Sin consejos La carta de Sacha llegó al WhatsApp como una foto de un cuaderno cuadriculado. Tinta azul, letra inclinada y una firma al final: «Tu abuelo, Nicolás». Encima, un mensaje corto de su madre: «Ahora escribe así. Si no quieres contestar, no pasa nada». Sacha deslizó la foto y amplió para descifrar las líneas. «Hola, Sacha. Te escribo desde la cocina. Tengo nuevo compañero: el glucómetro. Por las mañanas se queja si abuso del pan. El médico me ha dicho que dé más paseos, pero ¿a dónde voy a ir si los míos ya están en el cementerio y tú allá en tu Madrid? He decidido pasear, entonces, por los recuerdos. Hoy, por ejemplo, me acordé de cuando, en el setenta y nueve, descargábamos vagones en la estación. Pagaban una miseria pero podías birlarte alguna caja de manzanas. Eran de madera, con grapas a los lados. Las manzanas, ácidas y verdes, sabían a fiesta. Nos las comíamos sentados en sacos de cemento, las manos grises, las uñas llenas de polvo, los dientes crujían de arena. Y aun así, riquísimas. ¿A qué viene esto? A nada, simplemente me acordé. No creas que pretendo darte lecciones de vida. Tú tienes la tuya, yo los análisis médicos. Si quieres, cuéntame el tiempo que hace y cómo va la uni. Tu abuelo Nicolás». Sacha sonrió. «Glucómetro», «análisis». Abajo, el WhatsApp ponía: «Enviado hace una hora». Ya había llamado a su madre, no respondió. Así que sí, «ahora escribe así». Repasó el chat. Los últimos mensajes de su abuelo, un año atrás, eran audios cortos de felicitaciones y uno de «¿cómo va la universidad?». Sacha respondió con un emoji y desapareció. Ahora miraba tiempo la foto del folio cuadriculado, luego abrió para contestar. «Abuelo, hola. Aquí hace tres grados y está todo mojado. En nada empiezan los exámenes. Manzanas hay, pero a ciento veinte el kilo. Mal vívelo con las manzanas. Sacha.» Pensó, borró «Sacha», puso «Tu nieto Sacha.» y envió. Días después, su madre reenvió otra foto. «Sacha, buenas. He recibido tu carta, la he leído tres veces. Decidí responder con calma. El tiempo aquí igual que allá, pero sin esos charcos modernos tuyos. Nieve por la mañana, por la tarde charcos, y por la noche, hielo. Ya me he resbalado un par de veces, aún no es mi hora. Ya que mencionas las manzanas, te contaré mi primer trabajo de verdad. Tenía veinte años, entré en un taller que hacía piezas para ascensores. Era un ruido infernal, polvo en el aire. Los pantalones de faena nunca quedaban limpios, llevaba las manos llenas de rebabas, las uñas con grasa. Pero me sentía orgulloso de pasar por la puerta con credencial, como mayor. Lo mejor no era el sueldo, sino la comida. En el comedor servían sopa en platos pesados, y si llegabas temprano había pan extra. Nos sentábamos juntos y callábamos, no por falta de conversación, sino de fuerzas. La cuchara pesaba más que la llave inglesa. Seguramente tú ahora andas con el portátil pensando que esto es arqueología. Yo, en cambio, pienso si era feliz o si simplemente no tenía tiempo de planteármelo. ¿A qué te dedicas además de estudiar? ¿Trabajas ya? ¿O ahora sólo os dedicáis a inventar empresas desde un piso? Abuelo Nicolás». Sacha leyó mientras hacía cola en un bar para tomar un bocata de calamares. Gente discutiendo, radio a toda pastilla en la caja. Volvía a leer sobre la sopa y los platos pesados. Contestó apoyado en una barra. «Abuelo, hola. Trabajo de repartidor. Llevo comida, a veces papeles. No tengo credencial, sólo una app que ni funciona. También ceno a veces en el curro, no porque robe, sino porque no llego a casa. Lo más barato, en el portal o en el coche de un colega. También en silencio. ¿Feliz? No lo sé, tampoco tengo tiempo para pensar. Lo de la sopa suena bien. Tu nieto Sacha.» Pensó en añadir algo sobre start-ups, pero dejó que su abuelo lo imaginara. El siguiente mensaje fue sorpresivamente corto. «Sacha, hola. Ser repartidor es cosa seria. Ahora te imagino diferente, no como un chico tras un ordenador, sino andando deprisa en deportivas. Ya que cuentas tu trabajo, te cuento yo cuando descargaba ladrillos en una obra, a la vez que en el taller, porque no daba. Subíamos cinco pisos por escaleras de madera, polvo por todo. Por la noche me quitaba los zapatos y caía la arena. Tu abuela se quejaba de que el lino quedaba destrozado. Recuerdo una cosa rara: en la obra un tipo, Manolo, llegaba primero y pelaba patatas en un cubo, las cocía allí y la obra olía a patata cocida. Las comíamos con sal en papel, con las manos. Parecía que nada podía estar más rico. Hoy miro la bolsa de patatas del súper y pienso que ya no es lo mismo. A lo mejor no es la patata, es la edad. ¿Tú qué comes cuando llegas molido? Pero no de la comida a domicilio, en serio. Abuelo Nicolás.» Sacha tardó en responder. Pensaba cómo era «de verdad». Recordó que el invierno pasado, tras doce horas de curro, compró raviolis, los coció en el piso en un cazo usado para salchichas, se deshicieron, el agua turbia, pero se los comió de pie, sin mesa. Dos días después escribió: «Abuelo, hola. Cuando no puedo más, casi siempre me hago huevos fritos. Dos o tres, a veces con embutido. Nuestra sartén está que da miedo, pero funciona. No hay Manolo, pero tengo un compañero de piso que quema todo y suelta tacos. Cuentas mucho sobre comida. ¿Tenías hambre entonces, o ahora? Tu nieto Sacha.» Al enviarlo, se arrepintió de la última frase. Parecía brusca. Pero ya estaba. La respuesta fue más rápida de lo habitual. «Sacha. Lo de tener hambre es buena pregunta. De joven tenía hambre, y no solo de comida. Quería moto, botas nuevas, una habitación propia lejos de toses nocturnas de mi padre. Que me respetaran, entrar a una tienda y no contar monedas. Que las chicas me miraran. Ahora como normal. El médico dice que hasta demasiado. Escribo sobre comida porque es tangible. El sabor de la sopa se explica más fácil que la vergüenza. Ya que preguntas, te cuento algo. Sin moraleja, como te gusta. Tenía veintitrés. Ya andaba con la que luego sería tu abuela, pero aquello tambaleaba. En el taller ofrecieron ir a trabajar al norte, buenos sueldos, en unos años coche garantizado. Yo encendido. Ya me imaginaba con mi «Seat» por la ciudad. Pero ella dijo que no se iría. Tenía a su madre enferma, trabajo, amigas. Dijo que no aguantaría la oscuridad ni el frío. Yo contesté que me lastraba, que si me quería, debía apoyar. Fui más malo, no te lo cito. Fui solo. A los seis meses dejamos de escribirnos. Volví a los dos años, con dinero y coche. Ella ya se había casado. Iba diciendo que me había traicionado, que todo lo hice por ella… La verdad es que elegí dinero y metal en vez de persona. Y tardé en admitírmelo. Ese fue mi apetito. Preguntabas cómo me sentí. En aquel momento, importante y en lo cierto. Luego muchos años fingiendo que no sentía nada. Si no quieres responder, lo entenderé. Sé que esto son batallitas de abuelo. Nicolás.» Sacha repasó varias veces. La palabra «vergüenza» le pinchó. Buscaba excusas entre líneas, pero el abuelo no las daba. Escribió «¿Te arrepientes?», borró. Escribió «¿Y si te hubieras quedado?», borró. Envíó otra cosa. «Abuelo, hola. Gracias por contarlo. No sé qué decir. En casa de la abuela parece que nunca hubo otra opción. No te juzgo. Hace poco yo elegí trabajo antes que a una persona. Tenía novia. Justo había empezado de repartidor, me ponían en turnos buenos. Todo el día currando. Ella decía que nunca nos veíamos, que yo siempre con el móvil, y explotaba. Le contestaba que aguantara, que después sería mejor. Al final se cansó. Yo dije que era su problema. También fui más bruto, no te cito. Ahora, al llegar a mi cuarto y calentar los huevos, a veces pienso que elegí el dinero y los pedidos antes que a una persona. También hago como que fue lo correcto. Debe de ir en la familia. Sacha.» La carta del abuelo llegó esta vez en folio de rayas. La madre mandó nota de voz: se le acabó el cuaderno. «Sacha. Lo de ‘de familia’ lo has dicho bien. Aquí todo se echa a la sangre. Si uno bebe, porque el abuelo también; si grita, porque la abuela era dura. Pero en realidad eliges tú cada vez. Solo que a veces es tan difícil admitirlo que es más fácil echarle la culpa a los genes. Volví del norte convencido de vida nueva. Coche, cuarto propio, dinero. Por las noches me sentaba en la cama y no sabía a dónde ir. Los amigos desaparecidos, el jefe jubilado, en casa polvo y la radio vieja. Un día fui al edificio de tu ex-futura abuela. Esperé en la acera, miré las ventanas. En una había luz, en otra no. Me quedé helado. Vi cómo salía ella con un carrito, un hombre al lado, cogidos del brazo. Reían. Me escondí tras un árbol. Miré hasta que cruzaron esquina. Por primera vez supe