La llave del trece
Recuerdo aquella mañana, cuando el teléfono sonó temprano y su voz, seca como el aire de Castilla, sonó casual:
¿Te pasas por aquí? Tengo que subir la bicicleta y solo no me apetece.
La palabra apetece en su boca era como una piedra en el camino. Mi padre siempre decía hay que hacerlo o lo hago yo mismo. Y ahí estaba yo, hombre ya con canas en las sienes, preguntándome si tras su invitación no habría una trampa, como cuando era niño y había que adivinar el propósito oculto de sus palabras. Pero no había nada más: solo una breve petición. Y eso, paradójicamente, me hizo sentir incómodo.
Llegué a la hora de la comida. Subí hasta el tercer piso de la casa de vecinos de la calle Atocha, en Madrid. Me detuve un instante en el rellano, mientras la llave giraba torpemente en la cerradura. La puerta se abrió al punto, como si mi padre hubiera estado esperando tras ella, en silencio.
Pasa. Quítate los zapatos me indicó, y se apartó.
Todo seguía allí: la alfombrita, el aparador, los periódicos doblados con esmero. Noté que mis ojos buscaban diferencias. El mismo hombre, pero los hombros un poco más encogidos y las manos, al arreglarse la manga, temblaron una fracción de segundo.
¿Dónde está la bici? pregunté, sin atreverme a formular otras preguntas.
En la terraza. La puse allí para que no molestase. Pensé arreglarla yo, pero hizo un gesto sin terminar y caminó delante de mí.
La terraza estaba cerrada con cristales pero fría, llena de cajas y botes. La bicicleta esperaba junto a un muro, tapada con una sábana vieja. Mi padre la destapó como si descubriera un tesoro, y acarició el cuadro con la palma.
La tuya dijo. ¿Te acuerdas? Te la compramos por tu cumpleaños.
Claro que me acordaba. Recordaba pedalear por la plaza, las caídas, cómo mi padre venía en silencio, me levantaba, quitaba la gravilla de la rodilla y se fijaba, más en la cadena que en mis heridas. Nunca era efusivo, pero miraba los objetos como si tuvieran alma y fueran su responsabilidad.
La rueda está floja comenté.
Eso no importa. El buje hace ruido y el freno trasero no agarra. Lo probé ayer; casi me da un infarto de susto bromeó, pero su sonrisa fue muy corta.
Llevamos la bici al salón, donde montaba su taller: una esquina junto a la ventana, con una mesita cubierta por una alfombra, la lámpara y la caja de herramientas. Las tenazas, destornilladores y llaves colgaban ordenadas en la pared, bien clasificadas. Lo observé, ese orden ligero que siempre sostenía el mundo de mi padre.
¿Ves la llave del trece? preguntó.
Rebusqué en la caja. Todo en filas, pero el trece no estaba.
Hay doce, catorce pero la del trece no la veo.
Levantó una ceja.
¿Cómo que no? Si siempre
Se detuvo, como si al decir siempre se le atragantara el tiempo.
Comencé a revolver las cosas, abrí el cajón. Tornillos viejos, arandelas, cinta aislante y un cacho de lija. Al final, el trece apareció bajo unos guantes de goma.
Aquí está dije.
La tomó, calibrando el peso.
Seré torpe Esto de la memoria murmuró. Su risa fue otra rendija de humildad perdida. Venga, sujeta la bici.
Lo puse de lado, apoyando el pedal sobre un trapo. Mi padre se agachó, con un cuidado que no escapó a mis ojos; hasta las rodillas parecían protestar, y yo me hice el distraído.
Quitamos primero la rueda dijo. Aguanta, yo las tuercas.
Le costó girarla y apretó los labios. No dije nada, solo cogí la llave y ayudé. Al final, la tuerca aflojó.
Lo habría hecho solo murmuró.
Ya, pero
Lo sé. No la sueltes.
