Círculo matinal
Alguien había pegado una nota en la puerta del ascensor con celo barato: NO DEJÉIS BOLSAS JUNTO AL CONTENEDOR. El celo amenazaba con despegarse, el papel ya se doblaba por las esquinas. La luz del vestíbulo parpadeaba, haciendo que el mensaje pareciera ora tajante, ora casi difuminado, como el ánimo del chat de la comunidad.
Milagros Fernández estaba allí, llaves en mano, escuchando cómo detrás de la pared, en el sexto, un taladro afinaba una nota, la perdía y la retomaba. No era el ruido en sí lo que le molestaba. Era otra cosa: la certeza de que todo terminaría en juicio vecinal. Alguien escribiría en el chat en mayúsculas, otro respondería con ironía, un tercero mandaría la foto de unos zapatos ajenos junto a una puerta como prueba del declive moral. Y aquello, inevitablemente, parecía exigir su participación, cuando en realidad Milagros sólo ansiaba una cosa: silencio en la cabeza.
Subió con su compra sin quitarse el abrigo, la dejó sobre la mesa de la cocina y abrió el chat. Arriba flotaba el mensaje: ¿QUIÉN APARCÓ DE MADRUGADA EN EL PARQUE INFANTIL?. Le seguía foto de una rueda sobre el bordillo. Otro: Y QUIÉN NI SIQUIERA SALUDA EN EL PORTAL. Milagros fue bajando los mensajes y sintió aquella ola de irritación querida por costumbre, hasta que se sorprendió pensando: estaba cansada de ser testigo de las trifulcas de otros. Y más aún, de su propia predisposición a echar leña, aun callada.
La mañana siguiente se despertó temprano, no por descanso, sino por ese viejo resorte corporal que actúa como reloj sin permiso. Había fresco en la habitación, los radiadores susurraban. Se puso el chándal, encontró en la entrada unas zapatillas deportivas compradas para andar y casi sin estrenar, y salió a la escalera. Allí olía como siempre: una mezcla de polvo, pintura seca y ese indefinible aroma a edificio antiguo.
Se detuvo junto al ascensor y miró el tablón de anuncios: avisos de revisión de contadores, un gato perdido, reunión de propietarios. Milagros sacó de su bolsa la hoja preparada la víspera y la fijó cuidadosamente con chinchetas:
Paseos matutinos alrededor de la manzana. Sin charlas ni compromisos. Quien quiera, a las 7:15 en el portal. Dar la vuelta y dispersarse. Milagros F.
A ella misma le sorprendió lo fácil que había resultado escribirlo. No era hagamos amistad, ni debemos ser humanos, sólo pasos.
A las 7:12 ya estaba en la puerta, comprobando si el gas y las ventanas estaban cerrados. Llevaba llaves, móvil, gorro de lana. Creía que esperaría un minuto y luego fingiría que irse así era lo previsto.
La puerta dio un portazo y al rellano salió una mujer de unos cuarenta y cinco, el cabello recogido y la expresión de quien espera el dolor de antemano.
¿Por el anuncio? preguntó, tocándose la bufanda.
Sí, soy Milagros.
Marisol. Tengo la espalda El médico me dijo que anduviera, pero sola me aburro confesó, y se apresuró: No soy habladora.
No hace falta respondió Milagros.
Al minuto apareció un hombre algo encorvado, de chaqueta oscura. Saludó con un leve gesto, mirándolas como si dudase de si debía saludar, pero al final sí:
Buenos días. Julio. Del quinto.
Yo del sexto corrigió al instante Milagros, pues sabía muy bien quién vivía dónde. Y se sorprendió: esa obsesión por el orden.
Julio sonrió de medio lado.
Del sexto, tienes razón.
El cuarto en llegar fue un hombre alto, cerca de sesenta, gorro de punto y ese andar que recuerda al de los viejos atletas. No preguntó nada, se colocó a su lado.
Víctor dijo. Yo todas las mañanas ando igual. Creía que era el único.
A las 7:16 se pusieron en marcha. Milagros había escogido la ruta más simple: alrededor de la manzana, pasando por el supermercado, cruzando el patio de otro edificio, siguiendo el muro del colegio y vuelta. La nieve bajo los pies estaba dura, en algunos tramos resbalaba. Era un frío que aclaraba, y durante minutos sólo se oían los pasos y las respiraciones.
Milagros notó cómo el cuerpo primero se resistía, luego se acoplaba. Donde solían zumbar las quejas ajenas en su cabeza, se abría un hueco tranquilo, como una hoja blanca sin escribir.
En la esquina, Julio dijo de improviso:
Creí que era broma lo de sin charlar. Aquí siempre hablamos.
Si apetece, adelante respondió Milagros. Mientras no sean informes.
Marisol se rió, luego se apretó la espalda con una mano.
¿Vas bien? preguntó Milagros.
