Mi marido viajaba mucho por trabajo y yo ya estaba más que acostumbrada al asunto. Me respondía a los mensajes tarde, llegaba a casa agotado y siempre repetía lo de las largas reuniones. Yo no le espiaba el móvil, ni le hacía el tercer grado. Le tenía confianza, así, a la española.
Un día estaba doblando ropa en nuestra habitación. Él se sentó en la cama sin ni siquiera quitarse los zapatosun sacrilegio en cualquier casa decentey me suelta:
Quiero que me escuches, sin interrumpir.
Ahí ya se me encendió la alarma. Algo raro había, fijo. Y efectivamente: me confesó que estaba viendo a otra mujer.
Le pregunté quién era. Dudó unos segundos y al final me dijo su nombre: Carmen. Trabajaba cerca de su oficina. Era más joven, cómo no. Le pregunté si estaba enamorado de ella. Me contestó que no lo sabía, pero que con ella sentía algo distinto, menos cansancio, decía él. Le pregunté entonces si pensaba marcharse. Y él, tan práctico, me contestó:
Sí, no quiero seguir fingiendo.
Esa misma noche durmió en el sofá. Salió temprano al día siguiente y estuvo dos días sin aparecer. Cuando volvió, ya había hablado con un abogado. Me dijo que quería el divorcio cuanto antes y, sin dramas, por favor. Empezó a explicarme qué iba a llevarse y qué no, con la frialdad de quien te explica una receta del gazpacho. Yo lo escuché en silencio. En menos de una semana ya no vivía allí.
Los meses siguientes fueron para enmarcar. Me tocó lidiar sola con todo lo que antes compartíamos: papeles, facturas, decisiones. Empecé a salir más, pero más por no quedarme viendo los azulejos de la cocina que por otra cosa. Aceptaba cualquier plan con tal de no estar en casa.
En una de esas salidas conocí a un hombre haciendo cola para un café. Empezamos a hablar de cosas banales: el tiempo, la cantidad de gente, lo tarde que íbamos. Seguimos coincidiendo, y un día, sentados en una mesa pequeñita, me soltó su edad: quince años más joven que yo. Ni se ruborizó ni sacó el tema en tono de broma. Me preguntó la mía y siguió la charla como si aquí no hubiera pasado nada. Me invitó a salir de nuevo y, mira tú, acepté.
Con él todo era diferente. No había promesas de telenovela ni charletas melosas. Me preguntaba cómo estaba, me escuchaba, se quedaba cuando yo hablaba del divorcio, sin salir corriendo. Un día me dijo, sin rodeos, que le gustaba y que sabía que yo salía de algo complicado. Le contesté que no quería cometer los mismos errores y que no quería depender de nadie. Me dijo que él tampoco buscaba controlarme ni ser mi salvador.
Mi ex se enteró por otras personas, que como siempre, aquí el cotilleo vuela. Me llamó después de meses sin hablar. Me preguntó si era verdad que salía con un hombre más joven. Le dije que sí. Luego quiso saber si no me daba vergüenza. Respondí que vergüenza daba lo suyo, lo de la traición. Colgó sin despedirse, muy digno él.
Estoy divorciada porque él eligió a otra. Y después, sin buscarlo, he acabado con alguien que me quiere y me respeta. ¿Es esto un regalo de la vida? Pues mira, igual sí, y ni falta que hace devolverlo.







