Tengo 70 años y solo ahora he empezado a pensar en mí: me casé joven, mi vida giró siempre en torno a los demás y hoy mis hijos, ya adultos, apenas me dedican tiempo – de ser el pilar de la familia a sentirme invisible, ¿qué debería hacer?

Tengo setenta años y fui madre antes, incluso, de aprender a pensar en mí misma. Me casé siendo muy joven y, desde el primer embarazo, mi vida entera giró en torno a los demás. Nunca trabajé fuera de casa, no porque no quisiera, sino porque no había opción: alguien tenía que quedarse. Mi marido salía temprano y volvía muy tarde. La casa era mía. Los hijos, míos. El cansancio también.

Recuerdo noches enteras sin dormir. Un hijo con fiebre, otro vomitando, la pequeña llorando. Yo sola. Nadie me preguntaba cómo estaba. Al día siguiente me levantaba igual, hacía el desayuno y seguía. Jamás dije no puedo. Jamás pedí ayuda. Creía que ser buena madre era eso.

Cuando los niños crecieron, quise estudiar algo, aunque fuera un cursillo. Mi marido me dijo: ¿Para qué? Tu trabajo ya está hecho. Le creí. Me quedé detrás, sosteniendo todo. Cuando uno de mis hijos suspendió el curso, fui yo quien habló con su padre para calmarle. Cuando la pequeña se quedó embarazada demasiado joven, la acompañé a médicos y cuidé del bebé mientras se organizaba. Siempre era yo la que recogía los pedazos cuando todo se venía abajo.

Con la llegada de los nietos, la casa volvió a llenarse. Mochilas, juguetes, llantos y carcajadas. Pasé años siendo guardería, comedor, enfermera. Nunca busqué recompensa. Nunca me quejé. Cuando ya no podía más, me decían: Mamá, sólo tú sabes cuidarlos bien. Eso me sostenía.

Luego mi marido enfermó. Le cuidé hasta el último día. A partir de entonces empezaron las excusas: Esta semana no puedo, la próxima nos vemos, te llamo luego. Ahora pasan semanas enteras sin que vea a nadie. No exagero: semanas. He celebrado cumpleaños recibiendo sólo un mensaje por WhatsApp. A veces pongo dos platos en la mesa, y no me doy cuenta hasta que la comida está lista y no hay nadie a quien llamar.

Una vez me caí en el baño. No fue grave, pero me asusté. Me senté en el suelo esperando a que alguien respondiera el teléfono. Nadie cogió. Me levanté sola. No conté nada para no preocupar a nadie. Aprendí a callar.

Mis hijos me dicen que me quieren, y sé que es verdad. Pero el amor sin presencia también duele. Me hablan deprisa, siempre con prisa. Cuando empiezo a contar algo, me dicen: Venga, mamá, hablamos luego. Ese luego nunca llega.

Lo más difícil no es la soledad. Lo más duro es pasar de ser imprescindible a ser invisible. Fui el pilar de todo y ahora soy un compromiso incómodo en sus agendas. Nadie es desagradable conmigo. Simplemente, ya no me necesitan.

¿Qué me aconsejarías tú?

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MagistrUm
Tengo 70 años y solo ahora he empezado a pensar en mí: me casé joven, mi vida giró siempre en torno a los demás y hoy mis hijos, ya adultos, apenas me dedican tiempo – de ser el pilar de la familia a sentirme invisible, ¿qué debería hacer?