La abuela favorecía siempre a un nieto
¿Y para mí, abuela? preguntaba en voz bajita.
Anda, Carmen, si tú ya eres bien sana. Mira qué mofletes tienes.
Los frutos secos, hija mía, son para el entendimiento, a Alfonso hay que ayudarle a estudiar, que es hombre, sostén de casa. Tú, ponte a quitar el polvo de las estanterías, que una niña debe aprender a trabajar.
¿De veras, Carmen? Ella ya está en las últimas. Los médicos han dicho que le quedan un par de días, como mucho. Quizás sólo horas
Alfonso estaba plantado en el umbral de la cocina, apretando fuerte las llaves del coche. Tenía cara de cansado y frustrado.
Lo digo totalmente en serio, Alfonso. ¿Quieres un té? Carmen ni se volvió, seguía cortando con primor una manzana para su hija. Siéntate, te preparo uno recién hecho.
¿Qué té, Carmen? Su hermano se adentró en la estancia. Está ahí tumbada, rodeada de tubos, apenas respira
Te llamó esta mañana. Carmencita, preguntaba, ¿dónde está Carmencita?. Me dio un vuelco el corazón. ¿Es que de verdad no vas a ir?
Es la abuela, Carmen. Es ahora o nunca, ¿lo entiendes?
Carmen colocó con cuidado las rodajas de manzana en el platito y sólo entonces miró a su hermano.
Para ti es la abuela. Para ella tú eres su Alfonsito, su orgullo, la esperanza del apellido.
Yo Yo para ella no fui nunca nadie.
¿De veras piensas que necesito despedirme?
¿De qué tendríamos que hablar, Alfonso? ¿De si le debo perdonar algo? ¿O de si debe hacerlo ella?
¡Olvida esas tonterías infantiles! Alfonso lanzó las llaves sobre la mesa. Sí, es verdad que te quería menos, ¡y qué! Era mayor, tenía sus rarezas. Pero está a punto de irse… No puedes ser tan fría.
Yo no soy fría, Alfonso. Simplemente no siento nada hacia ella. Ve tú. Siéntate a su lado, dale la mano, tú le importas mucho más que yo.
Tú eres su niño bonito, así que quédate a su lado hasta el final.
Alfonso la miró como si quisiera decir algo más, pero se dio la vuelta y salió en silencio, cerrando la puerta con firmeza.
Carmen suspiró, cogió el plato con manzana y fue al dormitorio de su hija.
***
En su familia todo siempre se repartió de forma clara. Los padres, eso sí, los quisieron igual a Carmen, a Alfonso.
En esa casa siempre hubo ruido, risas, el aroma de pan casero y excursiones sin fin.
Pero doña Pilar Hernández, la abuela, era de otra pasta.
Alfonsito, acércate, mi cielo decía la abuela cuando iban a visitarla los fines de semana. Mira lo que te guardé.
Nueces recién peladas. Y caramelos La Violeta, fresquitos.
Carmen, que entonces tenía siete años, miraba cómo su abuela sacaba del aparador antiguo el cucurucho tan deseado.
¿Y para mí, abuela? preguntaba suavemente.
Doña Pilar le lanzaba una mirada rápida, seca.
Anda, Carmen, si tú ya tienes salud de sobra. Mira esas mejillas que te has puesto.
Las nueces, niña, son para el entendimiento; a Alfonso hay que ayudarle en los estudios, que será el pilar.
Tú, ve a limpiar el polvo. Que una muchacha ha de acostumbrarse a las tareas.
Alfonso, ruborizado, se llevaba el paquetito y salía casi de puntillas, mientras Carmen tomaba el trapo de polvo.
No le dolía. A decir verdad, de pequeña Carmen lo vivía como si fuera el clima.
Llueve, y la abuela prefiere a Alfonso. Así es la vida
En el pasillo solía esperarle su hermano.
Toma le ofrecía la mitad de los caramelos y un puñado de nueces. Pero no los comas delante, que si no otra vez se pone a gruñir.
Tú los necesitas más, ¿no? sonreía Carmen. Son para la cabeza.
