Los niños, atolondrados, decidieron jugar a la independencia, y terminaron cubiertos de deudas y sin piso propio.
Cuando nuestras hijas se casaron, los padres de ambas partes pensamos, con cierto orgullo cansado, en echarles una mano con la vivienda. Mi marido y yo, igual que mis consuegros, teníamos unos ahorros guardados en una vieja caja de madera, como el pan de cada día. Los juntamos, calculamos bajo la luz amarillenta de la cocina, y nos salió justo para un pisito sencillo en la periferia de Madrid. Queríamos comprarlo al momento para nuestras niñas, pero ellas, altivas y soñadoras, insistieron en que serían independientes, que preferían comprarlo ellas solas.
Pasado un tiempo, nos enteramos de que efectivamente habían adquirido un piso, pero uno de tres habitaciones en la Gran Vía, un lugar que reluce en los sueños pero vacía los bolsillos en la realidad. ¿Y el dinero? Lo obtuvieron de una hipoteca con el banco, esa bestia que duerme pero nunca descansa. Y para pagar las cuotas pues aseguraron que podían, que todo estaba controlado.
Después, nos enteramos de que querían también un coche. Alegaban que el piso quedaba lejos del trabajo, y que el metro de Madrid resultaba claustrofóbico, siempre oliendo a sueño olvidado. Compraron un coche, nuevo, rojo y reluciente, también a crédito. Nosotros sugerimos que mejor uno de segunda mano, algo modesto, pero de nuevo se rindieron a la independencia como si fuese un dulce imposible de rechazar.
Más tarde, decidieron tener un bebé, y soñaron con que naciese en el extranjero, para que poseyera pasaporte dorado y doble nacionalidad, como si la vida fuese un tablero de parchís. Sacaron otro préstamo para asegurar la mejor clínica y un médico que los acompañara día y noche. La bebé nació entre batas blancas y murmullos de otro idioma.
A los pocos meses, arreglaron la habitación de la niña como si fuera un palacio de sueños rosas, y otra vez el banco abrió sus fauces para dar otro crédito más. ¿Y esto quién lo paga?, preguntamosellos, siempre ellos, porque somos independientes.
Hasta que, en un giro absurdo de la noche, el yerno fue despedido y la hija seguía de baja por maternidad. La hucha se vació tan rápido como el agua entre los dedos. ¿Cómo iban a pagar todas esas deudas? Nos suplicaron que vendiéramos nuestro pequeño refugio en la Sierra de Guadarrama, la casita que olía a pino y humedad. Sin ganas, la vendimos, pero ni aún así bastó para frenar la marea.
Al cabo de poco, tuvieron que malvender el piso, luego el coche, y acabaron en casa de los suegros, en un piso viejo y lleno de relojes que no dan la hora. Ahora se lamentan, pierden lágrimas en la mesa del desayuno, porque no tienen nada suyo. Claro, nunca escucharon. Las deudas siguen, como una sombra que juega a la rayuela. Queda solo la tristeza y el rastro de las lágrimas sobre la loza fría.







