Los amigos de mis amigos llegan a mi casa de vacaciones: lamento no haber dicho no.
El año pasado mi antigua amiga, Carmen, me llama y me ruega que hospede a sus mejores amigos durante una semana. Deciden descansar junto al mar, en la costa de Valencia. Me cuesta rechazar, así que acepto, pero antes les aclaro:
Estamos en plena temporada alta, no puedo ofrecerles la habitación sin cobrar. Y, por otro lado, no me sentiría cómoda cobrándoles a tus amigos.
Carmen me responde:
Cariña, ellos pagarán. El dinero no es problema, temen caer en manos de estafadores que piden el pago por adelantado y luego no les dejan entrar o los echan a mitad de la estancia.
Me dejo engañar. Si hubiera sabido cuánto me iba a costar todo, nunca lo habría aceptado.
Siento cierta incomodidad, así que les doy un buen descuento y les dejo la habitación por aproximadamente la mitad del precio.
Llega el día. En vez de la familia prometida, con un niño de diez años, aparecen también una adolescente, Aroa. No importa, son conocidos, pero la habitación triple no les resulta cómoda.
El encuentro es cordial. Preparo una comida sabrosa y, después de cenar, les muestro los monumentos de nuestro pueblo. Les deseo lo mejor y vuelvo a mis ocupaciones.
Al día siguiente, el hijo del huésped dispara una pistola de agua contra el televisor que está encendido. Los padres están en la habitación, pero eso no frena al bromista. La pareja se disculpa y promete pagar la reparación del televisor, que sigue sin funcionar. Les dejo el televisor de la habitación contigua. ¿Qué harán esta noche? les pregunto.
Más tarde, la familia olvida llenar la tetera y la deja quemada. La adolescente se disculpa por el olvido.
Cuando empiezan a reordenar el mobiliario, que les parece pequeño, se rompen dos patas: una de la mesita de noche y otra de la mesa. Para ellos resulta gracioso.
¡Qué montón de muebles tienes! se ríen. Pegaremos la pata de la mesa con cinta adhesiva y todo quedará bien. Y bajo la mesita pondremos algo nada importante.
El clímax llega con una fiesta ruidísima que se extiende hasta las dos de la madrugada, con gritos y cantos descontrolados. A las once les pido que bajen el volumen y me contestan:
Nosotros nos relajamos, pagamos por nuestro sitio.
Tienen razón, la música se atenúa después de la segunda advertencia. No vale la pena discutir con gente ebrios, así que decido esperar hasta el día siguiente.
Al día siguiente hablo sinceramente con la pareja y les digo que ese comportamiento es inaceptable. No solo ellos están de vacaciones. Les pido también que cuiden los electrodomésticos.
Encogen los hombros y responden descontentos:
Ya hemos pagado el dinero.
Yo me altero:
Agradece que puedas pasar aquí como amigo de un amigo, porque si no, no estarías aquí.
Tras mis palabras los acompañantes se vuelven más discretos y los aparatos dejan de averiarse. Sólo la amistad se rompe.
Como consecuencia, dejamos de hablarnos. Eso no les impide llevarse los regalos y recuerdos que había preparado para ellos y para nuestra amiga en común. Además, desaparecen del cuarto dos toallas de baño grandes y una sábana de felpa.
Debo decir que son los mejores amigos de mi amiga. Carmen y yo fuimos inseparables durante todo el bachillerato, hasta que se casó y se mudó a Zaragoza. Describió a sus amigos como gente amable y bien educada. Si fuera verdad, podrían pasar cada verano aquí.
Así fueron las cosas. Carmen guardó silencio durante mucho tiempo, pero un día, en una conversación, me dejó entrever que las vacaciones no les gustaron:
Decían que siempre los regañaba y arruinaba el ambiente, aunque pagaron mucho dinero.
Me duele, pero con el dinero que entregaron no puedo comprar ni un televisor nuevo, ni una tetera, ni una mesa, ni una mesita, ni ropa de cama y toallas. Además, mis nervios están destrozados y los demás huéspedes están insatisfechos. Todo eso afecta la imagen del hotel, y el próximo año los turistas pueden elegir otro sitio.
Al final he aprendido una gran lección y sé con certeza que a veces es mejor simplemente decir no.







