Tengo 41 años y la casa donde habito siempre ha pertenecido a mi familiaprimero a mis abuelos, luego a mi madre, y ahora a mí, tras su ausencia. Todo en ella siempre me pareció pulcro, apacible y bien dispuesto, envuelta en ese silencio denso y algo antiguo que huele a madera y a memoria. Después de trabajar todo el día, regresaba sola, pisando los mismos azulejos que llevan décadas escuchando susurros. Jamás imaginé que aquel orden que protegía mi vida pudiera desvanecerse por una decisión que tomé envuelta en las brumas de la compasión.
Hace dos años, una prima muy lejana, Rosario, me llamó entre sollozos. Al parecer, se había separado y no tenía donde caerse muerta, con un niño pequeño a cuestas. Me rogó quedarse en mi casa unos meses, hasta que todo pasara. Acepté, guiada por la idea de que la familia nunca debería dejarse sola y creyendo que nada de aquello alteraría de verdad mi rutina. Al inicio todo discurría en calma: Rosario se instaló en una habitación, ayudaba con alguna compra y salía de madrugada a trabajar. El niño se quedaba con una vecina. Nada fuera de lo común.
Pero al cabo de tres meses, Rosario dejó su empleo. Decía que era provisional, que andaba buscando algo más digno, y empezó a pasar los días vagando de un lado para otro por la casa. El niño ya no salía, recorría los salones dejando un rastro onírico de juguetes que parecían multiplicarse, mientras voces ajenas y risas desconocidas salían del pasillo. Yo regresaba agotada, y encontraba extraños sentados en mi salón entre tazas de café aún tibio. Cuando le pedí que me avisara antes de traer a alguien, Rosario me respondió que exageraba, que ahora esta también era su casa.
Dejó de aportar ni un euro. Primero fue porque no podía, después que ya lo compensaría. Me vi pagando todos los recibos, la compra, hasta las pequeñas reparaciones. Una tarde al volver, advertí que había movido los muebles. Así resulta todo más acogedor, me dijo. No había pedido permiso. Cuando le reclamé, se ofendió, asegurando que era fría y que desconocía lo que significaba realmente vivir en familia.
Las cosas se tornaron aún más surrealistas cuando Rosario empezó a traer a su expareja, el mismo hombre del que supuestamente huía. Venía por las noches, dormía allí, usaba el baño, comía mi pan y mi aceite. Un día le sorprendí saliendo de mi dormitorio, alegando que había cogido una chaqueta sin avisar. Le dije que así no podíamos seguir, que era indispensable respetar límites. Rosario rompió a llorar, me gritó que cómo podía olvidarme de que yo la había acogido cuando no tenía nada.
Seis meses atrás, intenté fijar finalmente una fecha para que se marchara. Rosario se negó; lloró, dijo que no tenía ahorros, que el niño necesitaba seguir yendo al colegio del barrio, que cómo podía yo echarla a la calle. Ahora me siento atrapada, como si la casa me hubiera expulsado, envuelta en un extraño juego de espejos. Entro pisando de puntillas para no despertar al niño, ceno encogida en mi dormitorio, rehuyendo gritos y discusiones, y empiezo a pasar más tiempo en las plazas de Madrid que entre las cuatro paredes que ya no reconozco.
Sigo viviendo en el mismo lugar, pero ha dejado de ser mi refugio. Rosario se comporta como si la casa estuviera escrita a su nombre. Pago todoagua, luz, los víveresy si exijo cierto orden, dicen que soy una egoísta. La realidad se deshace en retazos, y necesito que alguien me susurre el consejo justo, aunque sea en este extraño y vaporoso sueño.







