Sin instrucciones
Hoy me ha llegado un mensaje de mi abuelo Isidro al WhatsApp, como una foto de una hoja cuadriculada, escrita con bolígrafo azul, la letra algo inclinada, y abajo la firma: Tu abuelo, Isidro. Al lado, un mensaje corto de mi madre: Ahora escribe así, si no quieres no tienes que contestar.
He ampliado la foto para leer mejor las líneas.
Hola, Carlota,
Te escribo desde la cocina. Aquí tengo a mi nuevo amigo: el glucómetro. Se enfada cada mañana si como mucho pan. El médico dice que tengo que andar más, pero ¿dónde voy a pasear yo si todos los míos ya están en el cementerio y tú en Madrid? Así que paseo por la memoria.
Hoy, por ejemplo, me he acordado de cuando en el setenta y nueve descargábamos vagones en la estación. Nos pagaban una miseria, pero podías afanar alguna caja de manzanas. Eran de madera, con grapas a los lados. Las manzanas, verdes, ácidas, pero aun así era fiesta. Las comíamos allí mismo, sentados sobre sacos de cemento. Las manos grises, las uñas con polvo, los dientes rechinando de arena. Y aun así estaban ricas.
Te lo cuento sin motivo. No pienses que intento darte lecciones. Tú tienes tu vida, yo tengo mis análisis.
Si te apetece, cuéntame qué tal por allí con el tiempo y la universidad.
Tu abuelo Isidro.
He sonreído. Glucómetro, análisis. Abajo salía la nota de WhatsApp: Enviado hace una hora. Ya había intentado llamar a mamá, pero no lo cogía. Así que, efectivamente, ahora es así.
He revisado el chat. Los últimos mensajes de mi abuelo eran de hace más de un año: algún audio corto por cumpleaños y otro preguntando ¿qué tal la uni?. Yo contesté con un emoji y luego desaparecí.
Ahora me he quedado un buen rato mirando la hoja cuadriculada en la foto, y he abierto la ventana para contestar.
Hola abuelo. Aquí hace tres grados y llueve. Los exámenes, pronto. Las manzanas están ciento veinte euros el kilo. Lo de las manzanas, fatal.
Carlota.
He pensado, he borrado Carlota, he puesto solo Tu nieta, Carlota y he enviado.
Unos días más tarde, mamá me reenvía otra foto.
Carlota, buenos días.
Leí tu carta, la he leído tres veces. Te contesto con calma. El tiempo aquí igual que allí, pero sin esos charcos modernos que tenéis. Nieve por la mañana, agua al mediodía, por la tarde hielo. Ya me he resbalado un par de veces, pero será que todavía no toca.
Ya que hablamos de manzanas. Te cuento mi primer trabajo, de verdad. Tenía veinte años, entré en un taller. Hacíamos piezas de ascensor. Un ruido eterno, todo el día golpes y polvo en el aire. Llevaba un mono gris que daba igual cuántas veces lo lavases, nunca quedaba limpio. Los dedos llenos de cortes, las uñas con grasa. Pero me sentía orgulloso de tener mi pase y entrar como adulto.
Lo mejor no era el sueldo, sino el almuerzo. En el comedor servían sopa en platos pesados y, si llegabas pronto, podías pillar otro trozo de pan. Nos sentábamos juntos y nadie hablaba. No por falta de conversación, sino porque no quedaban fuerzas. La cuchara pesaba más que una llave inglesa.
Ahora quizá pienses, sentada con tu portátil, que esto es arqueología. Pero yo recuerdo y me pregunto: ¿era feliz o no llegaba ni a planteármelo?
¿A qué te dedicas tú, aparte de la uni? ¿Trabajas en algo? ¿O ahora solo se habla de crear ‘startups’?
Abuelo Isidro.
Leí el mensaje mientras esperaba turno en un bar de bocadillos. A mi alrededor, gente discutiendo, alguien protestando, un anuncio sonando por los altavoces. Sin querer, me atrapó el trozo en que mi abuelo describía la sopa y los platos pesados.
Le contesté allí mismo, apoyada contra la barra.
Hola abuelo.
Trabajo de repartidora. Llevo comida, a veces papeles. No tengo pase, solo la aplicación, que siempre se cuelga. Pero a veces también como en el trabajo. No por robar, sino porque no me da tiempo a volver. Pillando lo más barato, comiendo en el rellano o en el coche de algún amigo. Y siempre en silencio.
