¿Y a quién le vas a importar con “el paquete incluido”?

¿Estás segura, hija?

Lucía posó su mano sobre la de mi esposa y esbozó una sonrisa.

Mamá, claro que sí. Le quiero y él me quiere. Nos vamos a casar y todo saldrá bien. Seremos una familia, ¿lo entiendes?

Yo aparté el plato de cocido que apenas había probado y me quedé mirando Madrid a través de la ventana. Mi silencio, imagino, se le hizo eterno.

Tienes solo diecinueve años conseguí decir al fin. Deberías pensar en los estudios, en una profesión. No en bodas.

Papá, podré con esto contestó Lucía intentando mostrarse tranquila. Yo veía en sus ojos el ansia de convencernos, de que viéramos lo que ella veía. Javier trabaja, yo estudio. No os pedimos nada, solo queremos estar juntos. Tener una familia.

Negué con la cabeza, pero no dije nada más.

No aprobábamos la idea, y Lucía lo notaba. Mi gesto serio, la manera en la que mi mujer retocaba con nerviosismo la servilleta. Pero tampoco nos opusimos. Quizá, porque recordábamos cómo éramos nosotros a su edad. O tal vez sabíamos que prohibirle solo la empujaría más.

Se casaron en mayo. Una boda sencilla, pero tan llena de calor y alegría que Lucía la evoca hasta hoy con felicidad. Sin grandes celebraciones, sin restaurante de moda en Gran Vía ni palomas blancas. Solo su sonrisa y la de Javier. Y fueron muy felices.

La luna de miel fue una semana en la Costa Brava. No podían permitirse más, Javier no pudo faltar mucho al trabajo y el dinero era escaso. Pero esa semana fue para Lucía un paréntesis mágico. Se despertaban tarde, desayunaban en la terraza del pequeño estudio mirando el Mediterráneo, paseaban por la playa hasta la noche, comían bocadillos en los chiringuitos y se besaban como si el mundo fuese a acabarse al día siguiente.

Después llegó la vida real. Sin glamour, sin filtros románticos. Un pisito alquilado en Vallecas, ventanas por donde se colaba el frío en invierno, y los vecinos de arriba haciendo temblar la lámpara del techo. Javier salía a trabajar antes de que amaneciera, Lucía corría a la facultad. Por las noches, se reunían exhaustos, calentaban cualquier cosa para cenar y caían rendidos en la cama.

A pesar de todo, había algo correcto, auténtico, en esa rutina. Era real.

A los seis meses, nosotros les citamos un fin de semana. Recuerdo la incertidumbre de Lucía, intentando adivinar el motivo, desde los más terribles a los más absurdos. Los sentamos a la mesa, les servimos café y empujamos hacia ellos un sobre.

Esto es para vosotros dije mirando a través del ventanal. Para que tengáis vuestra casa propia. Aunque sea pequeña. Ya basta de tirar euros mes tras mes en el alquiler.

Lucía miraba el sobre sin atreverse a cogerlo, la emoción en la garganta y los ojos vidriosos.

Papá…, iba a decir algo, pero la frené con un gesto.

Acéptalo, sin reproches. Considéralo vuestro regalo de boda. Aunque llegue tarde.

Encontraron el piso en un par de semanas. Veintiocho metros cuadrados en un bloque de Carabanchel, tercer piso, ventanas a un patio interior, cocina diminuta y baño junto al dormitorio. Para algunos, nada especial. Para Lucía, era su universo. Eligió los colores de las paredes, trató con los obreros, colgó cortinas y repartió macetas de flores compradas en el rastro.

Todo iba bien, hasta que un año después, ya en el tercer curso de carrera, Lucía cayó enferma. Pensó que era cansancio o mala alimentación, compró un test por si acaso, y enseguida la realidad se le cayó encima: dos rayas en el stick, sin error posible. No era el momento.

Javier llegó cansado de la oficina y supo que pasaba algo. Ella le mostró el test sin palabras.

Javier miró el resultado en silencio unos minutos eternos antes de alzar la vista; y en esos ojos había una determinación que aún me conmueve al recordarlo.