Trabajamos en silencio, cruzando apenas palabras necesarias: agárralo, no tenses, aquí, con cuidado. Y me di cuenta de que la tarea lo hacía más fácil: no era preciso buscar las preguntas escondidas tras las frases de siempre.
La rueda en el suelo, él sacó el viejo hinchador, comprobando el tubo. El mango estaba gastado:
La cámara aguanta. Sólo está reseca diagnosticó.
Quise preguntarle de dónde esa certeza, pero preferí callar. Mi padre sonaba seguro incluso cuando dudaba.
Mientras inflaba, yo revisé el freno. Pastillas gastadas, el cable oxidado.
Habrá que cambiar el cable apunté.
Cable dejó el hinchador a un lado. Debe de haber uno por ahí.
Metió mano en el armarito bajo la mesa y sacó las cajas etiquetadas a boli: piezas y más piezas, cada cual con su nombre en papelitos. Yo lo observaba. No era solo método; era su modo de sostener el tiempo con etiquetas. Mientras quedaran etiquetas, nada huía de su control.
No lo veo se quejó finalmente dando un golpe seco a la caja.
¿Estará en el trastero? aventuré.
En el trastero hay un desbarajuste musitó como quien expone una falta gravísima.
Sonreí.
¿Tú y desbarajuste? Eso sí que es noticia.
Me lanzó una mirada de soslayo y casi pude leerle un gracias dentro de esa broma improvisada.
Ve a mirar tú. Yo sigo aquí.
El trastero era pequeño y apretado de bultos. Encendí la luz, aparté bolsas, y en la balda más alta encontré un rollo de cable envuelto en La Vanguardia de hacía un siglo.
¡Aquí está! grité.
¿Ves? Ya lo decía yo contestó.
De vuelta al salón, él comprobó los extremos.
Bueno está. Busca los terminales.
Otra vez la caja de los tesoros: terminales metálicos minúsculos.
Vamos a desmontar el freno ordenó.
Sujeté la bici; él, las tuercas. Sus dedos resecos y con grietas me parecieron más pequeños, pero de una fortaleza que se había transformado: ahora el pulso era paciente, consciente de la economía del tiempo.
¿Qué miras tanto? preguntó sin levantar la cabeza.
Nada. Pienso cómo recuerdas dónde va cada cosa.
Bufó.
Me acuerdo de casi todo. Salvo a veces de dónde dejo las llaves. Hace gracia, ¿verdad?
Quise responder que no, que no hacía gracia, que daba miedo. Pero solo dije:
Nos pasa a todos.
Asintió, aceptando mi frase como salvoconducto para no ser perfecto.
Al desmontar el freno vimos que faltaba un muelle. Miró el hueco largo rato y luego levantó la vista:
Ayer estuve cacharreando, pudo caerse. Busqué por el suelo, pero nada.
Probemos otra vez dije.
Nos pusimos de rodillas a registrar. Yo encontré el muelle tras la pata de la mesa.
Ya está.
Lo tomó, examinándolo de cerca.
Menos mal No sabes lo no terminó la frase.
Yo sí. Iba a decir pensé que ya no Pero no lo dijo.
¿Un té? preguntó bruscamente, como si el té pudiera tapar ese silencio.
Sí.
En la cocina puso a hervir el agua y sacó dos tazones. Me senté a la mesa, viendo cómo iba del fuego al armario. Lo hacía con los mismos gestos de siempre, pero ahora más despacio. Sirvió el té y puso un plato de galletas delante.
Toma, hijo. Estás más delgado.
Pensé en protestar, en decirle que era la chaqueta, pero callé. Esa era su manera de decir te cuido.
¿Cómo va el trabajo? preguntó.
Bien. Cerraron un proyecto, ahora empiezo otro.
Bien, siempre que paguen a mes vencido.
Sonreí.
Siempre preocupado por el dinero.
¿Y por qué si no? ¿Por los sentimientos? me miró de lleno.