¿Feliz? Ni idea. Tampoco lo pienso mucho.
Pero esa sopa tiene buena pinta.
Tu nieta, Carlota.
Pensé explicar lo de las startups, pero me pareció mucho rollo. Mejor que mi abuelo se imagine lo que le apetezca.
La siguiente carta fue muy breve.
Carlota, hola.
Repartidora, eso sí que es serio. Ahora te imagino diferente, no como una niña tras la pantalla, sino como alguien con zapatillas y siempre apurada.
Ya que cuentas lo del trabajo, te narro cuando yo hacía chapuzas en obras. Era entre los turnos de taller, cuando el sueldo no llegaba. Subíamos ladrillos al quinto piso por escaleras de madera. Polvo en la nariz, en los ojos, en los oídos. Al llegar a casa, me quitaba los zapatos y caía arena. Tu abuela me reñía porque le dejaba el suelo hecho un desastre.
Lo curioso es que no recuerdo el cansancio, sino una escena. Había uno en la obra, le llamaban Julián. Llegaba antes que nadie, se sentaba sobre un cubo y pelaba patatas con el cuchillo. Las ponía en una pota vieja de su casa. Al mediodía cocía la olla y el olor a patatas llenaba la planta. Las comíamos con las manos, con sal del papel. Y no recuerdo nada más rico.
Ahora que miro la bolsa de patatas de la tienda me parece que ya no tienen el mismo sabor. Quizá no sea la patata, sino la edad.
¿Tú qué comes cuando el cansancio te puede? Pero de verdad, no de recados.
Abuelo Isidro.
No respondí enseguida. Pensé qué decir de de verdad. Me acordé de este invierno, después de una jornada de doce horas, que compré unos raviolis en el 24 horas, los cocí en la cocina de la residencia, en una olla que olía a salchichas de otros. Se deshicieron todos, el agua se puso turbia, pero los comí de pie, junto a la ventana, porque no había mesa.
Dos días después escribí por fin.
Hola abuelo.
Cuando llego agotada, suelo preparar huevos fritos. Dos o tres, a veces con salchicha. La sartén de aquí está para el arrastre, pero sirve. No hay Julián de la obra, pero tengo un compañero que siempre lo quema todo y suelta improperios.
Hablas mucho de comidas. ¿Tenías hambre entonces? ¿O la tienes ahora?
Tu nieta, Carlota.
Nada más enviarlo me arrepentí. Me pareció brusco. Pero ya estaba hecho.
La respuesta llegó antes de lo habitual.
Carlota.
Buena pregunta lo de tener hambre. Entonces era joven y quería comer siempre. No sólo comidas. Quería una moto, zapatos nuevos, una habitación donde no oír toser a mi padre de noche. Quería que me respetaran. Entrar en una tienda y no contar las pesetas. Que me mirasen las chicas, no que pasaran de largo.
Ahora como bastante bien. La doctora me dice que incluso demasiado. Escribo tanto sobre comida porque es lo que tiene sabor y se puede recordar. Describir una sopa es más fácil que contar la vergüenza.
Ya que preguntas, te cuento una historia, pero sin moraleja, como sé que prefieres.
Tenía veintitrés. Ya salía con tu futura abuela, pero aquello tambaleaba. En el taller buscaban a uno para ir al Norte: bien pagado, en dos años te hacías con coche. Me emocioné. Me imaginaba volviendo y llevando a tu abuela por el pueblo en un SEAT 127.
Pero pasó algo: ella no quería ir. Tenía a su madre enferma, trabajo aquí, amigas. Dijo que no soportaría tanta oscuridad y frío. Yo le solté que me hacía de lastre. Que si me quería, que me apoyara. Le hablé más brusco, no lo voy a repetir.
Fui solo. A los seis meses dejamos de escribirnos. Al volver, después de dos años y coche, ella ya estaba casada con otro. Yo estuve tiempo diciendo por ahí que me había fallado, que yo por ella La verdad, me quedé con el dinero y el hierro, no con la persona. Y mucho tiempo hice ver que era la única opción válida.
Ese era mi apetito.
Querías saber qué sentía. En ese momento, importante y con razón. Luego, años haciendo ver que no sentía nada.
Si no te apetece contestar, lo entiendo. Sé que tienes otras cosas en la cabeza.
