Hace ya muchos años que recuerdo cómo mi abuela, Doña Carmen Rodríguez, me crió, mientras mis padres decidieron que debía pagarles una pensión.
Mis padres, JoséLuis Fernández y MaríadelCarmen García, vivían en la comunidad de CastillaLa Mancha, y yo en Galicia. No nos habíamos visto en más de veinte años. Ambos trabajaban como artistas; cantaban en el coro de la catedral y su vida transcurría entre giras y espectáculos. Cuando cumplí cinco años, la abuela se hizo cargo de mí. Para aliviarse el día a día con una niña, tuvo que mudarse a casa de sus parientes en la zona costera de Galicia.
Al principio, mamá y papá venían a visitarnos dos, a veces tres, veces al año, pero poco a poco sus apariciones se hicieron cada vez más escasas. Finalmente, dejé de pensar en ellos y el contacto se cortó. Cuando estudiaba odontología, al tercer año contraje matrimonio con mi marido, Alberto Martín.
Hoy, Alberto y yo dirigimos nuestra propia clínica dental y ganamos bastante bien. Hace un año, mis padres reaparecieron llamando a la clínica, pues ni siquiera tenían mi número de teléfono. Sus conversaciones se limitaban a quejas sobre su vida.
Yo los escuchaba quejarse y les respondía que ellos mismos habían tomado la decisión de entregarme a la abuela para que me criara. A veces me enviaban unas cuantas monedas, pero la mayor parte vivíamos con la pensión de la abuela. Ella me repetía siempre que habíamos de ahorrar en todo, y yo lo comprendía, porque ambas teníamos que apretarnos el cinturón.
En la escuela me esforzaba para tener con qué vivir y qué ponerme; trabajé de guardia nocturna en el hospital para ayudar. Ahora creo que tengo mi propia vida y mis padres la suya, y cada cual debe seguir su camino.
Cuando mi padre y mi madre se dieron cuenta de que no les iba a ayudar económicamente, empezaron a decirme que iban a demandar una pensión. Sus palabras fueron la gota que colmó el vaso y me alejaron de ellos. Si antes dudaba un poco de la rectitud de mi decisión y todavía pensaba en ayudarles con dinero, en ese preciso momento supe que no quería saber nada más de ellos.
¿Crees que tengo razón, o acaso debería ayudar a mis padres?







