Hace muchos años, estaba en una relación con mi novia desde hacía ya cinco años. Vivíamos en distintas ciudades, a causa del trabajo, pero hablábamos todos los días. Teníamos planes de futuro. Incluso, cada vez pensaba más seriamente en pedirle matrimonio para terminar con la distancia entre nosotros. Confiaba completamente en ella. Jamás me había dado razones evidentes para dudar de su fidelidad.
Un día recibí una llamada de un número que no conocía. Contesté, intrigado. Al otro lado se encontraba un hombre tranquilo y educado, que se presentó amablemente y fue directo al grano:
No quiero problemas. Te llamo porque creo que deberías saber algo.
Me explicó que era ingeniero informático y que, recientemente, había empezado a quedar con una chica. Nada serio aún solo mensajes, cafés, algo de coqueteo… esa fase en que uno va conociendo a la otra persona. Ella nunca le había mencionado que tuviera pareja. Todo parecía normal hasta que notó algunas incongruencias.
Hablando un día con un amigo suyo, que también estaba saliendo con alguien, le comentó el nombre de la mujer. El amigo se quedó callado y le pidió que le mostrara una foto. Al verla, su amigo soltó algo que le heló la sangre:
Aléjate de esa mujer cuanto antes. Ella tiene pareja oficial desde hace cinco años.
Según este amigo, no se trataba de un simple rumor; era algo que mucha gente conocía. Incluso me describió: que vivía en otra ciudad, que ella trabajaba allí y por eso “se lo podía permitir”. Aún peor le dijo que la chica salía también con otro hombre, igualmente ingeniero un conocido para él, pero muy cercano para su amigo. Y ese hombre, mientras tanto, sabía perfectamente que ella tenía novio y le daba igual.
Entonces se dio cuenta de que no era ninguna confusión. Era una mujer que mantenía tres relaciones al mismo tiempo: una conmigo, otra con ese ingeniero que sí sabía de mí, y una tercera con él, que no sospechaba nada.
Me confesó que, al comprender toda la situación, decidió buscarme por respeto, porque si existe la solidaridad entre mujeres, también debe existir entre hombres. No quería participar en esa farsa. Encontró mi número en las redes sociales y prefirió llamarme antes que escribir. Y añadió:
Si quieres pruebas, dímelo y te las envío. Yo no tengo nada que ocultar.
Le respondí que sí. Colgué y, pocos minutos después, recibí toda la verdad: conversaciones, notas de voz, fotos, citas concertadas. El modo en que ella le hablaba era casi idéntico a como me hablaba a mí. Las mismas frases, los mismos halagos vacíos, las mismas promesas huecas.
Sentí tal opresión en el pecho, que juraría que me faltaba el aire. La amaba y estaba organizando mi vida alrededor suyo. Pensaba cambiar de ciudad, pedirle matrimonio, empezar juntos desde cero.
La llamé y la enfrenté. No lo negó. Al principio intentó restarle importancia, después se enfadó porque “alguien se había metido donde no debía”. Luego rompió a llorar. Me dijo que estaba confundida. Que no sabía lo que quería. Que no pensaba que me enteraría de esa manera.
Colgué el teléfono.
Y entonces comprendí algo que me costó aceptar: no solo los hombres engañan. También hay mujeres que mienten con estrategia, mantienen varias relaciones al mismo tiempo y saben perfectamente lo que hacen.
Sí, perdí una relación. Pero agradezco aquel gesto de ese hombre, que sin conocerme de nada, tuvo la decencia de avisarme. Porque de no ser así, hoy estaría comprometido con una persona que llevaba una doble o triple vida, sin ningún remordimiento.







