¡Ay, por favor, Álvaro, ven ya! ¡No sé ni qué hacer, el agua sale a chorros, voy a inundar a los vecinos, y ya sabes cómo es la señora del primero, me mata! ¡Me tiemblan las manos, no encuentro ni la llave de paso! sonaba tan lastimero y chillón el móvil que, aunque no estaba en altavoz, se oía perfectamente desde el otro lado de la mesa.
Carmen dejó el tenedor en el plato con una lentitud medida. El tintineo sobre la porcelana rompió el ambiente cálido de la cocina como si fuera la campana que da inicio a otra ronda del combate que ya llevaba tres años luchando. Delante de ella, su marido Álvaro iba alternando entre la pantalla luminosa del móvil y el guiso, que se quedaba frío, mordiéndose nervioso el labio.
Tranquila, Lola, murmuraba él al móvil. ¿Qué llave, la de debajo el fregadero o la del baño? Prueba a cerrar la general.
¡Es que no sé dónde está, de verdad! ¡Álvaro, ven ya, por favor, te lo suplico! ¡Tengo miedo! ¿Y si es agua caliente? Estoy sola, tengo miedo
Álvaro levantó la mirada hacia Carmen. Llevaba esa mezcla de súplica y resignación que últimamente se había vuelto demasiado habitual.
¿Ves, Carmen? Como se le inunde Lola es un desastre para estas cosas, no sabe ni coger un destornillador. Tengo que ir.
Claro que tienes que ir, contestó Carmen, sin que una mueca o el tono de voz delatara el torbellino que le recorría por dentro. Total, hoy tampoco celebramos nuestro aniversario. Ni hemos planeado esta cena desde hace dos semanas. Ni he estado tres horas cocinando. Ve, Álvaro, salva a Lola. Sin ti no se apaña.
No empecemos Álvaro ya estaba de pie, cogiendo las llaves del coche sin mirar a nadie. Es una urgencia, hombre. Somos amigos desde críos. Ya verás que vuelvo rápido: arreglo lo que sea y, en nada, estoy aquí. Si puedes, mete el guiso al horno para que no se enfríe.
Portazo. Carmen se quedó sola, rodeada de olor a cena festiva y al amargo sabor de la decepción. Miró por la ventana y, al ver el coche de su marido perderse en la noche madrileña, suspiró hondo.
Lola. Ese nombre era ya el tercero en discordia en su matrimonio. Amiga de la infancia, compañera del colegio, su “colega” de siempre Álvaro no ahorraba en excusas. Apareció de repente, justo después de su separación, y se instaló en sus vidas sin pedir permiso. Al principio pedía favores muy esporádicos: que si mudanza, un ordenador, una estantería. Álvaro, tan manitas, tan buena gente, nunca le decía que no.
Pero el hambre viene comiendo, como se suele decir. Las ayudas puntuales pronto se volvieron llamadas de última hora, auténticos desastres domésticos: una rueda pinchada en la M-30, una balda caída, un armario urgente porque “no tengo donde meter la ropa”. Siempre coincidía con los planes de Carmen y Álvaro.
Carmen no era celosa de manual, ni una histérica. De verdad creía en la amistad. Pero la intuición le susurraba que ni todas las cañerías del mundo podían romperse con semejante puntería. Además, Lola era guapísima, se cuidaba mucho y tenía esa forma de mirar y hablar con los hombres que les hacía sentir caballeros recién salidos del Cid. Esa pose de “niña indefensa” era su carta triunfal, y Álvaro, por supuesto, picaba.
Carmen guardó la cena en la nevera ya no tenía hambre. Cuando Álvaro regresó tras casi tres horas, venía sucio, agotado y, sin embargo, feliz consigo mismo.
¡Uff, llegué a tiempo! Iba a ser un desastre: el sifón lo echó todo a perder. Tuve que salir volando por una junta al chino veinticuatro horas. Lola estaba nerviosísima, se ha tenido que tomar una tila.
