¡Fuera de mi casa! le grito a mi suegra cuando, una vez más, se lanza a los insultos.
Todo lo que siempre me ha aterrorizado es la ira de mi suegra, con la que ya he estado casada. Por suerte, esa experiencia quedó atrás. Mi primer marido, Julián, salió de un orfanato y no tenía familia. Con él no funcionó: nos casamos cuando todavía estudiaba en la universidad, pero después de un año empezó a beber, se endeudó y sus problemas repercuten en mí. Abandono los estudios, busco trabajo y pago sus deudas.
Al divorciarme de él respiro aliviada; por fin dejo de tener problemas. Paso dos años sola, me recupero y poco a poco me vuelvo a levantar. Entonces conozco a Roberto. Nunca se ha casado ni ha tenido una relación seria. Todo avanza rápido: me propone matrimonio y acepto. Vamos a la casa de su madre.
Al cruzar el umbral, percibo la mueca de disgusto de Doña Carmen. Me lanza un hola seco y se dirige a otro cuarto. Al principio no entiendo qué ocurre; quizá mi ropa o mi postura no son la causa. Pero no, voy vestida de forma recatada. Sentada a la mesa, Doña Carmen me observa en silencio; esa mirada me incomoda. Ruborizada, ella rompe el silencio con dureza.
¿Así que estás aquí, sin estudios? dice, con una sonrisa burlona y desprecio.
Yo titubeo un momento y respondo calmada, tomando un sorbo de mi café.
Mi formación está incompleta; la vida no me permitió terminar la carrera, pero tengo la intención de volver a estudiarla.
Doña Carmen gruñe.
¿Pretendes terminar tus estudios? ¿Y cuando seas esposa, qué harás? ¿Criarás a los niños, cocinarás para tu marido y limpiarás la casa? Eres una princesa. Se ríe de nuevo, se lleva otro sorbo de café y deja la taza sobre la mesa. Te digo una cosa: mi hijo no necesita a una virgen como tú.
A usted le parece que soy promedio, tanto en aspecto como en figura, y que no tiene sentido. En ese instante me siento ultrajada. Me levanto de la mesa, corro al baño y empiezo a llorar. Una mujer desconocida me insulta sin motivo, y mi marido guarda silencio. Decido que nos marcharemos de inmediato.
No quiero volver a entrar en esa casa, pero ella sigue apareciendo en nuestro domicilio, intentando humillar y herir en cada visita.
Acudo a un psicólogo para averiguar qué hacer. Tras varias sesiones descubro que mi suegra es una manipuladora típica y que yo he sido víctima porque le he permitido el maltrato. Cada vez que vuelve a insultarme, le exijo que abandone mi casa.
Ya no nos vemos, y eso me sirve. Mi marido no tiene nada que decir al respecto.







