Mi marido me abandonó después de once años de matrimonio, y la razón que me dio fue tan sencilla que parecía salida de un cuadro surrealista: según él, había dejado de arreglarme. Según sus palabras, eso se venía acumulando desde hacía tiempo, aunque jamás lo puso sobre la mesa de la cocina, entre las tazas de café y la sal gorda.
Cuando nos conocimos en Madrid, yo me arreglaba cada día como si la Gran Vía fuera mi pasarela privada. Maquillaje, ropa escogida, el pelo siempre con ese brillo de recién salido de una peluquería de Chamberí. Trabajaba, salía, tenía momentos para respirar y soñar. Pero después llegaron los niños, la rutina, esas responsabilidades que se adhieren como la cal en el grifo. Seguí con mi trabajo, pero también me tragué la casa, el pisto manchego, los deberes, las citas médicas, todos aquellos engranajes invisibles que mantienen una familia girando, aunque nadie lo vea.
Mis días arrancaban antes del canto del gallo, mucho antes de las seis, y no se apagaban hasta bien pasada la medianoche, cuando Madrid dormía. A menudo salía sin rímel ni carmín porque el tiempo se me escapaba por las manos. Me ponía la primera prenda limpia que encontraba entre el olor a jabón de Marsella. No era por desgana, sino porque apenas podía con las pestañas cerrándose de cansancio. Él volvía, cenaba tortilla y veía la televisión hasta dormirse en el sofá, mientras la lámpara proyectaba sombras en la pared. Nunca me preguntó cómo estaba o si se me caía el mundo en los hombros.
Con el tiempo, sus comentarios empezaron a deslizarse como el aceite en la encimera: que ya no parecía la de antes, que ya no me ponía vestidos, que iba desarreglada. Pensé que solo era un par de frases sueltas, ecos perdidos en el pasillo. Nunca imaginé que esas palabras eran cuerdas que preparaba para largarse. Jamás me dijo: Me siento lejos de ti o Tenemos que hablar. Simplemente, una tarde cualquiera, con el sol recostado en los azulejos, metió sus cosas en una maleta.
El día que se marchó, me lo espetó sin rodeos. Que ya no sentía lo mismo, que yo era otra, que echaba de menos a esa mujer que se arreglaba para él. Le recordé, entre las brumas del sueño roto, todo lo que hice por nuestro hogar, por los niños, por nosotros. Me contestó que no era suficiente, que necesitaba sentirse orgulloso de la mujer a su lado, como si el orgullo cupiera en un pintalabios rojo.
Se fue en silencio. Días después, por el murmullo de las calles y las redes, supe que ya salía con otrauna mujer sin hijos, con tiempo para pilates, con energías para esmaltar sus uñas cada día. Y entonces entendí que el problema nunca fue el maquillaje.
Hoy, en esta casa con olor a pan tostado y cubos de Rubik, sigo despertando temprano, sigo sosteniendo mi trabajo y mi hogar. Me arreglo si me nace, si quiero ver mi reflejo sonriendo en el espejo de la entrada, no porque alguien lo espere de mí. No dejé de cuidarme por falta de amor: dejé de hacerlo porque llevaba una vida entera a la espalda, como quien carga agua desde el pozo. Y aún así, él decidió irse. Pienso en apuntarme a un gimnasio, pero el reloj me bufa. Da igualestá claro que él, en realidad, nunca quiso a esta mujer, a mí.







