¡Mi propia madre me echó de casa porque prefería a mi padrastro antes que a mí! Viví con mi padre hasta los 5 años, el periodo más feliz de mi infancia. Cuando falleció, mi madre dejó de preocuparse por mí y se enfocó en rehacer su vida. A los 8 años, apareció mi padrastro, que intentaba controlar todos nuestros movimientos y cambió mi vida por completo. Yo vivía siguiendo el horario impuesto por mi padrastro, él repartía las tareas del hogar pero no hacía nada porque ‘estaba cansado de trabajar’. Mi madre me obligaba a obedecer todo lo que él pidiera porque temía que se enfadara y hubiera discusiones. Al llegar a la adolescencia, empecé a rebelarme porque después de volver del instituto me tocaba cocinar, limpiar, lavar el coche de mi padrastro y cualquier otro encargo, mientras la ‘parejita enamorada’ se tumbaba a ver la tele. Y después, encima, recibía un bofetón y lecciones sobre mi supuesta ingratitud por todo lo que me daban. Salvo un techo y la comida, que conseguía gracias a mis tareas domésticas, no recibía nada más. Si quería ir a una academia, a clases particulares o al gimnasio, se burlaban diciendo que primero debía aprender a ganarme el dinero. Rara vez me compraban ropa, y si lo hacían, me lo recordaban durante semanas… Al terminar el bachillerato, con 18 años, mi madre me dijo que tenía que buscarme un piso y no ir a la universidad, sino empezar a trabajar ya, porque no podía seguir viviendo con ellos. Somos de una ciudad pequeña y allí es complicado encontrar trabajo. Yo aún tenía la esperanza de que mis padres recapacitaran si me veían intentando estudiar por mi cuenta. Pero mi madre insistía cada vez más, así que los últimos tres meses, en vez de estudiar para la Selectividad, trabajé de camarera — diez a doce horas diarias, ganando poquísimo y apenas propinas, lo justo para pagar un par de meses de alquiler… Y no sabía ni qué comer. Suspendí muchos exámenes por faltar a clase, así que no entré a la universidad pública y tampoco podía permitirme la privada. Dejé el trabajo ese verano y busqué algo mejor pagado porque mi madre y mi padrastro cada día me preguntaban cuándo me iría, hasta que finalmente me echaron… Probé suerte en una droguería, pero después de unos días me intoxiqué. Cuando quise volver, ya me habían sustituido. El tiempo pasaba, intenté varios empleos, pero en ninguno lograba mantenerme sola. En pleno verano fue mi cumpleaños y vino a verme mi tía. Nunca le había contado nada, pero cuando me preguntó en privado, no aguanté más y me derrumbé. Ese mismo día me ayudó a recoger mis cosas y me llevó a su casa. Cumplí el deseo de mis padres y me alejé de ellos, lo que me aligeró mucho. Mi tía me ayudó a encontrar un buen trabajo en una librería en mi ciudad, podía estudiar a la vez y, el siguiente año, aprobé la Selectividad y conseguí plaza en la universidad pública por mis propios méritos. Mi tía me apoyó en todo, nunca me dejó sola, ni siquiera cuando mis padres reaparecieron para llamarme mala hija e ingrata. Con el tiempo, terminé la carrera y conseguí un buen empleo. Hoy doy las gracias a mi tía por no haberme abandonado en mis peores momentos: la apoyo, la llevo de viaje… Le debo todo lo que soy.

¡Mi propia madre me echó de casa porque quería mucho más a mi padrastro!

Viví con mi padre biológico hasta los cinco años y, sinceramente, fueron los días más gloriosos de mi infancia. Cuando falleció, mi madre decidió dejar de prestarme atención: estaba ocupada rehaciendo su vida. A los ocho años apareció mi padrastro, Don Prudencio, un hombre empeñado en controlar cada segundo de nuestras vidas, tanto la suya como la de mi madre, y claro, mi mundo dio un vuelco.

Mi día a día se regía por el horario militar de Don Prudencio. Él repartía las tareas del hogar como quien reparte la lotería de Navidad, aunque, por cierto, él siempre estaba muy cansado después del trabajo para ayudar en algo. Mi madre, como tenía miedo de que el señor Prudencio montase un drama, me obligaba a obedecerle en todo: como si fuera la sirvienta personal de la pareja.

Cuando empecé la adolescencia, decidí rebelarme. Volvía del instituto y tenía que cocinar, limpiar la casa, lavar el SEAT Ibiza de mi padrastro y cualquier otra faena que se le ocurría, mientras los enamorados se quedaban en el sofá viendo Telecinco. Por si fuera poco, después de la jornada laboral, me caía una bofetada de propina y un discurso sobre lo desagradecida que era, que sólo me daban lo mejor. Claro, lo mejor: un techo bajo el que dormir y un plato de lentejas, más lo que me ganaba barriendo escaleras.

Cuando quería apuntarme a clases de inglés, a un curso de dibujo o al gimnasio, se reían de mí y me soltaban eso de primero aprende a ganar tus euros, y luego ya veremos cómo los gastas. La ropa, si tenía suerte, me la compraban una vez al año; y cuando lo hacían, me estaban recordando semanas que me estaban haciendo el favor de mi vida.

A los 18, nada más terminar el bachillerato, mi madre me dijo que iba siendo hora de buscarme un piso. Que lo de la universidad ni soñar; mejor ponerse inmediatamente a trabajar, que en casa ya no podía quedarme ni un mes más.