Una oleada me encogió el pecho. No esperaba ese golpe frontal.
No lo sé contesté.
Mi padre se quedó un momento viendo su taza.
A veces pienso que vienes como por obligación. Como quien ficha y se va.
Dejé la taza en la mesa. El té ardía en los dedos, pero no aparté la mano.
¿Tú crees que a mí me resulta fácil venir? Todo aquí me hace sentir pequeño. Como si tú lo supieras todo.
Él sonrió, no con enfado sino con un deje amargo.
Quizá sí lo creí. Por costumbre.
Suspiré.
Y nunca me has preguntado cómo estoy. De verdad.
Miró la taza, buscando respuestas.
Me daba miedo. Porque si se pregunta, hay que escuchar. Y yo no siempre sé hacerlo.
Sentí que algo se aflojaba por dentro. No era un perdón, ni una justificación. Solo el reconocimiento llano de que no sabía.
Yo tampoco sé.
Asintió.
Pues ya aprenderemos. Con la bici bromeó y sentí que también a él le sorprendía la frase.
Apuramos el té y volvimos al salón. La bicicleta seguía desarmada. Mi padre parecía con nuevas fuerzas.
Haz esto: mete tú el cable y yo me encargo de las zapatas.
Lo hice; los dedos torpes me impacientaban y mi padre lo notó.
No corras. Aquí no vale la fuerza, sino la paciencia.
Le miré.
¿Hablas del cable?
Y de todo contestó, desviando la vista.
Reparada la bici, mi padre bombeó el freno varias veces. Satisfecho.
Ya va mejor.
Yo inflé la rueda a tope y comprobé el ruido. Nada. Montamos la rueda, atornillamos. Cuando mi padre pidió la llave del trece le tendí el útil en silencio. Encajó en su mano como siempre.
Listo dijo. Vamos a probarla.
Salimos al patio interior. Él sujetaba la bici del manillar yo a su lado. El patio estaba vacío salvo por Carmen, la vecina, que nos saludó con una bolsa de la compra.
Súbete, da una vuelta dijo mi padre.
¿Yo?
Claro. Yo ya no hago acrobacias.
Me senté. El sillín bajo, las rodillas al cielo como en los veranos de hace treinta años. Di dos vueltas entre los parterres, probé el freno. Funcionaba.
Va bien anuncié, bajando.
Él la empujó un metro, probó la frenada. Luego apoyó el pie en el adoquín.
Perfecto. No ha sido en balde.
Le miré y de pronto entendí que no hablaba solo de mecánica. Sino de haberme llamado.
Llévate el juego dijo de pronto señalando las herramientas. A mí ya me vale con lo que tengo. A ti te hará más falta. Siempre andas arreglando cosas tú solo.
Estuve a punto de negar, pero comprendí que ese era su idioma. No un te quiero, sino un llévatelo, para que te ayude.
Bueno, me lo llevo. Pero la del trece, quédatela. Es la principal.
Sonrió.
Ya no se me pierde.
Subimos de nuevo. En la entrada cogí mi chaqueta. Él no apuró ni presionó.
¿Te pasarás la semana que viene? inquirió como si hablara del tiempo. Tengo la puerta del altillo que chirría, y mis manos ya no responden.
No sonó a queja, sino invitación.
Iré. Avísame antes, no vaya a aparecer corriendo.
Mi padre asintió y, al cerrar, murmuró quedamente:
Gracias por venir.
Bajé las escaleras, sintiendo el peso de sus herramientas envueltas en el trapo, un peso no molesto. Ya en la calle, miré hacia arriba. La cortina del tercer piso se movió apenas, como si él estuviera allí. No saludé con la mano. Simplemente me marché, sabiendo por fin que ya podía venir, y no solo por un recado, sino por aquello que los dos, tarde pero a tiempo, habíamos aprendido a valorar.







