En el día del entierro de su esposa, Tomás no derramó ni una lágrima.
Fíjate, ya te decía yo que nunca quiso de verdad a Zuriña susurraba al oído de su vecina Toñi.
Baja la voz, ¿qué más da ya? Los niños se han quedado huérfanos con un padre así…
Vas a ver, acabará casándose con Carmen, ya te lo digo yo aseguraba Toñi a su amiga Loli en voz baja.
¿Con Carmen? ¿Y eso por qué? Si a él siempre le gustó Gloria. ¿Te olvidas de cómo se perdían por los pajares de la finca? Carmen no va a liarse con él, tiene su familia y ni se acuerda del tal Tomás.
¿Y tú qué sabes?
Lo sé de buena tinta. Carmen, mira, su marido trabaja ahora en la Diputación de Ciudad Real. ¿Para qué iba a querer a Tomás y su prole? Ella es práctica. Pero Gloria, ay, Gloria sí que sufre con su marido, el pobre Mateo… Al final esos dos volverán a liarse sentenció Toñi con tono seguro.
A Zuriña la enterraron una tarde gris. Los niños se agarraban las manos con fuerza.
Miguelito y Paula acababan de cumplir ocho años. Zuriña se había casado con Tomás por amor. Pero nunca supo si Tomás sentía lo mismo, y tampoco lo supo jamás el pueblo.
Se contaba que Zuriña quedó encinta y que Tomás, apretado por las circunstancias, la tomó por esposa. La pequeña Claudina, su primogénita, nació de siete meses y murió pronto, y después pasaron años antes de que llegaran los mellizos. Tomás era un hombre taciturno, seco de palabra. En el pueblo le llamaban El Lobo, tal era su fama de callado y poco dado a caricias. Lo sabía bien Zuriña, que se fue adaptando a esa vida.
Pero el cielo tuvo piedad: tras muchas plegarias, según decían las vecinas, Zuriña fue bendecida con dos hijos a la vez.
Paula y Miguelito eran mellizos. Él, de carácter dulce, cariñoso, de los que ayudan en casa, a la vera de la madre siempre. Paula, en cambio, era toda su padre, cerrada, de pocas palabras, como si se guardase el mundo dentro. A Tomás le resultaba más fácil acercarse a Paula, compartían silencios en la carpintería, él cortando madera y ella observando atenta, aprendiendo sin hablar. Miguelito, en cambio, era quien se encargaba de ayudar en lo que podía: barría el portal, traía agua fresca, pequeño aún pero empeñado en aportar.
Zuriña los quería a ambos con todo su ser, aunque sentía una conexión especial con Miguelito. Era su confidente. Antes de morir, una noche de dolor y despedida, tomó la mano del niño y susurró:
Hijo, pronto me iré. Tú serás el responsable aquí. Cuida de tu hermana, protégela siempre, porque eres el hombre y ella es más débil, necesita de ti.
¿Y papá? preguntó Miguelito, entre lágrimas.
¿Qué? musitó Zuriña, sin entender.
¿Papá también nos protegerá?
Eso el tiempo lo dirá, hijo.
Entonces no te vayas. ¿Qué vamos a hacer sin ti?
Ay, si dependiera de mí, mi vida… alcanzó a decir Zuriña. Y esa madrugada, se apagó.
Tomás se sentó junto al lecho, le tomó la mano hasta el final. Sin llanto, sin sollozos. Simplemente, la espalda más encorvada, las sienes más grisáceas, los ojos más hundidos. Eso era todo.
La vida fue volviendo poco a poco a su cauce en la pequeña localidad, en plena Mancha. Paula intentó asumir el rol de ama de casa, cocinando, limpiando, aunque era poca aún para tal carga. Fue la hermana de Tomás, Natalia, la que echó una mano y le enseñó poco a poco a la niña cómo manejarse con las tareas.
Tía Natalia le preguntó un día Paula, ¿papá se va a casar ahora?
Eso hija, ni idea. Tu padre no cuenta sus cosas ni a la almohada.
Natalia tenía sus hijos y a Basilio, su marido. Su casa era alegre y unida.
Y si pasa algo, ¿nos acogerás con vosotros?
No digas tonterías. Tu padre os quiere y no dejaría que os apartasen de él respondió Natalia, despeinando a la niña con ternura.
Entretanto, los rumores corrían de boca en boca: que Tomás y Gloria, el antiguo amor de su juventud, volvían a verse…
Esa Gloria está loca decía la chismosa Toñi, anda revolviendo con Tomás y se olvida de su familia.
¡Qué poca cabeza tiene esa mujer! comentaban las mujeres a la puerta de la tienda de ultramarinos.
¡Venga boberías, terminaos la tertulia! interrumpió severo el alcalde de la aldea, Máximo León.
Si tanto habláis, cualquiera diría que sabéis la verdad de vuestros vecinos les reprochó Máximo en defensa de Tomás.