Y claro, somos de un pueblo pequeñito de Castilla, donde encontrar trabajo es misión imposible. Yo, que me hacía ilusiones de que cambiarían de opinión al verme estudiar por mi cuenta, seguía aún soñando. Pero mi madre, erre que erre, insistió tanto que ese verano, en vez de estudiar para la selectividad, me puse a currar de camarera. Salía de casa a las diez y no volvía hasta medianoche. Lo que ganaba apenas daba para dos meses de alquiler, y la propina era una leyenda urbana. Con tanta ausencia a las clases, los resultados fueron un desastre: ni soñarlo con la universidad pública, ni me ayudaban a pagar la privada.

En ese plan seguí, hasta que me despidieron y tuve que buscar un curro mejor pagado, porque cada día mis padres preguntaban cuándo pensaba largarme. Al final, el sueño se cumplió: me echaron de casa, como quien tira un colchón viejo.

Intenté trabajar en una droguería, pero acabé intoxicada (de tanto respirar lejía y ambientador barato); cuando quise regresar, ya habían colocado a otra chica. El tiempo pasaba y los trabajos temporales eran todos igual de chungos: no ganaba lo suficiente para mantenerme sola.

Pasó el tiempo y, en pleno agosto, justo el día de mi cumpleaños, mi tía Carmen se presentó sin avisar a darme una sorpresa. Nunca me había atrevido a confesarle nada, pero cuando me preguntó en privado qué me pasaba, me vine abajo y me eché a llorar como una magdalena de convento. Aquella misma tarde me ayudó a recoger mis cosas y me llevó a su piso, cumplí sin querer el sueño de mi madre: vivir lejos de ambos. Y pude respirar por fin.

Carmen movió hilos y me consiguió un trabajo decente en una librería del centro de Soria; trabajaba por las tardes y estudiaba por las mañanas. Un año después, aprobé el bachillerato (un milagro) y logré entrar en la universidad pública de Valladolid. Mi tía no me dejó sola ni un momento, ni cuando mi madre y Don Prudencio me recordaban por WhatsApp lo desagradecida que era y lo malos hijos que hay en el mundo.

Los años pasaron, terminé la carrera, conseguí un trabajo digno. Y ahora sólo puedo agradecerle a Carmen que en aquel momento no me soltara la mano: la invito de vez en cuando a Benidorm y hasta le regalo cremas de las buenas en Navidad.

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MagistrUm
¡Mi propia madre me echó de casa porque prefería a mi padrastro antes que a mí! Viví con mi padre hasta los 5 años, el periodo más feliz de mi infancia. Cuando falleció, mi madre dejó de preocuparse por mí y se enfocó en rehacer su vida. A los 8 años, apareció mi padrastro, que intentaba controlar todos nuestros movimientos y cambió mi vida por completo. Yo vivía siguiendo el horario impuesto por mi padrastro, él repartía las tareas del hogar pero no hacía nada porque ‘estaba cansado de trabajar’. Mi madre me obligaba a obedecer todo lo que él pidiera porque temía que se enfadara y hubiera discusiones. Al llegar a la adolescencia, empecé a rebelarme porque después de volver del instituto me tocaba cocinar, limpiar, lavar el coche de mi padrastro y cualquier otro encargo, mientras la ‘parejita enamorada’ se tumbaba a ver la tele. Y después, encima, recibía un bofetón y lecciones sobre mi supuesta ingratitud por todo lo que me daban. Salvo un techo y la comida, que conseguía gracias a mis tareas domésticas, no recibía nada más. Si quería ir a una academia, a clases particulares o al gimnasio, se burlaban diciendo que primero debía aprender a ganarme el dinero. Rara vez me compraban ropa, y si lo hacían, me lo recordaban durante semanas… Al terminar el bachillerato, con 18 años, mi madre me dijo que tenía que buscarme un piso y no ir a la universidad, sino empezar a trabajar ya, porque no podía seguir viviendo con ellos. Somos de una ciudad pequeña y allí es complicado encontrar trabajo. Yo aún tenía la esperanza de que mis padres recapacitaran si me veían intentando estudiar por mi cuenta. Pero mi madre insistía cada vez más, así que los últimos tres meses, en vez de estudiar para la Selectividad, trabajé de camarera — diez a doce horas diarias, ganando poquísimo y apenas propinas, lo justo para pagar un par de meses de alquiler… Y no sabía ni qué comer. Suspendí muchos exámenes por faltar a clase, así que no entré a la universidad pública y tampoco podía permitirme la privada. Dejé el trabajo ese verano y busqué algo mejor pagado porque mi madre y mi padrastro cada día me preguntaban cuándo me iría, hasta que finalmente me echaron… Probé suerte en una droguería, pero después de unos días me intoxiqué. Cuando quise volver, ya me habían sustituido. El tiempo pasaba, intenté varios empleos, pero en ninguno lograba mantenerme sola. En pleno verano fue mi cumpleaños y vino a verme mi tía. Nunca le había contado nada, pero cuando me preguntó en privado, no aguanté más y me derrumbé. Ese mismo día me ayudó a recoger mis cosas y me llevó a su casa. Cumplí el deseo de mis padres y me alejé de ellos, lo que me aligeró mucho. Mi tía me ayudó a encontrar un buen trabajo en una librería en mi ciudad, podía estudiar a la vez y, el siguiente año, aprobé la Selectividad y conseguí plaza en la universidad pública por mis propios méritos. Mi tía me apoyó en todo, nunca me dejó sola, ni siquiera cuando mis padres reaparecieron para llamarme mala hija e ingrata. Con el tiempo, terminé la carrera y conseguí un buen empleo. Hoy doy las gracias a mi tía por no haberme abandonado en mis peores momentos: la apoyo, la llevo de viaje… Le debo todo lo que soy.