Bah, esa cabeza Alfonso arrugaba la nariz. Está medio loca, anda, mastica rápido.
Se sentaban en la escalera que llevaba al desván y devoraban juntos la prohibida. Alfonso siempre compartía. Siempre.
Incluso cuando la abuela le daba dinero para un helado a escondidas de la madre, él iba corriendo a buscar a Carmen:
Oye, hay para dos Bombón y aún sobra para chicle con pegatina. ¿Vienes?
Su hermano era su sostén. El cariño mutuo compensaba la frialdad de la abuela, hasta el punto de que Carmen apenas sentía carencia.
Pasaron los años. Doña Pilar fue envejeciendo. Cuando Alfonso cumplió dieciocho, ella, solemne, anunció que le dejaba su segundo piso céntrico.
La base de una familia es tener casa propia declaró en la reunión. Para que traigas a tu esposa a tu hogar, no que andes de prestado.
La madre sólo suspiró. Conocía el carácter de su progenitora y no discutió. Pero esa noche, en privado, buscó a Carmen.
Hija, no te preocupes… Tu padre y yo lo vemos todo. Lo hemos decidido: el dinero que ahorramos para el coche y para ampliar casa será para ti.
Podrá servirte como entrada para un piso. Para que todo sea justo.
Mamá, no hace falta la abrazó Carmen. A Alfonso le viene mejor la vivienda. Se casa ya con Inés, y yo mientras me quedo en la residencia.
No, Carmen. Así no. Tu abuela tiene sus cosas, pero tus padres no pueden favorecer a uno y dejar a la otra. Así que acéptalo y no discutas.
Carmen no aceptó.
Alfonso se mudó tras la boda al piso que le había dejado la abuela, y la casa familiar de tres habitaciones quedó más espaciosa.
Carmen ocupó el antiguo cuarto de su hermano y por fin pudo poner sus libros y cuadros. Descubrió por primera vez lo hermoso que es un hogar donde nadie reparte el cariño según reglas ajenas.
La relación entre hermanos jamás se resintió por los asuntos de herencia. Al contrario, Alfonso sentía cierta culpa.
Carmen, ven cuando quieras le decía. Inés ha hecho rosquillas. Y la abuela… ya sabes cómo es. Ayer volvió a llamar para preguntar si había empleado su dinero en tus caprichos.
¿Y qué le dijiste?
Le dije que todo me lo gasté en tragaperras y en vino caro se reía Alfonso. Estuvo resoplando medio minuto y luego soltó: «Eso es por culpa de Carmen, que te enseña malísimas costumbres».
Por supuesto Carmen sonreía. ¿Quién si no?
***
Cuando Carmen se casó con Sergio y llegó la niña, el tema de la vivienda se puso difícil. Y la madre, una vez más, fue hábil.
A ver, chicos dijo. Tenemos un piso grande. Alfonso tiene el de su abuela. Vosotros estáis de alquiler.
Hagamos esto: cambiamos la nuestra por dos más pequeñas. Nosotros, los padres, nos vamos a la de un dormitorio, y Carmen y Sergio a la de dos.
Mamá intervino Alfonso. Renuncio a mi parte de la casa familiar. La tengo más que de sobra.
Que Carmen tenga todo lo que necesiten para su familia. Acaba de tener a la niña, les viene mucho mejor.
¿Estás seguro, Alfonso? preguntó Sergio, sorprendido. Es mucho dinero. ¿De verdad quieres?
Muy seguro. Con Carmen, toda la vida hemos ido a medias en todo. Ya sufrió lo suyo por la abuela. No hay más discusión, es mi palabra.
Carmen lloró, pero no por los metros cuadrados, sino porque su hermano era, sencillamente, el mejor.
Al final hicieron el intercambio y cada uno siguió su camino.
La madre iba con frecuencia a ayudar con la nieta; Alfonso y su familia venían todos los fines de semana.
Y doña Pilar vivía sola. Alfonso le llevaba la compra, arreglaba grifos, oía sus quejas de salud y sus eternos reproches hacia esa desagradecida de Carmen.
