Mira, te cuento lo que me pasó la pasada Nochevieja porque aún me hierve la sangre. Imagínate que aparece mi cuñada, Inés, sin avisar, así porque sí, con una maleta gigante y una sonrisa como si nos estuviera haciendo un favor.
“Espero que no os importe que reciba el año nuevo en vuestra casa,” me suelta en la puerta.
Fuera era de noche, el taxi ya se había largado, y decirle que no la iba a dejar pasar me hubiese hecho quedar fatal. Y ahí empezó todo.
Me quedé tiesa con la mano en la puerta, sólo podía pensar: ya está, esto empieza.
Pasa, pasa… le dije haciendo un esfuerzo y apartándome.
Inés se metió dentro, se sacudió el abrigo con la misma tranquilidad con la que alguien mira su propia casa, dándole vueltas al salón como si le perteneciera.
Ah, ya estáis preparando la mesa, qué apañados. ¿Y Álvaro dónde está?
En el baño.
Ajá, descansando. Bueno, voy a cambiarme. ¿Dónde voy a dormir?
Le señalé el cuartito pequeño, nuestro despacho. Llevábamos años de alquiler, ahorrando para un piso propio; nada del otro mundo, pero era nuestro hogar.
Y ella desapareció en la habitación y yo me fui directa a la cocina. Mi plan era recibir el año sólo con Álvaro, tranquilos, cenita casera y peli. Había preparado sus ensaladas favoritas, todo pensado.
Pero ya estaba todo fastidiado.
Álvaro salió del baño y en cuanto me vio supo que algo iba mal.
¿Qué pasa?
Tenemos visita.
¿Qué visita?
Tu hermana.
Se puso blanco como la pared.
Pero… si no la hemos invitado…
Eso mismo.
Intentó darme un abrazo, pero yo me aparté. Me aseguraba que era una sorpresa, que no lo hacía con mala intención, que serán sólo unos días. Pero vi la maleta. Esa maleta enorme.
Cuando volvió, ya estaba acomodada, sentada en el sofá, abriendo la nevera, mirando lo que había para cenar.
En la cena no dejó hablar a nadie; se tiró toda la noche hablando de su trabajo, de la gente, de quién era más tacaño. Por el camino preguntó con descaro qué le iba a regalar Álvaro por Nochevieja, insinuando que le vendría bien algo de dinero.
Yo callaba, pero por dentro hervía. Me acordé de las veces en el año que había pedido prestado y jamás devolvió nada, siempre con un drama familiar de excusa.
Ya casi de madrugada se le ocurrió invitar gente, porque según ella esto así era un rollo.
Esta es nuestra casa y nuestra celebración le solté por fin.
Ah, o sea que no pinto nada aquí, ¿no?
No era eso. Pero tampoco era su casa.
Tuvimos bronca. Se encerró en la habitación, haciendo ruido para que supiéramos su enfado. Álvaro entonces me echó en cara que había sido demasiado brusca.
Justo antes de las doce estábamos los tres en la mesa. Las luces del árbol de Navidad, el reloj de la abuela dando sus campanadas… Y cuando dieron las doce, Álvaro levantó la copa.
Y yo lo dije, bajito pero claro:
Por la gente que no pregunta, sólo toma.
Se hizo un silencio de los que cortan el aire.
Miré a Inés y, por primera vez, no aparté los ojos.
Tú no preguntas, Inés. Vienes, coges lo que hay, te aprovechas de nuestra casa, nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestros planes… y esperas encima que te demos las gracias.
Se levantó. Estaba pálida.
Vale. O sea, que no me queréis aquí.
Claro que sí, pero con respeto, no imponiendo.
Al poco rato salió con su maleta. La puerta se cerró con un golpe.
Álvaro se sentó y se tapó la cara con las manos.
Es mi hermana…
Y yo soy tu mujer le respondí tranquila. Y he decidido que no pienso callar más.
Al día siguiente, ni mensajes, ni disculpas. Sólo silencio.
No fue la Nochevieja que quería. Pero por primera vez, no me sentí pequeña, ni culpable.
A veces el verdadero espíritu de la fiesta no es quién se sienta en la mesa, sino atreverse a decir la verdad aunque duela.







