Lina era mala. Muy mala, hasta daba pena lo mala que era Lina. Todos intentaban hacerle ver a la mujer lo mala que era. Mala, y además desgraciada. Por supuesto, sin marido, con el hijo ya mayor e independiente. Lina sola, sin que nadie la necesite. Llegó el lunes al trabajo y todos presumiendo de cómo pasaron el fin de semana limpiando y haciendo tareas domésticas. Uno que si en la finca cosechando, otro que si haciendo mermelada. Y Lina callada, ¿y qué iba a decir? No tiene nada que contar: no tiene hombre, el niño ya creció; así que se calla y no dice nada. Hoy pidió salir antes; todos saben que un par de veces al mes se va antes del trabajo. Mueven la cabeza desaprobando, todos saben adónde va: a verse con sus múltiples amantes. En la oficina están convencidas de que Lina tiene una ristra de amantes, porque ella es así de mala. Muy mala, Lina. Ellas, eso sí, todas buenas, señoras casadas, ocupadas en sus cosas… pero Lina, mala. —Lina —dice su madre—, hija, ¿por qué eres así? —¿Así cómo, mamá? —Tan desarreglada, hija, podías haber buscado algún hombrecito, de verdad te lo digo. Y aún no es tarde para tener otro hijo, ¡si ahora todas dan a luz después de los cuarenta! —Mamá, ¿pero para qué quiero yo un hombrecito? ¿Para qué otro hijo con un hombre que ni conozco? Mamá —Lina de verdad se sorprende—, ¿para qué? Ya tengo a mi hijo, de Lioska tengo de sobra… ¿Y el hombrecito, como tú le llamas, para qué lo quiero, qué hago con él? Pues si yo tengo a Óscar… —¡Lina! —exclama la madre— ¡Óscar no es tu hombre! —¿Cómo que no? Claro que sí —se ríe Lina—: me invita a salir una vez por semana, me regala cosas, me ayuda a irme de vacaciones, no me da la lata, no me manda a ayudar a su madre al pueblo, ni quiere que le lave los calzoncillos, ni que prepare la cena, ni me carga con problemas, ni se pasa la vida apalancado en el sofá. Una bendición. —¡Claro, una bendición! Todo eso se lo queda su pobre esposa… —¿Y tú querrías que eso me tocara a mí? Ni de broma, vamos, que tengo poco más de cuarenta años, mamá, y he estado casada, dos veces te recuerdo, dos veces, y de ese “paraíso” salí huyendo sin mirar atrás. Mi primer marido, el padre de Lioska, por si lo olvidaste, fue por tu insistencia… que me casara casi con dieciocho porque era mayor, más serio, que me quería, que era solvente… ¿verdad, mamá? Cinco años, cinco años con prohibiciones, sin poder estudiar, ni ver amigas, ni siquiera dedicarme a mi hijo, que era demasiado joven, que seguro lo hacía todo mal… sólo currar para él y su madre. Eso sí, joyas no me faltaban. Y una vez al mes me sacaba para lucir “mujer joven y formal” frente a sus amigos. Eso sí, él, no dudaba en visitar a “las muñecas” que él tanto criticaba… Y cuando huí y pedí el divorcio, gracias a la abuela que me ayudó, me reclamó hasta los calzoncillos… La segunda vez me casé por amor, estudiaba y trabajaba, ¿te acuerdas, mamá? Por el día como una loca para recuperar lo perdido, por la noche trabajando para no ser una carga para ti y papá… —¡Lina! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Te negué yo nunca un plato de sopa, a ti o a mi nieto? —Tú no, mamá… pero no eres la única en casa… Hay quien temía que me acomodara a tu cuello fuerte, con el niño además. —¿Pero de qué hablas? —De papá, mamá. Y Nikita, que nunca se ha preocupado por su vida, ¿para qué? Si está mamá… Tú a dos trabajos, compras, comida, limpieza, todo para que tus polluelos no pasaran hambre… Por eso, “por amor” me precipité al segundo matrimonio; de vivir “sin amor” ya sabía… ¿Y qué cambió? Nada. Más cargas y pasé a ser Lina “la que se lo debe todo a todos”. Él tirado en el sofá, Lina al trabajo, luego al cole a por mi hijo —ni soñar con cargar a un hombre con eso, aunque fuera suyo— luego a