Mientras los niños y nietos viven apiñados en un pisito de Madrid, los padres de mi yerno disfrutan la vida a lo grande en un piso espacioso, con vistas y todo, en Salamanca.
Mi hija se casó hace ocho años ya, pero el yerno, ni sus padres, no han salido muy generosos que digamos. Nosotros les damos absolutamente todo a nuestros hijos, pero ellos, ni una tostada rancia. Y llevamos ocho años aguantando bombardeo con esta familia.
Cuando surgió el asunto de dónde vivir, los padres de él se encogieron de hombros y, tan panchos: “Nosotros no tenemos nada que ver, que se apañe él”. Así que, resignados, tuvimos que vender nuestra maravillosa casa de ladrillo, tan cálida y bonita en el centro de Valladolid, para comprarles un piso a los niños. No me hacía ninguna gracia esos azulejos de VPO, pero qué se le va a hacer, lo importante era que los chicos tuvieran su nido. Renové, pinté, amueblé Todo nosotros, claro, porque de los suegros, ni la sombra.
Y encima ayudo con los nietos. Mi hija está de baja maternal con la pequeña, la mayor ya va a primero de primaria, así que yo soy la chófer que la lleva cada mañana en el Seat Ibiza. Es imposible apañarse sola: levantar a la niña, vestirla, preparar a la otra, ir corriendo al colegio ¡En una hora y medio Madrid revienta! Así que aquí estamos el abuelo y yo, turnándonos al volante, como si estuviésemos en un rally familiar.
Mientras tanto, los abuelos paternos, como si vieran llover. Ni se acercan. Vamos, que se hacen los suecos y como si no tuvieran nietos. Yo los miro y me pregunto: ¿cómo puede ser alguien tan indiferente con sus propios nietos? ¡Por favor! Si solo piensan en irse un fin de semana a Benidorm.
Así han sido desde el principio. Imaginaos: ni un euro para la boda del pobre muchacho. Los llamé antes del bodorrio: Oye, que se casan los niños, ¿nos sentamos a hablar un día?. Y van y me saltan:
“¿Y si se divorcian en dos meses? Ahora el 70% se separa antes de medio año, ¡lo dicen las estadísticas!”
Al final, mi marido y yo lo pagamos todo: la boda y de paso un piso para los tortolitos. Los suegros se plantaron en la boda como quien va al supermercado, y solo nos trajeron un sobre con 100 euros, y ni una palabra. El yerno, eso sí, no pierde ripio para pedir de todo.
El piso se lo compramos hace ocho años, una pequeña vivienda en Vallecas, suficiente para dos. Pero ahora han nacido dos niños y, claro, se les queda pequeño y andan más apretados que una lata de anchoas.
A veces pienso que mi yerno debería espabilar un poco. Le digo: «Pues mira, si no puedes ganar más, ¿por qué no les pides ayuda a tus padres?». Pero el chico, chulapo él, erre que erre:
¡Eso no se les puede pedir!.
Le dije que yo misma hablaba con ellos, pero mi yerno casi me pone una mordaza. ¡No lo menciones ni en broma, por favor!
Lo flipo. O sea, que vergüenza pedirle a tus padres, pero a los suegros ni te tiembla el pulso. Ocho años chupando del bote. Yo no sé, la gente acaba comprándose pisos de alguna manera. Le digo: Eres joven, busca una segunda curro, vete a Alemania, yo qué sé.
A veces me llama mi hija, protestando de que me meto demasiado, que sus suegros no se van a cambiar nunca, que son así, que nadie espera ayuda de ellos. Y el yerno, además, les defiende: No les molestes, mamá, que ellos no tienen por qué ocuparse. ¡Qué hijo más amoroso! No le preocupa que su suegra y su suegro estén hasta arriba, pero a sus padres ni tocarlos.
Eso sí, los padres del muchacho felices en sus vacaciones, al balneario y a los toros cada domingo. Pero nada de arrimar el hombro. Y aquí estamos nosotros, los suegros, haciendo de banco, chófer y hasta de payasos cuando toca. Ay, si es que tener nietos en España debería cotizar a la Seguridad Social.