¿Al menos te puso un café? preguntó Carmen fingiendo que leía una novela.
Sí, y además me ha dado tarta de manzana. Ha horneado una, manda recuerdos y perdón por fastidiar la noche.
“Tarta”, pensó para sí Carmen. “O sea, mientras el agua inundaba su casa y no encontraba la llave, tenía tiempo de hornear una tarta. Vaya tela”.
No dijo nada más. Era absurdo discutir. Álvaro se ponía siempre a la defensiva, acusándola de seca y celosa sin motivo. Había que ser más lista. Carmen lo decidió: la próxima vez no se quedaría en casa. Iría también ella a salvar a Lola.
No tardó en llegar. Aquella misma semana, un sábado, planeaban ir a la casa del pueblo. Hacía un día espectacular, el maletero lleno de carbón y carnes, y Carmen ya se veía en la terraza, copa de Ribera en mano. Justo entonces sonó el móvil de Álvaro: melodía personalizada la de Lola.
¿Sí, Lola? ¿Cómo que chisporrotea? ¿Mucho? ¿Huelo a quemado? No toques nada, corta la luz del cuadro, ¿vale? Sí, entiendo. Voy ahora.
Colgó y miró a Carmen, que ya estaba junto a la cancela, con las petunias recién compradas en la mano.
Verás, cariño
¿Un enchufe? se adelantó ella.
Peor. El cuadro. Dice que huele a quemado y teme que se incendie la instalación. Ni el electricista del seguro viene un sábado y un particular te sangra y tarda mil años.
Vamos, que nos fastidia el día. Carmen apoyó la caja de flores en el suelo, resignada.
Que no, mujer. Pasamos por su piso, le echo un vistazo y si es cosa grave llamo a la avería. Si es poca cosa, lo apaño enseguida. No es tanto lío. Será una hora.
Perfecto, voy contigo.
Álvaro se quedó helado.
¿Para qué? Si de electricidad no sabes. Espera aquí, que luego vamos directos.
No, Álvaro. Vámonos juntos. Hoy la casa del pueblo es de los dos, y si hay que arreglar algo de camino, allá vamos. Además, tengo ganas de saludar a Lola, hace mucho que no la veo.
No pudo rechistar. Todo el camino, él tenso, tamborileando en el volante. Carmen, tranquila por fuera, iba tensándose más y más por dentro.
Lola les recibió envuelta en una bata vaporosa, con un maquillaje que ni en la Gran Vía. Al ver a Carmen bajando también del coche, mostró un segundo de fastidio, pero enseguida sonrió como si tal cosa.
¡Ay, Carmencita! Qué sorpresa Y yo aquí, echa un fideo, con lo nerviosa que estoy se tocó los tirabuzones perfectamente peinados. Pasad, pasad. Álvaro, eres mi salvador, mira cómo chisporrotea en la entrada
De verdad olía un poco a plástico quemado, pero tampoco era para incendio. Álvaro fue directo al cuadro eléctrico, ya con el destornillador en la mano.
Carmen, ven a la cocina, te invito a un cafelito mientras él hace de manitas canturreó Lola, intentando alejar a Carmen de la zona peligrosa.
Prefiero quedarme aquí, nunca se sabe si Álvaro va a necesitar que le alumbre, _¿verdad?_
¡Ja, alumbrar! Si él te arregla el cuadro hasta con los ojos cerrados, ¿a que sí, Álvarito?
Álvaro gruñó algo sin apartar la vista de los cables.
Oye, Lola ¿y por qué no has llamado a la comunidad? Tienen servicio de averías 24h. Esto de la electricidad es peligroso.
Buf, ni loca. Además, los que mandan son unos brutos. Me llenan la casa de barro y encima me echan la bronca. Álvaro lo hace de maravilla y, además, me fio de él.
Las manos de oro de mi marido, remarcó Carmen, hoy iban a estar con unas brochetas en la barbacoa. Íbamos al pueblo.
