Mi marido nunca me fue infiel, pero hace años dejó de ser mi esposo. Diecisiete años junto a él: nos conocimos de jóvenes en Madrid, trabajábamos, salíamos, soñábamos juntos. Al principio era atento, hablador, cariñoso; no perfecto, pero presente. Después vinieron el matrimonio, las responsabilidades, el trabajo, la casa, las facturas. Todo cambió sin saber cuándo empezó. Nunca hubo traición ni mensajes sospechosos, ni apareció otra mujer. Simplemente, un día noté que ya no me miraba igual. Nuestras conversaciones se limitaron a lo necesario: qué comprar, qué pagar, a qué hora salir. Dejamos de preguntarnos cómo estábamos. Si le contaba algo, asentía sin despegar la vista del móvil o la tele. Si callaba, no preguntaba nada. La intimidad desapareció sin una sola palabra. Al principio pensé que era el estrés; luego, el cansancio; luego, la costumbre. Pasaban semanas sin nada entre nosotros. Dormíamos en la misma cama, pero cada uno de su lado. Intentaba acercarme, buscar conversación, hacer planes. Él siempre estaba cansado, agobiado de trabajo o me decía: —Mañana hablamos. Ese mañana nunca llegó. Llegó un momento en que supe que ya no era mi marido, sino mi compañero de piso. Compartíamos gastos y rutinas; los compromisos familiares. En reuniones parecía el esposo ideal: tranquilo, trabajador, respetuoso. Nadie imaginaba lo que pasaba tras la puerta: nadie veía el silencio, la ausencia emocional. Intenté hablarlo mil veces. Le decía que me sentía sola, que lo echaba de menos, que necesitaba algo más que convivencia. Nunca se enfadaba, nunca me levantaba la voz. Siempre contestaba con frases cortas: —No exageres. —Así son los matrimonios largos. —Estamos bien, ¿no? Eso era lo que más me confundía: sin grandes peleas, sin una infidelidad, pero tampoco amor. Me sentía invisible en mi propia relación. Pasaron los años. Dejé de insistir, de esforzarme, de contarle mis cosas. Empecé a guardar mis pensamientos para mí. Me acostumbré a no esperar nada, a vivir como si ya no importara. A veces pensaba que el problema era mío, que pedía demasiado. Hoy entiendo que no todo abandono llega con una maleta.

Mi marido jamás me fue infiel, pero hace años dejó de ser mi esposo.

Recuerdo aquellos diecisiete años junto a él; nos conocimos siendo muy jóvenes, llenos de ilusiones en las calles de Salamanca. Trabajábamos cada uno en su oficio, salíamos a pasear por la plaza Mayor, hacíamos planes para el futuro. Al principio, él era atento, conversador, cariñoso. No era perfecto, pero siempre estaba presente. Después llegaron el matrimonio, las obligaciones, los quehaceres del hogar, las facturas. Todo fue cambiando y nunca supe señalar el instante exacto en que dejamos de ser los mismos.

No hubo una traición concreta. Ningún mensaje sospechoso, ninguna mujer que apareciera de repente como en las historias antiguas. Simplemente, un día empecé a notar que ya no me miraba igual. Nuestras conversaciones se redujeron a lo imprescindible: qué comprar en el mercado, qué recibos pagar, a qué hora salir para visitar a los padres. Dejamos de preguntarnos cómo estábamos. Si le contaba algo, asentía sin apartar la vista del periódico o de la televisión. Si me quedaba en silencio, no decía nada.

La cercanía fue desapareciendo sin palabras. Primero quise creer que era por el estrés, luego por el cansancio, al cabo por la rutina. Pasaban semanas sin que nada sucediera entre nosotros. Compartíamos cama, sí, pero cada uno de su lado, en su propio mundo. Yo intentaba acercarme, buscar conversación, proponer alguna excursión al campo. Él siempre estaba cansado, agobiado por el trabajo o zanjaba el tema diciendo:

Hablaremos mañana.

Ese mañana nunca llegó.

Con el tiempo entendí que ya no era mi esposo, sino mi compañero de piso. Compartíamos gastos, costumbres, las responsabilidades con la familia. En reuniones y bautizos, nadie sospechaba nada: parecía el marido perfecto, tranquilo, trabajador, respetuoso. Nadie habría imaginado lo que ocurría tras las puertas cerradas del piso. Nadie percibe el silencio. Nadie ve la ausencia emocional.

Intenté hablar con él muchas veces. Le confesaba que me sentía sola, que lo echaba de menos, que necesitaba más que vivir bajo el mismo techo. Jamás se enfadaba o levantaba la voz. Respondía siempre con frases cortas:

No exageres.
Así son los matrimonios largos.
Estamos bien, ¿no?

Eso era lo que más me desconcertaba. No había discusiones que justificaran una ruptura. No había infidelidad. Pero tampoco amor. Me sentía invisible dentro de mi propia casa.

Los años fueron pasando. Dejé de insistir. Dejé de hacer esfuerzos por él. Dejé de contarle mis cosas. Aprendí a guardar mis pensamientos, a no esperar nada. A vivir como si ya nada importara. A veces pensaba que el problema era mío por desear tanto.

Ahora entiendo, con la distancia de los años, que no todo abandono llega con maletas.

Rate article
MagistrUm
Mi marido nunca me fue infiel, pero hace años dejó de ser mi esposo. Diecisiete años junto a él: nos conocimos de jóvenes en Madrid, trabajábamos, salíamos, soñábamos juntos. Al principio era atento, hablador, cariñoso; no perfecto, pero presente. Después vinieron el matrimonio, las responsabilidades, el trabajo, la casa, las facturas. Todo cambió sin saber cuándo empezó. Nunca hubo traición ni mensajes sospechosos, ni apareció otra mujer. Simplemente, un día noté que ya no me miraba igual. Nuestras conversaciones se limitaron a lo necesario: qué comprar, qué pagar, a qué hora salir. Dejamos de preguntarnos cómo estábamos. Si le contaba algo, asentía sin despegar la vista del móvil o la tele. Si callaba, no preguntaba nada. La intimidad desapareció sin una sola palabra. Al principio pensé que era el estrés; luego, el cansancio; luego, la costumbre. Pasaban semanas sin nada entre nosotros. Dormíamos en la misma cama, pero cada uno de su lado. Intentaba acercarme, buscar conversación, hacer planes. Él siempre estaba cansado, agobiado de trabajo o me decía: —Mañana hablamos. Ese mañana nunca llegó. Llegó un momento en que supe que ya no era mi marido, sino mi compañero de piso. Compartíamos gastos y rutinas; los compromisos familiares. En reuniones parecía el esposo ideal: tranquilo, trabajador, respetuoso. Nadie imaginaba lo que pasaba tras la puerta: nadie veía el silencio, la ausencia emocional. Intenté hablarlo mil veces. Le decía que me sentía sola, que lo echaba de menos, que necesitaba algo más que convivencia. Nunca se enfadaba, nunca me levantaba la voz. Siempre contestaba con frases cortas: —No exageres. —Así son los matrimonios largos. —Estamos bien, ¿no? Eso era lo que más me confundía: sin grandes peleas, sin una infidelidad, pero tampoco amor. Me sentía invisible en mi propia relación. Pasaron los años. Dejé de insistir, de esforzarme, de contarle mis cosas. Empecé a guardar mis pensamientos para mí. Me acostumbré a no esperar nada, a vivir como si ya no importara. A veces pensaba que el problema era mío, que pedía demasiado. Hoy entiendo que no todo abandono llega con una maleta.