Mi marido me comparó con su madre desfavorablemente y le propuse que se mudara de nuevo a casa de sus padres

¿Por qué están tan secos estos filetes rusos? ¿Has remojado el pan en leche? ¿O has vuelto a echarle solo agua a la carne picada? preguntó Rafael, removiendo con desdén la crujiente corteza con el tenedor, como si buscara dentro no carne, sino una trampa.

Beatriz se quedó quieta con el paño de cocina entre las manos. Algo en su pecho, justo debajo del esternón, se tensó como un resorte oxidado, a punto de partirse. Ella había estado fregando la sartén, esperando que esa cena transcurriera en paz. Pero la esperanza se desvaneció antes siquiera de nacer.

Rafael, es ternera. Buena ternera magra, la compré en el Mercado Central después del trabajo. Añadí cebolla, especias, huevo. No están secos, son de carne replicó ella, sin girarse, controlando la voz.

Ahí está el error enseñó el dedo, masticando. Magra. Pero mi madre siempre echa un pedacito de jamón o tocino. Y el truco del pan, Beatriz, siempre pan de hace dos días, remojado en nata espesa. Así se deshacen en la boca, son etéreos. Pero esto esto, Bea, parece la suela de una alpargata. Perdóname, pero después de quince años casados ya podrías hacer unas cosas básicas.

Beatriz dejó la esponja con calma, cerró el grifo y secó sus manos. Quince años. Realmente quince años oyendo la misma cantinela: Mi madre lo haría mejor, Es que en casa de mamá, Eso no se haría así…. Al principio eran simples sugerencias; luego, consejos. Con el tiempo, comparaciones directas, en las que Beatriz solo perdía, siempre por goleada.

Se volvió hacia Rafael. Él estaba sentado, en la mesa, luciendo el rostro agrio de quien se siente estafado en el paladar. La camisa, planchada a la perfección por Beatriz. El mantel limpio lavado por Beatriz. El piso, reluciente limpio por Beatriz. Pero nada bastaba, porque los filetes no eran como los de mamá.

Si no te gustan, no los comas. Hay croquetas en la nevera murmuró.

Ya estás a la defensiva Rafael puso los ojos en blanco y soltó el tenedor, haciéndolo sonar. Es por tu bien, mujer. Hay que crecer como señora de la casa. La crítica, ya sabes, es el motor del progreso. Si me callo, nunca mejorarás. Ya lo decía mi madre: La verdad, aunque duela, cura.

Tu madre, Pilar Fernández caminó hasta la mesa no ha trabajado en treinta años. Puede pasar horas remojando pan, haciendo tres carnes para unas albóndigas, encerando el suelo. Yo soy directora de contabilidad. Tenía cierre de trimestre hoy. Llegué a casa a las ocho y tu cena estaba lista. ¿Alguna vez vas a valorar eso en vez de buscar, siempre, esa pieza de jamón invisible en la cena?

Venga, ya estamos con lo mismo de siempre: Yo trabajo, yo me canso. Todos trabajan, Beatriz, mi madre también, y nada, podía con todo: sopa, guiso, y la jarra de gazpacho. Y los domingos, rosquillas. Y las camisas, de esas que se tienen de pie. Es que tiene manos de oro; tú, en cambio, solo haces lo justo. Te falta chispa, ese calor de hogar.

El peso de sus palabras cayó sobre la cocina como piedras. Sin chispa. Solo lo justo. Beatriz miró al hombre con quien compartía cama y de pronto lo vio distinto: no era su marido, sino un chiquillo caprichoso envejecido, aún atrapado en los pantalones cortos de su niñez, exigiendo de su esposa un trono que no le corresponde.

Aquella copa de paciencia, años llenándose gota a gota un calcetín perdido, la sopa mal servida, el polvo detectado con un pañuelito blanco sobre la estantería (sí, Rafael era aficionado al numerito dramático) acabó rebosando.

¿Así que soy una mala ama de casa? preguntó, con un sosiego helado, como si la tormenta al fin se hubiese largado, dejando un páramo gélido tras de sí.

Bueno no mala dudó Rafael, intentando rebajar. Digamos normalita. Puedes mejorar. Es que mi madre, a tu edad…

Basta alzando una mano, lo cortó. No más historias de tu madre. Ya lo he entendido: no estoy a su altura. No puedo darte el confort y los éxtasis gastronómicos que tú has vivido en casa. Y, ¿sabes? Probablemente nunca pueda. Ni fuerzas ni ganas tengo.

¿Y qué sugieres? ¿Divorcio por un triste filete? se burló él.