Vamos a seguir adelante susurró con seguridad. Pide una excedencia en la universidad. Yo trabajaré más. Saldremos a flote, Lucía. Es nuestro hijo.

Lucía se echó a llorar, acurrucada en su hombro. De miedo, pero también de felicidad, pues incluso entre la incertidumbre crecía ya ese amor tan fuerte que no cabe en el pecho.

Arreglaron los papeles, Lucía interrumpió los estudios.

Moisés nació en marzo, cuando en Madrid aún quedaba algo de nieve negra en las aceras, pero ya se olía la primavera. Tres kilos doscientos gramos, cincuenta centímetros. Lucía no podía creer que ese pequeño ser de mejillas arrugadas fuese su hijo, de carne y hueso.

La felicidad era tan grande que parecía que el corazón iba a estallar en el pecho.

Pero los cambios llegaron en silencio, como el primer frío. Javier empezó a volver a casa más tarde: media hora, una hora, y al final Lucía perdió la cuenta. Al llegar, ni miraba la cuna. Antes, al entrar, abrazaba a Moisés; ahora, pasaba de largo.

¿No vas a saludar a tu hijo? le preguntó una tarde Lucía.

Javier hizo un gesto de desdén.

Está dormido. No voy a despertarle.

Pero Moisés no dormía. Observaba a su padre con grandes ojos oscuros, los mismos de Javier, pero él no lo veía. O no quería.

Poco después empezaron las indirectas, luego los comentarios hirientes. Al principio disimulados, pero pronto, sin tapujos.

¿De verdad vas a salir así vestida? le soltó una mañana, de arriba abajo.

Pantalón vaquero, jersey, nada del otro mundo.

¿Qué tiene de malo?
Nada. Es solo que…

Y se calló, pero su cara hablaba sola.

Cada día era más cruel.

¿Te has mirado últimamente al espejo? le soltó una noche, cuando Lucía se cambiaba. Estás hecha una foca. Como si tuvieras cincuenta años en vez de veintidós.

Esas frases la partían el alma. Sí, había engordado un poco tras el parto. ¿Pero merecía ese desprecio?

Acabo de ser madre… susurró ella.
Hace un año, Lucía. Otras se ponen en forma en tres meses y tú…

No terminó la frase. Dio media vuelta y se fue. Moisés lloraba en la cuna, asustado por las voces.

¡Hazle callar! gritó Javier desde la cocina. ¡Siempre igual, no se puede dormir con ese crío!

Lucía tomó a su hijo en brazos, lo abrazó, le besó los rizos y lloró en silencio. Moisés se calmó, y ella permaneció de pie con él, arropando su miedo y el suyo propio.

No tenía a quién contarlo. Bueno, sí: podía habernos llamado. Pero cada vez que pensaba en hacerlo, recordaba nuestras advertencias, mi frase: Deberías pensar en los estudios. Teníamos razón y ella no nos escuchó. Le daba vergüenza confesar el fracaso, reconocer que los padres tenían razón. Así, una y otra vez dejaba el teléfono sobre la mesa sin marcar nuestro número. Si ella misma se había metido en ese lío, debía resolverse sola.

Una tarde llevó a Moisés de paseo al parque. Recorrió el barrio, cruzó el pasillo entre plátanos del Retiro, y al buscar en el bolso se dio cuenta de que había olvidado la papilla.

Regresó a casa a toda prisa.

Al entrar con sus llaves, se extrañó. Había unos tacones rojos de charol, relucientes en la entrada. No eran suyos.

Antes de pensarlo, sus pies la llevaron a la habitación.

La puerta de la habitación estaba entreabierta.

Vio demasiado, muchísimo más de lo que quería ver. Una mujer extraña, semidesnuda en su cama, entre sus sábanas. Javier ni siquiera se molestó en disimular.

Me cuesta recordar esta parte, todavía me tiemblan los dedos.

¿Qué haces aquí? dijo Javier, con una mueca de molestia, como si Lucía fuese una mosca molesta.