la compra, todo encima, sin coche, por supuesto: el coche era de él, para ir a trabajar, ¿yo en tranvía? Cocina, limpieza, plancha, a cuidar al señor, que no le falte de nada, que si no “buscará cariño fuera”, un tesoro… ¿Faltaba dinero? Pues eso, para tu hijo, si fuera suyo, igual movía un dedo, pero como es “el tuyo”, pues búscate a otro incauto que os mantenga… ¿Qué que no le doy para el coche? Aunque sea mío, somos una familia, ¿no? Y sí, todas vivimos así… menos yo, que me harté, mamá. —Lina, hija, todas vivimos igual… —Pues que vivan así, mamá; yo no quiero, yo no. —¿Cómo pasaste el sábado? —Pues mira, Nikita y Masha nos dejaron a Olichka y Vania con el abuelo y conmigo, los saqué a pasear, hice tortitas, limpié un poco, puse lavadoras… al final caí rendida en el sofá pasadas las once. Al día siguiente, madrugón otra vez, más tortitas, hice pollo asado, ensaladas, pizzería casera, cenamos todos y a la cama, agotadísima. Por la noche me despertó el abuelo para que me fuera a la cama… —Mamá, ¿recuerdas alguna vez que te haya dejado a Lioska para que te ocuparas tú sola, o que haya salido corriendo a descansar mientras tú te encargabas de todo? —Es que tú eras muy independiente, pero estos… —¿Y quieres que te cuente cómo pasé el último fin de semana, mamá? El viernes me llamó Lioska para ver si le cuidaba el gato Timoteo, querían irse de escapada con Marina. Por supuesto que sí, ¿por qué no? Vinieron, me trajeron pizza y se marcharon. Esa noche me di un homenaje de pizza y me tumbé a ver series. No tenía ni que madrugar. Al día siguiente, di de comer al gato, me hice café, pasé el trapo, lavé, y te llamé para invitarte al museo o simplemente a charlar… Me cogió el teléfono papá (“¡Tú sí que tienes morro, tu madre matándose y tú de señorita en los museos!”). Iba a ofenderme, pero para qué… papá siempre tiene razón. Al final fui al museo: hay una exposición de tu pintor favorito —aún lo recuerdo—. Tomé un café, fui de tiendas, el gato tan tranquilo. Por la tarde, sofá y más series. El domingo dormimos los dos hasta las once. Intenté volver a llamarte para ir en el barco del río, pero me cogió Masha y me dijo con la boca llena que estabas liada, lavando, recogiendo… Por la noche, Óscar me invitó a cenar y acepté, ¿por qué no iba a hacerlo? Soy una mujer libre, no le pregunto por su mujer ni hablamos de problemas. Es agradable. Lo pasé genial y el lunes fui a trabajar descansada. He intentado salir con solteros, mamá. Un infierno. O buscan una madre, o son amargados, divorciados con hijos, que encima esperan que quieras a todos sus hijos, que él mantenga a la ex y los niños, y que con lo que quede me invite a pescado. Le pregunté si ayudaría con lo de mi hijo; se indignó: “Que le ayude su padre”. ¿Te parece justo? Pues eso: le mandé a paseo. Lioska tiene madre, que soy yo. Por eso, mamá, apareció Óscar. Sí, soy mala a ojos de todos, pero no me da ninguna vergüenza vivir así. Me duele, me da rabia que tú vivas como vives, por eso quiero sacarte de casa, como hoy, que te “engañé” para que vinieras a ayudarme. Mamá, yo estoy bien. Ahora vamos a cuidarnos, tú y yo, para ti, para mí, para tu hija. —Lina, ¿pero y papá? —¿Pasa algo con papá? ¿Está enfermo? —No, pero la comida… —No me creo que no tengas comida preparada. —Pero hay que calentarla, y además Nikita… —¡Mamá! Me voy a enfadar, lo digo en serio… Ya sé que soy “mala”, déjame ser “buena” hoy, vamos a descansar… te lo pido mucho… El lunes en el trabajo, las demás mujeres cuentan lo agotadas que están de “descansar”. Y Lina sonríe con picardía: todas saben que Lina es “mala”; ella camina bailando y sonríe como si guardara un secreto sólo para ella. Y está claro qué pensamientos debe tener Lina, ¿no? Seguro que son muy, muy malos.