No obstante, era cierto que entre Gloria y Tomás hubo un amor tan intenso, casi como para escribirlo en novelas. Pero en su día, Tomás fue destinado lejos para ayudar con las cosechas en Castilla y, mientras se iba, Gloria cayó en brazos de Mateo Chicharro. A la vuelta, Tomás se enteró y le dio una buena paliza a Mateo, pero nunca volvió a hablar con Gloria. Ella acabó casándose con Mateo, hombre de malos modos y peor bebida, y se lamentaba cada día. En cambio, Tomás, trabajador y abstemio, sólo era parco y esquivo.
Fue entonces cuando la gente empezó a reparar en que se acercaba a Zuriña… y ella floreció como una amapola al sol, en pleno mayo.
Ay, lo que hace el amor con la gente suspiraban las vecinas.
Zuriña llevaba años enamorada en silencio, sabiendo que nunca podría compararse con mujeres como Gloria. Y así, la vida les unió una tarde de paseo y nunca más se soltaron.
Tuvieron una boda sencilla, la familia de Tomás apenas Natalia y la madre de Zuriña, Rosa, una mujer mayor de presencia discreta que había criado sola a su hija. Ya se sabía que de joven, Rosa tuvo un idilio con don Basilio Proenza, el regidor de entonces. Era mujer guapa, pero nunca llegó a casarse, y en el pueblo le tenían poca estima por sus aventuras. No obstante, Zuriña no heredó ni el carácter ni las costumbres de su madre, y nadie le reprochaba su pasado.
Ay, lo que le espera a la pobre… Tomás nunca la ha querido auguraba Natividad, la panadera.
Pero contra todo pronóstico, Tomás fue fiel y leal a su esposa. Nadie podía decir lo contrario, y en un pueblo, todo se sabe.
Vivieron juntos quince años. Nunca alzaron la voz en desacuerdo. La gente terminó por aceptar la pareja. Hasta que Zuriña enfermó el invierno pasado. Un mal incurable, dijeron. No hubo esperanza.
Una tarde, Tomás volvía del campo.
Tomás, ¿puedo pasarme un ratillo por tu casa? He hecho unas rosquillas para tus hijos le ofreció Gloria, esperándole a la salida del olivar, con una fuente en la mano.
No, Gloria, gracias. Natalia ya les llevó bizcochos ayer.
Pero yo te lo traía de corazón, Tomás…
Y mi hermana también, Gloria, también.
Tomás, esta noche, vente al molino cuando caiga la oscuridad insistió ella, bajando la voz.
¿Eso para qué?
No me digas que has olvidado lo nuestro… Gloria parecía herida.
Lo de antes ya fue, está enterrado contestó Tomás sin mirarla. Quiero a mis hijos. Quise a Zuriña.
No la puedes recuperar ya… Gloria bajó la cabeza.
El amor verdadero no muere dijo Tomás, y su voz retumbó seca.
Tú no la amabas, Tomás. Te casaste conmigo solo por despecho.
Vete a casa, Gloria dijo Tomás con tono bajo, pero firme.
Se alejó sin mirar atrás, en dirección a la casa donde sus hijos le esperaban.
Gloria se quedó sola en mitad de la calle, pequeña entre los muros encalados.
Pasaron los años y los niños crecieron. Tía Natalia seguía cuidando de ellos, y nadie dudaba ya que Tomás era hombre de un solo amor.
Paulina, he oído que sales con Gabriel Serrano le soltó Natalia a su sobrina, nada más cruzar el umbral.
Sí, ¿y qué pasa? respondió Paula, resuelta. Natalia pensó para sí: Qué guapa se ha hecho la niña.
Nada, solo que andes con ojo, Paula.
¿Por qué?
Ya sabes por qué. No eres una cría.
Tía Natalia, yo a Gabriel le quiero, de verdad, para toda la vida.
Eso te parece ahora.
No, tía, lo sé seguro.
Tú sí, ¿pero Gabriel?
Si Gabriel me abandona, yo no sería capaz de querer a nadie más.
De eso sí que estoy segura afirmó Natalia, bajando la voz.
Esa tarde, Miguel y Paula esperaban a su padre después del trabajo.
Hace rato que papá debería haber llegado comentó Miguel.
Hoy es viernes respondió Paula.
¿Y?
Los miércoles, viernes y domingos va a llevar flores a la tumba de mamá explicó ella.
¿Tú cómo lo sabes? preguntó el chico, alzando las cejas.
Ay, eres un zote, Miguel, si no eres capaz de sentir el alma de tu padre…
Salieron caminando por los caminos entre los huertos, buscando atajos. Paula iba primera.
Mira allí dijo mientras señalaba una figura encorvada entre las cruces.
Miguel se quedó quieto, escuchando. Oyó la voz de su padre, hablando bajito:
Mira, Zuriña, así va todo. Nuestra Paula se nos casa pronto. He reunido para su dote, con ayuda de Natalia. Nada, vamos tirando.
Perdóname, mi Zuriña, por las pocas palabras dulces que pude darte. El corazón te las dijo todas. Nunca fui hábil con las palabras, pero con el alma, sí… murmuró la voz de Tomás, ronca y quebrada.
Se marchó despacio, cerrando la verja del camposanto, dejando en la tumba unas flores de azahar recién cortadas.
Paula miró a su hermano. Miguel tenía los ojos nublados por las lágrimas.







