Aventuras de Aljónka en un Mundo Mágico

16 de octubre, 2025

Hoy vuelvo a la aldea de San Esteban del Valle, ese rincón olvidado de la provincia de Castilla, con el corazón oprimido y las manos temblorosas. La viejecita Evodia, con su rostro surcado por arrugas blanquecinas como la nieve de la sierra, seguía secándose las lágrimas con los puños temblorosos. Cada tanto agitaba los brazos y balbuceaba sin sentido, como una criatura que no ha aprendido a hablar. Cuando la observábamos, los hombres se rascaban la nuca con frustración y las vecinas, ataviadas con sus delantales de lino, intentaban descifrar su desconsuelo.

Desde el alba, consumida por la pena, Evodia corría de casa en casa, golpeando las ventanas y sollozando sin cesar. Siempre había sido una anciana muda, y su locura parecía no pertenecer a este mundo. Los vecinos la evitaban, aunque jamás le hacían daño, y, sin entender la causa de su aflicción, enviaron a buscar a Fermín, el borracho y buen humor, único que había entrado en su casa y le ayudaba con la leña a cambio de una cena y una botella de orujo.

Fermín llegó tambaleándose, aún medio dormido tras la madrugada, y se abrió paso entre la muchedumbre que rodeaba a Evodia. La anciana se abalanzó sobre él, gimoteando y gesticulando con furia; sólo él parecía entenderla. Cuando terminó su delirio, Fermín se quedó tan negro como una nube de tormenta. Se quitó la boina, miró a los aldeanos que esperaban y, con voz entrecortada, exclamó:

¡Vamos, cuéntanos!

¡Ha desaparecido Alondra! anunció, refiriéndose a la nieta de siete años de Evodia.

¿Cómo? ¿Cuándo? gritaron las mujeres, con los ojos muy abiertos.

Dice que su madre la llevó en la noche balbuceó el hombre, tembloroso.

El rumor se esparció como humo en la plaza. Las mujeres cruzaron los dedos, los hombres encendieron sus cigarrillos con nerviosismo.

¿Puede una difunta robar a una niña? dijo escéptico uno de los vecinos.

Todo el pueblo recordaba que, hace tres meses, la madre de la niña, Leocadia, se había ahogado en el pantano de la Laguna Verde. Leocadia también había sido muda desde su nacimiento. Una mañana salió con otras mujeres a recoger moras en el humedal y nunca volvió. Nadie supo cómo había sucedido; se perdió y quedó atrapada en el lodo, sin poder pedir ayuda. Así quedó Alondra huérfana, una carga pesada para la ya cansada Evodia. No había padre que la defendiera; la difunta había guardado el secreto de la paternidad y lo enterró junto a su tumba. Se rumoraba que el padre podría ser el joven soltero Fermín, conocido por entrar a la casa sin permiso. Pero él negaba rotundamente cualquier implicación.

Evodia volvió a sollozar con fuerza, agitando los brazos como si intentara ahuyentar a los espíritus que la perseguían.

¿Qué está diciendo? susurraron curiosas las vecinas. ¿Fermín?

Cuenta que cada noche la difunta se acercaba a la casa. Evodia encendía velas, dibujaba cruces sobre puertas y ventanas, y rezaba para protegerse a sí y a su nieta del mal. Pero Leocadia, aun en el más allá, husmeaba los umbrales, miraba por las rendijas y llamaba suavemente a su hija. Una noche, bajo la luz de la luna, una figura pálida y sin vida apareció en la ventana, sus labios susurraban, atrayendo a Alondra. Evodia la empujó lejos del cristal, pero la sombra, como un velo que se desplaza, la llevó de la mano. Alondra desapareció, engañada por el engaño de un espíritu.

¡Hay que buscarla! exclamó Fermín, secándose el sudor del frente con la manga.

Los hombres crujieron los dientes y se dispersaron: unos con escopetas, otros con perros de caza. Fermín, sin atreverse a beber más, se apresuró a preparar su partida.