que nadie me traicionó. Yo fui por mi camino y ella por el suyo. Admitirlo me costó años. Dices que elegiste trabajo en vez de novia. Igual te elegiste a ti mismo. Quizá ahora te falte salvarte de las deudas más que ir al cine. Ni bien ni mal. Es así. ¿Sabes qué fastidia? Que nos cuesta decir: “ahora esto me importa más que tú”. Preferimos adornar y luego vienen disgustos. No te escribo esto para que la recuperes. Ni lo sé. Pero a lo mejor llega el día en que mires una ventana ajena y entiendas que podías ser más sincero. Tu viejo abuelo Nicolás.» Sacha estaba en la ventana de la residencia, teléfono caliente en la mano. Fuera, coches mojados y alguien fumando en la puerta. Música retumbaba desde otra habitación. Le costó pensar qué decir. Se acordó de esperar bajo la ventana de su ex cuando ya no contestaba. Miraba cortinas, luces, esperando que saliera, que le viera. No salió. Escribió: «Abuelo, hola. Yo también esperé bajo una ventana. Me escondí al verla salir con otro, llevaba mochila, ella con la compra. Se reían. Sentí que me borraron de su vida. Ahora te leo y pienso que tal vez fui yo quien se marchó. Tú dices que lo entendiste en diez años. Espero tardar menos. No voy a intentar recuperarla. Solo dejaré de hacer como si no me importara. Tu nieto Sacha.» El siguiente mensaje fue otro tema. «Sacha. Un día preguntaste por dinero. No respondí porque no sabía cómo empezar. Te explico. En casa el dinero era como el tiempo: solo se hablaba cuando iba fatal o sorprendentemente bien. Tu padre de pequeño me preguntó cuánto cobraba. Había pillado curro extra y ganaba el doble. Orgullo, le di la cifra. Se asombró: «¡Qué rico eres!». Me reí diciendo que era tontería. Años después me recortaron. Sueldo a la mitad. Volvió a preguntar. Le solté la nueva cifra y preguntó: «¿Por qué tan poco? ¿Trabajas peor?». Le grité, que no tenía ni idea, que ingrato. Quería simplemente comprender las cifras. Después pensé que aquel día le enseñé a no preguntar por dinero. De mayor nunca lo hizo. Se ponía a currar, levantaba cajas, arreglaba cosas, en silencio. Yo pensaba que debía adivinar por sí solo lo que me costaba. No quiero cometer lo mismo contigo. Así que te lo digo claro: la pensión me da para medicinas y comida. Coche ya no habrá, y tampoco falta. Ahora ahorro para dientes, los viejos fallan. ¿Y tú? ¿Te apañas? No voy a soltarte dinero ni comprarte calcetines, solo quiero saber si tienes cama o pasas hambre. Si te incomoda, respóndeme ‘bien’ y ya está. Tu abuelo Nicolás.» A Sacha se le encogió algo dentro. Recordó cuando de niño preguntó a su padre por el sueldo y recibía evasivas o enfado. Creció pensando que el dinero era sucio y preguntar tabú. Miró rato largo el chat y escribió. «Abuelo, hola. No paso hambre ni duermo en el suelo. Tengo cama, y colchón decente. Pago mi residencia yo, porque así lo quedé con papá. A veces tardo, pero no me echan. Para comida tengo si no gasto en caprichos. Cuando falta, pillo más turnos y voy zombi, pero es mi decisión. Me incomoda que tú me preguntes pero yo no pueda preguntarte igual: “¿tú tienes bastante?”. Pero me lo has aclarado. La verdad, preferiría que pusieras “todo bien” sin más explicaciones. Pero sé que es cosa mía, que los mayores aquí no cuentan nada. Gracias por hablar de dinero. Sacha.» Dudó, luego mandó otro mensaje: «Si algún día quieres algo y no te llega la pensión, dímelo. No prometo poder, pero querré saberlo». Y lo envió antes de arrepentirse. La respuesta del abuelo era la más irregular de todas. Letras bailando, líneas torcidas. «Sacha. He leído tu “si no te llega, dime”. Primero iba a poner que tengo de todo, solo me faltan pastillas. Luego bromeé, pido un motillo nuevo si acaso. Pero luego pensé que toda la vida iba de tipo duro que no pide nunca. Al final, soy un viejo que teme pedir un favor al nieto. Así que lo dejo así: si algún día de verdad me hace falta algo, intentaré no disimular. Por ahora tengo té, pan, medicinas y tus cartas. No es por lírica, lo digo literal. Creía que éramos muy diferentes: tú con esas apps, yo con mi radio. Ahora te leo y veo mucho en común. Ni tú ni yo sabemos pedir. Los dos fingimos que nos da igual aunque no sea cierto. Ya que estamos sinceros, cuento algo más, fuera de lo habitual. No sé cómo te va a sonar. Cuando nació tu padre, no estaba preparado. Recién me daban la habitación de residencia y pensé: ‘ahora sí’. Pero llegó el crío. Gritos, pañales, noches en vela. Venía de la nocturna y el niño berreando. Perdí los nervios. Una vez arrojé el biberón con tal fuerza que estalló en la pared. Leche por el suelo. Tu abuela lloraba, el niño chillaba, y yo pensaba en huir para no volver jamás. No lo hice. Muchos años después lo justifiqué como un pronto. Pero en realidad estuve cerca de irme. Si lo hubiera hecho, tú hoy no estarías leyendo esto. No sé si te sirve saberlo. Tal vez para que veas que tu abuelo ni es héroe ni ejemplo. Solo persona, con ganas a veces de desaparecer. Si te da reparo seguir escribiendo, lo entiendo. Nicolás.» Sacha sentía frío y calor por turnos. Su abuelo, siempre en la memoria manta y mandarinas en Navidad, se volvía hombre exhausto en un cuarto de residencia, llanto de niño y leche derramada. Recordó el verano pasado, trabajando en un campamento, perdió los nervios con un crío llorón, lo zarandeó más de la cuenta y se arrepintió toda la noche, dudando si valía para ser padre algún día. Tardó rato ante la pantalla en blanco. Escribió: «No eres un monstruo». Borró. «Te quiero igual». También borró. Al final envió: «Abuelo, hola. No voy a dejar de escribirte. No sé qué se responde a esto. En casa sobre estas cosas no se habla. O se calla o se bromea. El verano pasado trabajé en un campamento. Un niño llorón y yo exploté, le grité tanto que me asusté. Pasé la noche convencido de que soy mala persona y que no podría ser padre. Esto no te hace peor. Te hace real. No sé si alguna vez seré así de sincero con un hijo. Pero igual pruebo a no fingir estar siempre en lo cierto. Gracias por no haberte marchado. Sacha.» Mandó el mensaje y, por primera vez, notó que esperaba respuesta, no por cortesía, sino porque era suya. Dos días después contestó el abuelo. No fue foto, la madre lo reescribió: «Ahora se maneja con audios, pero pidió que no te asustes. Yo lo pasé a texto». En la pantalla, nueva imagen de hoja rayada. «Sacha. Leí tu mensaje y creo que ya eres más valiente que yo a tu edad. Al menos dices que tienes miedo. Yo fingía que nada me afectaba y luego rompía muebles. No sé si serás buen padre. Ni tú lo sabes. Eso sólo se ve con los años. Pero el hecho de que te lo preguntes ya es mucho. Dices que para ti soy de carne y hueso. Seguramente es lo más bonito que me han dicho en años. Siempre me llaman ‘cabezota’, ‘terco’. Vivo, hace mucho que no se oía. Ya que estamos, te quiero preguntar algo. Si te canso con mis historias dímelo. Puedo escribir menos o solo por fiestas. No quiero agobiarte con mi pasado. Y otra: si un día quieres venir, sin motivo, aquí estaré. Hay taburete libre y taza limpia. Acabo de revisarla. Tu abuelo Nicolás.» Sacha sonrió por lo de la taza. Imaginó la cocina, el taburete, el glucómetro, la bolsa de patatas junto al radiador. Sacó foto a su cocina de residencia: pila rebosante, la sartén ‘de miedo’, huevos, tetera, dos tazas, una con desportillado, un bote con tenedores en el alféizar. Mandó la imagen y escribió: «Abuelo, hola. Esta es mi cocina. Taburetes hay dos, tazas de sobra. Si algún día te apetece venir, yo también estaré en casa. O lo que más se le parece. No me cansas. A veces no sé qué contestar, pero siempre leo. Si quieres, cuéntame algo que nunca hayas contado, pero no porque dé vergüenza, solo porque hasta ahora no tenías con quién. S.» Pulsó enviar y entendió que acababa de preguntar algo nuevo a un adulto de la familia. Dejó el móvil al lado, pantalla apagada. La sartén chisporroteaba. De fondo risas. Dio la vuelta a los huevos, apagó el gas y se sentó en su taburete imaginando al abuelo frente a él, ya sin papel, sino contándole historias en voz alta. No sabía si el abuelo vendría nunca ni qué pasaría. Pero pensar que tenía alguien a quien mandar la foto de su cocina desordenada y preguntar «¿y tú, cómo estás?» le hacía sentirse tranquilo y un poco apretado por dentro. Miró largo los mensajes. Cuadros, rayas, sus escuetos «S.». Puso el móvil boca abajo para no perderse nada si llegaba notificación. La sartén ya estaba fría, pero terminó los huevos despacio, como si los compartiera con alguien. Las palabras «te quiero» no aparecían en la conversación, pero algo crecían entre líneas. Y con eso, de momento, los dos tenían suficiente.

