Banco vacío
Esta mañana, me senté con el termo entre las piernas y, por costumbre, comprobé que la tapa no goteaba. Siempre lo hago, aunque sé que está bien cerrada. Me coloqué en el extremo del banco, junto a la entrada del colegio de mi nieta, justo donde no molestan ni los padres ni sus bolsas. En un bolsillo de la chaqueta llevaba una bolsita con migas para las palomas; en el otro, un papel doblado con el horario de la niña: cuándo tiene refuerzo, cuándo música. Me lo sé de memoria, pero el papel me tranquiliza.
Como cada día, ya estaba ahí don Nicolás Aparicio, serio y con su pequeño paquete de pipas que pasaba de la bolsa a la mano, como si contase granos en lugar de comerlos. Al verme acercarme, hizo un gesto con la cabeza y se movió un poco, dejándome sitio. Entre los dos no hacen falta palabras altas ni saludos, por no romper el ritmo escolar.
Hoy tienen examen de matemáticas comentó don Nicolás, mirando las ventanas del segundo piso.
Nosotros de lectura contesté, y me sorprendió oírme decir nosotros.
A él nunca le hace gracia esa confianza, y eso me gusta.
No nos hicimos amigos por un motivo especial, sólo coincidimos en la rutina. Primero tímidos, reconociéndonos por el abrigo y el andar; luego, poco a poco, llegábamos a la misma hora, ocupando ese banco juntos. Don Nicolás siempre sale diez minutos antes del timbre, se sienta en el mismo banco y mira los portones como si comprobando que siguen ahí. Yo al principio me mantenía al margen, pero un día el frío fue mayor y me senté a su lado. Desde entonces, aquel hueco es de los dos.
El patio del colegio es siempre igual, y eso da seguridad. El vigilante en su caseta, que sale a fumar y vuelve sin mirar a nadie. La maestra de primaria, rápida y con las carpetas abrazadas, murmurando al teléfono sí, sí, después de clase. Los padres discutiendo sobre extraescolares y deberes. Los niños asomándose al ventanal en los recreos, saludando abajo. No espero sólo a mi nieta, sino a ese pequeño ritual.
Un día don Nicolás trajo un vaso de plástico y lo puso junto a mi termo.
Yo ya no tomo, por la tensión dijo, medio disculpándose.
A mí me dejan le contesté, y llené dos dedos de té. ¿Quiere al menos olerlo?
Don Nicolás sonrió de lado.
Oler, sí puedo.
Ese día empezó nuestra costumbre: yo servía té, él sostenía el vaso para que no se derramara y lo devolvía vacío. A veces compartíamos galletas, a veces sólo el silencio. Con él el silencio no incomoda, es como una coma entre dos frases.
De los nietos hablamos con cuidado, como de lluvias. Don Nicolás me contaba que su Víctor no soporta la educación física y siempre busca excusas para quedarse en clase. Me reía; yo le decía que mi niña, Alba, es lo contrario, corre tanto que la profesora le ruega que se calme. Luego las charlas se ampliaron. Don Nicolás confesó que después de que falleciera su esposa, estuvo mucho sin salir de casa, y el colegio fue lo único que le sacó, porque hay que hacerlo. Yo no respondí en el momento, pero esa noche, fregando los platos, tuve ganas de explicar mi propia historia.
Vivo con mi hija y mi nieta en un piso de dos habitaciones, lejos del centro. Mi hija trabaja de contable, llega cansada y apenas habla. Alba es ruidosa, pero su ruido es de niña y no molesta. Intento ser útil y no incordiar; a veces pienso que soy como la silla de más en la cocina no estorba, pero recuerda que el espacio es justo.
En el banco, por primera vez, sentí que alguien me espera sin una finalidad. Don Nicolás pregunta ¿Qué tal va la tensión? o ¿Ha ido al médico? y lo dice de verdad, no por cortesía. Yo contesto y noto que lo hago sinceramente.
Un día trajo una bolsita de comida para pájaros.
Las palomas ya se han acostumbrado dijo. Mire cómo se acercan.
Le eché un puñado sobre el cemento. Las palomas, como si esperaran señal, rodearon las migas al instante. Sus patas susurraban sobre la gravilla y sentí alivio, como si ese pequeño gesto realmente mejorara algo hoy.
