¡Si es que no es más que una manipuladora con mi marido! protestaba Clara.
Clara miraba el móvil y sentía cómo le hervía otra vez esa irritación demasiado conocida.
Fernando llamaba por tercera vez esa tarde.
Clari, perdona, por favor… La voz cansada, culpable, hasta dolorosa de tan familiar. Sé que habíamos quedado en lo del teatro, pero… Mira, que Lucía dice que al niño le ha subido la fiebre a cuarenta. Que sola no puede. Tú lo comprendes, ¿verdad, cielo?
Claro que Clara lo comprendía.
Demasiado bien, de hecho.
Fer, que ya tenemos las entradas, contestó ella con calma, aunque por dentro rugía. ¡Llevamos mes y medio esperando esta obra!
Lo sé, cariño, lo sé. Yo te lo compenso, te lo juro. Pero es que… bueno, es un niño, no puedo hacer otra cosa.
Colgó el teléfono y marcó rápido a su amiga.
¡Elena, es que de verdad! daba vueltas por el salón, gesticulando como una presentadora de los Goya. ¡Otra vez! ¡La tercera este mes! O que el niño está malo, o que si el coche de la ex se queda tirado, o alguna otra historia…
Clari, a lo mejor es verdad que el niño está enfermo… sugirió Elena a media voz.
¡Que ya lo sé! Clara se dejó caer en el sofá. Claro que el niño se pone malo, que no es de cartón. Pero, ¿no te parece raro que siempre le llame a él? ¿No tiene padres la otra? ¿O amigas?
Ya, pero…
¡Ni pero ni leches! Clara se levantó de golpe. ¡Le manipula al pobre! Fernando es tan bueno que no lo ve venir. Ella sabe de sobra que va a dejarlo todo para ir corriendo. ¡Y le exprime!
Elena suspiró al otro lado de la línea.
¿Y tú estás segura de que la culpa es de ella?
¿Y de quién va a ser, si no? Clara se quedó en seco.
No sé, piénsalo. Si una mujer llama siempre a su ex marido y él cae a la primera, ¿quién manipula a quién?
Clara abrió la boca. La cerró. Y notó como le pinchaba una incomodidad antipática, de esas que se agarran al estómago.
No digas tonterías, Elena replicó, algo seca. Fernando solo es un padre responsable. No va a dejar al niño tirado.
Vale, vale… se apresuró la amiga. Lo decía por decir.
Pero ese por decir se le quedó enganchado por dentro como una astilla. Pequeña pero punzante, imposible de sacar.
Fernando llegó tarde aquella noche. Rendido, desaliñado, y con la cara de cordero degollado.
Perdóname, tonta, se abrazó por detrás, pegando la nariz a su cuello. Te juro que te consigo unas entradas mejores. Las que tú quieras.
Clara guardó silencio, mirando por la ventana. ¿Cuántas veces había oído esa promesa? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Veinte?
Siempre lo mismo: Tú comprendes…
Comprendo, pensaba Clara. Lo que no tengo claro es el qué.
Y los detalles empezaron a acumularse. Primero como el polvo en una estantería: apenas se nota hasta que pasas el dedo y te sale la pelusa gris.
De repente, Clara vio cómo Fernando andaba escondiendo el móvil con un arte rarísimo. Antes lo dejaba a la bartola en cualquier parte: en la mesa, en el sofá, en el baño… Ahora no lo soltaba ni para ir a por agua a la cocina.
Fer, ¿y ese vicio de llevarte el móvil hasta a mear? le preguntó una tarde con tono ligero, bordeando la ironía.
¿Eh? Él dio un respingo. Bah, costumbre del curro… Allí están llamando todo el rato.
De acuerdo.
Después, a Clara se le ocurrió mirar la agenda del móvil cuando iba a apuntar su segundo intento con el teatro. Y se topó con esto: Recoger a Pablo del cole 16:00, Llevar papeles del coche a Lucía, Llamar a L. por la vacuna.
L. era Lucía.
Fer, le comentó removiendo el té con la cuchara desde hacía tanto que ya no quedaba ni azúcar, ¿tú sabes cuándo es mi defensa del TFM?
Él apartó la vista de su plato.
¿El del máster? Eh… en mayo, ¿no?
En marzo. Dentro de dos semanas.
Ah… Es verdad. Perdonamé, últimamente tengo la cabeza como un queso manchego.
Cabeza de queso, sí. Pero la agenda de Lucía la sabe al dedillo.
Y luego estaban los dineros.
Clara se topó por puro accidente con la cuenta bancaria Fernando olvidó un extracto en la mesa. Tres transferencias de seiscientos euros. Destinatario: L. Domínguez.