Sin instrucciones

Hoy me ha llegado un mensaje de mi abuelo Isidro al WhatsApp, como una foto de una hoja cuadriculada, escrita con bolígrafo azul, la letra algo inclinada, y abajo la firma: Tu abuelo, Isidro. Al lado, un mensaje corto de mi madre: Ahora escribe así, si no quieres no tienes que contestar.

He ampliado la foto para leer mejor las líneas.

Hola, Carlota,

Te escribo desde la cocina. Aquí tengo a mi nuevo amigo: el glucómetro. Se enfada cada mañana si como mucho pan. El médico dice que tengo que andar más, pero ¿dónde voy a pasear yo si todos los míos ya están en el cementerio y tú en Madrid? Así que paseo por la memoria.

Hoy, por ejemplo, me he acordado de cuando en el setenta y nueve descargábamos vagones en la estación. Nos pagaban una miseria, pero podías afanar alguna caja de manzanas. Eran de madera, con grapas a los lados. Las manzanas, verdes, ácidas, pero aun así era fiesta. Las comíamos allí mismo, sentados sobre sacos de cemento. Las manos grises, las uñas con polvo, los dientes rechinando de arena. Y aun así estaban ricas.

Te lo cuento sin motivo. No pienses que intento darte lecciones. Tú tienes tu vida, yo tengo mis análisis.

Si te apetece, cuéntame qué tal por allí con el tiempo y la universidad.

Tu abuelo Isidro.

He sonreído. Glucómetro, análisis. Abajo salía la nota de WhatsApp: Enviado hace una hora. Ya había intentado llamar a mamá, pero no lo cogía. Así que, efectivamente, ahora es así.

He revisado el chat. Los últimos mensajes de mi abuelo eran de hace más de un año: algún audio corto por cumpleaños y otro preguntando ¿qué tal la uni?. Yo contesté con un emoji y luego desaparecí.

Ahora me he quedado un buen rato mirando la hoja cuadriculada en la foto, y he abierto la ventana para contestar.

Hola abuelo. Aquí hace tres grados y llueve. Los exámenes, pronto. Las manzanas están ciento veinte euros el kilo. Lo de las manzanas, fatal.

Carlota.

He pensado, he borrado Carlota, he puesto solo Tu nieta, Carlota y he enviado.

Unos días más tarde, mamá me reenvía otra foto.

Carlota, buenos días.

Leí tu carta, la he leído tres veces. Te contesto con calma. El tiempo aquí igual que allí, pero sin esos charcos modernos que tenéis. Nieve por la mañana, agua al mediodía, por la tarde hielo. Ya me he resbalado un par de veces, pero será que todavía no toca.

Ya que hablamos de manzanas. Te cuento mi primer trabajo, de verdad. Tenía veinte años, entré en un taller. Hacíamos piezas de ascensor. Un ruido eterno, todo el día golpes y polvo en el aire. Llevaba un mono gris que daba igual cuántas veces lo lavases, nunca quedaba limpio. Los dedos llenos de cortes, las uñas con grasa. Pero me sentía orgulloso de tener mi pase y entrar como adulto.

Lo mejor no era el sueldo, sino el almuerzo. En el comedor servían sopa en platos pesados y, si llegabas pronto, podías pillar otro trozo de pan. Nos sentábamos juntos y nadie hablaba. No por falta de conversación, sino porque no quedaban fuerzas. La cuchara pesaba más que una llave inglesa.