¿Ha llamado, al menos una vez? farfullaba doña Pilar. ¿Le importa acaso si tengo la tensión alta?
Abuela, si ni tú la quisiste conocer nunca decía Alfonso con suavidad. No le hablaste bien en veinte años. ¿Para qué va a llamarte?
¡Quería criarla como toca! proclamaba la abuela. ¡Una mujer debe saber su sitio! Y mira, se llevó el piso y nos echó a su madre y a mí de casa.
Alfonso solo suspiraba. Ya era imposible explicar.
***
Carmen estaba un día en la cocina, y los recuerdos le asaltaban a ráfagas.
La abuela le apartando la mano del tarro de mermelada. Elogiando el torpe dibujo de Alfonso, mientras pasaba de largo sus diplomas. Sentada como una reina en la boda de Alfonso, pero ni acudiendo a la suyase excusó diciendo que estaba mal.
Mamá, ¿por qué no vamos a ver a la abuela Pilar? preguntó su hija asomada a la puerta. Tío Alfonso dice que está muy malita.
Porque la abuela Pilar sólo quiere ver al tío Alfonso, cariño le dijo Carmen, acariciándole el pelo. Así se queda tranquila.
¿Es mala? preguntó su hija, entornando los ojitos.
No, cielo Carmen meditó. Sólo no sabía querer a todos. Su corazón sólo tenía sitio para una persona. Eso pasa a veces.
Por la tarde volvió a llamar Alfonso.
Ya está, Carmen. Hace una hora.
Lo siento mucho, Alfonso. Debe ser muy duro, lo sé.
Te estuvo esperando hasta el último momento mintió suavemente. Carmen lo sabía, pero agradeció el gesto. Dijo: Que a Carmen le vaya bien.
Gracias, Alfonso… Mañana pasaos por casa, tomamos algo, hago un bizcocho.
Iremos. Carmen, ¿no te arrepientes de no haber ido?
Carmen fue sincera.
No, Alfonso. No me arrepiento. Ya no servía de nada. Ni ella a mí, ni yo a ella nos echábamos de menos.
Su hermano calló un instante.
Supongo que tienes razón suspiró. Siempre fuiste la sensata. Bueno, hasta mañana.
El entierro fue discreto. Carmen fue por su madre y su hermano. Permaneció aparte, en silencio, observando ese cielo plomizo que en Madrid siempre parece tan bajo en los cementerios.
Cuando el ataúd descendía, Carmen no lloró.
Alfonso se acercó, la abrazó por los hombros.
¿Estás bien, Carmen?
Estoy bien, Alfonso. De verdad.
He estado recogiendo en su piso He encontrado una caja. Viejas fotos.
Hay muchas tuyas. Todas recortadas de las fotos de familia. Las guardaba aparte.
Carmen frunció el ceño, sorprendida.
¿Por qué haría eso?
No sé. Quizás sentía algo, pero no sabía mostrarlo. ¿Miedo a que si te reconocía me quisiera a mí menos? Los viejos son complejos.
Puede ser Carmen encogió los hombros. Ya da igual.
Salieron juntos bajo un mismo paraguasAlfonso, grande y robusto; Carmen, pequeña a su lado.
Oye dijo Alfonso, ya junto a los coches. Creo que venderé el piso.
Con lo que gane, compraré una buena casa para nosotros y otra más pequeña para los niños cuando crezcan. Y el resto ¿Qué te parece si lo donamos a un hospital infantil? Para que el dinero de la abuela al menos le dé alegría a alguien sin esperar nada a cambio
Carmen miró a su hermano y, por primera vez en muchos días, le sonrió de verdad.
Sabes, Alfonso Sería el mejor desquite para doña Pilar. La venganza más generosa posible.
¿Eso es un sí?
Eso es un sí.
Cada uno se marchó por su lado. Carmen condujo por la ciudad, escuchando música, mientras sentía por dentro, al fin, esa paz absoluta.
Quizá Alfonso tenía razón: cuando parte de lo recibido sirve a un bien mayor, la vida, al final, siempre compensa todo lo perdido.