Fer, llamó Clara, con el papel en la mano, ¿esto qué es?
No se molestó en disimular. Simplemente suspiró.
Ayudo a Lucía. Que la madre se le puso mala y necesitó pasta para medicamentos. Luego para los extraescolares del niño. Ya sabes, está sola con el crío.
¿Mil ochocientos euros, Fernando? En tres meses.
¿Y qué? Es mi hijo. ¿Se supone que me tengo que quedar mirando cómo lo pasan mal?
Clara dejó el papel sobre la mesa.
No, claro que no. Solo que podrías haberlo comentado, ¿no?
Si es que sabía que ibas a empezar con el numerito de siempre…
Ese numerito sonó como si Clara fuese poco menos que una celosa neurótica y tiquismiquis.
Y además estuvo lo de aquel dibujo en el coche.
Clara se sentó en el asiento de acompañante y vio, en los asientos de atrás, un dibujo infantil. Una casa, flores, sol, tres personas cogidas de la mano. Papá. Mamá. Pablo.
Sin rastro de Clara.
Le dio la vuelta. Detrás, con letra de niño: Para mi papá. Nuestra familia.
Fer llamó con voz cortada.
¿Sí?
¿Y esto… de dónde ha salido?
Miró el dibujo.
Ah, eso lo pintó Pablo. Mola, ¿eh? El chaval es un artista.
Clara contempló el dibujo y luego a Fernando. Luego de nuevo el dibujo.
Fer, aquí pone nuestra familia.
Ya. Es que para él, siendo pequeño, la familia es esa: yo, Lucía y él. Cosas de la mente infantil.
Clara colocó el dibujo donde estaba, se sentó recta y se abrochó el cinturón. No dijo ni pío durante todo el camino.
Después vino Lucía, en persona.
Primero fue para recoger unas cosas del niño que estaban en casa de Fernando. Luego para hablar del campamento de verano. Y después, simplemente de paso, me apetecía saludar.
Lucía era… modosa. Educada. Sonriente siempre.
¡Hola, Clara! saludaba como si fueran viejas amigas. No molesto, ¿verdad? ¿Fernando está?
Y cada vez que Lucía venía, Fernando se volvía un mueble: distante, abstraído, con la mirada en el infinito y monosílabos por respuesta.
¿Te pasa algo? le preguntaba Clara.
Que estoy cansado, nada más.
Clara empezó a sentirse como el florero en el aparador de su suegra. La que sobra.
Hasta que, una noche, escuchó por casualidad una conversación telefónica.
Fernando en el baño. Creía la puerta bien cerrada, pero estaba entornada. Y Clara oyó:
Lucy, no llores… De verdad, que te ayudo… Claro que sí, ya lo sabes. Siempre estoy aquí.
La voz baja, tierna. Casi de romántico de serie española.
Clara se alejó de la puerta, se sentó y lo entendió todo de pronto.
No es que le manipularan a él.
Es que era él quien lo permitía.
Porque así le venía de perlas.
Clara se lo tragó tres días.
Nada de dramas. Observó en silencio, como una científica estudiando una especie protegida bajo el microscopio.
Y aquello vio:
Fernando recordaba mejor la agenda de Lucía que la suya. Sabía horarios del cole, médico, excursiones. Todo lo de Pablo, todo lo de Lucía. De ella ni la defensa del máster.
Fernando se tiraba media vida escribiendo mensajes. Apenas vibraba el móvil, lo apresaba como si fuera la última tapa del aperitivo. A veces, tras leer, se le ablandaba la cara, esa expresión de culpable que mira al cura en confesonario.
Una noche sonó el móvil mientras Fernando estaba en la ducha. Clara miró el nombre en la pantalla.
Lucía.
La mano se le fue sola. Descolgó.
¿Fer? la voz de Lucía, ahogada, llorosa. ¿Fer, puedes venir? No sé qué hacer. No sé a quién más recurrir.
Clara callaba.
¿Fer?… ¿Me escuchas? No puedo más. Tú siempre has estado conmigo, ¿no?
Clara colgó de golpe, volvió a dejar el móvil en la mesa y se sentó. Y le dio la risa.
¡Dios, qué ilusa era! Qué ciega.
Fernando salió de la ducha, calado, en toalla, con el pelo empapado.
Te ha llamado Lucía dijo Clara muy tranquila.
Él se quedó rígido.
¿¿Cogiste el móvil??
Lo cogí dijo Clara, mirándolo de frente. Lloraba. Decía que se sentía fatal. Que tú siempre estabas ahí.
Fernando calló, pensando qué historia sacar. Se le veía la procesión por la cara.
Mira, Clara, Lucía lo está pasando muy mal. No tiene a nadie. Solo a mí, y no voy a dejarla tirada.