Diario de Sergio, lunes

Siempre he pensado que Inés era mala. Muy mala, pobrecilla, hasta me daba pena de lo mala que llegaba a ser esa Inés. Todo el mundo intentaba hacérselo ver, que era mala de verdad. Mala y, además, desgraciada.

Claro, sin maridoel suyo se largó hace añosy su hijo, ya hombre hecho y derecho, vive por su cuenta en Valencia. Inés vive sola, nadie la necesita. El lunes llegó al despacho y allí estaban todas presumiendo de cómo se habían pasado el fin de semana limpiando, lavando ropa o ayudando en la casa del pueblo. Una traía tarros de mermelada casera, otra contaba cómo había pintado la habitación de los críos Inés callaba, ¿y qué iba a decir? No tenía nada que compartir: sin pareja, el hijo criado y volando, Inés guardaba silencio como quien mastica un trapo viejo.

Hoy pidió salir del trabajo antes de hora, algo que hace un par de veces al mes. Todas lo saben y, claro, mueven la cabeza reprobando porque también saben, o creen saber, a dónde va: a verse con sus múltiples amantes. Todas en la oficina están convencidas de que Inés tiene un ejército de amantes. Es lo que pasa cuando te consideran mala. Muy mala.

Ellas, parabienes, casadas, ocupadas siempre en mil cosas, perfectas amas de casa y madres. Pero Inés, mala. Muy mala.

Inés le dice su madre por teléfono, ¿pero qué voy a hacer contigo?
¿Qué pasa, mamá?
Que eres una mujer desordenada, hija. Bueno sería que te buscaras un hombrecillo y asentases la cabeza. Todavía podrías tener otro hijo, que ahora todas dan a luz después de los cuarenta
Mamá, ¿para qué quiero yo un hombre? ¿Para qué quiero otro hijo de cualquiera? Ya tengo a Pablo, y con Pablo tengo suficiente. ¿Y el “hombrecillo”, para qué me sirve? ¿Qué haría yo con él? Si ya tengo a Óscar.
¡Inés! suspira su madre Óscar no es tu pareja.
¿Que no? ¡Claro que sí! ríe Inés. Me saca de cena una vez por semana, me regala cosas, me ayuda a preparar las vacaciones, no me da la lata, no me manda limpiar la casa de su madre en el pueblo, ni me obliga a lavar calcetines ni calzoncillos, ni me exige la cena lista ni me agobia con sus dramas. Y nunca se queda en el sofá todo el día. Una bendición, mamá.
Una bendición, dice Todo eso lo soportará su pobre esposa.
¿Y querrías que todo eso me tocara a mí? No, gracias, mamá, que ya he corrido demasiado. Tengo poco más de cuarenta años y estuve casada dos veces, ¿recuerdas? Dos veces he huido corriendo y dejando las zapatillas por el camino.

Mi primer marido, el padre de Pablo, si no lo has olvidado, fue idea tuya: que si era mayor que yo, más serio, que me quería, que tenía dinero Y así me pasé cinco años encerrada, sin poder estudiar, sin amigas, ni siquiera con Pablo me dejaban estar. Solo trabajo para él y para su madre. Ah, eso sí, llena de oro, sí. Me sacaba de paseo una vez al mes, como quien enseña a su perra de pedigrí.

Y después, cuando por fin salí y pedí el divorcio, gracias a la abuela bendita sea, me reclamó hasta los pijamas.

La segunda vez, lo hice por amor. Estudiaba por las mañanas, trabajaba por las tardes para no convertirme en una carga para vosotros ¿te acuerdas mamá?
¡Inés! ¿Pero cómo puedes decir eso? ¿Acaso alguna vez te reproché nada? ¿Te negué el pan o un plato de sopa, a ti o a Pablo?
Tú no, mamá. Pero es que tú no eras la única. Papá, por ejemplo, y mi hermano Daniel, que se sentaban tranquilamente mientras tú hacías todo Tú siempre doblando el lomo en dos trabajos, cosiendo, cocinando, y ellos tan panchos
Por eso, creí que la segunda vez iba a ser distinto. Pero no. Seguía todo igual: amargo para mí, ligero para él. Se tumbaba en el sofá mientras yo corría de la oficina a la guardería, después al súper, todo con Pablo a cuestas porque, claro, faltaría más, a él no había que molestarle.

Volvía y tenía que preparar la cena, poner la mesa, lavar, planchar, y aún por encima darle lo suyo, no vaya a ser que se enfade y le dé por mirar hacia otro lado. Si faltaba dinero, la culpa para Pablo, nunca para su hijo. Y claro, el coche era para él, ¿qué iba a hacer, ir al trabajo en metro?

