¡Mamá, pero bueno, ¿estás en tus cabales? ¿Qué viaje? ¿Qué Balneario de Mondariz? ¡Tenemos los billetes a Tenerife reservados, salimos en una semana! ¿Te das cuenta del gasto que nos haces si ahora decides marcharte?
La voz de Inés rozaba el grito. Recorría la pequeña cocina de su madre como una leona enjaulada, chocando con la esquina de la mesa y sin reparar siquiera en ello. Carmen Fernández, sentada en su taburete favorito, apretaba las manos con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Miraba a su hija y no reconocía en esa mujer bien vestida y furiosa a la pequeña Inesita a la que tiempo atrás trenzaba el pelo.
Inés, por favor, no me grites, que me va a subir la tensión suplicó Carmen en voz baja. Ya os lo dije en febrero: este verano tenía pensado ocuparme de mi salud. No puedo con las rodillas, bajo las escaleras de lado y gracias. El médico me ha insistido con el balneario. Me pagué el paquete yo sola, ahorrando de mi pensión durante medio año. ¿Por qué tengo que anularlo?
Porque somos familia rugió Inés, deteniéndose frente a su madre con las manos en las caderas. Porque las abuelas están para ayudar con los nietos. ¿Te crees que te puedes ir de vacaciones mientras Pablo y yo no pegamos un descanso desde hace un año? ¡Un año sin vacaciones, mamá! Encontramos un hotel estupendo, pero llevar a los niños cuesta un dineral, y también queremos descansar de verdad, no estar corriendo detrás de ellos por la playa. Te los tienes que llevar al pueblo. No hay discusión.
Carmen suspiró pesadamente. Ese “no hay discusión” lo había escuchado cada año desde hacía más de una década. Primero era: Mamá, quédate con Alejandro, que vuelvo al trabajo, que hay que pagar la hipoteca. Luego: Mamá, ahora con Daniel, tendrás que ocuparte de los dos, tú que sabes. Y ella, callada, siempre cedía. Sacrificaba sus planes, corría al primer aviso, cuidaba a los niños enfermos, y organizaba meriendas y recogidas. Pero los niños ya no eran tan niños; Alejandro, con doce años, y Daniel, con nueve, eran dos torbellinos dispuestos a desmontarle la pequeña casa del pueblo en una semana. Además, requerían atención constante, organización de comidas, lavadoras, juegos. Y ella apenas tenía ya energía para llegar al bancal de las fresas y sentarse en el porche.
Inés, no puedo dijo Carmen con firmeza, mirándola a los ojos. De verdad, no puedo. Son muy movidos, necesitan correr, ir en bici, acercarse al río, y yo no puedo seguirles el ritmo. Si les pasara algo, no me lo perdonaría. Y además el balneario ya está pagado, y los billetes de tren, también. Me voy el tres de junio.
Inés calló de golpe. La miró con una expresión fría y calculadora que hizo que a Carmen le recorriera un escalofrío. El silencio era total, sólo interrumpido por el zumbido de la vieja nevera.
¿Así que prefieres tu salud a tus nietos? pronunció Inés despacio. ¿Te quieres a ti misma más que a tu propia sangre?
Simplemente me quiero, Inés. Por primera vez en sesenta y cinco años he decidido pensar en mí. ¿Acaso eso es delito?
Vale se calmó Inés de forma inquietante, se sentó frente a ella, cruzó las piernas y ajustó la falda. Hablemos como adultas. Tú vives sola en un piso de tres habitaciones, en pleno centro. Pablo, los niños y yo vivimos en un piso modesto en San Blas, pagamos hipoteca y letra del coche. Sabes que es duro le lanza. Y tú en tu palacio y encima poniendo condiciones.
Ese piso era de tus abuelos y me lo gané con mi esfuerzo le recuerda Carmen. Y os ayudé con la entrada, no lo olvides. Vendí el garaje de papá.
Eso fue una miseriaresponde ella con desdén. Escuchacontinúa. Si ahora te vas de balneario y nos dejas tirados, yo saco conclusiones. Estás vieja, enferma e incapacitada para cuidar ni de tus nietos. Lo mismo hasta es peligroso dejarte sola; igual un día te dejas el gas abierto, o el grifo…
¿Qué quieres decir?, el corazón de Carmen da un brinco.