No, de momento no. Propongo un experimento. Si para ti Pilar Fernández es el listón, la perfección inalcanzable, ¿por qué sufrir aquí con una inútil como yo? No es justo para ti, tan fino y exigente.

¿Qué intentas decir?

Que te vayas con quien te entienda, te mime y, por encima de todo, te alimente como dios manda: con tu madre.

Rafael se echó a reír, fuerte, de esos suspiros de quien no entiende el peligro.

¡Venga, no me hagas reír! ¿Me estás echando? ¿De nuestro propio piso?

El piso es de los dos, comprado en matrimonio, pero la hipoteca la liquidé yo con mis primas, y el primer pago fue de mis padres lo cortó en seco. Pero no te echo. Solo te ofrezco un mes de vacaciones. Un mes de retiro en el balneario de Casa mamá. A ver si después de mis filetes secos y sábanas arrugadas, coges fuerzas. Quizá yo aprenda también a empapar el pan en nata.

¿Hablas en serio? su sonrisa desvaneciéndose.

Completamente. Estoy harta, Rafael. Harta de competir con el espectro de tu madre en mi propia casa, de temer por si el tenedor apunta en mal ángulo. Recoge tus cosas.

Rafael se levantó, tirando la silla con estrépito.

¿Ah, sí? ¡Muy bien! ¿Tú crees que no me las arreglo? ¡Allí estaré como rey! ¡Mamá estará encantada! Hace años que dice que me dejo llevar, que he adelgazado. Ya verás cómo florezco allí. Tú aquí aullando sola, a ver cómo cambias una bombilla o arreglas un grifo.

Llamo al electricista se encogió de hombros. Le pago en euros. Al menos, ellos no me machacan.

La mudanza fue teatral: Rafael lanzaba camisas a la maleta, golpeaba puertas, farfullaba acerca de la ingratitud y la tontería femenina. Beatriz, en el salón, fingía leer. El miedo era un pozo profundo, tapado por una superficie de ligero alivio.

¡Me voy! proclamó Rafael, erguido en el recibidor, arrastrando dos maletas. No sueñes con llamarme. Cuando te des cuenta de lo que perdiste, tendrás que suplicar.

Deja las llaves en el aparador Beatriz no se levantó.

Un portazo seco. Silencio. Beatriz aguzó el oído: la quietud no era fría, no taladraba. Era blanda, envolvente. Entró en la cocina, miró la mitad de filete en el plato, lo tiró a la basura. Sacó una botella de blanco, se sirvió una copa, y cenó sólo queso y miel, sin remordimiento por si eso no es comida de hombre.

Aquella semana fue para Beatriz como un sueño de algodón. Nadie que la despertara a las ocho exigiendo desayuno. Nadie tirando calcetines. Nadie robándole la serie para poner fútbol. Volvía, se daba un baño, todo el tiempo del mundo, sin urgencias a través de la puerta: ¿Te has dormido? ¡Déjame entrar!.

Mientras, la vida ideal de Rafael comenzó con sobresaltos.

Pilar Fernández recibió a su hijo con alboroto.

¡Rafa, hijo! ¡Por fin! ¿Te ha echado, verdad, esa arpía? Ya lo sabía, ya te lo decía; no os pegabais Da igual, ven, que mamá te mima y te engorda.

Y los dos primeros días fueron gloria: tortitas de requesón para desayunar (finitas, como encajes), cocido y filetes en salsa para comer, canelones para cenar. Pilar revoloteaba, celebrando sus quejas y murmurando hija descastada.

Pero al tercer día, vinieron matices.

Rafael, acostumbrado a cierta autonomía conyugal, pensó dormir hasta tarde aquel sábado. Pero a las nueve, la puerta de su cuarto (su cuarto de infancia, igual al de hace veinte años) se abrió de par en par.

¡Vamos, hijo, arriba! Que se enfría el desayuno. Así te quedas sin vida, dormilón. Pilar descorrió las cortinas, inundando la habitación con el sol.

Mamá, es sábado, déjame dormir se tapó la cabeza.

Nada de dormir. Un hombre hecho y derecho tiene sus obligaciones. He hecho tortitas, hay que comerlas calientes. Y esta mañana hay que vaciar la buhardilla. Se necesita brazo de hombre.

Rafael se arrastró hasta el baño. Las tortitas, exquisitas, no lo negaba. Pero tras el desayuno, llegó la jornada cultural.

Mira, hijo: las revistas viejas, hay que revisarlas. Esto para la casa de campo, eso para reciclar. Y después a por patatas al mercado, cinco kilos, sola no puedo.