Y, por supuesto, todo esto porque así viven todas las mujeres, como decía. ¿Cansada? Nadie preguntaba, solo importaba el siguiente plato o la siguiente camisa limpia.
Intentar cambiar de vida y pedirle ayuda eran palabras mayores.

Al final, cuando me fui, me echó en cara que, claro, a ver quién me iba a querer con un hijo a cuestas. Nadie te va a querer, Inés, con un crío. Así fue la cosa, mamá. Lo intenté con uno que ganaba más, con otro que ganaba menos. Da igual: para todos, bien; para mí, mal.

Todas vivimos así, Inés me dice, cansada.
Pues yo no quiero, mamá. Que vivan así las que quieran.

¿Cómo fue tu sábado?
Pues Daniel y Marta me dejaron a sus gemelos todo el día, los llevé al parque, hice tortitas, limpié la casa, puse la lavadora y cociné algo para tu padre. En cuanto los críos se durmieron, caí rendida en el sofá Madrugué el domingo para más tortitas y luego asé un pollo
Mamá, no recuerdo que te ofrecieras mucho a cuidar a Pablo, ni que yo te lo dejara todos los fines de semana. Siempre fui independiente ¿Por qué cargas tú ahora con Daniel y su familia?
Tú te apañabas sola, hija. Estos otros no sé.

¿Quieres que te cuente cómo pasé yo el fin de semana pasado, mamá? El viernes por la noche me llamó Pablo para ver si podía quedarme con Rosco, el gato de Marina, su novia. Pues claro que sí, cómo no. Si no estuvieras tan liada con Daniel y compañía, igual sabrías qué hace tu nieto mayor
El caso es que me trajeron el gato, una pizza y se fueron. Me puse las botas con la pizza y vi series hasta las tantas. El sábado por la mañana, café, barrer y una lavadora. Te llamé para invitarte a un museo, o a charlar, pero papá cogió el teléfono y, claro, me llamó vividora, que tú te dejas la piel y yo me dedico a pasear como una marquesa.

En fin, no le hice caso. Fui al museo, la expo de aquel pintor que tanto te gusta. Luego café, compras, volví a casa y el gato tan pancho, dormido. El domingo dormí hasta tarde, quise proponerte un paseo en barco pero Marta contestó, que estabas ocupada limpiando otra vez Por la tarde, Óscar me invitó a cenar. ¿Por qué iba a decir que no? Yo vivo mi vida, mamá, él su matrimonio; no nos complicamos ni nos pedimos explicaciones.

Lo pasé bien y dormí de maravilla. El lunes, de vuelta al curro, relajada.

Creéme que he intentado quedar con hombres solteros. Todo un poema. Los que buscan a una madre, o los despechados, divorciados con hijos y cargas. Uno hasta quiso imponerme sus niños porque, según él, las mujeres amamamos a todos los niños por naturaleza Y su ex, claro, a mantenerla porque madre de sus hijos es. Y su sueldopara la pesca, su gran pasióny a mí me daría pescaíto. Pero pregunté si ayudaría a Pablo y se ofendió. Eso es cosa del padre.

Justo, sí señor. Por eso no valen. Pablo tiene una madre, y esa soy yo.

Por todo esto, mamá, tengo a Óscar. Claro que soy mala, según vosotros, pero no me avergüenzo en absoluto de la vida que llevo. Lo que siento es pena de que tú no puedas descansar ni un poco, y por eso insisto tanto en sacarte de casa, como hoy, ¿te acuerdas? Os mentí a ti y a papá para que me acompañaras; te necesito para ti, no para mí, mamá. Vamos a darnos un respiro juntas, a pasar tiempo de calidad.

Estás loca, Inés, ¿y papá?
¿Qué le pasa a papá? ¿Está enfermo?
No, pero la comida
¡Anda ya! Seguro que tienes la comida hecha.
Sí, pero hay que calentarla, y Daniel
Mamá, de verdad ¡Déjame ser buena por un rato! Vamos a desconectar, te lo pido.

El lunes, en la oficina, las compañeras contaban lo que habían trabajado en casa y sus fatigas. Inés les sonríe picarona, todas la miran convencidas de que es mala. Pero ella camina con paso ligero y una sonrisa misteriosa, porque hay cosas que sólo ella sabe.