No insinúo, lo digo claro: ahora hay buenas residencias para mayores, privadas y públicas, con médicos, comida a su hora, sin preocupaciones, sin nietos. Y el piso, se alquila o se vende y liquidamos la hipoteca, o nosotros nos mudamos aquí. Total, algún día será nuestro. ¿Para qué esperar?
Carmen sintió que todo le daba vueltas. Se quedó sin aire. Su hija, la misma por la que peleó durante los ochenta, la que siempre tuvo en el centro de todo, ahora la amenazaba con aparcarla en una residencia.
¿Tú… quieres meterme en una residencia? ¿Con la hija viva?
No es una residencia, es un centro asistencial Inés, con esa frialdad glacial. Si no cumples tu papel de abuela, estás incapacitada. Bastará con un informe y que diga que tienes despistes, que pierdes el hilo, que es peligroso. Conozco a un médico que podría certificarte digamos, deterioro incipiente. A estas edades es normal.
Fuera susurró Carmen.
¿Cómo dices?
¡Fuera de mi casa! gritó levantándose del taburete. ¡Vete! ¡Y no me traigas a los niños! Tengo la cabeza perfecta, soy la dueña del piso y decido yo.
Inés se levantó, echó un último vistazo de asco a la cocina.
Grita todo lo que quieras. Si te sube la tensión, llamamos al médico y de paso dejamos constancia. Tienes hasta mañana, mamá: o te quedas con los niños todo el verano y aquí no ha pasado nada, o inicio el proceso de incapacitación. Y ya sabes cómo soy, lo herede de ti.
La puerta se cerró de un portazo. Carmen se dejó caer, las piernas le fallaban. Le temblaban tanto las manos que ni podía servirse agua. Las lágrimas caían calientes, amargas. ¿En qué momento su hija cambió tanto?
Toda la tarde la pasó en penumbra, las ideas revoloteándole por la cabeza como pájaros asustados. Se vio en una residencia: paredes frías, olor a desinfectante, desconocidos por compañeros, ventanas enrejadas. Le entró miedo de verdad. Inés era muy terca. Y su yerno Pablo bien dócil, nunca se enfrentaría a la mujer.
No durmió apenas. Y al alba, con la claridad entre las cortinas, sintió rabia, una rabia fría y serena. Había vivido siempre para los demás: para un marido que se fue pronto, para la hija, para el trabajo. Siempre cediendo. ¿Para esto servía la bondad?
Por la mañana, tomó la medicación, se puso su mejor traje, agarró la carpeta con las escrituras del piso y se fue, no a la compra ni al centro de salud, sino al despacho de una abogada.
La joven abogada la escuchó atenta. Frunció el ceño y le dio ánimo:
Doña Carmen, no se preocupe. Es muy difícil incapacitar a una persona en plenas facultades. Hace falta informe judicial y muchas pruebas. Mientras esté bien, nadie la puede mover. Y usted sigue siendo la propietaria. Eso sí; consiga informe de un psiquiatra, por si acaso, y revise cualquier testamento a favor de su hija, quizá mejor anularlo o revisarlo.
Carmen salió del despacho como quien se quita un peso del alma. Acudió a un centro privado, pasó una revisión, y le dieron informe de que está perfectamente bien. Luego fue al banco y puso parte de los ahorros en una cuenta aparte.
Volvió a casa antes de comer. El móvil sonaba una y otra vez: su hija, pero Carmen no contestó. Sacó la vieja maleta la de los viajes a la costa gallega con su difunto esposo, y empezó a guardar sus cosas: vestidos, bañador, sandalias, libros.
Por la tarde llamaron al timbre. Era Inés, impaciente.
Carmen abrió, pero sin quitar la cadena.
Mamá, ¿por qué no coges el teléfono? ¡Nos tienes preocupados! El tono era menos agresivo, claro que ahora resultaba sospechoso. Abre, tengo la ropa de los niños lista y mañana te los traigo.
No vas a traer ningún niño, Inés dijo Carmen por la rendija, serena. Mañana me marcho.
