Tengo treinta años y hace unos meses puse fin a una relación que duró ocho años. No hubo infidelidades, ni gritos, ni escenas feas. Un día simplemente me senté frente a ella y caí en la cuenta de algo doloroso: para ella, yo era el hombre en construcción. Lo peor de todo es que, seguramente, ni siquiera ella era consciente de ello.
Durante todo ese tiempo fuimos novios. Jamás llegamos a vivir juntos. Yo seguía en casa de mis padres, y ella en la de los suyos. Yo tengo una profesión estable y trabajo en una empresa, ella tiene su propio bar de tapas en Salamanca. Ambos éramos independientes, cada uno con sus horarios, responsabilidades y su sueldo. No había ninguna razón económica para no avanzar. Sencillamente era una decisión que siempre se quedaba pendiente, pospuesta una y otra vez.
Llevaba años proponiéndole que nos fuéramos a vivir juntos. Nunca le hablé de una gran boda ni de planes complicados. Siempre decía que el matrimonio no era obligatorio, que un papel no definía lo que ya teníamos. Le insistía en que nuestra relación era sólida, que bien podíamos compartir un espacio, una rutina, una vida real. Pero siempre encontraba una justificación: que más adelante, que ahora no es el momento, que su bar, que mejor esperar.
Mientras tanto, nuestra relación se convirtió en una rutina perfectamente engrasada. Nos veíamos los mismos días, hablábamos a las mismas horas, salíamos a los mismos sitios. Conocía su casa, a su familia, sus problemas. Ella conocía los míos. Pero todo sucedía dentro de los límites de lo cómodo y seguro, sin riesgo, sin cambios reales. Éramos una pareja estable, sí, pero completamente estancada.
Hubo un día que fui consciente de algo que realmente me dolió: yo evolucionaba, pero nuestra relación no. Empecé a pensar en el tiempo. Si seguíamos así, quizá llegaría a los cuarenta y seguiría siendo el eterno novio. Sin hogar compartido, sin planes reales, sin proyecto común más allá de vernos y acompañarnos. No porque ella fuera una mala persona, sino simplemente porque no quería lo mismo que yo.
Tomar la decisión de romper no fue nada impulsivo. Le di vueltas durante meses. Cuando por fin se lo dije, no hubo discusiones. Solo silencio. Ella no entendía nada. Me dijo que estábamos bien, que no nos faltaba de nada. Y ahí tuve la confirmación: para ella eso era suficiente. Para mí, ya no.
Después vino el dolor. Porque aunque fui yo quien se fue, estaba el hábito. Los mensajes, las llamadas, el tiempo compartido. Me sorprendía echar de menos cosas que no eran amor, sino simplemente costumbre. La seguridad de lo conocido.
Lo que jamás esperé fue la reacción de los demás. Pensé que me criticarían, que dirían que exagero, que después de ocho años no se deja una relación así sin más. Pero mucha gente me dijo justo lo contrario. Que ya era hora, que un hombre como yo no debe estancarse, que ya había esperado suficiente.
Hoy sigo atravesando ese proceso. No busco a nadie. No tengo prisa. Supongo que he aprendido que por mucho que duela, quedarse quieto tampoco es vivir.







