Vive tu propia vida

Querido diario,

Hoy el motor de mi Mercedes negro rozó suavemente el bordillo de la avenida de Salamanca. No era solo un coche; era la materialización de una idea pulida en acero y laca. De él descendí, yo, Roberto Vidal, con el traje impecable como si lo hubiese cosido el propio destino. Sin embargo, al observarlo con detenimiento, se percibía que la tela costosa sobre mis hombros descansaba algo caída; los últimos meses me habían dejado más delgado de lo que quisiera admitir.

Mi rostro, liso y bien cuidado, mantenía la serenidad de un glaciar, pero en los rincones de mis sienes, tensionados por el constante estrés, se asomaba una gris cansancio. Un gesto, el de ajustar la corbata con dedos finos y casi aristocráticos, delataba mi hábito de controlar, de demostrar fuerza que se escapaba entre mis dedos como agua.

Llevo el apellido Vidal como un escudo familiar, con dignidad y una ligera altivez. Suena firme en la junta directiva, imponente en negociaciones y frío en la lujosa soledad de mi despacho. Tengo cuarenta y ocho años; en los últimos veinte he levantado mi imperio ladrillo a ladrillo. Ahora esos ladrillos empiezan a desmoronarse, dejando al descubierto un vacío que me inquieta.

Camino con la gracia aprendida, pero cada paso requiere un gran esfuerzo interior. Incluso el simple acto de llegar a la clínica privada a la que me dirijo supone una tensión constante. Al volver la vista para lanzar una última mirada a mi coche perfecto, percibo en mis ojos no solo cansancio, sino la sombra de un hombre que entiende que solo es un custodio temporal de esa opulencia.

A pocos metros de la clínica se extiende el mercado de la Latina. Allí, al estacionar mi caballo de acero oxidado, otro hombre, Andrés, descansaba junto a su viejo sedán. Acababa de volver de la compra con su esposa y sus dos hijos, un niño y una niña llamada Crisanta. Se frotó las manos contra sus vaqueros gastados, encendió un cigarrillo y se reclinó contra el borde del coche.

Andrés medía unos 1,90m, era fornido, con el rostro curtido por el sol de otoño madrileño. Su pelo rubio, ya descolorido por el tiempo, estaba corto. Encarnaba la fiabilidad masculina que se forja en años de vida sencilla.

Al recorrer el bullicio del mercado, sus ojos se toparon con mi limusina. En su mirada clara surgió una chispa familiar: una mezcla de amarga envidia y dulce admiración. Dio una última calada, tiró la colilla y la aplastó con la suela de su zapato.

Mira, esa es la felicidad susurró, y su voz no llevaba ira, sino una casi infantil ilusión. ¡Qué fácil sería vivir su vida y no la mía! No andar en ese carruaje oxidado, sino en una golosina de lujo. No cocinar empanadillas en casa, sino pedir filetes en los mejores restaurantes. Y, sobre todo, el mar Dos veces al año, como en el calendario. Una en junio con los niños, para que se empapen, y otra en septiembre con la esposa, en silencio, bajo el rumor de las olas.

Exhaló y sus anchos hombros se encogieron bajo el peso de ese sueño inalcanzable. Imaginó el interior suave del coche, la tranquilidad y la seguridad que, a su parecer, debían emanar de ese vehículo y de la vida de su dueño.

En algún punto, quizás cerca o quizá lejos, un oído invisible escuchó su susurro y suspiró. La gente solo ve el brillo del anuncio, sin percibir la tragicomedia que ocurre tras bastidores.

Yo, el llamado afortunado, avanzaba por el asfalto, y cada paso resonaba con una dolorosa y difusa punzada interna, en un cuerpo que ya no obedecía y que me traicionaba día a día. Mi almuerzo me aguardaba en casa: una masa de puré sin sabor, que a su olor ya provocaba náuseas.

Hace una hora abandoné la oficina del director de investigación, y la sombra plomiza de una caída inminente me cubría, apretando el lazo más y más. En mis oídos resonaba una voz monótona, enumerando cargos, cada uno como un clavo en la tapa de mi negocio.

Mi único hijo, aquel chico de ojos claros, alguna vez fue mi espejo, mi futuro, el sentido de toda esa riqueza. Ahora está tras la verja alta de otra clínica especializada, que lucha por liberarlo de los demonios que lo amenazan: sustancias prohibidas y la negligencia de una patria ausente.