Tirada… Clara soltó una sonrisa sardónica. Te recuerdo que os divorciasteis hace cuatro años. Que ya no es tu mujer. Es tu ex. Ya la dejaste. Hace un siglo.
¡Pero tenemos un hijo!
¿Y eso qué significa? Clara se acercó aún más. ¿Que tienes que ir a su casa cada vez que diga la palabra mágica Pablo? ¿Enviar dinero a escondidas? ¿Saber cuándo tiene la cita en la pediatra con más precisión que la agenda de la Moncloa?
Estás exagerando, mujer…
¿Yo?
Clara sintió cómo, por dentro, todo se deshacía de golpe. Agarró el bolso y empezó a meter cosas.
¿Sabes, Fer? Llevo demasiado tiempo convenciéndome de que la mala era ella. Que Lucía te manipula, que usa al niño, que es una bruja resentida. Pero la verdad es que… el problema lo tienes tú. Eres tú quien se lo permites. Hasta te viene bien. Así tienes dos vidas: la ex, que necesita, y la actual, que aguanta. Y no decides porque es la mar de cómodo.
Clara, no te vayas.
No me voy contestó ella muy bajo. Me salgo. Me salgo de este triángulo donde, para vosotros, yo soy siempre el tercer vértice. ¿Te das cuenta? No compito con tu ex. Solo que paso de jugar esta partida.
Fernando se quedó ahí, de pie: mojado, perplejo, apocado.
Clari, por favor. Podemos hablarlo.
No hay nada que hablar dijo Clara poniéndose la chaqueta. Tú tomaste la decisión hace ya mucho. Yo simplemente era muy boba para verlo. Pero ahora lo veo le miró, muy serena. Lo veo clarísimo.
Abrió la puerta.
Adiós, Fernando. Dale recuerdos a Lucía. Ya puedes estar disponible para ella todas las horas del día.
Cerró la puerta suavemente.
Un mes después, Clara estaba en una cafetería con Elena.
¿Y tú cómo estás? preguntó la amiga, precavida.
Bien Clara sonrió. De verdad. Bien de verdad.
Y sí, era cierto. La primera semana costó: ese vacío extraño en el pecho, las ganas de marcarle, de buscarle, de volver. Pero aguantó. Encontró una mini-estudio, pilló unas horas extras y defendió su TFM.
Fernando la llamaba, mucho. Mensajes larguísimos, liados, pidiendo perdón, justificando todo, suplicando empezar de cero.
Clara, perdóname, he sido idiota. Tenías razón en todo. Demosnos otra oportunidad.
Clara ni contestaba. Porque había comprendido empezar de cero no sirve si la raíz sigue podrida. El problema nunca fue Lucía. El problema era Fernando. Y si él no lo veía, nada cambiaría.
¿Y él? preguntó Elena.
¿Él quién? Clara parpadeó.
Fernando, mujer.
Ah Clara alzó los hombros. Ni idea. No hablamos.
Elena se quedó un rato callada.
Oye, ¿y no te arrepientes?
Clara lo pensó. ¿Arrepentirse? No. Curiosamente, no. Sentía otra cosa: alivio. Como quien se quita de encima una mochila cargada de enciclopedias.
He tomado una decisión acabó el café. Por él y, sobre todo, por mí.
Elena sonrió.
Eso sí que es madurar.
Tampoco te pases se rio Clara. Simplemente, ya era hora.
Fernando se quedó solo.
Lucía sorpresa la vida dejó también de llamar tan a menudo. Sin público, la función no tenía gracia. Y cuando él quiso volver a lo de antes, ella se lo dejó bien clarito:
Tú la escogiste a ella, así que apechuga. Yo ya he rehecho mi vida. Y de verdad, no necesito tu ayuda.
Fernando, cómo no, intentó reconquistar a Clara. Iba a su casa, la esperaba en la puerta del trabajo, le mandaba testamentos por WhatsApp. Pero Clara estaba en su sitio.
Déjame ir, Fer dijo finalmente. Y suéltate tú también. No somos para estar juntos. Tú quieres dos vidas a la vez. Yo no. Yo quiero una. Y auténtica.
Clara caminaba una tarde por la Gran Vía pensando en lo raro que es todo. Tanto tiempo temiendo quedarse sola. Tanto miedo a perder a Fernando. Y, cuando por fin le perdió, vio que no había perdido nada.
Porque quien no sabe elegir, nunca te podrá dar nada de verdad.
Y ella, desde luego, sólo quería lo de verdad.
¿Tú qué crees? ¿Debería él intentar volver con Lucía entonces? Porque con Clara, desde luego, la función ya se acabó.







