al asfalto. Lo conozco desde tres meses; es el dueño de la cafetería junto a mi gimnasio.

Yo escuchaba, sin girar la cabeza. El nombre y el oficio no importaban; eran sólo decoraciones de lo esencial: mi mundo se había derrumbado no por una explosión, sino por un clic cotidiano.

No me disculpo dijo, temblorosa. Pero tú llevas un año sin estar. Llegas, cenas, ves la tele y duermes. Dejaste de verme. Y él él sí te vio.

¿Lo vio? me giré por primera vez esa noche, la voz raspada por el silencio. ¿Vio que bebías vino de mis copas? ¿Vio que esparcías cáscaras de pistacho sobre mi mesa? ¿Eso es «ver»?

Begoña aprisionó los labios, los ojos se llenaron de lágrimas que no dejó caer.

No busco perdón ni borrar todo de golpe. Simplemente no supe cómo llegar a ti. Tal vez, convirtiéndome en monstruo, volví a ser la persona que alguna vez notaste.

Yo estoy aquí comenzó, buscando palabras y me revuelve. Me repugna el perfume ajeno en nuestro hogar, me repugnan sus mocasines. Pero, sobre todo me repugna que pudieras hacerme esto.

Encogió los hombros; el frío le caló la espalda.

No iré allí hoy dijo. No puedo entrar al piso donde todo me recuerda a este día respirar ese aire.

¿A dónde irás? el miedo, animal, se coló en su voz. Al hotel, a algún sitio donde dormir.

Asintió.

¿Quieres que me vaya a casa de una amiga? ¿Dejarte solo en el piso?

Negué con la cabeza.

No cambiará lo ocurrido dentro. El hogar debe ventilarse, Begoña. Quizá haya que venderlo.

Ella quedó paralizada, como tras un golpe. Esa casa era nuestro sueño compartido, nuestra fortaleza.

Me levanté de la banca con pasos lentos y cansados.

Mañana dije, no hablaremos. Pasado mañana, lo mismo. Necesitamos silencio, cada uno por su lado. Luego veremos si queda algo de qué hablar.

Di la vuelta y seguí por la calle sin mirar atrás. No sabía a dónde iba, ni si volvería. Sólo sabía que la vida anterior a esa noche había terminado, y por primera vez en años debía dar un paso hacia lo desconocido, no como marido, ni como parte de una pareja, sino como un hombre exhausto y herido. En esa herida, paradójicamente, volví a sentirme vivo.

El farol de la calle proyectaba sombras agudas sobre el pavimento, fáciles de perderse. Entré en el primer hostal que encontré, no por ahorrar, sino por desaparecer, fundirme en una habitación anónima donde olía a lejía y a vidas ajenas.

La habitación era como una enfermería: paredes blancas, cama estrecha, silla de plástico. Me senté al borde de la cama; el silencio golpeaba mis oídos. No había el crujir del parquet, ni el zumbido del frigorífico, ni la respiración de Begoña detrás. Sólo un zumbido interno y un peso en el pecho.

Saqué el móvil y lo puse a cargar, como ofrecido en la recepción. La pantalla se iluminó con notificaciones: colegas, chats de trabajo, publicidad. Una noche ordinaria para un hombre ordinario. Esa normalidad resultaba insoportable.

Mandé un SMS al jefe: «Enfermo, no iré unos días». No mentí. Me sentía envenenado.

Me duché; el agua casi hervía, pero no percibí la temperatura. De pie, con la cabeza gacha, vi cómo el chorro limpiaba el polvo del día de mi piel. Al mirar el espejo roto sobre el lavabo, vi mi reflejo cansado, arrugado, ajeno. ¿Así me veía Begoña? ¿Así había sido durante meses?

Me recosté, apagué la luz. La oscuridad no trajo paz. En mi mente pasaban imágenes como diapositivas malditas: el chaqué en el perchero, la mancha de vino en la bata, los mocasines sin calcetines. Y, lo peor, sus palabras: «Has dejado de verme».

Me revolví, buscando una posición cómoda que no existía. Todo era amargo y discordante. Una idea se coló en mi oído, la rechacé al principio, pero volvía una y otra vez, como un insecto insistente: ¿y si fui yo, con mi distancia y mi pereza emocional, quien la empujó a los brazos de aquel hombre con mocasines? No para exonerarla, sino para entender.

Begoña no dormía. Vagaba por el piso como un fantasma, con los brazos cruzados. Se detuvo frente al sofá; la mancha de vino, ya seca, se había tornado marrón y fea. Arrugó la bata y la tiró a la papelera.

Luego se acercó a la mesa, tomó la copa que Arturo había usado, la observó largo tiempo y la llevó a la cocina, rompiéndola contra el fregadero con fuerza. El cristal crujió y se hizo añicos. Un alivio leve la invadió.

Recogió los restos del otro: tiró los pistachos, vació el vino, limpió la mesa, desechó los fragmentos. Sin embargo, el perfume de él permanecía en el aire, impregnado en las cortinas, en la tapicería. Estaba en todas partes, como la vergüenza, y también una extraña sensación de liberación. La mentira se volvió verdad; el dolor se volvió tangible.

Se sentó en el suelo, abrazó sus rodillas y, al fin, permitió que las lágrimas fluyeran, silenciosas, sin sollozos. Lloró no tanto por el daño que me había causado, sino por el colapso de la ilusión que ambos habíamos construido con tanto empeño: la ilusión de un matrimonio feliz.

Sabía con certeza que había sido culpable. Él había sido distante, yo no había sido tan tierno, pero la culpa era suya.

A la mañana siguiente desperté hecho pedazos. Pedí un café en la cafetería de la esquina y me senté junto a la ventana, observando la ciudad que despuntaba. Mi móvil vibró. Era Begoña.

«No llames, solo escribe si estás bien».

Leí el mensaje. Simple, humano, sin berrinches ni exigencias. Era cuidado, ese mismo cuidado que tal vez había dejado de percibir.

No respondí, tal como había prometido guardar silencio. Pero, por primera vez en esas horas, la ira y la repulsión empezaron a ceder un pequeño espacio a algo más difuso, no a la esperanza, sino a la curiosidad.

¿Y si, tras todo este terror y dolor, pudiéramos volver a vernos como antes? No como enemigos, sino como dos seres cansados y solos que, en otro tiempo, se amaron y quizá se perdieron.

Terminé el café, dejé la taza sobre la mesa. Los días de silencio se avecinaban, y después vendría la conversación. Pensé que tal vez el miedo no estaba en el diálogo, sino en la idea de que nada cambiaría.

Así concluía nuestra historia, sin cuentos de hadas. El amor que teníamos ya no era perfecto; estaba herido y desgastado. Pero en el momento en que todo se derrumbó, allí, entre los fragmentos, descubrimos una oportunidad: la de recomponernos, no como éramos, sino como podríamos ser. Porque el amor más fuerte no es el que no conoce caídas, sino el que halla la energía para levantarse del polvo.

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