Ahora quizá pienses, sentada con tu portátil, que esto es arqueología. Pero yo recuerdo y me pregunto: ¿era feliz o no llegaba ni a planteármelo?

¿A qué te dedicas tú, aparte de la uni? ¿Trabajas en algo? ¿O ahora solo se habla de crear ‘startups’?

Abuelo Isidro.

Leí el mensaje mientras esperaba turno en un bar de bocadillos. A mi alrededor, gente discutiendo, alguien protestando, un anuncio sonando por los altavoces. Sin querer, me atrapó el trozo en que mi abuelo describía la sopa y los platos pesados.

Le contesté allí mismo, apoyada contra la barra.

Hola abuelo.

Trabajo de repartidora. Llevo comida, a veces papeles. No tengo pase, solo la aplicación, que siempre se cuelga. Pero a veces también como en el trabajo. No por robar, sino porque no me da tiempo a volver. Pillando lo más barato, comiendo en el rellano o en el coche de algún amigo. Y siempre en silencio.

¿Feliz? Ni idea. Tampoco lo pienso mucho.

Pero esa sopa tiene buena pinta.

Tu nieta, Carlota.

Pensé explicar lo de las startups, pero me pareció mucho rollo. Mejor que mi abuelo se imagine lo que le apetezca.

La siguiente carta fue muy breve.

Carlota, hola.

Repartidora, eso sí que es serio. Ahora te imagino diferente, no como una niña tras la pantalla, sino como alguien con zapatillas y siempre apurada.

Ya que cuentas lo del trabajo, te narro cuando yo hacía chapuzas en obras. Era entre los turnos de taller, cuando el sueldo no llegaba. Subíamos ladrillos al quinto piso por escaleras de madera. Polvo en la nariz, en los ojos, en los oídos. Al llegar a casa, me quitaba los zapatos y caía arena. Tu abuela me reñía porque le dejaba el suelo hecho un desastre.

Lo curioso es que no recuerdo el cansancio, sino una escena. Había uno en la obra, le llamaban Julián. Llegaba antes que nadie, se sentaba sobre un cubo y pelaba patatas con el cuchillo. Las ponía en una pota vieja de su casa. Al mediodía cocía la olla y el olor a patatas llenaba la planta. Las comíamos con las manos, con sal del papel. Y no recuerdo nada más rico.

Ahora que miro la bolsa de patatas de la tienda me parece que ya no tienen el mismo sabor. Quizá no sea la patata, sino la edad.

¿Tú qué comes cuando el cansancio te puede? Pero de verdad, no de recados.

Abuelo Isidro.

No respondí enseguida. Pensé qué decir de de verdad. Me acordé de este invierno, después de una jornada de doce horas, que compré unos raviolis en el 24 horas, los cocí en la cocina de la residencia, en una olla que olía a salchichas de otros. Se deshicieron todos, el agua se puso turbia, pero los comí de pie, junto a la ventana, porque no había mesa.

Dos días después escribí por fin.

Hola abuelo.

Cuando llego agotada, suelo preparar huevos fritos. Dos o tres, a veces con salchicha. La sartén de aquí está para el arrastre, pero sirve. No hay Julián de la obra, pero tengo un compañero que siempre lo quema todo y suelta improperios.

Hablas mucho de comidas. ¿Tenías hambre entonces? ¿O la tienes ahora?

Tu nieta, Carlota.

Nada más enviarlo me arrepentí. Me pareció brusco. Pero ya estaba hecho.

La respuesta llegó antes de lo habitual.

Carlota.

Buena pregunta lo de tener hambre. Entonces era joven y quería comer siempre. No sólo comidas. Quería una moto, zapatos nuevos, una habitación donde no oír toser a mi padre de noche. Quería que me respetaran. Entrar en una tienda y no contar las pesetas. Que me mirasen las chicas, no que pasaran de largo.

Ahora como bastante bien. La doctora me dice que incluso demasiado. Escribo tanto sobre comida porque es lo que tiene sabor y se puede recordar. Describir una sopa es más fácil que contar la vergüenza.

Ya que preguntas, te cuento una historia, pero sin moraleja, como sé que prefieres.

Tenía veintitrés. Ya salía con tu futura abuela, pero aquello tambaleaba. En el taller buscaban a uno para ir al Norte: bien pagado, en dos años te hacías con coche. Me emocioné. Me imaginaba volviendo y llevando a tu abuela por el pueblo en un SEAT 127.

Pero pasó algo: ella no quería ir. Tenía a su madre enferma, trabajo aquí, amigas. Dijo que no soportaría tanta oscuridad y frío. Yo le solté que me hacía de lastre. Que si me quería, que me apoyara. Le hablé más brusco, no lo voy a repetir.

Fui solo. A los seis meses dejamos de escribirnos. Al volver, después de dos años y coche, ella ya estaba casada con otro. Yo estuve tiempo diciendo por ahí que me había fallado, que yo por ella La verdad, me quedé con el dinero y el hierro, no con la persona. Y mucho tiempo hice ver que era la única opción válida.

Ese era mi apetito.

Querías saber qué sentía. En ese momento, importante y con razón. Luego, años haciendo ver que no sentía nada.

Si no te apetece contestar, lo entiendo. Sé que tienes otras cosas en la cabeza.

Abuelo Isidro.

Volví a leer varias veces. La palabra vergüenza se me clavó. Buscaba sin querer alguna justificación, pero mi abuelo no la ofrecía.

Tecleé ¿Te arrepientes?, borré. Luego ¿Y si te hubieras quedado?, borré. Al final, escribí otra cosa.

Hola abuelo.

Gracias por contarlo. Realmente nunca se habla aquí de la abuela como de alguien que pudo no serlo.

No te juzgo. Yo también he priorizado el trabajo antes que una persona. Tenía pareja. Justo empecé de repartidora y me daban los mejores turnos. Siempre estaba liada. Ella me reclamaba que no nos veíamos, que estaba pegada al móvil, que luego saltaba a la mínima. Yo decía que era cuestión de aguantar, que todo mejoraría.

Luego dijo que se cansó de esperar. Yo contesté que era su problema. Bastante cortante, para ser sincera.

Hoy, cuando vuelvo a la residencia por la noche y caliento los huevos fritos, pienso a veces que elegí dinero y recados antes que a la persona. Y también me convenzo de que hice bien.

Supongo que eso es de familia.

Carlota.

La siguiente carta no iba en hoja cuadriculada, sino rayada. Mamá me mandó un audio explicando que había acabado el cuaderno.

Carlota.

Eso del de familia lo has clavado. Aquí nos encanta echarle la culpa a la sangre. Bebe porque el abuelo bebía, grita porque la abuela era rígida. Pero en realidad decides tú en cada ocasión. Solo es más cómodo decir que viene de fuera que admitirlo.

Cuando volví del Norte, pensé que empezaba una vida nueva. Tenía coche, habitación en la residencia, dinero en el bolsillo. Pero por las noches me sentaba en la cama y no sabía qué hacer conmigo. Los amigos se habían ido, en el taller cambiaron de encargado, en casa solo había polvo y la radio vieja.

Un día fui a la calle donde vivía la que no fue tu abuela. Me paré enfrente. Una ventana encendida, la otra no. Me quedé allí hasta que me puse helado. De pronto la vi salir con carrito de bebé y un hombre que le cogía del brazo. Debían hablar y reírse. Yo me escondí tras un árbol, como un crío. Observé cómo se alejaban.

