Venga ya, Lucía, no te pongas pesada. Si solo han venido los chicos a ver el partido, ¿qué tiene de malo? Que hacía siglos que no nos veíamos, desde el instituto. Mejor corta un poco de pepinillo y la caña de lomo esa que compramos para el santo. Que hay cerveza pero no hay nada decente para picarse oía a Javier desde el salón, por encima del bullicio de la tele y las risotadas de sus tres colegas.
Lucía se quedó paralizada en la entrada, con las llaves aún en la mano. Acababa de cruzar la puerta, soñando solo con quitarse los tacones que la habían torturado durante las diez horas de oficina, desmaquillarse y tirarse en el sofá con una novela. El día había sido un suplicio: cierre de trimestre, la jefa dando gritos, dos horas en Gran Vía metida en un atasco bajo la lluvia. Venía de trabajar deseando refugio, un rincón tranquilo. Y de golpe estación de Atocha en hora punta.
Le golpeó la nariz ese olor fuerte, ácido, a cerveza barata y boquerones. En la alfombra de la entrada, que tanto le gustaba, se amontonaban zapatos enormes de hombre, algunos salpicados de barro. Una cazadora cayó del perchero y yacía en el suelo como un gorrión desplumado.
Lucía respiró hondo, tratando de controlar el temblor de sus manos. Entró al salón: la escena era de museo. Javier, su marido, despatarrado en el sillón; el sofá tomado por Mario, Dani y un barbudo desconocido. En la mesa de cristal la que siempre limpiaba con ese spray especial, botellas medio vacías, bolsas de patatas y una montaña de espinas de pescado sobre un periódico viejo.
Javi dijo ella en voz baja, lo hablamos. Nada de invitados entre semana sin avisar. Estoy muy cansada, solo quiero un poco de paz.
Javier apenas la miró, todo pendiente de la pantalla donde veintidós millonarios corrían tras un balón.
Ya estamos con lo de siempre resopló. Cansada, me duele la cabeza. Luci, no seas una abuela. Chicos, decidle algo.
¡Tranquila, que estamos calladitos! gritó Mario, aunque ese calladitos retumbaba como un avión despegando. Si marcan los nuestros, igual hasta montamos una conga. Anímate, ¿te pongo una caña?
No quiero cerveza Lucía sintió cómo le hervía una rabia fría y cortante. Lo que quiero es que en diez minutos no quede ni rastro de esto.
Luci, anda, no me dejes mal delante de los chavales Javier giró al fin la cabeza, la cara roja y malhumorada. Vete a la cocina y haz algo. Haz unos macarrones o así. Tenemos hambre. Deja de amargarnos el partido.
Lucía le miró como si acabara de verlo de verdad por primera vez en diez años de matrimonio. Diez años trabajando para ser la esposa perfecta: hogareña, ordenada, cenas ricas. Aguantó sus tardes de garaje, su madre sabionda, los calcetines tirados. Pero hoy algo hizo clic. Igual fue la montaña de espinas en la mesa. O ese tono de ve a hacer macarrones.
Sin decir nada, se dio media vuelta y salió del salón.
Ya está, se ha picado se oyó por detrás. No pasa nada, luego se le pasa y trae algo de comer. Siempre hace igual.
En la habitación, sobre la cómoda, estaba la cartera de Javier. Tenía la costumbre de vaciar los bolsillos al llegar: llaves, monedas, tarjetas. Lucía sabía que el día anterior había recibido la paga extra. Una paga considerable que pensaban destinar a renovar el baño, o al menos a cambiar las ruedas del coche.
Divisó la tarjeta dorada.
Decidió en un instante. Una idea loca, atrevida, que la antigua Lucía jamás se habría atrevido a ejecutar. Pero es que aquella Lucía ya no existía. Ahora era una mujer que exigía respeto. O, como mínimo, una compensación por tantos tragos tragados.