De verdad, lo siento, siempre la lío Sin un hombre en casa todo se estropea. Ya ves, Carmen, qué suerte tienes tú con el tuyo.
Álvaro acabó en un cuarto de hora.
Era sólo un borne suelto. Ya lo he apretado, pero, Lola, tendrías que cambiar el automático viejo.
¿Tú podrías? Lo compras, yo te lo pago, y me lo pones…
Álvaro no podrá, se anticipó Carmen. Hoy nos vamos ya. Próximo finde teatro. Pide un electricista y él te apunta el modelo que necesitas por si tienes dudas.
Lola miró a Carmen sin disimular su desagrado, pero enseguida se volcó de nuevo en Álvaro:
Aunque sea, un café ¡Tengo eclairs, de tus favoritos!
De verdad, estamos servidos cortó Carmen, agarrando el brazo de su marido. Nos tenemos que ir.
Al salir al portal, Álvaro suspiró, pero trató de justificar a su amiga.
Carmen, has sido demasiado fría. Solo quería ayuda
Querría ayuda y tu atención. ¿No ves el numerito? Bata, miraditas No busca ayuda, busca tu atención.
Anda, que cosas tienes. Si para ella soy un hermano.
Un hermano comodísimo, sí. Que te arregla todo lo que haga falta y de paso te sube el ego. Muy conveniente.
Se fueron al pueblo, pero el mal sabor seguía ahí. Carmen intuía que no sería la última. Lola estaba demasiado segura de que sabía cómo manejar los hilos. Disfrutaba de su pequeño triunfo, sabiendo que podía llamar y hacer que el marido de otra mujer corriera a atenderla.
La ocasión final llegó dos semanas después. Álvaro estaba en Barcelona por trabajo, y regresaba un viernes por la tarde. Carmen estaba feliz, preparando la cena para recibirle. Sobre las seis, él llamó.
Carmen, te aviso que llegaré un poco más tarde, ya estoy en Madrid, pero me ha llamado Lola. Está fatal.
¿Y qué le pasa ahora? contestó Carmen, pura escarcha.
Que ha comprado una barra de cortina de hierro, de estas súper pesadas. Ha intentado colgarla sola y se la ha caído en el pie. Dice que no puede ni andar, y encima no puede pasar por la habitación. Me ha pedido que vaya y la ayude a moverla, y me acerque a la farmacia por una pomada. Prometo que tardo poco.
Carmen respiró hondo.
Hazme caso, Álvaro; tú vete directo a casa, cena y descansa. Yo misma iré a ver a Lola.
¿Tú? ¿Para qué?
Porque yo sé mejor qué comprar en la farmacia y le ayudaré con la venda. Y tú necesitas descansar. Yo llego en media hora, no te preocupes.
Bueno Pero no te pelees con ella, ¿vale? Bastante tiene.
Carmen colgó y se puso en marcha. Pero no exactamente para cuidar el pie de Lola, sino para proteger lo que era suyo.
Buscó por internet y localizó la mejor empresa de «Manitas por horas» de Madrid, eligió al técnico más resolutivo. Pidió además por Glovo un lote de antiinflamatorio y vendas para esa dirección.
Llegó justo cuando el repartidor de la farmacia llamaba. Ella le recogió el paquete y subió. La puerta estaba entornada Lola la había dejado así para que “el salvador” pudiera entrar sin llamar mucho la atención.
El salón estaba en penumbra, con velas y una botella de verdejo descorchada con dos copas. Lola, tumbada en el sofá con la pierna estirada y la bata de antes. La barra, eso sí, bien colocada en el suelo, ni que hubiera caído por accidente.
¿Álvaro? ¿Vienes ya? Me muero de dolor ¿Tienes la pomada?
Sin responder, Carmen encendió la luz del techo, cortando el postureo romántico.
Lola pegó un salto, olvidándose del pie.
¡¿Pero qué haces aquí?! ¿Dónde está Álvaro?