¿A dónde? ¿Pero no quedamos en esto? ¿O vas a tener que verme empezar los papeles de la residencia?
Lo recuerdo perfectamente. Por eso hoy estuve en la abogada y en el psiquiatra. Mira.
Le enseña el papel por la rendija.
Estado psicológico normal, sin signos de demencia leyó Inés, quedando ojerosa. ¿Te has pasado la mañana de papeleo? ¿Vas en serio?
Muy en serio, hija. Y también consulté sobre difamación y privación de libertad. Además, fui a la notaría. No he dejado nada firmado por el momento, pero si alguien intentara incapacitarme sin motivo, una fundación para mayores estaría encantada de aceptar mi piso a cambio de renta vitalicia y protección.
Inés palideció. Sabía que su madre no bromeaba cuando tomaba una decisión.
¿Cómo puedes hablar así? ¿Una fundación? ¿Quieres dejar a tu hija sin piso?
¿Y una hija puede amenazar con encerrar a su madre en una residencia sólo por querer irse de vacaciones? Carmen contestó tajante. Mañana por la mañana me voy al Balneario de Mondariz, tres semanas. Las llaves se quedan con la vecina, doña Teresa, la conoces bien. Ella regará las plantas. No os dejo las llaves. Y cambié las cerraduras.
¿Que has cambiado las cerraduras? ¡Eso es paranoia, mamá!
Eso es prevención. No quiero volver y encontrarme mis cosas tiradas por la ventana. A mis nietos los quiero, pero no soy ni vuestra criada ni una posesión. Si necesitáis ayuda, contratad a alguien, o llevadles a un campamento, o haced números. Vosotros sois los padres, os toca. Yo ya cumplí.
Fue a cerrar la puerta, pero Inés puso el pie.
¡Mamá, escucha! ¡Perdona, me pasé anoche! Son los nervios, el trabajo, las vacaciones Los billetes tienen penalización, ¡entra en razón! Acoge a los niños, les daré la tablet y ni te enteras que están.
No, Inés. No hay más conversación. Quita el pie, tengo que descansar para el viaje.
En la mirada de Inés se mezclaba rabia, rencor y ¿respeto? O más bien miedo. Miedo a quedarse sin piso.
¡Pues vete a tu spa ese! Pero no cuentes con que te aplaudamos. Y de ayuda nuestra, olvídate cuando caigas enferma.
No pienso contar. Ahora confío en mí misma y en mi abogada. Adiós, hija. Buen vuelo.
Carmen cerró la puerta con todos los cerrojos. El corazón a mil, las manos temblorosas, pero más ligera de lo que había estado en años. Había defendido su vida.
El siguiente amanecer empezó en un taxi. Carmen, elegante y con sombrero, su maleta rodante a cuestas, salió del portal. Al otro lado, Pablo fumaba nervioso, evitándole la mirada. Venía con instrucciones de Inés, pero no se atrevió a decir palabra.
El tren hacia el norte la alejaba de Madrid. Por la ventanilla pasaban dehesas, robles, pequeñas estaciones. Carmen bebía té en vaso con posavasos y sentía cómo, kilómetro a kilómetro, aflojaban el miedo y los nervios. En su compartimento iba también Maruja, de su edad, camino al mismo balneario. Charlaron animadas.
A los hijos les dejé claro: los nietos, sólo si estoy bien y sólo de vez en cuando explicó Maruja, untando paté en el pan. Al principio protestaron, pero aprendieron. Nosotras no somos eternas. Hay que vivir.
Yo igual sonríe Carmen. Pero he tenido que imponerme, a las bravas.
Las tres semanas en Mondariz pasaron volando: baños termales, masajes, largos paseos por el parque, aire puro. Carmen se sonrojó, andaba erguida, las rodillas menos quejumbrosas. Hizo nuevas amistades, incluso fue al teatro con un coronel jubilado que descansaba en otro pabellón. Se recordó a sí misma que era una mujer y no un apéndice de los demás.