Cogió la tarjeta. Después, sacó del armario una pequeña maleta de mano. Movimientos rápidos, precisos: muda, su pijama favorito (el de seda, ese que Javier decía que resbala y no abriga), cargador, neceser.
Del salón llegó un grito colectivo: ¡Gooooool! Las paredes vibraron. Juraría que alguno había saltado sobre el sofá.
Lucía se puso el abrigo, se calzó. Se miró en el espejo: ojos cansados, labios apretados.
¿Macarrones, decías? le susurró a su reflejo. Ahora vas a ver tú.
Cerró la puerta con sigilo. Nadie ni se inmutó; el ruido del televisor enmascaró su salida perfectamente.
En la calle chisporroteaba una llovizna desagradable, pero a Lucía le ardía la sangre. Llamó a un taxi. Pero nada de taxis normales: pidió un Gran Turismo.
En cinco minutos apareció un Mercedes negro. El conductor, impecable, salió a abrirle la puerta.
Buenas noches, ¿dónde vamos?
Al Hotel Palace respondió Lucía. Era el más caro de la ciudad: cinco estrellas, mármol, porteros con librea. Lo había admirado mil veces desde el coche, con sus luces doradas, pero nunca había pensado entrar como clienta.
Muy buena elección, señora sonrió el chófer.
Durante el trayecto, su móvil vibró en la maleta. Javier llamaba. Se habría acabado la pausa de anuncios, el estómago empezaba a pensar en los dichosos macarrones. Lucía puso el teléfono en silencio. Que se aguante, que busque, que piense que ella está en el super con un antojo de mayonesa.
Al entrar al vestíbulo del Palace la envolvió la fragancia de flores frescas y perfumes carísimos. Una lámpara gigantesca brillaba como mil diamantes. Se acercó a la recepción. Una chica con sonrisa de anuncio le atendió.
Buenas noches, ¿tiene reserva?
No Lucía puso la tarjeta dorada sobre el mostrador. Quiero una suite, con jacuzzi y vistas a la Plaza Mayor.
La recepcionista ni se inmutó, tecleó rapidísima:
Tenemos una suite ejecutiva en la séptima planta. El desayuno está incluido, acceso al spa 24 horas. Son doscientos ochenta euros la noche. ¿Le parece bien?
Doscientos ochenta euros. Media nómina, un tercio de la extra de Javier. Su vena ahorradora estuvo a punto de saltar, pero la pisoteó sin piedad.
Perfecto dijo con firmeza.
¿Su DNI, por favor?
Lucía lo entregó. El datáfono pitó, pago realizado. Se imaginó el móvil de Javier, enterrado entre las patatas, parpadeando: Cargo de 280 en Palace Hotel. ¿Se enteraría ya? Dudaba que el fútbol le dejara levantar la cabeza.
El botones la acompañó a la suite. Cuando abrió la puerta, a Lucía le faltó el aire. Aquello era un palacio: cama king-size, sábanas blancas, salón, baño de mármol tres veces mayor que el suyo. Y una ventana increíble sobre el Madrid iluminado.
Lo primero que hizo fue quitarse los tacones y sentir la moqueta gruesa bajo los pies descalzos. Luego, al minibar. Una minúscula botella de champán costaba más que todo el arsenal de birras que se estarían bebiendo los amigos de Javier.
Pues qué más da soltó al aire, abriendo la botella.
Sirvió en la copa, se acomodó en el sillón. El móvil tenía ya quince llamadas perdidas. Tres mensajes de WhatsApp:
¿Dónde estás?
¿Vas a tardar mucho? Compra mahonesa.
Lucía, ¿has desaparecido? ¡Estos quieren cenar ya!
Ni rastro de preocupación genuina. Solo órdenes. Lucía brindó por ello y probó el champán fresco, burbujeante.
Entonces llegó otro mensaje:
Lucía, ¿qué es este cargo? Me salta el móvil, 280 euros. ¡No está la tarjeta en la cartera! ¿La tienes tú? RESPONDE YA.
