Al llegar a casa para la cena, mi esposa estaba cocinando esa noche. Quería hablar con ella, y la conversación prometía ser complicada, así que comencé con la frase

Regresé a casa al anochecer, la cena ya esperaba en la mesa, preparada por mi esposa, Lucía. Quería hablar con ella, la conversación se presagiaba difícil, y empecé con la frase: «Tengo algo que decirte». No respondió, siguió revolviendo la sopa y en sus ojos descubrí otra vez esa sombra de dolor.

Sabía que debía seguir, así que lancé que necesitábamos divorciarnos. Ella sólo preguntó: «¿Por qué?». No supe contestar, esquivé la cuestión. Entonces su semblante se tornó furioso, una estallida de llanto y gritos, y empezó a lanzar todo lo que caía a su alcance. «¡No eres un hombre!», gritó, y la habitación se llenó del eco de sus palabras.

No había nada más que decir. Me fui a la cama, pero el sueño no me alcanzó; escuchaba sus sollozos como un río subterráneo. Me costaba explicar lo que había pasado con nuestro matrimonio, cómo el cariño se había convertido en una pesada compasión y cómo mi corazón había encontrado a Celia, una amiga de la universidad.

Al día siguiente preparé los papeles del divorcio y la liquidación del patrimonio. Le dejé la casa en el centro de Madrid, el coche familiar y el treinta por ciento de las acciones de mi empresa. Lucía, sin embargo, se rió, destrozó los documentos y aseguró que no necesitaba nada de mí. Después volvió a llorar. Sentí pesar por los diez años compartidos, pero su reacción sólo avivó mi deseo de separarnos.

Aquella noche llegué tarde, no cené y caí directamente sobre el colchón. Lucía estaba sentada en la mesa, garabateando algo. Me desperté en mitad de la madrugada y la vi todavía escribiendo, absorta en su papel. Ya no sentía la cercanía de su alma.

A la mañana siguiente, Lucía me habló de sus condiciones para el divorcio. Insistía en mantener una relación cordial, al menos mientras nuestro hijo, Carlos, preparara los exámenes de septiembre. Argumentó que esas noticias podrían alterarle la cabeza. No pude oponerme. Luego añadió un requisito que me pareció absurdo: durante un mes debía cargarla cada mañana en brazos desde la habitación hasta la puerta, como recordatorio de la noche de nuestra boda.

No discutí. En el trabajo conté a Celia sobre la petición, y ella, con sarcasmo, comentó que eran intentos patéticos de mi esposa para manipularme y volver a juntar la familia.

El primer día, al levantar a Lucía, sentí una torpeza que me hizo vernos como extraños. Carlos nos vio y saltó alrededor gritando: «¡Papá lleva a mamá en brazos!». Lucía susurró: «No le digas nada». La dejé al borde de la puerta y ella se encaminó hacia la parada del autobús.

Al día siguiente, la escena resultó más natural. Noté, casi sin querer, las finas arrugas en su frente y algunos cabellos plateados que el tiempo había sembrado. Me pregunté cómo recompensar todo el calor que había puesto en nuestro matrimonio.

Poco a poco surgió una chispa entre nosotros, y cada día esa llama crecía. Cada vez sentía a Lucía más ligera, como si su presencia se desvaneciera. No comenté nada a Celia.

En el último día, al buscarla para cargarla, la encontré junto al armario, lamentándose de lo mucho que había adelgazado. Era cierto, había perdido peso rápidamente. ¿Quizá temía por nuestra relación? Carlos entró y preguntó cuándo su papá volvería a cargar a su madre, como si fuera una tradición. La levanté, sintiendo la misma emoción del día de la boda. Me abrazó suavemente por el cuello. Lo único que me inquietaba era su peso.

Entonces la dejé en el suelo, agarré las llaves del coche y volví al despacho. Al encontrar a Celia, le dije que no quería divorciarme, que nuestro amor se había enfriado solo porque habíamos dejado de cuidarnos. Celia me dio una bofetada y, entre lágrimas, salió corriendo.

Comprendí que lo que más anhelaba era ver a mi esposa. Salí del oficina, compré en la floristería de la Gran Vía el ramo más espléndido que tenían. Cuando el dependiente preguntó qué escribir en la tarjeta, respondí: «Sería mi dicha llevarte en brazos hasta el último suspiro».

Llegué a casa con el corazón ligero y una sonrisa. Subí las escaleras y entré en la habitación. Lucía estaba tendida en la cama, inmóvil había muerto.

Más tarde supe que había luchado valientemente contra un cáncer durante los últimos meses. No me lo había dicho; yo estaba ciego, atrapado en mis enredos con Celía. Lucía había sido una mujer extraordinariamente sabia: diseñó esas «condiciones de divorcio» para que yo no me convirtiera en un monstruo a los ojos de Carlos.

Quizá mi relato sirva de espejo a quien teme que la ruptura sea el fin, y descubra que, a veces, la verdadera fuerza yace en la ternura que aún podemos ofrecer.

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MagistrUm
Al llegar a casa para la cena, mi esposa estaba cocinando esa noche. Quería hablar con ella, y la conversación prometía ser complicada, así que comencé con la frase