Mientras no pare bruscamente, sí.
Víctor iba con el paso exacto, casi contando. Poco antes de volver dijo:
Bien así. Sin asambleas. Simplemente andar.
Llegaron a las 7:38. Algún titubeo en la entrada, como tras una reunión breve.
¿Mañana? preguntó Marisol.
Si usted sale contestó Milagros.
Saldré afirmó Julio alzando la mano en vez de despedirse.
Al día siguiente eran tres. Víctor no apareció, pero sí Carmen, la del cuarto, de unos cuarenta y poco, con un abrigo de plumas llamativo, y esa mirada de quien sospecha que está auditando una secta.
Sólo vengo a ver dijo sin presentarse.
Mire replicó Milagros, y avanzó sin esperar aclaraciones.
Carmen fue junto a Julio y guardó silencio. Al segundo paseo, una semana después, ya hablaba:
No me gustan estos grupos. Siempre acaban pidiendo dinero y quien no paga es el enemigo.
Aquí no se recauda aseguró Julio. Yo tampoco quiero. Después del divorcio, a mí me dan alergia las huchas comunes.
Milagros oyó ese divorcio y evitó indagar. Sabía cuán rápido el dolor ajeno se convertía en combustible de charla y arma.
Los paseos seguían por costumbre. Salían a las 7:15, regresaban a las 7:40. A veces alguien faltaba; volvía más tarde. Marisol traía su botella de agua y bebía de camino. Julio un día vino sin gorro y murmuró todo el rato por ello, pero no se volvió. Carmen, al principio distante, luego se acercó al grupo.
Algo extraño empezaba a impregnar el edificio. Milagros observó que la gente saludaba más. No porque tocara, sino porque al amanecer ya se habían cruzado sin coraza.
Una tarde volvía ella de la consulta, cansada, papeles en la bolsa. En el ascensor, Víctor forcejeaba con el botón.
¿No va? preguntó.
Sí, pero hay que pulsar con fe respondió él. Y tras hacerlo, el ascensor respondió. Dentro, la luz temblaba, el espejo arañado. Víctor añadió, inesperado:
Gracias por esto de andar. Creía que ya no tenía con quién. Así bien.
Milagros asintió y notó un calor suave que no dejó crecer demasiado. Simplemente percibió: la gente se sentía menos pesada.
Sin querer, surgieron pequeños servicios. Una mañana, Julio vio que a Marisol se le desataba el cordón y la avisó con un gesto. Marisol luego escribió en el chat: Gracias a quien me avisó del cordón, menuda caída habría sido. Sin nombres, pero con sonrisa.
Carmen un día trajo una bolsa de sal para los escalones.
No para todos dijo dejando la bolsa. Para mí. No quiero romperme la crisma.
Igual se agradece respondió Milagros.
Espolvorearon juntas la sal, Carmen luego se limpió las manos y gruñó:
Ya que estáis aquí
En el chat empezó a haber menos gritos virtuales. No desaparecieron los exabruptos sobre basuras o coches, pero a veces alguien escribía: Sin alboroto, por favor. Hablemos. Ya no sonaba a lema sino a recordatorio de que sabían hablar.
El problema surgió a finales de noviembre, cuando empezó la obra en el sexto, el piso de Andrés, joven con perro. No era su primer reforma, pero esta vez el taladro seguía de noche. El chat hervía: Hasta cuándo, Hay niños, Esto qué es. Carmen avisó: Sé quién es. Siempre igual. Le da igual todo.
En el paseo, Marisol avanzaba rígida, cada paso marcado también por el enfado.
Es él murmuró al pasar junto al colegio. El del sexto. Justo encima. Ayer hasta las diez. Luego, en la cama, el taladro seguía en la cabeza.
Julio bufó.
La norma es hasta las once, si no hay
No me recites la ley le interrumpió Marisol. Hablo de respeto.
Carmen, siempre irónica, esta vez estaba seria.
Hay que ponerle en su sitio. Firmamos y que venga la policía municipal. Que lo sepa.
Milagros sintió que el grupo, ayer cálido, volvía a erigirse en frente. Lo que la asustaba no era el taladro, sino lo fácil que la gente regresaba al nosotros contra él.
Las firmas después dijo. Primero hablar.
¿Con él? Carmen se paró. ¿En serio? Pero si
Es persona afirmó Milagros. No somos inspectores.
Julio la miró con atención.
¿Lo harás tú?
Milagros no lo deseaba. Quería silencio espontáneo. Pero sabía: si hacían escarnio en público, el círculo matutino se disolvería.
Hablaré asintió. Pero no quiero multitudes.
Julio asintió.
Voy contigo.
Esa tarde subieron al sexto. Milagros le había escrito a Andrés: ¿Un minuto para hablar? Soy Milagros del portal. Él contestó tras diez minutos: Sí, claro, pasa.
