¡Oye, amiga! Tengo que contarte lo que ha pasado con Álvaro y su familia, porque la cosa se ha puesto de verdad rara. Resulta que la tía Luz, que siempre vivía de vagar, volvió a tocar la puerta de casa llorando como una niña: «No tengo a dónde ir, tía, perdóname, no volveré a hacerlo». Ni siquiera explicó bien dónde había estado, pero parecía una auténtica desgracia.
Los de la casa la recibieron, aunque a Álvaro no le dio mucha alegría. La tía Luz es la madre de Sofía, una niña huérfana que siempre ha vivido con la abuela Celia. Álvaro, desde pequeño, era más un ratón de biblioteca que un gamberro. La abuela siempre le decía: «Álvaro, deberías salir a jugar con los chavales del patio», y él respondía: «Mamá, déjalo, mejor que siga leyendo; no quiero terminar como Vito, el del barrio, que a los doce años ya estaba metido en la policía».
Él aprendió a callarse, porque así evitaba discusiones con los familiares que lo criaron como si fuera el único hijo. Oficialmente, su padre ni aparecía en los papeles. Así que se metió de lleno en la biología, y lo demás casi no le llamaba la atención, ni mucho menos las chicas.
Cuando tenía veintiséis años, su madre Celia le soltó: «¿Piensas siquiera casarte? ¿Tener nietos?» y él, sin alboroto, respondió: «Mamá, cada cosa a su tiempo». En el Instituto de Investigación de Madrid estaba al pie del cañón con un proyecto que le absorbía todo; ni siquiera pensó en salir con una chica. Celía suspiraba porque su hijo era guapo e inteligente, pero muy introvertido.
Pasó un año y Ál Álvaro volvió a casa con una novia. «Mamá, te presento a mi prometida, nos casamos el mes que viene», dijo con indiferencia. Celía, aunque desconcertada, los recibió. La chica se llamaba Begoña, de veintitrés años, delgada, con el pelo negro salpicado de azul, un anillo en la nariz y un tatuaje en la muñeca. No trabajaba, la habían conocido en una terraza de la Gran Vía donde él celebraba el fin del proyecto y ella hacía de camarera.
Celia, sin embargo, se compadeció de su dura historia: había perdido a sus padres, un tío lejano le había arrebatado el piso y había sobrevivido entre amigos. Terminó por querer mucho a Begoña. Los tres se mudaron al piso de Celía y, aunque la casa era pequeña, la convivencia fue bastante pacífica. Begoña no se interesaba por la cocina, pero ayudaba a su suegra cuando se lo pedía. Álvaro, como siempre, no se preocupaba mucho por la comida o la ropa, pero Celía se curaba de que al menos comieran bien.
Todo iba bien durante medio año, hasta que, de repente, Begoña desapareció. No faltó nada de la casa, salvo su móvil que estaba fuera de cobertura. Álvaro, desconcertado, dejó de ir a trabajar dos días intentando localizarla. Llamaron a hospitales y a morgues, y finalmente presentó una denuncia en la comisaría. No sirvió de nada, Begoña parecía haberse esfumado en el aire.
Un mes después, la tía Luz volvió a aparecer en la puerta, pidiendo perdón y diciendo que había necesitado estar sola. Álvaro la abrazó y Celía la miró con recelo, pero al final la aceptó de nuevo. La tía Luz seguía siendo la madre de Sofía, aunque la niña la llamaba mamá Celia porque la tía ya no confiaba en la gente.
Cerca de ese mismo tiempo, Begoña reapareció anunciando que estaba embarazada. Celía se alegró más que su hijo, que seguía metido en su proyecto y apenas levantaba la cabeza. Las semanas siguientes, la relación entre Begoña y su suegra se estrechó: seguía los consejos de Celía, comía bien, paseaba mucho y asistía al médico sin falta. Llegó el momento del parto, pero la bebé llegó con una semana de anticipación, pesaba menos de tres kilos y tuvo que pasar dos semanas en la unidad de neonatos.
Al tercer mes, la pequeña Sofía ya estaba tan sana como cualquier niña de su edad. Pero, como si fuera una película, Begoña volvió a desaparecer dos semanas después del alta, dejando el pasaporte y el certificado de nacimiento de la bebé, pero sin más rastro. Esta vez, Celía y Álvaro no se pusieron a buscarla de inmediato; ella pensó que volvería pronto y, además, tenía que seguir trabajando con la niña.
Solicitaron el permiso de cuidado de la nieta a la Seguridad Social, y Celía se volvió una abuela a tiempo completo, disfrutando de cada momento. Álvaro llegó a decirle, sonriendo: «¡Mamá, pareces más joven!», y ella respondió: «¡Claro que sí, ahora soy mamá otra vez!». No se quejaba de su nuera, solo decía que Begoña había decidido irse a otro sitio, como pasa a veces.
Pasaron más de cuatro años sin noticias de Begoña, hasta que un día volvió a la puerta, llorando como antes. Celía la recibió de nuevo, aunque Álvaro no estaba muy contento. La tía Luz seguía sin confiar en ella y la llamaba mamá Celia. Al poco tiempo, Begoña anunció otra vez que estaba embarazada, y Álvaro exclamó: «¡No! ¡Ya teníamos suficiente lío con el hijo de otra persona!». Pero ella le respondió que ya no eran marido y mujer, y que él planeaba casarse de nuevo, lo que dejó a Celía totalmente fuera del circuito, inmersa solo en su nieta.
Begoña, entre sollozos, pidió quedarse hasta el parto. Álvaro aceptó a regañadientes, y Celía, temerosa de perder a Sofía, puso su apoyo. Entonces Álvaro, pensando en la sangre, dijo: «Tengo que comprobar si Sofía es realmente mi hija». Celía se quedó boquiabierta, creyendo que tal vez había otra mujer en la vida de su hijo.
Álvaro se hizo la prueba de ADN y, cuando el informe llegó, soltó: «¡Lo sabía!». Celía, horrorizada, gritó que él no podía decir esas cosas, que ella era su madre y que no había nada que ocultar. La discusión se calentó, y ella le recriminó por no pensar antes y por sospechar de su propia nieta.
Begoña, ya de nuevo embarazada, confesó que no estaba segura de quién era el padre, pero sabía que no quería ser la madre de un niño que no fuera del hijo de Álvaro. Al sexto mes, la bebé volvió a nacer prematura y, al igual que antes, Begoña desapareció, dejando el certificado de nacimiento y todo, pero sin su pasaporte.
Esta vez, Celía no esperó mucho: solicitó la custodia legal de Sofía y la adoptó como su propia hija. Begoña, sin protestar, aceptó el divorcio. Finalmente, Álvaro se casó con una nueva mujer, Marta, y se mudó a otro piso, manteniéndose en contacto escaso con su madre.
Y eso es todo, amiga. La vida en casa ha sido una montaña rusa de desaparecidos, DNA y novias que aparecen y desaparecen. Pero, al final, Sofía está bien y Celía sigue disfrutando de ser madre otra vez, aunque el resto haya tomado caminos muy distintos. ¡Nos vemos pronto!