Mamá, me duele la espalda…

¡A todos nos duele! Hay que moverse. ¿Ves cómo te ha echado a perder Beatriz con tanto plato precocinado? No importa, ya te pondremos a punto.

Por la noche quiso ver algo de acción en la tele.

¡Rafa, baja eso! ¡Tengo jaqueca! chilló su madre desde la cocina. Y no sé qué ves en esas películas. Ponme Aquí hay tomate o una zarzuela, anda.

¡Sólo quiero ver una peli, mamá!

Mandarás en tu propia casa, aquí mando yo sentenció Pilar. Por respeto, que una madre no duerme por criar hijos desagradecidos.

Rafael rechinó los dientes y apagó la tele. Encerrado en su cuarto, miró el móvil. Quiso llamar a Beatriz, saber cómo estaba, pero el orgullo lo retuvo. Estará llorando, seguro, pensó, intentando consolarse.

La segunda semana fue peor. Su madre no solo cocinaba con esmero, sino que exigía sumisión total.

¿Adónde vas? preguntó, al verlo vestirse un martes.

Salgo con los amigos, a tomar algo.

Nada de birras. Mañana hay que trabajar. Y el alcohol no trae nada bueno. A las diez aquí. Yo cierro con la cadena; no voy a estar abriendo a deshoras.

¡Mamá, tengo cuarenta y dos años! gritó él.

Para mí, siempre serás mi niño. En mi casa, yo mando. No quiero borracheras ni libertinaje. Por eso te dejó tu mujer, no lo consiento aquí, punto.

Rafael se quedó en casa. Oía a su madre hablar por teléfono con la vecina, desgranando su fracaso matrimonial y la calamidad de nuera caída del cielo.

Sí, Rosario, volvió. Flaco, blanco, con los nervios rotos Ella lo maltrató. Ni lavar, ni guisar. Pero yo lo enderezo

Rafael sintió escalofríos. Recordó que Beatriz jamás le prohibió salir. Le decía: Vete, diviértete sólo no vuelvas borracho. Nunca lo levantaba de la cama si no era imprescindible. Cocinaba lo que él pedía, sin misterios de abuela. Y era, sí, una comida hecha desde el cuidado, no desde el reproche.

La comida, por cierto, también pasó factura. La cocina de su madre, aunque sabrosa, era puro exceso. Todo frito en grasa de cerdo, bañado en mayonesa, sumergido en aceite. Su estómago, habituado al menú ligero de Beatriz muchos asados, verduras, empezó a protestar. Ardor, pesadez.

Mamá, ¿y si hervimos solo pollo, sin fritos ni grasas? sugirió una tarde.

¿Estás enfermo? se preocupó Pilar. El pollo hervido para hospital. Un hombre necesita energía. ¡Toma el guiso, que lleva tocino pa que dé sustancia!

Al tercer fin de semana, Rafael sintió que se desgastaba. Supo, con un sudor frío, que a la madre se la quiere mejor a kilómetros. La vida con el ideal era agotadora: todo era control, disciplina, agradecimiento obligatorio.

Por su parte, Beatriz florecía. Se apuntó a clases de yoga. Salió con amigas de tapas. Cambió los muebles, quitó la butaca enorme que él adoraba y que solo cogía polvo. Descubrió que estar sola no era terrible, sino plácido.

Un viernes noche, Beatriz oyó el timbre. Esperaba una estantería nueva. Abrió, y allí estaba Rafael. Maletas en mano, ojeroso, con un triste ramo de crisantemos.

Hola dijo, sin atreverse a pasar.

Ella se apoyó al marco, brazos cruzados.

Hola, ¿te has olvidado algo?

Bea tenemos que hablar.

Juraría que ya lo hicimos. Ni un mes pasó. ¿El descanso bien? ¿Tu madre sigue cocinando de maravilla?

Rafael torció el gesto.

Basta, Bea. Quiero volver.

Esto no es tu casa, Rafael. Tu sitio está donde el ideal y los filetes con tocino. Aquí no. ¿Para qué volver a este supuesto infierno culinario?

Dejó las maletas y suspiró.

Perdóname. He sido un imbécil. No valoré lo que tenía.

No lo valoraste, no afirmó. ¿Y qué ha cambiado? ¿Te echó Pilar?

No. Me escapé yo. ¡Era insoportable! Todo el día encima, me regañaba por todo. No puedo ver la tele, me hincha a grasas, tengo acidez. Me critica hasta cómo me lavo los dientes Te juro que ahora sé lo que vales. He soñado con tu sopa, sin grasa ni misterios.