En el rellano, bolsas de escombro bien atadas. Significativo: ni vertedero, ni desplante, sólo temporalidad. Milagros llamó. El taladro estaba callado.
Andrés abrió, camiseta, manos polvorientas. Su perro, de pelo rojizo, asomó y se retiró rápido.
Hola dijo receloso. ¿Pasa algo?
Venimos sin bronca dijo Milagros, consciente del absurdo, pero sin recurso mejor. Es por la obra.
Julio aguardaba a su lado.
Intento acabar antes de las nueve se defendió Andrés. Pero la cuadrilla no puede de día, así que lo hago tras el trabajo. No quiero molestar.
Lo entendemos dijo Milagros. Pero arriba vive Marisol, con la espalda mal. Necesita descansar. Cuando es hasta las diez, cuesta.
Andrés suspiró.
No sabía lo de la espalda. Creí que era lo de siempre; que escriben en el chat y nunca lo dicen en persona.
Milagros sintió rubor. De verdad, casi nunca se hablaba de frente.
¿Por qué no acuerdas tus días críticos? Seguro si avisas, el resto pueden ser más tranquilos. Y la basura, mejor de día, no a última hora.
Andrés miró sus bolsas.
La saco en coche por la mañana. No quiero que esté aquí. Hoy era tarde, nada más.
Perfecto dijo Julio. ¿Y el horario?
Andrés dudó.
A las nueve sin falta. Alguna vez hasta y media, si no hay otra. Pero aviso en el chat si ocurriera. Una vez a la semana como mucho.
Milagros asintió.
Y otra cosa. Su perro es amable, pero cuando ladra de noche
Andrés se ruborizó.
Es al quedarme solo, le entra la morriña. Compraré algo para que se distraiga. Y si vuelvo a molestar, dímelo, pero no al grupo, ¿vale?
Al salir, Julio comentó en voz baja:
Es buen chaval. Sólo está solo y es joven.
Todos estamos solos a nuestro modo se sorprendió Milagros pensando en voz alta.
Al día siguiente, Andrés escribió en el chat: Vecinos, hoy obra hasta las 21:00. Si hay cambios, aviso. La basura la saco a las 8. Alguien reaccionó, otros callaron. Carmen escribió: Ya veremos. Pero no hubo gritos.
En el círculo, Carmen vino tiesa.
¿Qué, hablasteis?
Sí, aceptó acabar antes y avisar.
¿Sólo eso? parecía querer triunfo, la prueba de que su vía era mejor.
Y ya. No necesitamos ganar respondió Milagros.
Carmen resopló, pero siguió andando. Al rato murmuró sin mirar:
Pues yo, si hay ruido, lo diré.
Dilo. Pero primero a él asintió Milagros.
Marisol andaba a su lado y susurró:
Gracias por no hacer linchamiento. No lo habría soportado.
A Milagros se le hizo un nudo, aspiró aire frío y el nudo se deshizo.
A la semana, Víctor dejó de venir. Milagros lo vio en los buzones.
¿Le hemos perdido? le preguntó.
La rodilla dijo breve. El médico dice que descanse.
Qué lástima dijo ella.
Aun así os veo. Abro la ventana cuando pasáis. Así, es como si anduviese igual.
Era tierno y cómico a la vez.
Llegado enero, los paseos matinales eran ya costumbre de tres: Milagros, Marisol y Julio. Carmen aparecía a ratos, se ausentaba y volvía, probablemente comprobando si el invento seguía vivo. Andrés, cuando la obra le agotaba, salía a pasear callado, pendiente sólo del crujir de la escarcha, y se marchaba el primero.
El edificio no se volvió ideal. Seguían las bolsas junto al cubo, aparcar seguía siendo un arte fallido. El chat a veces recobraba un rugido antiguo. Pero Milagros sentía que en aquella casa había memoria de otra forma posible.
Un martes cualquiera de enero, a las 7:14, salió. Julio la esperaba abrochándose el abrigo. Al verla, levantó la vista:
Buenos días, Milagros.
Buenos días, Julio.
Marisol llegó, midiendo bien los escalones salados.
Hola. Hoy la espalda me deja tranquila dijo, y era una sonrisa de quien ha vencido lo mínimo.
Carmen salió desde la puerta, soñolienta, sin humor amargo.
Voy con vosotras, pero sin hablar del chat masculló.
Hecho confirmó Milagros.
Y emprendieron el paso, juntos pero no idénticos, sólidos aunque imperfectos. Julio sujetó a Marisol cuando resbaló, con tal naturalidad que nadie agradeció nada.
Al regresar, Andrés les esperaba con el perro a la correa.
Buenos días. Yo me uno más tarde, tengo que ir al trabajo. Pero gracias por hacerlo bien la otra vez.
Milagros asintió.
Vivimos aquí dijo únicamente.
Y no era un lema. Era sólo un hecho, por fin despojado de violencia.