Divididos en grupos, recorrieron los patios, inspeccionaron el cementerio sin hallar nada y, sin más opciones, se dirigieron al bosque y a los pantanos donde se había ahogado Leocadia. Tras una pausa para encender un cigarrillo, siguieron el camino.

En el borde del bosque hallaron huellas de pies descalzos de niño. Los perros ladraron y se adentraron entre los arbustos, dando vueltas sin cesar como si una mano invisible los guiara por rutas equivocadas.

Cuando el crepúsculo cubría las copas de los árboles, los perros, agotados, se desplomaron al suelo, seguidos de sus dueños. Los más jóvenes y vigorosos siguieron avanzando hacia el pantano.

Cada minuto hacía derretirse la esperanza. Fermín pisaba con cautela, temiendo caer en el fango, y sin percatarse se apartó del grupo. Conocía bien aquel pantano, pero la ansiedad lo consumía.

¿Dónde estás, Alondra? graznó, mirando al agua.

A pocos cientos de metros, un cuervo negro de gran envergadura se posó en una rama de pino, observando con ojos incandescentes. Un graznido profundo resonó:

¡Krrr! repitió la ave, helando la sangre del hombre.

El corazón de Fermín latió con fuerza; algo en aquel chillido lo atrajo. Aceleró el paso hacia el árbol.

Al pie del pino, sobre un colchón de musgo, yacía una pequeña figura encogida.

¡Alondra! susurró con temor, temiendo asustarla.

La niña abrió los ojos y lo miró fijamente.

¡Viva! exclamó, aliviado.

Le quitó la chaqueta y la envolvió en ella.

¿Cómo llegaste aquí? balbuceó, sin esperarse respuesta.

La niña, también muda, respondió con palabras inesperadas:

Vine con mi madre.

Fermín se estremeció, sin poder creer lo que oía.

¡Milagro! la levantó en brazos y corrió fuera del pantano.

¡Habla, niña! insistió.

Mi madre se convirtió en esposa del espíritu del pantano. Quería llevarme a su nueva morada, pero yo me resistí.

¿Quién la detuvo? preguntó, desconcertado.

El abuelo. Muy viejo, pero fuerte y sabio. Lo llamamos el Lobo del Monte. Él la reprendió: «¡No se vale devorar a un hijo!». No había sitio para mí en el fango; aún estoy viva y serviré a los hombres.

¿Y qué más sabes? tragó Fermín.

Los árboles hablan, la hierba susurra, y tú eres mi padre. exclamó la niña, con una sonrisa inesperada.

Fermín quedó helado. Con delicadeza la dejó en el suelo, la observó y, arrodillado, señaló su mejilla cubierta de pecas.

¿Te lo contó también el abuelo?

¡Sí! asintió, abrazándolo con sus pequeños brazos.

Él la abrazó, dudando.

¿Será realmente mía? pensó, ahogado en la emoción.

Había visto antes a Leocadia, pero nunca una niña que se ocultara los ojos como si nada hubiera pasado. Alondra se apartó un paso, extendió la mano y mostró una baya roja.

Cómela ordenó; el abuelo la mandó.

Fermín la probó.

Ácida hacía una mueca.

Desde hoy dejarás la bebida declaró la niña, tirando de él de la mano hacia la aldea.

Él sonrió, escéptico, pero la palabra quedó grabada. Cumplió la promesa: dejó el orujo, tomó el camino recto y crió a Alondra como a su propia hija. Ella se convirtió en curandera, ayudó a hombres y animales, curó dolencias y nunca rehusó ayuda. Vagaba por los bosques y los pantanos en busca de hierbas y frutos, siempre regresando sana y salva, como si un protector invisible la cuidara.

Hoy, al cerrar este cuaderno, entiendo que la vida tiene una forma curiosa de enseñar. La pérdida, el dolor y la desesperación pueden abrir la puerta a milagros inesperados; basta abrir el corazón y escuchar, aunque el mensaje llegue en forma de graznido o de un cuervo en la noche. La verdadera fuerza no está en la bebida ni en el orgullo, sino en el compromiso de cuidar a quien nos necesita. Esa es la lección que llevo dentro.

Rate article
MagistrUm
Aventuras de Aljónka en un Mundo Mágico