Beatriz casi sonrió. Rafael no mentía. Parecía verdaderamente machacado. El rodillo del matriarcado lo había aplanado.

Entonces, ¿mis filetes ahora son comestibles? bromeó ella.

¡Los mejores! Bea, déjame volver. Te juro, ni una palabra de mi madre más. He visto la diferencia entre visitar y vivir. Entiendo, de verdad, todo el trabajo detrás. He sido un consentido.

Intentó acercarse a abrazarla, pero ella lo paró.

Espera. Las disculpas están bien. Que lo asumas, mejor. Pero volver sin más, no. No quiero que en un mes estés otra vez buscando motas de polvo.

¡Te lo juro! No lo haré.

Las palabras se las lleva el viento. Condiciones: vuelves con prueba. Tres meses. Durante eso, nada de comparaciones. Si algo no te gusta, cocinas tú, y en silencio. Si lo planchado no va, coges la plancha. Yo no soy tu criada. Somos pareja, ambos trabajamos. O repartimos casa, o al menos nos respetamos.

Rafael asintió.

Así será. Cocino los fines de semana. Lo recordaré, ya verás. Haré paella. Solo déjame entrar.

Y una cosa más: una vez por semana llamas a tu madre y le cuentas qué gran esposa tienes. Que lo sepa. Que aquí no hay campos de trabajo, sino familia.

Uff, eso le costará

Es tu lío. Si ella piensa mal de mí fue porque tú lo permitiste. Toca enmendar.

Rafael miró a su mujer con un respeto nuevo. Ella había cambiado. O quizá él nunca vio ese acero en su interior.

Vale. Haré lo que sea. Bea, te quiero. No había comprendido la suerte que tenía contigo.

Beatriz suspiró y se hizo a un lado.

Pasa. Pero recuerda: las maletas las guardas tú. Y no hay cena. Si tienes hambre, hay huevos y tomates. ¿Una tortilla podrás apañar?

¡Por supuesto! entró Rafael volando. ¡Con tomate! ¡Lo mejor!

Esa noche, ambos cenaron en la cocina. Rafael devoró su tortilla recién hecha (demasiado salada, pero fingió no notarlo) y relató las peripecias del apart-hotel de mamá, partiéndose de risa.

¡Imagínate! Me obligó a ponerme bufanda para sacar la basura ¡con veinte grados! Y dice: el resfriado acecha.

Beatriz sonrió. Vio, con alivio, que aquel baño de realidad había vacunado a Rafael contra la eterna infancia. Sin saberlo, Pilar Fernández había salvado su matrimonio enseñándole la pesadilla de la vida perfecta de libro.

Ese sábado Rafael pasó el aspirador, en silencio, sin pontificar sobre limpiezas a la antigua. Y cuando Beatriz cocinó sopa, repitió plato y le dijo:

Qué rico, de verdad. Gracias, cariño.

Al mes, Pilar Fernández llamó a Beatriz.

¿Se te ha pasado la gracia, niñata? preguntó, entre ácida e irónica. ¿Volvió mi niño idiota contigo?

Fui yo quien lo recibió, Pilar respondió Beatriz tranquila. Y, por cierto, te manda recuerdos. Dice que te echa de menos, pero aquí está mejor; aquí hay democracia, no dictadura.

La suegra colgó. Pero Beatriz sabía que llamaría de nuevo. Al fin y al cabo, Rafael era su hijo. Pero ahora había un muro firme hecho de respeto mutuo y lecciones amargas aprendidas por Rafael en el paraíso entre su influjo y la pareja.

La rutina volvió. Rafael cumplió: nunca más comparaciones. A veces, casi se le escapaba un pues en mi pero se mordía la lengua bajo la mirada de Beatriz. Empezó a valorar el ambiente que creaba ella, entendiendo que no era cuestión de magia, sino de trabajo. Y Beatriz comprendió que, a veces, para salvar lo que se ama, no basta con transigir: hay que fijar límites, dejar que la realidad muestre sus dientes. Porque todo se aprende por contraste, y no siempre el pasado ideal resiste la comparación.

Gracias por llegar al final del sueño. Si esta historia ecoa en tu corazón, no olvides dejar un like y seguir el canal. Hay muchas más historias de vida aguardando, etéreas, bajo el cielo cambiante del subconsciente.

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MagistrUm
Mi marido me comparó con su madre desfavorablemente y le propuse que se mudara de nuevo a casa de sus padres