Esa fue la primera vez que entendí que nadie me había traicionado. Yo elegí mi camino y ella el suyo. Admitirlo me costó diez años.

Dices que elegiste el trabajo antes que tu novia. Quizá fuiste tú quien necesitaba elegirte a ti misma, salir de deudas y no perder el tiempo en cines. No está bien ni mal. Es lo que toca.

¿Sabes qué es lo más difícil? Que casi nunca decimos con claridad: ahora esto es más importante que tú. Nos liamos a dar excusas y después vienen los enfados.

No te escribo esto para que vayas a buscarla. Ni sé si deberías. Solo, tal vez, cuando estés bajo una ventana ajena, te acuerdes de que se podía decir todo más claro.

Tu viejo abuelo Isidro.

Yo estaba sentada en el alféizar del pasillo de la residencia, con el móvil calentando la mano. Afuera, coches pasando sobre los charcos, alguien fumando en el portal. En la habitación de al lado, la música retumbaba en la pared.

Pensé mucho cómo contestar. Me vino a la cabeza la vez que estuve bajo la ventana de mi ex cuando ya no respondía las llamadas. Mirando las cortinas, pensando que asomaría y me vería. No salió.

Escribí.

Hola abuelo.

Yo también me quedé bajo la ventana. También me escondí al verla salir con otro. Él con mochila, ella con la compra. Se reían. Pensé que me habían borrado de su vida. Ahora, leyéndote, creo que fui yo quien salió antes.

Dices que lo entendiste tras diez años. Yo espero aprenderlo antes.

No voy a buscarla. Pero igual dejo de fingir que no me importa.

Tu nieta, Carlota.

La siguiente carta iba sobre otro asunto.

Carlota.

Preguntaste hace tiempo sobre el dinero. No respondí entonces por no saber cómo empezar. Ahora lo intento.

En nuestra familia, el dinero era como el clima: solo se nombraba cuando la cosa iba fatal o inesperadamente bien. Tu padre, cuando era pequeño, un día me preguntó cuánto cobraba. Como justo tenía un extra, le solté la cifra con orgullo. Se le abrieron los ojos: Vaya, eres rico. Yo me reí y le dije que eso era calderilla.

Unos años después, me despidieron. El sueldo cayó a la mitad. Tu padre volvió a preguntar. Le dije la cantidad y preguntó: ¿Por qué tan poco? ¿Trabajas peor?. Yo le grité que no sabía nada, que era un desagradecido. Pero él solo quería entender los números.

Durante años pensaba en esa conversación y supe que le enseñé a no preguntarme nunca nada de dinero. Creció y nunca preguntó. Trabajaba en lo que saliese y yo esperaba que adivinara cómo me iba.

No quiero repetir ese error contigo. Así que lo digo claro: cobro poca pensión, pero me alcanza para medicinas y comida. Para el coche, ya no, ni me hace falta. Ahora solo intento ahorrar para una dentadura nueva, que ya no muerdo bien.

¿Tú? ¿Te apañas? No te lo pregunto para mandarte dinero a escondidas ni comprarte calcetines, solo para saber si comes y no duermes en el suelo.

Si te da corte decirme nada, puedes poner todo bien. Yo entiendo.

Abuelo Isidro.

Sentí un nudo dentro. Recordé de niña, cuando le preguntaba a papá cuánto ganaba y él respondía en broma o con un gruñido: Ya lo sabrás. Así aprendí que de dinero no se habla.

Me quedé mirando la pantalla, luego contesté.

Hola abuelo.

No paso hambre y no duermo en el suelo. Tengo cama, incluso con colchón, no el mejor, pero va bien. Pago yo sola la residencia, fue un pacto con papá. A veces tardo en pagar, pero aún no me han echado.

Me da para comer si no gasto de más. Si me falta, cojo más turnos y luego ando como un fantasma. Pero es mi decisión.

Me da cosa que me preguntes y yo no sepa preguntarte a ti. Como ¿te alcanza, abuelo?. Pero ya me lo has dicho.

Sería más fácil si solo pudieras escribir todo bien y ya, pero entiendo que vengo de una familia donde los mayores nunca contaban nada.

Gracias por escribir sobre el dinero.

Carlota.

Me quedé un rato dándole vueltas al móvil y luego escribí otro:

Si algún día quieres comprarte algo y no te da la pensión, avísame. No prometo que pueda ayudarte, pero así al menos me entero.

Envié antes de pensarlo demasiado.

La contestación fue la más temblorosa. Las letras torcidas, las líneas bailando.

Carlota,

He leído lo de si no te da la pensión y primero pensé decir que no necesito nada, que tengo de todo, que solo quiero mis pastillas. Luego bromeé conmigo mismo pensando en pedirte una moto nueva.

Y después pensé que llevo la vida entera haciendo creer que era fuerte y autosuficiente. Y aquí estoy, viejo, temiendo pedirte cualquier cosa.

Así que digo: si un día de verdad necesito algo y no llego, intentaré no hacer como si diera igual. Pero ahora tengo té, pan, mis pastillas y tus mensajes. No es poesía, es lista de la compra.

Antes pensaba que éramos polos opuestos: tú con tus… ¿cómo se llaman? Apps, y yo con mi radio. Pero ahora, leyéndote, creo que nos parecemos más de lo que pensaba. A ninguno nos gusta pedir nada. Y los dos fingimos que nos da igual.

Si vamos con sinceridad, te cuento algo que nunca se dice en casa. No sé cómo te lo tomes.

Cuando nació tu padre, yo no estaba preparado. Acababa de empezar un trabajo nuevo, teníamos una habitación propia en la residencia y creía que por fin vivíamos bien. Entonces llegó el niño: llantos, pañales, noches sin dormir. Yo venía de trabajar de noche y él llorando. Me enfadé. Un día le lancé el biberón tan fuerte que reventó en la pared. La leche se fue por el suelo. Tu abuela lloraba, el niño berreaba, yo sólo quería irme y no volver.

No me fui, pero siempre conté que había sido un mal rato, nada más. Y realmente estuve a punto de marcharme. De haberlo hecho, no leerías esto ahora.

No sé si hace falta que sepas esto. Quizá para que veas que tu abuelo ni es héroe ni buen ejemplo. Solo soy persona, que hizo cosas bien y mal y que a veces quiso desaparecer.

Si después de esto dejas de escribirme, lo entenderé.

Abuelo Isidro.

Al leerlo el frío me subía y bajaba por dentro. Mi idea de abuelo siempre fue manta y olor a mandarina en Navidades. Ahora también era un hombre agotado en una residencia, un niño llorando, la leche manchando la pared.

Me acordé de este verano, trabajando en un campamento, cuando grité a un niño que no paraba de llorar. Lo agarré de más fuerte, y él se asustó y se puso a llorar aún más. No dormí en toda la noche pensando que sería mal padre.

Estuve mucho rato mirando la pantalla vacía. Tecleé: No eres un monstruo. Borré. Te quiero igual. Borré, ruborizada.

Al final escribí:

Hola abuelo.

No dejaré de escribirte. No sé qué decir a estas cosas. Aquí nunca se habla de enfados ni de querer irse. Se calla o se bromea.

Este verano en el campamento tuve un niño que lloraba todo el tiempo. Un día exploté y le grité tanto que me asusté de mí misma. Estuve toda la noche pensando que no sería buena persona y que no debería ser madre.

Lo que has contado no te hace peor. Te hace real.