Hoy, al escribir estas líneas, entiendo que ser malo no es sino vivir a mi manera, sin hacer daño, y que cada cual elige su cruz. Mi lección es clara: prefiero ser el malo y vivir en paz conmigo, que bueno y vivir preso de los demás.

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MagistrUm
Lina era mala. Muy mala, hasta daba pena lo mala que era Lina. Todos intentaban hacerle ver a la mujer lo mala que era. Mala, y además desgraciada. Por supuesto, sin marido, con el hijo ya mayor e independiente. Lina sola, sin que nadie la necesite. Llegó el lunes al trabajo y todos presumiendo de cómo pasaron el fin de semana limpiando y haciendo tareas domésticas. Uno que si en la finca cosechando, otro que si haciendo mermelada. Y Lina callada, ¿y qué iba a decir? No tiene nada que contar: no tiene hombre, el niño ya creció; así que se calla y no dice nada. Hoy pidió salir antes; todos saben que un par de veces al mes se va antes del trabajo. Mueven la cabeza desaprobando, todos saben adónde va: a verse con sus múltiples amantes. En la oficina están convencidas de que Lina tiene una ristra de amantes, porque ella es así de mala. Muy mala, Lina. Ellas, eso sí, todas buenas, señoras casadas, ocupadas en sus cosas… pero Lina, mala. —Lina —dice su madre—, hija, ¿por qué eres así? —¿Así cómo, mamá? —Tan desarreglada, hija, podías haber buscado algún hombrecito, de verdad te lo digo. Y aún no es tarde para tener otro hijo, ¡si ahora todas dan a luz después de los cuarenta! —Mamá, ¿pero para qué quiero yo un hombrecito? ¿Para qué otro hijo con un hombre que ni conozco? Mamá —Lina de verdad se sorprende—, ¿para qué? Ya tengo a mi hijo, de Lioska tengo de sobra… ¿Y el hombrecito, como tú le llamas, para qué lo quiero, qué hago con él? Pues si yo tengo a Óscar… —¡Lina! —exclama la madre— ¡Óscar no es tu hombre! —¿Cómo que no? Claro que sí —se ríe Lina—: me invita a salir una vez por semana, me regala cosas, me ayuda a irme de vacaciones, no me da la lata, no me manda a ayudar a su madre al pueblo, ni quiere que le lave los calzoncillos, ni que prepare la cena, ni me carga con problemas, ni se pasa la vida apalancado en el sofá. Una bendición. —¡Claro, una bendición! Todo eso se lo queda su pobre esposa… —¿Y tú querrías que eso me tocara a mí? Ni de broma, vamos, que tengo poco más de cuarenta años, mamá, y he estado casada, dos veces te recuerdo, dos veces, y de ese “paraíso” salí huyendo sin mirar atrás. Mi primer marido, el padre de Lioska, por si lo olvidaste, fue por tu insistencia… que me casara casi con dieciocho porque era mayor, más serio, que me quería, que era solvente… ¿verdad, mamá? Cinco años, cinco años con prohibiciones, sin poder estudiar, ni ver amigas, ni siquiera dedicarme a mi hijo, que era demasiado joven, que seguro lo hacía todo mal… sólo currar para él y su madre. Eso sí, joyas no me faltaban. Y una vez al mes me sacaba para lucir “mujer joven y formal” frente a sus amigos. Eso sí, él, no dudaba en visitar a “las muñecas” que él tanto criticaba… Y cuando huí y pedí el divorcio, gracias a la abuela que me ayudó, me reclamó hasta los calzoncillos… La segunda vez me casé por amor, estudiaba y trabajaba, ¿te acuerdas, mamá? Por el día como una loca para recuperar lo perdido, por la noche trabajando para no ser una carga para ti y papá… —¡Lina! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Te negué yo nunca un plato de sopa, a ti o a mi nieto? —Tú no, mamá… pero no eres la única en casa… Hay quien temía que me acomodara a tu cuello fuerte, con el niño además. —¿Pero de qué hablas? —De papá, mamá. Y Nikita, que nunca se ha preocupado por su vida, ¿para qué? Si está mamá… Tú a dos trabajos, compras, comida, limpieza, todo para que tus polluelos no pasaran hambre… Por eso, “por amor” me precipité al segundo matrimonio; de vivir “sin amor” ya sabía… ¿Y qué cambió? Nada. Más cargas y pasé a ser Lina “la que se lo debe