Y mi esposa Oh, mi Elena. Su risa, que antes hacía latir mi corazón con fuerza, ahora huele a perfume masculino ajeno. No solo sospechaba, lo sabía. En sus cenas de amigas, en el brillo nuevo de sus ojos al mirar el móvil, en su repentina afición al gimnasio nocturno, percibí el deterioro de nuestro vínculo.

Incluso la criada, Doña Carmen, al servirme esa insípida masa, me miraba extrañamente, demasiado tiempo, con tristeza. Tal vez solo sentía lástima; quizá, en su silencio, había una complicidad: sabía que mi esposa, en secreto, añadía a esa comida no solo sal, sino una dosis de tranquilizantes para que yo no cuestionara.

Los médicos ya me decían que no me quedaba mucho tiempo. Pero antes vendría la pérdida de todo: la empresa que construí desde cero, la mansión donde el eco rondaba habitaciones vacías, el yate que ahora solo sirve de burla, y mi nombre, que pronto será pisoteado en los titulares.

Lo peor no era la muerte, sino el lento y humillante camino hacia ella, la certeza de haber sido descartado, traicionado, convertido en una espera constante, y mi existencia reducida a un fantasma por el que otros luchan.

Mientras tanto, el hombre que envidiaba mi viejo coche estaba sano. Realmente sano. Su salud no era esa abstracta que se da por sentado mientras dura, sino una fuerza palpable. Podía morder una manzana crujiente y sentir el jugo ácido y dulce explotar en su boca; podía saborear un trozo de pan con jamón serrano y ajo, más delicioso que cualquier filete de restaurante. Dormía profundo, sin pastillas ni intranquilos pensamientos.

Su mundo era sólido como cimiento. No era monumento frío como un palacio de mármol, sino cálido y fiable, como una casa tradicional bien construida. En su vida no había arena movediza de traiciones ni pirámides financieras. Todo era sencillo: si trabajas, recibes; si ayudas, te ayudarán; si amas, serás amado.

Ese mundo firme lo arrastró por el brazo. Mi mujer, tierna aunque sin modales de alta sociedad, me empujó:

¿Qué te pasa? dijo, dándome una palmada en el hombro. Vamos al mercado, compremos carrilleras para el cocido. Hay que ir temprano, antes de que lo agoten. Y por ahí le echamos un vistazo a los tenis de Violeta, que los suyos ya huelen a polvo.

Y fuimos. Ella, tomándome del brazo como quien guía una vida segura. Yo caminaba a su lado, con una amorosa calidez en el corazón. Delante, nuestros hijos corrían riendo, dos fuentes de ruido, desorden y alegría infinita. Detrás, invisiblemente, un ángel guardián despejaba los peligros con un leve aleteo.

Yo, con mi impecable traje, me acerqué a la entrada de la clínica. Mi mirada, vidriosa por el anestésico, se cruzó con la del hombre robusto, lleno de vigor, que mi esposa llevaba del brazo como un tesoro recién hallado.

En mi alma, reseca por la enfermedad y la traición, surgió una idea clara y punzante: daría todas esas millones infladas, todo ese polvo dorado por una sola costura en mi chaqueta. Por ese empujón que me hiciera ir al mercado por unas carrilleras. Por el derecho de saborear ese cocido cuando se solidifique.

No imites destinos ajenos. No te pruebes la felicidad de otro, que puede venir revestida de amarga hierba. Vive tu propia vida. A veces un par de zapatillas simples en los pies es mayor bendición que el coche más lujoso. Cada cual tiene su senda, y lo importante es seguirla con nuestro propio calzado, por humilde que sea, pero cómodo.

Caminar a pie resulta, a veces, mejor que volar con el viento hacia el precipicio.

No deseas lo de los demás. Siempre lleva consigo una carga invisible pero pesada: dolor ajeno, errores ajenos, pecados ajenos, a veces mortales para tu alma.

Tu vida, con sus placeres simplesel café matutino, la risa de los niños, el calor del hogares la verdadera riqueza. No se deposita en una cuenta bancaria, pero llena el corazón de una felicidad profunda y silenciosa. Valora lo que tienes, pues para muchos eso es un sueño inalcanzable. Sigue tu camino y que tus pasos, aunque modestos, te lleven al auténtico bienestar.

Aprendo, pues, que la verdadera prosperidad reside en lo cotidiano y no en los destellos de oro; y que la envidia solo empobrece al que la siente. Así, seguiré mi ruta, con los pies bien plantados en la tierra y el corazón tranquilo.

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