Encendía poco el móvil. Inés enviaba mensajes: primero furiosos, Nos has fastidiado las vacaciones, lo hemos tenido que cuadrar todo y nos hemos gastado más. Luego quejumbrosos: Alejandro está enfermo, y yo con turnos. Después lacónicos: ¿Cuándo vuelves?
Carmen respondía esquiva: Que se mejore, o Vuelvo el 25.
Al regresar le temblaban las piernas. ¿Le esperaban barricadas? ¿Bronca? ¿Cerraduras cambiadas?
Entró en casa y olió a limpio y a silencio. Las plantas regadas, doña Teresa, puntual. Una nota: Inés ha venido a por llaves, dijo que por una fuga. No le di. Entré yo con el fontanero: todo seco. Ánimo, Carmen.
Carmen sonrió agradecida. Buena vecina.
Esa tarde llegó Inés, sin previo aviso, pero sin armar jaleo. Simplemente tocó el timbre. Carmen abrió. Su hija estaba cansada, con la piel bronceada y la mirada apagada.
¿Ya estás? farfulló entrando. ¿Cómo lo habéis pasado?
En la cocina, se sentó en el mismo taburete del día del enfrentamiento.
¿Cómo fue el viaje? preguntó Carmen sirviendo té.
Bien, pero muy caro. Tuvimos que cambiar de hotel y pedir otro préstamo. Pablo anda enfadado con el banco.
Al menos los niños han visto el mar. Algo bueno.
Inés callaba, dando vueltas a la taza.
Mamá ¿De verdad fuiste a la notaría?
Por supuesto.
¿Firmaste?
Todavía no. Dependerá de cómo se comportéis.
Inés la miró, con lágrimas en los ojos.
Ay, mamá No somos extrañas. Me pasé aquel día. No pretendía meterte en una residencia, solo asustarte para que entraras en razón
No se amenaza con esas cosas, hija. Eso mata la confianza. Ahora me daría reparo hasta tomar un vaso de agua si me lo sirves tú.
¡No digas tonterías! lloró Inés Perdóname. Estoy agotada, siempre pude contar contigo y no sé reaccionar cuando te rebelas.
Carmen acarició el hombro de Inés. La dureza fue calmándose, quedando un poso de tristeza.
No es rebeldía, Inés. Sólo quiero que tengáis claro que soy persona, con límites. Quiero ayudaros, sí, pero no a costa de mi salud. Si vais a traerme a los críos, preguntadme antes si puedo o si tengo algún plan.
Vale, lo entiendo.
Y no os voy a volver a dar las llaves de casa. Venid de visita, llamad antes. Así estaré tranquila.
Inés asintió, sorbiéndose los mocos.
¿Y no has cambiado el testamento, verdad?
De momento no, Inés. Todo sigue igual. El piso será tuyo, pero cuando ya no esté. Así que paciencia, que pienso vivir muchos años. En el balneario dijeron que tengo corazón de chavalina.
Tomaron el té en silencio. La relación no era la de antes, pero las hostilidades habían terminado. Inés se marchó, diciendo que los niños vendrían el fin de semana sólo a merendar.
Carmen cerró la puerta, la giró dos veces. Se asomó al balcón: Madrid iluminaba sus calles. Se sintió como capitán tras la tormenta. El barco maltrecho, la marinería refunfuñona, pero el timón era suyo.
El sábado vinieron los nietos. Más morenos, más altos.
¡Abuela, vimos una medusa! chilló Daniel. ¡Y papá se achicharró!
Comieron tortitas, contaron anécdotas. Inés, esta vez, no criticó nada. Dos horas después se fueron.
Gracias, mamá. Toca deberes de verano.
Id, id.
Carmen se sentó en su butaca, encendió la lámpara y retomó la novela que había empezado en el tren. Se sentía bien. ¿Un poco sola? Puede. Pero era una soledad tranquila, orgullosa. Supo lo esencial: para que te quieran no tienes que ser cómoda. Y para que te respeten, a veces hay que mostrar los dienteseven si esos dientes son un informe médico y el conocimiento de tus derechos.
En otoño se apuntó a la piscina y al club de mayores del barrio. La vida, a los sesenta y cinco, puede empezar de nuevo, siempre que una no deje que otros escriban su guión.
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