Abuelo Isidro.
Volví a leer varias veces. La palabra vergüenza se me clavó. Buscaba sin querer alguna justificación, pero mi abuelo no la ofrecía.
Tecleé ¿Te arrepientes?, borré. Luego ¿Y si te hubieras quedado?, borré. Al final, escribí otra cosa.
Hola abuelo.
Gracias por contarlo. Realmente nunca se habla aquí de la abuela como de alguien que pudo no serlo.
No te juzgo. Yo también he priorizado el trabajo antes que una persona. Tenía pareja. Justo empecé de repartidora y me daban los mejores turnos. Siempre estaba liada. Ella me reclamaba que no nos veíamos, que estaba pegada al móvil, que luego saltaba a la mínima. Yo decía que era cuestión de aguantar, que todo mejoraría.
Luego dijo que se cansó de esperar. Yo contesté que era su problema. Bastante cortante, para ser sincera.
Hoy, cuando vuelvo a la residencia por la noche y caliento los huevos fritos, pienso a veces que elegí dinero y recados antes que a la persona. Y también me convenzo de que hice bien.
Supongo que eso es de familia.
Carlota.
La siguiente carta no iba en hoja cuadriculada, sino rayada. Mamá me mandó un audio explicando que había acabado el cuaderno.
Carlota.
Eso del de familia lo has clavado. Aquí nos encanta echarle la culpa a la sangre. Bebe porque el abuelo bebía, grita porque la abuela era rígida. Pero en realidad decides tú en cada ocasión. Solo es más cómodo decir que viene de fuera que admitirlo.
Cuando volví del Norte, pensé que empezaba una vida nueva. Tenía coche, habitación en la residencia, dinero en el bolsillo. Pero por las noches me sentaba en la cama y no sabía qué hacer conmigo. Los amigos se habían ido, en el taller cambiaron de encargado, en casa solo había polvo y la radio vieja.
Un día fui a la calle donde vivía la que no fue tu abuela. Me paré enfrente. Una ventana encendida, la otra no. Me quedé allí hasta que me puse helado. De pronto la vi salir con carrito de bebé y un hombre que le cogía del brazo. Debían hablar y reírse. Yo me escondí tras un árbol, como un crío. Observé cómo se alejaban.
Esa fue la primera vez que entendí que nadie me había traicionado. Yo elegí mi camino y ella el suyo. Admitirlo me costó diez años.
Dices que elegiste el trabajo antes que tu novia. Quizá fuiste tú quien necesitaba elegirte a ti misma, salir de deudas y no perder el tiempo en cines. No está bien ni mal. Es lo que toca.
¿Sabes qué es lo más difícil? Que casi nunca decimos con claridad: ahora esto es más importante que tú. Nos liamos a dar excusas y después vienen los enfados.
No te escribo esto para que vayas a buscarla. Ni sé si deberías. Solo, tal vez, cuando estés bajo una ventana ajena, te acuerdes de que se podía decir todo más claro.
Tu viejo abuelo Isidro.
Yo estaba sentada en el alféizar del pasillo de la residencia, con el móvil calentando la mano. Afuera, coches pasando sobre los charcos, alguien fumando en el portal. En la habitación de al lado, la música retumbaba en la pared.
Pensé mucho cómo contestar. Me vino a la cabeza la vez que estuve bajo la ventana de mi ex cuando ya no respondía las llamadas. Mirando las cortinas, pensando que asomaría y me vería. No salió.
Escribí.
Hola abuelo.
Yo también me quedé bajo la ventana. También me escondí al verla salir con otro. Él con mochila, ella con la compra. Se reían. Pensé que me habían borrado de su vida. Ahora, leyéndote, creo que fui yo quien salió antes.
Dices que lo entendiste tras diez años. Yo espero aprenderlo antes.
No voy a buscarla. Pero igual dejo de fingir que no me importa.
Tu nieta, Carlota.
La siguiente carta iba sobre otro asunto.
Carlota.
Preguntaste hace tiempo sobre el dinero. No respondí entonces por no saber cómo empezar. Ahora lo intento.
En nuestra familia, el dinero era como el clima: solo se nombraba cuando la cosa iba fatal o inesperadamente bien. Tu padre, cuando era pequeño, un día me preguntó cuánto cobraba. Como justo tenía un extra, le solté la cifra con orgullo. Se le abrieron los ojos: Vaya, eres rico. Yo me reí y le dije que eso era calderilla.