todo a todos”. Él tirado en el sofá, Lina al trabajo, luego al cole a por mi hijo —ni soñar con cargar a un hombre con eso, aunque fuera suyo— luego a la compra, todo encima, sin coche, por supuesto: el coche era de él, para ir a trabajar, ¿yo en tranvía? Cocina, limpieza, plancha, a cuidar al señor, que no le falte de nada, que si no “buscará cariño fuera”, un tesoro… ¿Faltaba dinero? Pues eso, para tu hijo, si fuera suyo, igual movía un dedo, pero como es “el tuyo”, pues búscate a otro incauto que os mantenga… ¿Qué que no le doy para el coche? Aunque sea mío, somos una familia, ¿no? Y sí, todas vivimos así… menos yo, que me harté, mamá. —Lina, hija, todas vivimos igual… —Pues que vivan así, mamá; yo no quiero, yo no. —¿Cómo pasaste el sábado? —Pues mira, Nikita y Masha nos dejaron a Olichka y Vania con el abuelo y conmigo, los saqué a pasear, hice tortitas, limpié un poco, puse lavadoras… al final caí rendida en el sofá pasadas las once. Al día siguiente, madrugón otra vez, más tortitas, hice pollo asado, ensaladas, pizzería casera, cenamos todos y a la cama, agotadísima. Por la noche me despertó el abuelo para que me fuera a la cama… —Mamá, ¿recuerdas alguna vez que te haya dejado a Lioska para que te ocuparas tú sola, o que haya salido corriendo a descansar mientras tú te encargabas de todo? —Es que tú eras muy independiente, pero estos… —¿Y quieres que te cuente cómo pasé el último fin de semana, mamá? El viernes me llamó Lioska para ver si le cuidaba el gato Timoteo, querían irse de escapada con Marina. Por supuesto que sí, ¿por qué no? Vinieron, me trajeron pizza y se marcharon. Esa noche me di un homenaje de pizza y me tumbé a ver series. No tenía ni que madrugar. Al día siguiente, di de comer al gato, me hice café, pasé el trapo, lavé, y te llamé para invitarte al museo o simplemente a charlar… Me cogió el teléfono papá (“¡Tú sí que tienes morro, tu madre matándose y tú de señorita en los museos!”). Iba a ofenderme, pero para qué… papá siempre tiene razón. Al final fui al museo: hay una exposición de tu pintor favorito —aún lo recuerdo—. Tomé un café, fui de tiendas, el gato tan tranquilo. Por la tarde, sofá y más series. El domingo dormimos los dos hasta las once. Intenté volver a llamarte para ir en el barco del río, pero me cogió Masha y me dijo con la boca llena que estabas liada, lavando, recogiendo… Por la noche, Óscar me invitó a cenar y acepté, ¿por qué no iba a hacerlo? Soy una mujer libre, no le pregunto por su mujer ni hablamos de problemas. Es agradable. Lo pasé genial y el lunes fui a trabajar descansada. He intentado salir con solteros, mamá. Un infierno. O buscan una madre, o son amargados, divorciados con hijos, que encima esperan que quieras a todos sus hijos, que él mantenga a la ex y los niños, y que con lo que quede me invite a pescado. Le pregunté si ayudaría con lo de mi hijo; se indignó: “Que le ayude su padre”. ¿Te parece justo? Pues eso: le mandé a paseo. Lioska tiene madre, que soy yo. Por eso, mamá, apareció Óscar. Sí, soy mala a ojos de todos, pero no me da ninguna vergüenza vivir así. Me duele, me da rabia que tú vivas como vives, por eso quiero sacarte de casa, como hoy, que te “engañé” para que vinieras a ayudarme. Mamá, yo estoy bien. Ahora vamos a cuidarnos, tú y yo, para ti, para mí, para tu hija. —Lina, ¿pero y papá? —¿Pasa algo con papá? ¿Está enfermo? —No, pero la comida… —No me creo que no tengas comida preparada. —Pero hay que calentarla, y además Nikita… —¡Mamá! Me voy a enfadar, lo digo en serio… Ya sé que soy “mala”, déjame ser “buena” hoy, vamos a descansar… te lo pido mucho… El lunes en el trabajo, las demás mujeres cuentan lo agotadas que están de “descansar”. Y Lina sonríe con picardía: todas saben que Lina es “mala”; ella camina bailando y sonríe como si guardara un secreto sólo para ella. Y está claro qué pensamientos debe tener Lina, ¿no? Seguro que son muy, muy malos.