Ajá, por fin se había dado cuenta. Lucía sonrió y marcó el botón del room service.
Buenas noches, quiero cenar en la habitación. Sí, ya sé que es tarde, pero tengo hambre. Ensalada de marisco, solomillo poco hecho, y… de postre, tarta de Santiago. Y una botella de Rioja. Sí, cárguelo a la habitación.
Fue al baño, llenó la bañera de espuma y sales. El móvil volvió a vibrar como loco. Javier llamó como si la vida le fuera en ello.
Lucía contestó solo cuando ya estaba sumergida en agua caliente.
¿Sí?
¡Lucía! ¿Estás loca? gritó Javier. Por detrás, silencio de funeral. Debían estar todos tensos al oír su tono. ¿Dónde estás? ¿Qué es ese cargo de doscientos ochenta euros? ¿Te has comprado un abrigo de noche o algo?
No, Javi. Me he comprado silencio y respeto. Estoy en un hotel.
¿Cómo que en un hotel? ¿Por qué?
Porque en la casa parece una feria y huele a pescado seco. Yo, como te dije, venía reventada. Te pedí que no llenaras el piso de gente. No me hiciste ni caso. Pediste que te hiciera macarrones. No me apetece cocinarte nada. Quiero solomillo y un baño.
Estás borracha, ¿no? Vuelve ya. ¡Ese dinero es de los dos! ¡Eso es para arreglar el baño!
El baño esperará. Mis nervios, no. Y atento: ahora llega otro cargo de la cena, unos setenta euros, no más.
¿Setenta euros por una cena? Te has pasado tres pueblos, Lucía. ¡En el congelador tienes macarrones!
Pues que los haga Mario. O Dani. Que para eso son tan amigos.
Deja ya el show y vuelve. Mira que ya se van y recojo todo.
¿La peste a arenque también se va sola? ¿Y los platos sucios se friegan solos? No, Javier, he pagado veinticuatro horas. Y pienso estar aquí todo el tiempo. Mañana tengo masaje en el spa. Dicen que es buenísimo.
¡¿Masaje? ¿Eso cuánto suma?! Lucía, me vas a arruinar. Ya recojo yo, ¿vale? ¡Me largo de infarto!
Me alegro de ver tu instinto limpiezas. Practícalo bien. Vuelvo mañana, para comer. Y cuidado con las broncas; como me cabrees, amplío la reserva. Que la tarjeta la tengo yo.
Colgó y apagó el móvil.
Interrumpió sus pensamientos el knock en la puerta. El camarero entró con un carrito vestido de lino blanco. Cubiertos de plata, aroma de carne asada, postre delicado. Lucía, en albornoz mullido, cenó viendo Madrid desde las alturas.
Por primera vez en muchos años no se sintió criada, ni invisible, ni señora de la limpieza. Se sintió Mujer. Carísima, caprichosa, mimada. Aunque ese mimo se lo hubiera comprado a costa del presupuesto familiar.
La noche fue un sueño. La cama era la gloria. Silencio total, nadie roncaba, nadie la destapaba. Lucía despertó con luz dorada entre cortinas gruesas. Se desperezó, cuerpo descansado, mente despejada.
Bajó al spa: piscina, baño turco, masaje. La masajista, un portento, le masajeó los nudos de los hombros y le susurró: Pero hija, ¡qué tensión tienes! Hay que cuidarse más.
Ahora sí le prometió Lucía, notando que el dolor flotaba y se iba.
Salió del hotel pasadas las dos. Al encender el móvil, docenas de llamadas y un último WhatsApp de Javier: Lo he limpiado todo. Estoy esperando. Hablamos.
Pidió taxi (otra vez Gran Turismo, por todo lo alto) y puso rumbo a casa.
Giró la llave. Todo olía a lejía y a limón. Y a hombre arrepentido.