Unos años después, me despidieron. El sueldo cayó a la mitad. Tu padre volvió a preguntar. Le dije la cantidad y preguntó: ¿Por qué tan poco? ¿Trabajas peor?. Yo le grité que no sabía nada, que era un desagradecido. Pero él solo quería entender los números.
Durante años pensaba en esa conversación y supe que le enseñé a no preguntarme nunca nada de dinero. Creció y nunca preguntó. Trabajaba en lo que saliese y yo esperaba que adivinara cómo me iba.
No quiero repetir ese error contigo. Así que lo digo claro: cobro poca pensión, pero me alcanza para medicinas y comida. Para el coche, ya no, ni me hace falta. Ahora solo intento ahorrar para una dentadura nueva, que ya no muerdo bien.
¿Tú? ¿Te apañas? No te lo pregunto para mandarte dinero a escondidas ni comprarte calcetines, solo para saber si comes y no duermes en el suelo.
Si te da corte decirme nada, puedes poner todo bien. Yo entiendo.
Abuelo Isidro.
Sentí un nudo dentro. Recordé de niña, cuando le preguntaba a papá cuánto ganaba y él respondía en broma o con un gruñido: Ya lo sabrás. Así aprendí que de dinero no se habla.
Me quedé mirando la pantalla, luego contesté.
Hola abuelo.
No paso hambre y no duermo en el suelo. Tengo cama, incluso con colchón, no el mejor, pero va bien. Pago yo sola la residencia, fue un pacto con papá. A veces tardo en pagar, pero aún no me han echado.
Me da para comer si no gasto de más. Si me falta, cojo más turnos y luego ando como un fantasma. Pero es mi decisión.
Me da cosa que me preguntes y yo no sepa preguntarte a ti. Como ¿te alcanza, abuelo?. Pero ya me lo has dicho.
Sería más fácil si solo pudieras escribir todo bien y ya, pero entiendo que vengo de una familia donde los mayores nunca contaban nada.
Gracias por escribir sobre el dinero.
Carlota.
Me quedé un rato dándole vueltas al móvil y luego escribí otro:
Si algún día quieres comprarte algo y no te da la pensión, avísame. No prometo que pueda ayudarte, pero así al menos me entero.
Envié antes de pensarlo demasiado.
La contestación fue la más temblorosa. Las letras torcidas, las líneas bailando.
Carlota,
He leído lo de si no te da la pensión y primero pensé decir que no necesito nada, que tengo de todo, que solo quiero mis pastillas. Luego bromeé conmigo mismo pensando en pedirte una moto nueva.
Y después pensé que llevo la vida entera haciendo creer que era fuerte y autosuficiente. Y aquí estoy, viejo, temiendo pedirte cualquier cosa.
Así que digo: si un día de verdad necesito algo y no llego, intentaré no hacer como si diera igual. Pero ahora tengo té, pan, mis pastillas y tus mensajes. No es poesía, es lista de la compra.
Antes pensaba que éramos polos opuestos: tú con tus… ¿cómo se llaman? Apps, y yo con mi radio. Pero ahora, leyéndote, creo que nos parecemos más de lo que pensaba. A ninguno nos gusta pedir nada. Y los dos fingimos que nos da igual.
Si vamos con sinceridad, te cuento algo que nunca se dice en casa. No sé cómo te lo tomes.
Cuando nació tu padre, yo no estaba preparado. Acababa de empezar un trabajo nuevo, teníamos una habitación propia en la residencia y creía que por fin vivíamos bien. Entonces llegó el niño: llantos, pañales, noches sin dormir. Yo venía de trabajar de noche y él llorando. Me enfadé. Un día le lancé el biberón tan fuerte que reventó en la pared. La leche se fue por el suelo. Tu abuela lloraba, el niño berreaba, yo sólo quería irme y no volver.
No me fui, pero siempre conté que había sido un mal rato, nada más. Y realmente estuve a punto de marcharme. De haberlo hecho, no leerías esto ahora.
No sé si hace falta que sepas esto. Quizá para que veas que tu abuelo ni es héroe ni buen ejemplo. Solo soy persona, que hizo cosas bien y mal y que a veces quiso desaparecer.
Si después de esto dejas de escribirme, lo entenderé.
Abuelo Isidro.