¿Qué esperabas? añadió. Te has abandonado. ¿Por qué tendría que aguantar esto? Tengo veinticinco años y no estoy para una vida de mártir. Mírate. ¿Quién te va a querer, Lucía? ¿Tú, con un niño a cuestas? Sé realista.

Lucía no supo de dónde sacó la fuerza, pero su voz sonó cortante y extraña.

Lárgate. Ahora mismo.

La otra mujer buscó su ropa a toda prisa. Javier la observaba con desdén, con los brazos cruzados.

No montes dramas, anda dijo cuando la puerta se cerró. No es para tanto. Eso pasa en todas las casas y la gente sigue juntos. Es lo normal. ¿Crees que tu padre no hizo lo mismo? Las mujeres con hijos no tienen más remedio que aguantar. Así son las cosas.

Lucía salió tambaleando al pasillo, vistiendo a Moisés en silencio, pidiendo un taxi mientras le acariciaba la espalda, sintiéndose hueca por dentro.

Mi mujer abrió la puerta. Solo vio la cara de Lucía y enseguida la abrazó fuerte, muy fuerte. Ese mismo abrazo de madre que, de niña, curaba todas las heridas.

Mamá, yo… quiso explicarse, pero ella alzó la mano.

Después, hija. Entra primero.

Yo salí de la cocina al oír el bullicio. Miré a Lucía, a Moisés, y supe que algo iba mal.

¿Qué ha pasado?

Lucía contó su historia entre lágrimas, mezclando frases, de forma atropellada. Los desprecios, el hielo de su matrimonio, los tacones en el recibidor, la cruel pregunta: ¿Quién te va a querer con un niño?

Yo la oí sin interrumpir. Y solo entonces me puse la chaqueta.

Vamos le dije.
¿A dónde?
Con él.
Papá, no hace falta…
Moisés se queda aquí con tu madre. Vente.

Javier abrió la puerta como si nada. Entré, miré la casa. Y me acerqué a él, despacio.

Esto se ha acabado. Ahora coges tus cosas y te largas. De este piso el de mi hija, el que compramos su madre y yo, con nuestros ahorros. Aquí no te quiero ver más.

Javier balbuceó algo sobre casas en común y derechos, pero no le dejé terminar.

¿Derechos? ¿Tú vas a hablarme de derechos, después de lo que le has hecho a mi hija? ¿Después de humillarla? ¿De meter aquí a una extraña? Escúchame bien, si en media hora sigues aquí, llamo a la policía. Y no dudes de que tengo mejores abogados que tú. Así que, cuanto antes, mejor.

Javier se fue. Recogió una bolsa y salió, sin mirar atrás. Lucía se apoyó en la pared y vio cerrar ese capítulo de su vida.

¿Por qué no viniste antes? le pregunté, cuando volvimos. ¿Por qué no nos llamaste?

Pensé… que me diríais que tenía la culpa. Que debía haberles hecho caso.

La miré a los ojos y le dije la verdad, con la voz suave, mientras asomaba en ella ese brillo de niña herida.

Eres mi hija. Mi niña. Siempre tendrás un techo y unos brazos esperándote aquí. Da igual cómo ni cuándo, siempre.

Lucía se abrazó a mí, como cuando era pequeña. Y lloró largo rato, lavando todas sus penas.

…Dos años después, Lucía estaba sentada en el suelo de aquel piso, viendo a Moisés construir una torre de bloques de colores. Su título universitario sacado a distancia, con matrícula de honor reposaba en la mesa. Le acababa de llegar el pago de la pensión.

Moisés levantó la cabeza y la miró sonriendo, esa misma sonrisa que hereda de su padre, pero que ya no le duele.

¡Mamá, mira!

Sí, hijo, qué torre tan bonita.

El sol de la tarde inundaba el salón de una luz dorada. Lucía miraba a su hijo y sonreía. Al final, todo salió adelante. No como en sus sueños, pero salió.

Hoy, al verlos, sé que aunque la vida dé un giro inesperado, siempre se puede empezar de nuevo si tenemos a quien nos tiende la mano. Esa es la familia.

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MagistrUm
¿Y a quién le vas a importar con “el paquete incluido”?