No sé si algún día tendré valor para contar esto a mi hijo, si lo tengo. Pero al menos intentaré no fingir que siempre tengo razón.

Gracias por no haberte ido.

Carlota.

Envié y, por primera vez, sentí que esperaba su respuesta como algo mío, no por cortesía.

La respuesta llegó dos días después. Mamá no mandó foto, sino mensaje: Ahora graba audios, no te asustes. Lo he transcrito.

Apareció la foto de una hoja rayada.

Carlota.

He leído tu carta y pienso que eres más valiente que yo a tu edad. Al menos admites que tienes miedo. Yo a tu edad fingía que nada me afectaba, y luego acababa destrozando muebles.

No sé si serás buena madre. Y tú tampoco. Eso se ve solo andando. Pero sí sé que el hecho de que te lo plantees ya significa mucho.

Me has dicho que yo soy real para ti. Es el mejor piropo que me han dado. Siempre me han dicho testarudo, cabezota, sieso. Pero real, hacía tiempo que nadie.

Ya que estamos con las verdades, quería preguntarte algo y no me atrevía: si te saturo con mis historias, dímelo. Escribo menos o solo en fiestas. Quiero no ser carga.

Y una cosa más. Si alguna vez te apetece venir a casa, sin motivo, estaré aquí. Tengo taburete libre y una taza limpia. Limpiada, lo he comprobado.

Tu abuelo Isidro.

Me hizo sonreír lo de la taza. Imaginé esa cocina, el taburete, el glucómetro y la bolsa de patatas junto al radiador.

Saqué el móvil, hice una foto a la cocina de la residencia. Aparecen: el fregadero lleno, la sartén fea, la caja de huevos, la tetera, dos tazas, una con el borde cascado. En la ventana, el bote con tenedores.

Envié la foto y añadí:

Abuelo,

Esta es mi cocina. Hay dos taburetes y tazas de sobra. Si algún día vienes sin razón, yo también estaré, bueno, casi en casa.

No me cansas. A veces no sé qué responderte, pero eso no significa que no lea.

Si quieres, cuéntame algo sin relación con el trabajo o la comida. Algo que nunca hayas contado, no porque dé vergüenza, sino porque faltaba con quién compartirlo.

C.

Envié y me di cuenta de que nunca antes había preguntado algo así a un adulto de mi familia.

Dejé el móvil sobre la mesa y la pantalla se apagó. Los huevos se cocinaban bajo el gas. Del cuarto llegaban risas. Le di la vuelta a los huevos, apagué el fogón y me senté en el taburete, imaginando a mi abuelo sentado frente a mí, con una taza en la mano, contándome historias en persona.

No sabía si algún día vendría ni qué pasa después. Pero sentir que puedo enviarle una foto de mi cocina desordenada y preguntarle ¿y tú qué tal? me dejó el pecho calmado y apretado a la vez.

Cogí el móvil, abrí el chat y repasé todos los mensajes. La cuadrícula, las rayas, mis respuestas cortas C.. Después lo puse boca abajo, para no perder ninguna notificación si llegaba algo nuevo.

Los huevos se enfriaron, pero los comí tranquilos, como si compartiera el plato con alguien más.

En todos esos mensajes, la palabra ‘te quiero’ nunca apareció escrita. Pero entre líneas, ya había algo, y de momento, eso nos bastaba.