Al leerlo el frío me subía y bajaba por dentro. Mi idea de abuelo siempre fue manta y olor a mandarina en Navidades. Ahora también era un hombre agotado en una residencia, un niño llorando, la leche manchando la pared.
Me acordé de este verano, trabajando en un campamento, cuando grité a un niño que no paraba de llorar. Lo agarré de más fuerte, y él se asustó y se puso a llorar aún más. No dormí en toda la noche pensando que sería mal padre.
Estuve mucho rato mirando la pantalla vacía. Tecleé: No eres un monstruo. Borré. Te quiero igual. Borré, ruborizada.
Al final escribí:
Hola abuelo.
No dejaré de escribirte. No sé qué decir a estas cosas. Aquí nunca se habla de enfados ni de querer irse. Se calla o se bromea.
Este verano en el campamento tuve un niño que lloraba todo el tiempo. Un día exploté y le grité tanto que me asusté de mí misma. Estuve toda la noche pensando que no sería buena persona y que no debería ser madre.
Lo que has contado no te hace peor. Te hace real.
No sé si algún día tendré valor para contar esto a mi hijo, si lo tengo. Pero al menos intentaré no fingir que siempre tengo razón.
Gracias por no haberte ido.
Carlota.
Envié y, por primera vez, sentí que esperaba su respuesta como algo mío, no por cortesía.
La respuesta llegó dos días después. Mamá no mandó foto, sino mensaje: Ahora graba audios, no te asustes. Lo he transcrito.
Apareció la foto de una hoja rayada.
Carlota.
He leído tu carta y pienso que eres más valiente que yo a tu edad. Al menos admites que tienes miedo. Yo a tu edad fingía que nada me afectaba, y luego acababa destrozando muebles.
No sé si serás buena madre. Y tú tampoco. Eso se ve solo andando. Pero sí sé que el hecho de que te lo plantees ya significa mucho.
Me has dicho que yo soy real para ti. Es el mejor piropo que me han dado. Siempre me han dicho testarudo, cabezota, sieso. Pero real, hacía tiempo que nadie.
Ya que estamos con las verdades, quería preguntarte algo y no me atrevía: si te saturo con mis historias, dímelo. Escribo menos o solo en fiestas. Quiero no ser carga.
Y una cosa más. Si alguna vez te apetece venir a casa, sin motivo, estaré aquí. Tengo taburete libre y una taza limpia. Limpiada, lo he comprobado.
Tu abuelo Isidro.
Me hizo sonreír lo de la taza. Imaginé esa cocina, el taburete, el glucómetro y la bolsa de patatas junto al radiador.
Saqué el móvil, hice una foto a la cocina de la residencia. Aparecen: el fregadero lleno, la sartén fea, la caja de huevos, la tetera, dos tazas, una con el borde cascado. En la ventana, el bote con tenedores.
Envié la foto y añadí:
Abuelo,
Esta es mi cocina. Hay dos taburetes y tazas de sobra. Si algún día vienes sin razón, yo también estaré, bueno, casi en casa.
No me cansas. A veces no sé qué responderte, pero eso no significa que no lea.
Si quieres, cuéntame algo sin relación con el trabajo o la comida. Algo que nunca hayas contado, no porque dé vergüenza, sino porque faltaba con quién compartirlo.
C.
Envié y me di cuenta de que nunca antes había preguntado algo así a un adulto de mi familia.
Dejé el móvil sobre la mesa y la pantalla se apagó. Los huevos se cocinaban bajo el gas. Del cuarto llegaban risas. Le di la vuelta a los huevos, apagué el fogón y me senté en el taburete, imaginando a mi abuelo sentado frente a mí, con una taza en la mano, contándome historias en persona.
No sabía si algún día vendría ni qué pasa después. Pero sentir que puedo enviarle una foto de mi cocina desordenada y preguntarle ¿y tú qué tal? me dejó el pecho calmado y apretado a la vez.
Cogí el móvil, abrí el chat y repasé todos los mensajes. La cuadrícula, las rayas, mis respuestas cortas C.. Después lo puse boca abajo, para no perder ninguna notificación si llegaba algo nuevo.
Los huevos se enfriaron, pero los comí tranquilos, como si compartiera el plato con alguien más.
En todos esos mensajes, la palabra ‘te quiero’ nunca apareció escrita. Pero entre líneas, ya había algo, y de momento, eso nos bastaba.