Javier estaba en la cocina, frente a un té frío. El piso, reluciente. No quedaba rastro de la batalla de anoche. La alfombra impoluta, el suelo brillante, la vajilla ordenada y hasta la encimera parecía nueva.
Al verla, Javier se levantó de un salto. Tenía ojeras y cara de trasnochar sin fiesta.
Ya estás aquí exhaló. Lucía, madre mía… Me has dejado tieso. ¿Sabes cuánto has gastado?
Lucía dejó su bolso, sacó la tarjeta dorada y la soltó sobre la mesa.
Claro. En total, trescientos ochenta y cinco euros con cincuenta. El precio de mi tranquilidad y de una lección para ti.
Javier se llevó las manos a la cabeza.
¡Trescientos ochenta y cinco! ¡Eso es medio baño!
Echa tú la cuenta de si diez años de ama de llaves, cocinera, psicóloga y limpiadora valen más de trescientos ochenta y cinco, Javi se sentó enfrente, mirándole fijamente. Te has acostumbrado a que sea cómoda, callada, que atienda a tus amigos, que mi no no valga de nada. Ayer me hiciste sentir extraña en mi propia casa.
Javier quiso replicar pero no le salieron palabras.
No es que los obligara… es que los chicos se vinieron arriba…
¿No tienes boca para decirles que no? ¿O los chicos valen más que yo?
Lucía hablaba suave, pero eran cuchillos.
Mira, Javi. Si esto vuelve a pasar, la próxima vez no me voy a un hotel. Me voy para siempre. Y ya veremos lo que cuesta un divorcio de verdad.
Javier miró la tarjeta, la cocina reluciente, su mujer tan guapa y descansada como nunca y tan firme que daba miedo. Y supo que no le tomaba el pelo.
Vale gruñó bajito. Se me fue Mario es un guarro, ya le he dicho que no vuelva.
Muy bien Lucía se levantó. Tengo hambre. ¿Quedaron macarrones? ¿O los chicos se lo fundieron todo?
Javier se recompuso.
No, hice sopa. De sobre, pero con patatas y zanahorias. ¿Quieres?
Lucía estuvo a punto de reírse. Sopa de sobre: un Hércules moderno.
Venga, échame un plato.
Comieron en silencio. Javier la miraba de reojo, como temiendo otro susto. Lucía tomaba la sopa salada, y pensaba: esos casi cuatrocientos euros han sido la mejor inversión para el matrimonio. A veces, para que te valoren, hay que convertirse en una mujer carísima. Literalmente.
Por la tarde, al elegir película (esta vez romántica, claro, y Javier aguantó sin protestar), él se acercó y la abrazó.
Lucía
¿Mm?
¿Tan bien estabas en el hotel?
Increíble. Jacuzzi, vistas, albornoz suave
¿Y si vamos juntos algún día? Cuando ahorremos.
Apoyó la cabeza en su hombro.
Vamos, claro. Pero la próxima vez, la tarjeta la llevas tú. Que lo mismo me da otro antojo nocturno y te dejo sin saldo.
Javier se rió nervioso y la achuchó.
No te preocupes, aprendo a hacer solomillo yo. Me sale más barato.
De ahí a seis meses, en casa solo hubo visitas avisadas y los sábados. Y, lo más curioso, Javier recogía la vajilla sin rechistar. A veces la amenaza del Hotel Palace y los casi cuatrocientos euros perdidos es mejor que años de súplicas.
Lucía, por si acaso, abrió una cuenta para ella sola: el Fondo Inviolable. Iba metiendo un pellizco de cada sueldo. Solo para saber que, si hace falta, siempre tendrá para una suite con vistas donde la traten como a una reina. Y ese pensamiento calienta más que el mejor brasero.
Si te ves reflejada y crees que hay que quererse y respetarse, cuenta tu historia por aquí. Y recuerda: a veces ser cara es el secreto para que te cuiden.