Cada vez consideraba esos encuentros como parte de mi día. No hasta que la niña salga, no si hay tiempo, sino como rutina indispensable. Ya no llegaba justo; ahora salía antes para asegurarme el asiento y ver cómo Don Nicolás se quitaba los guantes y miraba las ventanas.
Aquel lunes llegué como siempre, pero el banco estaba vacío. Me detuve como si el patio fuese otro. El banco seguía húmedo del chaparrón nocturno, con una hoja amarilla pegada contra la madera. Saqué el pañuelo, sequé una esquina y me senté. El termo a mi lado, las migas en las rodillas. Miré a la caseta del vigilante; estaba concentrado en el móvil, sin notar nada.
Llegará tarde, pensé. Don Nicolás a veces se demora por la cola en la farmacia. Serví té y esperé. Cuando sonó el timbre, no apareció.
El siguiente día, banco vacío de nuevo. Ya ni lo limpié, elegí sitio seco y puse un periódico. Analizaba cada figura mayor con chaqueta oscura que cruzaba la puerta, sin fortuna.
Al tercer día sentí enojo, pero no contra Don Nicolás, sino porque me han dejado sin explicación. Incluso pensé: Pues bien, igual ni falta hacía. Y al segundo, me dio vergüenza. Nadie me debe nada, pero aun así lo sentía exigir por dentro.
Don Nicolás tiene móvil de teclas. Le vi muchas veces buscar números, frunciendo los ojos. Su número lo tengo apuntado en la libreta una vez lo anotamos para pedir taxi a Víctor en una competición. Lo marqué en casa. Tono… luego corte… luego silencio. Volví a llamar. Lo mismo.
Al cuarto día, hablé con el vigilante.
Disculpe, ¿don Nicolás Aparicio? El abuelo de Víctor, siempre estaba aquí.¿No lo ha visto?
Levantó la vista como si le pidiera la contraseña.
Abuelos aquí hay muchos me respondió. No me acuerdo.
Es alto, con bigote… Me di cuenta lo triste que sonaba.
No tengo ni idea volvió a sumergirse en su móvil.
Me acerqué a una señora que suele criticar a los maestros.
¿No sabe de don Nicolás…?
Yo ni conozco a nadie cortó. Bastante con recoger al mío.
Intenté con una madre joven, carriola a la mano; solía sonreírme.
Perdone, ¿conoce a Víctor? Es del tercero B.
¿Víctor? pensó. Sí, callado. ¿Por?
Su abuelo ha dejado de venir.
La madre encogió los hombros.
Habrá enfermado. Ahora todos caen.
Volví al banco; la ansiedad subía al pecho. Quería convencerme de que no era asunto mío. Pero cada vez que miraba el hueco en el banco, sentía que traicionaba algo sólo por quedarme túrmido.
A casa conté la historia mientras mi hija preparaba la cena.
Papá, pues quién sabe dijo ella sin mirarme. Igual está con familiares.
Me lo habría dicho contesté.
No puedes saberlo ella suspiró. No te obsesiones, que ya tienes la tensión alta.
Alba me escuchaba desde la mesa y los deberes.
¿El abuelo Nicolás? preguntó. Es majo. Me dijo una vez que leo más rápido que él piensa.
Sonreí, pero la sonrisa dolía.
Ves añadió. A lo mejor sólo tiene asuntos.
Asentí, pero esa noche no pude dormir. Me levanté y pensé en llamar a Don Nicolás, pero el miedo a oír una voz diferente, o a no oír nada, me detuvo.
Al día siguiente, esperando en la puerta, vi a Víctor: el último en salir, mochila enorme. Junto a él caminaba una mujer de unos cuarenta, pelo corto, cara seria. Era su madre.
No me lancé directo. Dejé que pasaran un poco, luego me acerqué.
Disculpe, ¿es usted la madre de Víctor?
Me miró, cauta.
Sí. ¿Y usted?
Soy Juan Salgado. Su padre, Don Nicolás solíamos esperar juntos. Ya no viene, y estoy preocupado.
Me estudió un momento, como meditando confianza.
Está en el hospital dijo. Un ictus. Nada grave bueno, depende. Está ingresado. El móvil lo tiene retirado para que no lo pierda.
Sentí las piernas flaquear. Me aferré al bolso.
¿En cuál?
En el General, en la calle Mayor. Pero no dejan entrar a cualquiera, ¿sabe?