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MagistrUm
Sin consejos La carta de Sacha llegó al WhatsApp como una foto de un cuaderno cuadriculado. Tinta azul, letra inclinada y una firma al final: «Tu abuelo, Nicolás». Encima, un mensaje corto de su madre: «Ahora escribe así. Si no quieres contestar, no pasa nada». Sacha deslizó la foto y amplió para descifrar las líneas. «Hola, Sacha. Te escribo desde la cocina. Tengo nuevo compañero: el glucómetro. Por las mañanas se queja si abuso del pan. El médico me ha dicho que dé más paseos, pero ¿a dónde voy a ir si los míos ya están en el cementerio y tú allá en tu Madrid? He decidido pasear, entonces, por los recuerdos. Hoy, por ejemplo, me acordé de cuando, en el setenta y nueve, descargábamos vagones en la estación. Pagaban una miseria pero podías birlarte alguna caja de manzanas. Eran de madera, con grapas a los lados. Las manzanas, ácidas y verdes, sabían a fiesta. Nos las comíamos sentados en sacos de cemento, las manos grises, las uñas llenas de polvo, los dientes crujían de arena. Y aun así, riquísimas. ¿A qué viene esto? A nada, simplemente me acordé. No creas que pretendo darte lecciones de vida. Tú tienes la tuya, yo los análisis médicos. Si quieres, cuéntame el tiempo que hace y cómo va la uni. Tu abuelo Nicolás». Sacha sonrió. «Glucómetro», «análisis». Abajo, el WhatsApp ponía: «Enviado hace una hora». Ya había llamado a su madre, no respondió. Así que sí, «ahora escribe así». Repasó el chat. Los últimos mensajes de su abuelo, un año atrás, eran audios cortos de felicitaciones y uno de «¿cómo va la universidad?». Sacha respondió con un emoji y desapareció. Ahora miraba tiempo la foto del folio cuadriculado, luego abrió para contestar. «Abuelo, hola. Aquí hace tres grados y está todo mojado. En nada empiezan los exámenes. Manzanas hay, pero a ciento veinte el kilo. Mal vívelo con las manzanas. Sacha.» Pensó, borró «Sacha», puso «Tu nieto Sacha.» y envió. Días después, su madre reenvió otra foto. «Sacha, buenas. He recibido tu carta, la he leído tres veces. Decidí responder con calma. El tiempo aquí igual que allá, pero sin esos charcos modernos tuyos. Nieve por la mañana, por la tarde charcos, y por la noche, hielo. Ya me he resbalado un par de veces, aún no es mi hora. Ya que mencionas las manzanas, te contaré mi primer trabajo de verdad. Tenía veinte años, entré en un taller que hacía piezas para ascensores. Era un ruido infernal, polvo en el aire. Los pantalones de faena nunca quedaban limpios, llevaba las manos llenas de rebabas, las uñas con grasa. Pero me sentía orgulloso de pasar por la puerta con credencial, como mayor. Lo mejor no era el sueldo, sino la comida. En el comedor servían sopa en platos pesados, y si llegabas temprano había pan extra. Nos sentábamos juntos y callábamos, no por falta de conversación, sino de fuerzas. La cuchara pesaba más que la llave inglesa. Seguramente tú ahora andas con el portátil pensando que esto es arqueología. Yo, en cambio, pienso si era feliz o si simplemente no tenía tiempo de planteármelo. ¿A qué te dedicas además de estudiar? ¿Trabajas ya? ¿O ahora sólo os dedicáis a inventar empresas desde un piso? Abuelo Nicolás». Sacha leyó mientras hacía cola en un bar para tomar un bocata de calamares. Gente discutiendo, radio a toda pastilla en la caja. Volvía a leer sobre la sopa y los platos pesados. Contestó apoyado en una barra. «Abuelo, hola. Trabajo de repartidor. Llevo comida, a veces papeles. No tengo credencial, sólo una app que ni funciona. También ceno a veces en el curro, no porque robe, sino porque no llego a casa. Lo más barato, en el portal o en el coche de un colega. También en silencio. ¿Feliz? No lo sé, tampoco tengo tiempo para pensar. Lo de la sopa suena bien. Tu nieto Sacha.» Pensó en añadir algo sobre start-ups, pero dejó que su abuelo lo imaginara. El siguiente mensaje fue sorpresivamente corto. «Sacha, hola. Ser repartidor es cosa seria. Ahora te imagino diferente, no como un chico tras un ordenador, sino andando deprisa en deportivas. Ya que cuentas tu trabajo, te cuento yo cuando descargaba ladrillos en una obra, a la vez que en el taller, porque no daba. Subíamos cinco pisos por escaleras de madera, polvo por todo. Por la noche me quitaba los zapatos y caía la arena. Tu abuela se quejaba de que el lino quedaba destrozado. Recuerdo una cosa rara: en la obra un tipo, Manolo, llegaba primero y pelaba patatas en un cubo, las cocía allí y la obra olía a patata cocida. Las comíamos con sal en papel, con las manos. Parecía que nada podía estar más rico. Hoy miro la bolsa de patatas del súper y pienso que ya no es lo mismo. A lo mejor no es la patata, es la edad. ¿Tú qué comes cuando llegas molido? Pero no de la comida a domicilio, en serio. Abuelo Nicolás.» Sacha tardó en responder. Pensaba cómo era «de verdad». Recordó que el invierno pasado, tras doce horas de curro, compró raviolis, los coció en el piso en un cazo usado para salchichas, se deshicieron, el agua turbia, pero se los comió de pie, sin mesa. Dos días después escribió: «Abuelo, hola. Cuando no puedo más, casi siempre me hago huevos fritos. Dos o tres, a veces con embutido. Nuestra sartén está que da miedo, pero funciona. No hay Manolo, pero tengo un compañero de piso que quema todo y suelta tacos. Cuentas mucho sobre comida. ¿Tenías hambre entonces, o ahora? Tu nieto Sacha.» Al enviarlo, se arrepintió de la última frase. Parecía brusca. Pero ya estaba. La respuesta fue más rápida de lo habitual. «Sacha. Lo de tener hambre es buena pregunta. De joven tenía hambre, y no solo de comida. Quería moto, botas nuevas, una habitación propia lejos de toses nocturnas de mi padre. Que me respetaran, entrar a una tienda y no contar monedas. Que las chicas me miraran. Ahora como normal. El médico dice que hasta demasiado. Escribo sobre comida porque es tangible. El sabor de la sopa se explica más fácil que la vergüenza. Ya que preguntas, te cuento algo. Sin moraleja, como te gusta. Tenía veintitrés. Ya andaba con la que luego sería tu abuela, pero aquello tambaleaba. En el taller ofrecieron ir a trabajar al norte, buenos sueldos, en unos años coche garantizado. Yo encendido. Ya me imaginaba con mi «Seat» por la ciudad. Pero ella dijo que no se iría. Tenía a su madre enferma, trabajo, amigas. Dijo que no aguantaría la oscuridad ni el frío. Yo contesté que me lastraba, que si me quería, debía apoyar. Fui más malo, no te lo cito. Fui solo. A los seis meses dejamos de escribirnos. Volví a los dos años, con dinero y coche. Ella ya se había casado. Iba diciendo que me había traicionado, que todo lo hice por ella… La verdad es que elegí dinero y metal en vez de persona. Y tardé en admitírmelo. Ese fue mi apetito. Preguntabas cómo me sentí. En aquel momento, importante y en lo cierto. Luego muchos años fingiendo que no sentía nada. Si no quieres responder, lo entenderé. Sé que esto son batallitas de abuelo. Nicolás.» Sacha repasó varias veces. La palabra «vergüenza» le pinchó. Buscaba excusas entre líneas, pero el abuelo no las daba. Escribió «¿Te arrepientes?», borró. Escribió «¿Y si te hubieras quedado?», borró. Envíó otra cosa. «Abuelo, hola. Gracias por contarlo. No sé qué decir. En casa de la abuela parece que nunca hubo otra opción. No te juzgo. Hace poco yo elegí trabajo antes que a una persona. Tenía novia. Justo había empezado de repartidor, me ponían en turnos buenos. Todo el día currando. Ella decía que nunca nos veíamos, que yo siempre con el móvil, y explotaba. Le contestaba que aguantara, que después sería mejor. Al final se cansó. Yo dije que era su problema. También fui más bruto, no te cito. Ahora, al llegar a mi cuarto y calentar los huevos, a veces pienso que elegí el dinero y los pedidos antes que a una persona. También hago como que fue lo correcto. Debe de ir en la familia. Sacha.» La carta del abuelo llegó esta vez en folio de rayas. La madre mandó nota de voz: se le acabó el cuaderno. «Sacha. Lo de ‘de familia’ lo has dicho bien. Aquí todo se echa a la sangre. Si uno bebe, porque el abuelo también; si grita, porque la abuela era dura. Pero en realidad eliges tú cada vez. Solo que a veces es tan difícil admitirlo que es más fácil echarle la culpa a los genes. Volví del norte convencido de vida nueva. Coche, cuarto propio, dinero. Por las noches me sentaba en la cama y no sabía a dónde ir. Los amigos desaparecidos, el jefe jubilado, en casa polvo y la radio vieja. Un día fui al edificio de tu ex-futura abuela. Esperé en la acera, miré las ventanas. En una había luz, en otra no. Me quedé helado. Vi cómo salía ella con un carrito, un hombre al lado, cogidos del brazo. Reían. Me escondí tras un árbol. Miré hasta que cruzaron