Nada, madre querida. ¿Tienes tu casa? Pues ahí vives tú. No vengas aquí a menos que te invitemos nosotros.
Mi madre vive en un pueblito tranquilo a orillas de un río, rodeado de un paisaje verde y sereno. Detrás de su casa, el bosque empieza a extenderse y, cuando llega la temporada, se recogen moras y setas en abundancia. Desde niño, recorrí esos prados con una cesta, disfrutando de la conexión con la naturaleza. Me casé con mi compañera de instituto, cuyos padres viven no muy lejos de mi madre, pero en el lado opuesto de la calle, así que no tienen acceso directo al río ni al bosque. Por eso, cuando venimos desde Madrid, nos quedamos en casa de mi madre.
Mi madre ha cambiado mucho últimamente, quizás por la edad o por celos del marido de su hija, y las vacaciones empezaban a terminar siempre en discusiones. Cada vez era más complicado mantener la paz. Cuando alguna vez nos quedamos en casa de los padres de mi esposa, mi madre se las ingeniaba para armar un pleito con el suegro, y la bronca fue por nimiedades. Mi suegra llegó a estar muy molesta y gritó tanto que toda la calle sabía del disgusto entre ambas familias.
Pasado un mes, cuando las aguas volvieron a su cauce, a mi mujer y a mí se nos ocurrió una idea acertada: construir nuestra propia casa, para que nadie se molestara, donde pudiéramos ir y sentirnos en nuestro hogar.
Resolver lo del terreno fue un proceso largo, pero al final lo conseguimos. Mi suegro y mi suegra se volcaron con ilusión en la construcción. El suegro no faltaba un solo día en la obra.
La única que complicó todo fue mi madre. Venía, nos aconsejaba, criticaba cada cosa que ya estaba hecha y, en suma, no nos dio respiro ni ahí. Así levantamos la casa. Fue una pesadilla.
Un año después, la casa estaba terminada y pensábamos que, por fin, podríamos respirar tranquilos, pero no fue así. Mi madre no quería renunciar a sus visitas, nos acusaba de egoístas y decía que ya no nos iba a ayudar. No reconocía que mi esposa siempre arreglaba el jardín, cortaba el césped, reparaba el tejado y mil cosas más en su casa.
Un día, mi madre soltó:
¿Para qué vienes tú aquí? Quédate en tu ciudad, y si vienes, parece que vienes a presumir de lo que tienes.
Esa frase fue la gota que colmó la paciencia de mi mujer. Se acercó tranquila a su suegra, con una calma que hizo retroceder a mi madre hasta la puerta.
¿Qué haces, yerno?
Nada, madre querida. ¿Tienes tu casa? Vive ahí. No vengas salvo que te invitemos. Déjanos al menos un fin de semana libres de vez en cuando. Si necesitas algo, llámanos; si hay un incendio, acudimos.
¿Cómo que un incendio?
Al escucharlo, mi madre casi salió corriendo de casa. Yo tuve que contener la risa al verla mirar atrás apresurada, marchándose directo a la verja. Mi mujer, ya más tranquila, levantó las manos:
Bueno, igual he exagerado con lo del fuego.
No, era necesario.
Reímos juntos recordando la cara de mi madre. Desde entonces, se respira paz en nuestra nueva casa. Mi madre ya no viene, acepta la ayuda de mi mujer, pero el trato es escueto, sólo sí y no. Me imagino que lo del incendio sigue rondándole la cabeza.
Hoy entiendo que uno debe aprender cuándo poner límites, por mucho cariño que haya de por medio. La familia es importante, pero la tranquilidad de tu propio hogar vale más que cualquier disputa.