Lo entiendo dije, aunque no comprendía cómo dejarle solo.
Gracias por preguntar añadió con voz más cálida. Seguro le anima saber que le recuerdan.
Cogió a Víctor y siguió al autobús. Yo quedé quieto en la puerta, aliviado por tener respuesta, pero con nueva inquietud.
En casa lo conté. Mi hija frunció el ceño.
Papá, no vayas. Ni te conocen. ¿Para qué quieres meterte en líos?
Sentí miedo, no enfado: miedo a que busque una nueva preocupación y pierda el equilibrio.
No es nada repuse. Pero aún así
Al día siguiente fui a mi ambulatorio. Sé que hay trabajadora social, lo dice el tablón. En el pasillo, olor a lejía y gente con papeles. Pedí turno y esperé. Me recibió una mujer cansada.
¿Es usted familiar? me preguntó.
No le contesté.
Pues no puedo informarle, son datos privados.
No quiero diagnóstico sentí la voz alta, sólo dejarle una nota. Está solo; llevamos años viéndonos aquí cada día.
Lo entiendo su tono se suavizó. Puede dejar nota a familiares o, si le dejan, por planta. Sin permiso no es posible.
Salí al pasillo y me senté en una banqueta. Me dio vergüenza: viejo metiéndose donde no debe. Pensé en dejar de ir al colegio y quedarme en casa, sin molestar.
Pero recordé cómo Don Nicolás sostenía el vaso para no derramar el té; cómo me cedía el paquete de migas si yo no llevaba. Pequeños gestos, para días mejores. Ahora, quizá es mi turno.
Pedí el número de la madre de Víctor. Al principio dudó, pero me lo dictó.
Nada de líos me advirtió. Allí hay normas.
Llamé por la tarde.
Soy Juan Salgado, quería mandar unas palabras a Don Nicolás. ¿Puede ser?
Pausa.
No habla bien, pero escucha. Mañana voy. ¿Qué le digo?
En la mesa tenía la libreta. Había escrito frases preparadas, pero se me antojaron ajenas.
Dígale que el banco sigue aquí. Que le espero. Y que llevo el té cuando pueda.
Vale, lo haré.
Después, me quedé tiempo sentado en la cocina. Mi hija fregaba y fingía no escuchar. Al acabar, dejó el plato y dijo:
Papá, si quieres, voy contigo cuando pueda visitarse.
No importaba el viaje, sino que dijo contigo en vez de ¿para qué?.
La siguiente semana, la madre de Víctor se acercó por el colegio.
Sonrió al oír lo del banco me dijo. Y me hizo una señal, como saludando. El médico dice que la rehabilitación será larga. Luego vivirá con nosotros, no puede estar solo.
Se me heló el estómago. Supe que esos días juntos no volverían, y sentí el hueco como un abrigo colgado.
¿Le puedo escribir una carta? pedí.
Sí, pero cortita. Le cansa mucho.
Esa noche saqué una hoja, letra grande: Don Nicolás, sigo aquí. Gracias por el té y por las pipas. Espero que pueda venir pronto. Juan Salgado. Dudé y añadí: Víctor lo hace genial. Lo leí y no cambié nada. Sobre el sobre, puse su apellido: una vez me enseñó la carta del alquiler y se quejaba de las cifras.
Al día siguiente llevé la carta al colegio y se la di a la madre de Víctor. El sobre estaba seco y limpio, lo sujeté como si fuera frágil.
Al sonar el timbre y salir los niños, me levanté. Alba corrió y se abrazó a mi cintura, y empezó a contarme su día. Yo escuchaba, pero no perdía de vista el banco vacío. Ya no me enfadaba; ahora ese hueco es lugar de algo importante, aunque no esté.
Antes de irnos, saqué la bolsa de migas y las esparcí en el suelo. Las palomas vinieron enseguida, como sabiendo el horario tan bien como los pequeños. Mirándolas, comprendí que podía seguir yendo, no sólo para esperar, sino para no cerrarme.
Abuelo, ¿en qué piensas? preguntó Alba.
En nada le dije, y le tomé la mano. Vamos, mañana volvemos.
Y lo dije no como promesa a otro, sino decisión propia. Por eso, mis pasos fueron más firmes.
Hoy aprendí que lo importante no es el banco ni lo que termina, sino el gesto de dar y estar abierto a que la vida siga, aunque cambie.