En casa, cenando. Yo te traigo los remedios y la ayuda dijo Carmen, dejando el paquete en la mesa.
Pero si yo ¡Álvaro tenía que venir! Él es fuerte, él podía colgar la barra.
Para eso está el especialista. En ese mismo instante sonó el timbre.
Carmen abrió al “manitas”: mono de trabajo, caja de herramientas.
¿Servicio urgente? Me han pedido que cuelgue una barra.
Sí, pase, pase, le indicó. En la habitación, la señora le indica.
El técnico entró muy seguro.
A ver, es muro de hormigón, necesitaré tacos. ¿Tiene escalera la señora?
Lola estaba coloradísima, echando chispas de rabia a Carmen.
¿Pero qué ganas con esto? masculló cuando el taladro empezó a rugir.
Ayudarte. Lo de siempre: aquí tienes medicinas, aquí el manitas. Todo pagado. Álvaro hoy descansa: ya no es tu bombero particular. Que te lo arreglen los profesionales. ¿O es que en realidad buscabas otra cosa?
Lola se levantó, sin rastro de cojera.
¡Vete a la mierda! gritó. Tú de santurrona y Álvaro va a acabar harto de ti, le falta alegría. Eres una amargada.
Puede ser. Pero él se viene a casa conmigo. Lo demás, es cosa tuya. No tienes edad ya para mendigar la atención ajena. Búscate a otro.
¡Fuera!
El manitas acaba en veinte minutos. Todo pagado. Cuídate el pie y Carmen se fue como si le hubieran quitado diez kilos de encima.
En casa, Álvaro la miraba nervioso.
¿Cómo está Lola? No me coge el móvil
Carmen se sirvió un té, relajada por primera vez en semanas.
Perfectamente. Corría por el piso. El técnico ya estaba colgándole la barra, todo apañado.
¿El técnico? Si podía haberlo hecho yo
Álvaro, siéntate.
Él obedeció.
¿De verdad no te dabas cuenta de lo que se traía? Las velas, el vino, la bata Y siempre elige el momento perfecto para sacarte de casa. ¿No notas nada raro?
Álvaro se sonrojó y bajó la cabeza, desmigando el pan.
Supongo que me lo imaginaba, pero me sabía mal dejarla tirada, una mujer sola No quería líos.
No era solo ayuda, Álvaro. Ella necesita verte acudir, sentirse importante. Y tú, por hacerte el héroe, te olvidabas de tu familia. Hoy he visto que esperaba a un hombre, pero desde luego no era el técnico.
Él guardó silencio, avergonzado.
Perdóname, susurró Soy un poco tonto.
Un poco solo rió Carmen Y un buenazo. Te quiero, pero hasta aquí hemos llegado: si Lola tiene una avería, que llame al manitas. Y si está aburrida, que busque amigas. Se acabó la broma. ¿Vale?
Vale, lo entiendo. Gracias por ocuparte tú. Si llego a ver ese cine que tenía montado
Lola no volvió a llamar. Ni a la semana siguiente ni nunca más. El orgullo, supongo, pesaba más que el interés. Meses después, Carmen la vio, del brazo de un hombre trajeado, cargada de bolsas con logos de tiendas caras. Ni la saludó; sólo alzó la cabeza y siguió como si fuera invisible.
Carmen sonrió. Por fin Lola tenía quien la colgara las barras y le arreglase el grifo legalmente. Y en casa de Carmen y Álvaro, por fin, reinaba la paz: ningún WhatsApp rompía la calma con emergencias de goteras.
Ahora sí que podían tomarse el té tranquilos, soñar con las vacaciones y apurar hasta el último minuto de sus planes juntos. Porque, como Carmen aprendió, la línea de la familia hay que defenderla, aunque la otra persona se disfrace de ovejita perdida.
Si te ha gustado esta historia y piensas que la amistad tiene lindes claras, dale un corazón y cuéntame qué hubieras hecho tú, ¿habrías reaccionado igual que Carmen?