esquina. Por primera vez supe que nadie me traicionó. Yo fui por mi camino y ella por el suyo. Admitirlo me costó años. Dices que elegiste trabajo en vez de novia. Igual te elegiste a ti mismo. Quizá ahora te falte salvarte de las deudas más que ir al cine. Ni bien ni mal. Es así. ¿Sabes qué fastidia? Que nos cuesta decir: “ahora esto me importa más que tú”. Preferimos adornar y luego vienen disgustos. No te escribo esto para que la recuperes. Ni lo sé. Pero a lo mejor llega el día en que mires una ventana ajena y entiendas que podías ser más sincero. Tu viejo abuelo Nicolás.» Sacha estaba en la ventana de la residencia, teléfono caliente en la mano. Fuera, coches mojados y alguien fumando en la puerta. Música retumbaba desde otra habitación. Le costó pensar qué decir. Se acordó de esperar bajo la ventana de su ex cuando ya no contestaba. Miraba cortinas, luces, esperando que saliera, que le viera. No salió. Escribió: «Abuelo, hola. Yo también esperé bajo una ventana. Me escondí al verla salir con otro, llevaba mochila, ella con la compra. Se reían. Sentí que me borraron de su vida. Ahora te leo y pienso que tal vez fui yo quien se marchó. Tú dices que lo entendiste en diez años. Espero tardar menos. No voy a intentar recuperarla. Solo dejaré de hacer como si no me importara. Tu nieto Sacha.» El siguiente mensaje fue otro tema. «Sacha. Un día preguntaste por dinero. No respondí porque no sabía cómo empezar. Te explico. En casa el dinero era como el tiempo: solo se hablaba cuando iba fatal o sorprendentemente bien. Tu padre de pequeño me preguntó cuánto cobraba. Había pillado curro extra y ganaba el doble. Orgullo, le di la cifra. Se asombró: «¡Qué rico eres!». Me reí diciendo que era tontería. Años después me recortaron. Sueldo a la mitad. Volvió a preguntar. Le solté la nueva cifra y preguntó: «¿Por qué tan poco? ¿Trabajas peor?». Le grité, que no tenía ni idea, que ingrato. Quería simplemente comprender las cifras. Después pensé que aquel día le enseñé a no preguntar por dinero. De mayor nunca lo hizo. Se ponía a currar, levantaba cajas, arreglaba cosas, en silencio. Yo pensaba que debía adivinar por sí solo lo que me costaba. No quiero cometer lo mismo contigo. Así que te lo digo claro: la pensión me da para medicinas y comida. Coche ya no habrá, y tampoco falta. Ahora ahorro para dientes, los viejos fallan. ¿Y tú? ¿Te apañas? No voy a soltarte dinero ni comprarte calcetines, solo quiero saber si tienes cama o pasas hambre. Si te incomoda, respóndeme ‘bien’ y ya está. Tu abuelo Nicolás.» A Sacha se le encogió algo dentro. Recordó cuando de niño preguntó a su padre por el sueldo y recibía evasivas o enfado. Creció pensando que el dinero era sucio y preguntar tabú. Miró rato largo el chat y escribió. «Abuelo, hola. No paso hambre ni duermo en el suelo. Tengo cama, y colchón decente. Pago mi residencia yo, porque así lo quedé con papá. A veces tardo, pero no me echan. Para comida tengo si no gasto en caprichos. Cuando falta, pillo más turnos y voy zombi, pero es mi decisión. Me incomoda que tú me preguntes pero yo no pueda preguntarte igual: “¿tú tienes bastante?”. Pero me lo has aclarado. La verdad, preferiría que pusieras “todo bien” sin más explicaciones. Pero sé que es cosa mía, que los mayores aquí no cuentan nada. Gracias por hablar de dinero. Sacha.» Dudó, luego mandó otro mensaje: «Si algún día quieres algo y no te llega la pensión, dímelo. No prometo poder, pero querré saberlo». Y lo envió antes de arrepentirse. La respuesta del abuelo era la más irregular de todas. Letras bailando, líneas torcidas. «Sacha. He leído tu “si no te llega, dime”. Primero iba a poner que tengo de todo, solo me faltan pastillas. Luego bromeé, pido un motillo nuevo si acaso. Pero luego pensé que toda la vida iba de tipo duro que no pide nunca. Al final, soy un viejo que teme pedir un favor al nieto. Así que lo dejo así: si algún día de verdad me hace falta algo, intentaré no disimular. Por ahora tengo té, pan, medicinas y tus cartas. No es por lírica, lo digo literal. Creía que éramos muy diferentes: tú con esas apps, yo con mi radio. Ahora te leo y veo mucho en común. Ni tú ni yo sabemos pedir. Los dos fingimos que nos da igual aunque no sea cierto. Ya que estamos sinceros, cuento algo más, fuera de lo habitual. No sé cómo te va a sonar. Cuando nació tu padre, no estaba preparado. Recién me daban la habitación de residencia y pensé: ‘ahora sí’. Pero llegó el crío. Gritos, pañales, noches en vela. Venía de la nocturna y el niño berreando. Perdí los nervios. Una vez arrojé el biberón con tal fuerza que estalló en la pared. Leche por el suelo. Tu abuela lloraba, el niño chillaba, y yo pensaba en huir para no volver jamás. No lo hice. Muchos años después lo justifiqué como un pronto. Pero en realidad estuve cerca de irme. Si lo hubiera hecho, tú hoy no estarías leyendo esto. No sé si te sirve saberlo. Tal vez para que veas que tu abuelo ni es héroe ni ejemplo. Solo persona, con ganas a veces de desaparecer. Si te da reparo seguir escribiendo, lo entiendo. Nicolás.» Sacha sentía frío y calor por turnos. Su abuelo, siempre en la memoria manta y mandarinas en Navidad, se volvía hombre exhausto en un cuarto de residencia, llanto de niño y leche derramada. Recordó el verano pasado, trabajando en un campamento, perdió los nervios con un crío llorón, lo zarandeó más de la cuenta y se arrepintió toda la noche, dudando si valía para ser padre algún día. Tardó rato ante la pantalla en blanco. Escribió: «No eres un monstruo». Borró. «Te quiero igual». También borró. Al final envió: «Abuelo, hola. No voy a dejar de escribirte. No sé qué se responde a esto. En casa sobre estas cosas no se habla. O se calla o se bromea. El verano pasado trabajé en un campamento. Un niño llorón y yo exploté, le grité tanto que me asusté. Pasé la noche convencido de que soy mala persona y que no podría ser padre. Esto no te hace peor. Te hace real. No sé si alguna vez seré así de sincero con un hijo. Pero igual pruebo a no fingir estar siempre en lo cierto. Gracias por no haberte marchado. Sacha.» Mandó el mensaje y, por primera vez, notó que esperaba respuesta, no por cortesía, sino porque era suya. Dos días después contestó el abuelo. No fue foto, la madre lo reescribió: «Ahora se maneja con audios, pero pidió que no te asustes. Yo lo pasé a texto». En la pantalla, nueva imagen de hoja rayada. «Sacha. Leí tu mensaje y creo que ya eres más valiente que yo a tu edad. Al menos dices que tienes miedo. Yo fingía que nada me afectaba y luego rompía muebles. No sé si serás buen padre. Ni tú lo sabes. Eso sólo se ve con los años. Pero el hecho de que te lo preguntes ya es mucho. Dices que para ti soy de carne y hueso. Seguramente es lo más bonito que me han dicho en años. Siempre me llaman ‘cabezota’, ‘terco’. Vivo, hace mucho que no se oía. Ya que estamos, te quiero preguntar algo. Si te canso con mis historias dímelo. Puedo escribir menos o solo por fiestas. No quiero agobiarte con mi pasado. Y otra: si un día quieres venir, sin motivo, aquí estaré. Hay taburete libre y taza limpia. Acabo de revisarla. Tu abuelo Nicolás.» Sacha sonrió por lo de la taza. Imaginó la cocina, el taburete, el glucómetro, la bolsa de patatas junto al radiador. Sacó foto a su cocina de residencia: pila rebosante, la sartén ‘de miedo’, huevos, tetera, dos tazas, una con desportillado, un bote con tenedores en el alféizar. Mandó la imagen y escribió: «Abuelo, hola. Esta es mi cocina. Taburetes hay dos, tazas de sobra. Si algún día te apetece venir, yo también estaré en casa. O lo que más se le parece. No me cansas. A veces no sé qué contestar, pero siempre leo. Si quieres, cuéntame algo que nunca hayas contado, pero no porque dé vergüenza, solo porque hasta ahora no tenías con quién. S.» Pulsó enviar y entendió que acababa de preguntar algo nuevo a un adulto de la familia. Dejó el móvil al lado, pantalla apagada. La sartén chisporroteaba. De fondo risas. Dio la vuelta a los huevos, apagó el gas y se sentó en su taburete imaginando al abuelo frente a él, ya sin papel, sino contándole historias en voz alta. No sabía si el abuelo vendría nunca ni qué pasaría. Pero pensar que tenía alguien a quien mandar la foto de su cocina desordenada y preguntar «¿y tú, cómo estás?» le hacía sentirse tranquilo y un poco apretado por dentro. Miró largo los mensajes. Cuadros, rayas, sus escuetos «S.». Puso el móvil boca abajo para no perderse nada si llegaba notificación. La sartén ya estaba fría, pero terminó los huevos despacio, como si los compartiera con alguien. Las palabras «te quiero» no aparecían en la conversación, pero algo crecían entre líneas. Y con eso, de momento, los dos tenían suficiente.