Fui a visitar a mi hermano por Navidad… y resultó que no me había invitado porque su mujer “no quiere a gente como yo” en su casa.

Diario, 25 de diciembre

Ayer, en vísperas de Navidad, me pasó algo que nunca pensé vivir con mi hermano Jaime.

Tengo 41 años y Jaime, 38. Siempre fuimos inseparables: de pequeños compartíamos habitación, travesuras, secretos, hasta trabajos de verano. Incluso aprendimos a sobrellevar los momentos malos juntos. Pero desde que Jaime se casó, noté que algo en él cambió. Me costaba aceptarlo, me decía a mí mismo que eran manías mías.

Este año, al comenzar diciembre, ya me resultó extraño no escuchar ninguna mención a la cena de Nochebuena. Siempre, siempre la celebramos juntos. Era una tradición nuestra, en familia.

Una noche, cansado de esperar invitación, pensé: Si Jaime no me invita, ya me invitaré yo. Es mi hermano, no un extraño.

El 24 por la tarde, a eso de las seis, le envié un mensaje preguntando a qué hora pasaba a recogerme. Nada. Silencio. Llamé y su móvil estaba apagado. Se me hizo un nudo en el estómago. Pedí un taxi y fui hasta su piso en Chamberí.

Al llegar, escuché villancicos, risas, niños corriendo. Desde la entrada se veía la mesa puesta, llena de dulces y platos típicos: turrón, jamón, gambas. Todo olía a fiesta. Por un momento dudé en llamar, pero no podía quedarme en la calle. Llamé al timbre.

Al abrirme la puerta, Jaime se puso pálido. Me abrazó, rápido, pero noté que estaba tenso.
Me dijo:
Ay, Rosa ¿por qué no avisaste?

Le respondí:
Porque tú tampoco avisaste de nada, así que aquí estoy. ¿Qué pasa?

Antes de invitarme a pasar, miró hacia atrás, como sopesando la situación.

Entré al salón… y me quedé helado. Toda la familia de su mujer Marisa estaba en la mesa: primos, tíos, incluso algún vecino. Todos. Todos salvo yo.

Marisa me saludó con una sonrisa forzada, luego siguió sirviendo la mesa como si yo no existiera.

Me senté solo en el sofá, incómodo, invisible. Y fue en ese silencio cuando escuché a Marisa decirle a su madre, creyendo que yo no la oía:
Ya te dije que iba a venir a fastidiarme la noche. No quería a gente como ella aquí.

¿Gente como yo?
¿Qué significaba eso?

Me costaba respirar, aguantando las lágrimas.

Mi hermano lo oyó. Le cambió la cara. Se acercó y me susurró:
No le hagas caso, Rosa. Ella es así.

Le miré de frente y le dije:
¿Así cómo? ¿Qué le he hecho? ¿Cómo puede ser que venga a casa de mi hermano y me sienta una intrusa?

Finalmente, se sinceró:
Ella no quería que vinieras. Dice que tienes demasiado carácter, que opinas de todo, que siempre quieres ayudar y te metes donde no te llaman y no quería discutir esta nochebuena.

Me quedé sin palabras.
Mi propio hermano había preferido no invitarme por evitarse un enfado con su mujer.

No monté una escena, ni le grité. Simplemente me levanté y dije:
No te preocupes. Me voy.

Jaime me suplicó que me quedara, pero no pude. Yo no iba a ser un extra en la casa de mi hermano.

Caminé hasta la esquina de la calle, con un nudo en la garganta.

Al llegar a casa me preparé un plato de arroz con pollo, calentito, y cené solo. Revisé fotos antiguas de navidades con Jaime y sentí que una parte de mí se rompía. Porque él no supo defender mi sitio ni nuestra historia.

Hasta hoy no hemos vuelto a hablar de aquello. Jaime me propone visitarme uno de estos días, pero yo aún no sé si quiero verle o dejar que el tiempo siga su curso.

De una cosa estoy seguro: esta Navidad, no compartiré mesa con ellos.

Supongo que he aprendido que, a veces, hay lazos que los demás no luchan por mantener, por mucho que uno quiera. Y, aunque duela, hay que saber aceptarlo.

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MagistrUm
Fui a visitar a mi hermano por Navidad… y resultó que no me había invitado porque su mujer “no quiere a gente como yo” en su casa.