A la bruja por la felicidad

Almudena observaba las cerillas encendidas en las manos de la mujer mayor. La bruja las prendía y apagaba una y otra vez, susurrando todo lo que Almudena ya había escuchado en sus propios silencios. Cansada de un dolor sordo que no la dejaba, de una desesperación que la hacía aullar como lobo, decidió, al fin, acudir a la bruja.

Sentía que su vida había llegado a su peor tragedia. Su marido, Sergio, la había dejado con los dos niños, y aunque volvió tras cuatro meses, todo parecía volver a su cauce. En realidad, la relación se había fissurado en una grieta inmensa; cada día se alejaban más.

Al principio Almudena lloraba deseando recuperar la vida de antes: los mensajes de ¿Cómo estás? y los Buenas noches. Luego su alma clamó venganza; quería que el otro sufriera tanto como ella, que a su marido le pasaras algo terrible, como ser atropellado. Después, la indiferencia la invadió: ya no le importaba él, dónde estaba, con quién estaba. Incluso comenzó a desconectarse de sus hijos.

Una densa niebla gris de melancolía la envolvió, ahogándola y dejándola sin aliento. Cada intento de escapar fracasaba; la tristeza volvía con más fuerza. Las enfermedades empezaron a acumularse: una quiste dental obligó a extraer el diente y colocar un implante, con un coste de varios miles de euros; perdió la visión de repente; cayó en el parque, aunque el pavimento estaba liso, y se fracturó la mano en tres puntos. En ese instante supo que debía cambiar, que no quería acelerar su propio final.

Nadie te ha echado un maleficio le dijo la bruja. No pienses en eso. No es ella, es tu marido. Solo se ve a sí mismo. Todo lo que ocurre hoy lo has creado tú misma. Él vive atrapado en su propia sombra y nunca saldrá de allí. Es un cobarde y ya no habrá sitio para él.

¿Y yo qué puedo hacer? preguntó Almudena.

Vivir. Vivir tu vida, a tu modo.

Almudena se puso en pie; su cabeza pesaba como hierro fundido. Vivir fácil de decir.

Toma. Enciende una vela y bebe agua le entregó la bruja una caja de velas y una pequeña botella de agua.

Gracias respondió.

Al salir a la calle, un nudo se le apretó la garganta. La frase no es ella, es tu marido giraba una y otra vez en su cabeza, como una canción sin final. Esa noche, sentada con un cuaderno, se preguntó: ¿qué quiero yo? ¿Qué deseo de verdad? Las preguntas se sucedían sin que su pluma las acompañara. Siempre había querido lo mismo que sus hijos: ir al mar, al parque de atracciones, a la ludoteca, o al menos darles una salida al parque cercano. O tal vez los planes de su marido: comprar un piso, un coche, visitar a su madre en la provincia vecina, reformar el balcón, ver películas hasta la medianoche o acampar en la naturaleza.

Se dio cuenta de que, en los últimos años, se había fundido con la familia y había perdido sus propios intereses. Tras media hora de reflexión, anotó varios objetivos:

Quiero correr cada mañana, encontrar tiempo y energía para ello.
Quiero cambiar de trabajo, ser directora y percibir un salario digno, seguir formándome como profesional.
Quiero perder siete kilos.
Quiero comprarme un abrigo de piel.
Quiero mi propia casa.
Quiero tener una relación tranquila y sana con mis hijos.
Quiero encontrar un hobby que me apasione.

Suspiró y cerró el cuaderno. No era fácil definir sus deseos, pero había que empezar por algún lado. Miró a Sergio, que estaba sentado en el sofá mirando la pantalla del portátil sin prestar atención.

Tu marido es así eco de una voz en su cabeza.

Al cerrar la puerta del coche, Almudena se dirigió nuevamente a la bruja. Necesitaba hablar de muchas cosas: cómo organizar su nuevo puesto para que su equipo funcionara sin que le sobrecargaran de tareas imposibles, cómo curar su cuello, si debía inscribir a su hijo mayor en pintura o dejarlo que dibuje libremente, y, por supuesto, qué hacer con Sergio, que parecía estar presente y, al mismo tiempo, ausente.

¿Qué te trae hoy? preguntó la bruja, sonriendo.

Mi espalda duele, mi cuello también, el trabajo, mi hijo y mi marido respondió Almudena.

La bruja asintió.

Has venido con toda tu vida. La enfermedad que provocó tu marido poco a poco se extinguirá. Pronto no importará dónde está, con quién habla, si sigue a su antigua amante o busca nuevas citas. Llegará el día en que olvidarás si le sirves a él o no, y buscarás solo tu propio camino. Todo eso vendrá con el tiempo, no de un día para otro.

Las cerillas volvieron a chispear.

Deja que tu hijo pinte dijo.
En el trabajo, plantea tareas concretas; así obtendrás respuestas concretas. No leen la mente.
Tu marido se aferrará más a ti cuanto más viva tú intensamente. Él es solo una sombra mientras el sol brilla; si el sol se apaga, la sombra desaparece. Cuanto más fuerte sea la luz, más visible será la sombra. ¿Entiendes?

Almudena asintió.

Gracias dijo la bruja.

No te quedes sin mover la columna. Toma una pelota de tenis y ponla entre la pared y la columna, haz rodar mientras haces sentadillas. Todo se pondrá en su sitio añadió.

Almudena sonrió para sí misma. Una pelota de tenis ¿qué demonios me trae hasta aquí? El fisioterapeuta no había servido, pero quizá la pelota sí. Después de todo, ¿qué otra opción había más que vivir su propia vida?

Pasaron los días, las estaciones cambiaron: invierno, primavera, verano y otra vez el dorado otoño. Desde el inicio del curso, inscribió a su hijo Diego en una escuela de arte y él empezó a pintar. Almudena sintió una vergüenza enorme al darse cuenta de que nunca había notado el talento de su hijo. Sus obras participaron en exposiciones infantiles del municipio y la provincia; Diego dejó el móvil y la tablet y dedicó su tiempo libre al pincel y al color.

En su oficina compró una pizarra y marcadores. Cada mañana anotaba tareas y plazos que, al poco tiempo, dejaron de ser discutidos porque ya se cumplían. Los entrenamientos de formación de personal, que empezó como hobby, se convirtieron en una fuente de ingresos comparable a su salario.

Una semana, recibió un ramo de rosas rojas sin tarjeta. Supuso que era un detalle de Sergio. Cuando le preguntó, él no supo responder.

Gracias escribió en respuesta.

A Almudena le encantaban las crisantemos, con su perfume amargo y penetrante; esa era la época de su flor, pero Sergio jamás recordaba esa preferencia. En su mundo, todas las mujeres amaban las rosas.

Afuera, el sol otoñal brillaba intensamente, los arces rojos y amarillos giraban sobre la avenida junto al edificio. Almudena respiró hondo, sintiendo el aire fresco entrar por la ventana abierta. Decidió que ya no era incapaz de hacer nada sola; había recuperado, al fin, su libertad.

Y, efectivamente, la pelota de tenis le sirvió. Cada vez que la hacía rodar, sentía que su columna se alineaba y su ánimo se levantaba.

Al final, comprendió que la única magia que necesitaba estaba dentro de ella: la capacidad de decidir por sí misma, de perseguir sus sueños y de dejar que la sombra del pasado se desvaneciera cuando el sol de su propia vida brillara con fuerza. Vivir con autenticidad es el mayor hechizo que cualquiera puede lanzar.

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