¡Papá ¿es verdad? gritó Irene, la mayor de las hijas, con la voz rota.
¿Qué dices? respondió Antonio en un susurro, sin atreverse a mirarla a los ojos.
Que te vas de nosotras y que esa mujer espera un hijo tuyo.
Un silencio pesado se abatió sobre la habitación. Ana, la madre, miraba al vacío; sus ojos estaban hinchados de lágrimas. Las dos hermanas menores, Ángela y Marta, se aferraban una a la otra, buscando en el miedo cualquier tipo de apoyo.
Sí dijo Antonio al fin, dejando escapar un suspiro. Es cierto. Mi vida tiene otro rumbo.
¿Otro rumbo? explotó Irene. ¿Con quién? ¿Con una chica de mi edad? ¿Con esa mujer que nos humilla y se burla de mamá? ¿Cómo puedes, papá, después de veintidós años de matrimonio? ¿Después de todo lo que ella hizo por ti?
Antonio bajó la cabeza. Le avergonzaba, pero no lo suficiente como para detenerse. Lidia ya lo había envuelto con su juventud y sus halagos. Tenía veinticinco años, casi la misma edad que su hija. Grosera, atrevida, ruidosa, no temía decir a voz en grito:
Yo soy su futuro. Y ustedes sólo el pasado. Aceptadlo.
Ana no respondió. Se quedó en silencio porque el corazón ya no tenía fuerzas para luchar. Tras años de amor, noches sin sueño, después de haberle entregado todo, él se marchó, dejándola con el dolor y tres hijos.
Pasaron unos meses y la tensión sólo aumentó. Irene, que había visto a Lidia insultar a su madre en cada ocasión, no pudo más:
¡No eres nada! ¡Y nunca serás parte de nuestra familia!
Lidia alzó la voz, sacó el móvil y empezó a grabar, amenazando con un escándalo.
Unas semanas después llegó la citación judicial: el padre había interpuesto una demanda contra su propia hija por daño moral a la amante.
¿Cómo pudiste, papá? susurró Irene, de pie frente a él en el tribunal, con los ojos llenos de lágrimas. Soy tu hija siempre te admiré, me sentí orgullosa de ti ¿Y ahora me haces esto a mí?
Debías respetar a Lidia replicó Antonio, helado, tomando la mano de su amante.
Ana estaba sentada a un lado, mordiéndose los labios hasta sangrar. Las hermanas pequeñas lloraban en silencio. Ese día fue el último en que la vieron como padre.
Cegado por el deseo y por una falsa juventud, perdió no sólo a su familia, sino a sí mismo.
Las hijas se quedaron con su madre. Crecieron con demasiada rapidez, aprendiendo a su propio costo que la verdadera familia no siempre es la de sangre.
Los años siguieron pasando. Ana mantuvo su dignidad, aun en la soledad. Las chicas forjaron sus propias vidas.
Lidia se marchó. Cuando le sacó todo a Antonio dinero, casa, fuerzas la dejó sin nada, con un niño pequeño y sin alma.
Una noche, él volvió a casa, ya canoso y agotado, con la mirada de quien lo ha perdido todo. En la puerta le esperaban sus hijas. Lo observaron largamente, en silencio. En sus ojos resonaba la pregunta que nunca encontró respuesta:
«¿Cómo pudiste engañarnos, papá? ¿Cómo pusiste a otra persona por encima de nosotras? ¿Cómo destruiste todo lo que teníamos?»
Él no respondió. Sólo bajó la cabeza.
En el silencio que quedó entre ellos sólo persistió lo que jamás muere: el dolor y el arrepentimiento tardío.







