Cuando Pablo llevó a su novia a casa, su padre se quedó estupefacto y su rostro se cubrió de sudor.

Querido diario,

Hoy, cuando llevé a Lucía a casa, mi padre se quedó boquiabierto y el sudor empezó a perlarse en su rostro. Esa primera traición que viví me marcó de por vida.

Desde pequeño, la falta de altura me hacía sentir inseguro. En el jardín de infancia era el más bajo; hasta las niñas parecían más altas que yo. No tenía amistades y jugaba solo. Cuando los demás niños me quitaban los juguetes, me quedaba callado y aguantaba, sin quejarme a mis padres.

En la escuela nada mejoró. Me llamaban «chiquitín», se reían de mí y yo apretaba los puños con más fuerza. Cuando las burlas se volvieron insoportables, pedí a mis padres que me inscribieran en una sección deportiva.

Pasaron los años y ya nadie me reconocía. Crecí, me fortalecí; mi cuerpo se volvió musculoso y atlético. En noveno de primaria empezaron a fijarse en mí las chicas, pero yo recordaba todas las humillaciones de la infancia y no quería acercarme a nadie.

El primer romance y la primera desilusión

Cuando ingresé a la universidad, mi vida cambió. Gané confianza, entablaba conversaciones con facilidad y las chicas mostraban interés sin dudarlo.

Así conocí a Alicia, una estudiante que vivía en un piso compartido. Al principio solo la acompañaba al portal, pero una noche me invitó a su casa y surgió una relación íntima.

Sin embargo, esa cercanía no me hacía feliz. Un día, siguiendo el latido de mi corazón, le propuse:

Casémonos.

Alicia soltó una carcajada:

¡Pablo, aún tienes toda la vida por delante! Eres guapo, deportista y, créeme, tendrás muchísimas chicas. Puedes salir con quien quieras y luego escoger la mejor.

¿En serio? mi voz se volvió helada.

Claro respondió encogiéndose de hombros. Tengo novio, el más guapo y rico del barrio; me envía dinero para no vivir en la residencia. Nos vemos solo en vacaciones y contigo paso las noches.

Sus palabras me calaron como puñal.

¿Entonces soy solo una opción temporal? pregunté amargado.

Pablo, me gustas, pero ya sabes

Me levanté y empecé a recoger mis cosas.

¿Te ofendes? se rió Alicia, mirándome con desdén. Mejor que descubras la verdad ahora. No confíes en una chica al primer momento; conócela bien antes de entregarle el corazón.

Salí sintiéndome usado.

El calor del hogar frente a ilusiones rotas

Al volver a casa dejé la maleta en la puerta.

Hijo, ¿qué ha pasado? se alarmó mi madre. ¿No habrá boda?

Vaya tela respondí, sacando del bolsillo un anillo de plata. Quédate con él; te será más útil a ti que a mí.

Mi madre, con una mezcla de tristeza y ternura, lo miró.

Qué bonito anillo, lo llevaré yo misma exclamó. Ve a la cocina; he preparado tus empanadillas favoritas y un té de menta. Sentémonos y hablemos.

El calor y la preocupación de mi madre fueron justo lo que necesitaba después de esos días tan duros.

Otro golpe al orgullo

En la universidad evitaba cruzarme con Alicia, pero ella seguía actuando como si nada hubiera pasado. Tras clase se paseaba de la mano con Constantino, le susurraba al oído y luego desaparecía por algún lado.

Comprendí entonces que sus palabras no eran más que un pretexto; yo solo era un entretenimiento pasajero, una pieza de sustitución hasta que apareciera otra opción más conveniente.

Ese pensamiento dejó un regusto amargo en mi interior.

Y, pocos días después, surgió otro reto.

Pablo, ¿vienes a mi cumpleaños? me dijo inesperadamente Tamara, una de las chicas más guapas del grupo.

¿Sería esta una oportunidad genuina o simplemente otra trampa?

Al cerrar este día, reflexiono: las apariencias engañan y la confianza se gana con el tiempo, no con promesas vacías. He aprendido que no vale la pena precipitarse en el amor; primero hay que conocerse a uno mismo y a los demás con la mirada clara.

Lección personal: antes de abrir el corazón, asegúrate de que la puerta no sea una salida de paso.

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Cuando Pablo llevó a su novia a casa, su padre se quedó estupefacto y su rostro se cubrió de sudor.