Cómo un padre enseñó a su hijo a comer correctamente

Querido diario,

Cuando Alejandro cumplió los tres años, la alimentación era un verdadero caos. Cada comida terminaba en gritos y los maestros de la guardería no dejaban de protestar; parecía que cada bocado se convertía en un escándalo. Un día mi marido, Carlos, se quedó solo con él porque tuve que viajar a Barcelona por trabajo. Entonces le di una advertencia al pequeño:

No te pases con la comida en la guardería. En casa la nevera está vacía.

Al llegar la noche, María, la hermana de Alejandro, le elogió por haber comido sin protestar. Incluso se tomó un extra del almuerzo. Cuando Carlos lo recogió de la guardería, Alejandro empezó a preguntar:

¿Qué vamos a cenar?
Nada. Ya comiste en la guardería.
Tengo hambre. Mamá preparó sopa ayer.
Nos hemos comido toda la sopa; en el fregadero solo queda la olla vacía respondió Carlos.

Al cambiarse de ropa y lavarse las manos, Alejandro corrió a la nevera:

¡Papá, hay huevos!
¿Quieres que cocine uno?
¡No, dos!
¿Y qué tal unas patatas?
¡Yo las quiero! exclamó con alegría.

Esa noche se zampó como si no hubiera mañana. Al volver a casa, sin embargo, volvieron los ánimos. Tendré que tomarle unas cuantas lecciones de psicología a Carlos para que no nos vuelvan a liarnos así.

En fin, otro día más en esta vida de padres, con sus pequeñas batallas y sus grandes alegrías. Espero que mañana la nevera tenga algo más que aire.

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