MIRANDO AL VACÍO
Álvaro y Carmen se casaron cuando aún no habían cumplido los veinte. No podían estar separados ni un solo instante: era una pasión arrebatadora que los consumía por dentro. Por eso, sus padres decidieron cuanto antes formalizar la relación, no fuera a surgir algún escándalo impropio. La boda fue un evento inolvidable, con todos los detalles propios de una celebración castiza: el muñeco en el capó del coche, el aroma de claveles inundando la sala, fuegos artificiales iluminando el cielo de Madrid, el bullicioso banquete en el salón antiguo del barrio, los gritos de ¡Que se besen, que se besen! resonando entre risas y copas de vino Rioja
Los padres de Carmen no pudieron aportar nada a la boda. Bastante tenían con sacar adelante el mes, con lo justo para un puchero y, claro la bota de vino tinto que nunca faltaba en la mesa. Todos los gastos corrieron a cargo de la madre del novio, una mujer de mucho carácter llamada Magdalena Ramos. Magda, por favor, nada de formalidades, insistía ella, consciente de que hasta su propio nombre imponía.
Magda jamás vio con buenos ojos que Álvaro saliera con una muchacha cuyos padres tenían fama de empinar el codo más de lo sano. Pero no hubo modo: su hijo estaba convencido de que Carmen jamás seguiría los pasos de sus progenitores. Árbol que crece torcido… Mira, hijo, de una encina no salen naranjas. Cuidado no sea que vuestro amor dure lo que un caramelo a la puerta de un colegio, advertía ella.
Carmen y Álvaro creían estar al borde de un futuro brillante. Creían que el mundo sería siempre suyo, que su amor era invencible y eterno, que solo habría alegría y fiesta. Sin embargo, la vida les tenía reservada otra historia.
Como regalo de bodas, Magda y su esposo les entregaron las llaves de un piso pequeño cerca de la Gran Vía. ¡Vivid y sed felices, niños! Les decían. Al principio, todo fluía bien. Carmen dio a luz a dos niñas, Lucía y Rocío, y Álvaro se sentía el rey del mundo, orgulloso de su pequeña familia.
Pero, antes de que pasaran cinco años, Carmen comenzó a desaparecer algunas noches. Cuando volvía, el aliento a anís y vino barato era inconfundible. Álvaro la enfrentó, pidiendo alguna explicación. Carmen primero callaba, luego, con una frialdad inesperada, confesó que nunca le había querido de verdad. Que fue un capricho de juventud y nada más.
Ahora, anunciaba, había encontrado a el hombre de su vida, y se marchaba con él. Poco importaba que aquel hombre estuviese casado y tuviese tres hijas. Álvaro quedó paralizado, como si el alma se le deshiciera en niebla. Aquel abandono era una traición demasiado amarga de la mujer a la que había entregado su vida.
Mientras tanto, Carmen huyó con su amante a un pueblo perdido de La Mancha. Decía que si el corazón está contento, el resto es aire: con él, aunque sea en choza; con otro, ni en un château. Las niñas quedaron desamparadas a su suerte.
Magda era una mujer de armas tomar, incansable, siempre con el último chismorreo en la lengua. Acogió a sus nietas sin pensárselo. Ella y su marido las adoraban y consentían cuanto podían.
Álvaro, tras deambular perdido y desesperado, acabó, por consejo de un amigo, en una extraña secta religiosa. Pronto le emparejaron allí con Pilar, una viuda con dos hijos, Óscar y Ernesto, y después los casaron según las costumbres de la comunidad. Entre los líos de Pilar, sus propios problemas y la secta, Álvaro terminó distante de sus hijas. Cada vez que insinuaba querer verlas, Pilar respondía: Álvaro, ellas tienen madre, ¿no? Que se encargue ella. Anda, lleva a Óscar al colegio y dale de comer a Ernesto.
Él cumplía. Aún amaba a Carmen, pero sabía que el camino hacia ella estaba cerrado.
Siete años se esfumaron. Sin previo aviso, Carmen regresó a casa de Magda, agarrando de la mano a una niña de unos cuatro años. Magda le echó un vistazo de arriba abajo a su ex nuera. Vaya, Carmen, te ha pasado la vida por encima ¿Y esa criatura?, preguntó con sarcasmo. Es mi hija, María. ¿Podemos quedarnos aquí un tiempo?, balbuceó Carmen, muy incómoda.
No esperaba semejantes visitas, ¿qué pasó, os echó a la calle tu hombre?, insistió Magda. No fui yo. No puedo más. Me pega y siempre huele a vino. Ya no soporto esta vida, lloriqueó Carmen. Ya elegiste tú al fulano, nadie te llevó a rastras ¿Por qué no vas con tus padres?, contestó Magda, con ironía.
Echo de menos a Lucía y Rocío. Solo quiero verlas, se atrevió Carmen, conociendo el corazón blando de su exsuegra. Mira quién se acuerda de las hijas; menuda madre, masculló Magda justo antes de que la puerta sonara. Las chicas, Lucía y Rocío, ya adolescentes, miraron desde el recibidor con desconfianza a la mujer que sabían era su madre, aunque no sentían vínculo alguno, solo una herida que nunca curó. Magda, con pesar, repetía entre amigas: Son huérfanas de padres vivos
A pesar de todo, Magda permitió que Carmen y la pequeña María se quedaran. Pero a las pocas semanas, Carmen volvió a desaparecer; esta vez, se supo que había regresado con su maltratador a la aldea, dejando atrás a María bajo el cuidado de Magda. Ahora, la abuela cuidaba de tres nietas. Las niñas adoraban a sus abuelos y el piso rebosaba ternura y respeto.
Los años, sin piedad, pasaron. Magda y su marido partieron para siempre. Lucía se casó, pero el matrimonio fue infértil. Rocío, sola, envejeció con dignidad y resignación. María, apenas cumplida la mayoría de edad, fue madre y se marchó a buscar a Carmen al pueblo.
La juventud se marchó sigilosa, la vejez llegó sin anunciarse. Carmen vivía sola desde hacía tiempo; su amante, enfermo y postrado, fue retirado del pueblo por sus hijas, no sin reproches a Carmen por el deterioro del padre. ¡Y no te metas donde no te llaman!, le espetaron.
En el pueblo, la reputación de Carmen era la de una desvergonzada y borracha. Todo el mundo cuchicheaba, y las paredes parecían de cristal. No había compasión, solo comentarios hirientes.
Álvaro, por su parte, acabó huyendo de su segunda mujer y escapando con dificultad de la secta. Terminaron los días de gloria; vivía solo en el piso que perteneció a su madre, sobreviviendo con un plato de sopa una noche y gazpacho frío otra, arropado solo por tres gatos, su último consuelo para no perder la cordura.
Eso fue todo lo que quedó del amor que un día habitó entre Carmen y Álvaro. La felicidad llamó a su puerta, pero nadie se atrevió a abrirla.







