La ronda matutina En la puerta del ascensor alguien había vuelto a pegar una hoja con celo: «NO DEJÉIS LAS BOLSAS JUNTO AL TUBO DE LA BASURA». El celo aguantaba a duras penas y el papel ya se doblaba por las esquinas. La luz del portal parpadeaba, y el letrero parecía, unas veces tajante, otras difuso, como el ambiente en el grupo de WhatsApp de la comunidad. Nieves Martín tenía las llaves en la mano y escuchaba, tras la pared del sexto, cómo un taladro buscaba su tono, se atascaba y volvía a empezar. No le molestaba el ruido en sí, sino otra cosa: que todo terminaba siempre en tribunal. Unos escribían en el grupo en mayúsculas, otros respondían con sarcasmo, alguno enviaba foto de zapatos ajenos en el rellano como prueba del declive moral. Y todo eso parecía requerir de ella una participación —cuando ella, desde hace tiempo, sólo deseaba silencio en la cabeza—. Subió a casa, dejó la bolsa de la compra sobre la mesa de la cocina, sin quitarse el abrigo, y abrió el grupo. Arriba colgaba el mensaje: «QUIÉN HA APARCADO ANOCHE EN EL PARQUE INFANTIL». Seguía la foto de una rueda en la acera. Después alguien añadía: «¿Y QUIÉN NI SIQUIERA SALUDA EN EL PORTAL?». Nieves hojeó, notando la ola de irritación subirle al pecho, y de pronto se sorprendió pensando que estaba harta de ser espectadora de disputas ajenas. Y también de su propia disposición a alimentar el fuego, aunque fuera en silencio. A la mañana siguiente se desveló temprano, no porque hubiera descansado. Más bien por costumbre, como un viejo despertador. En la habitación hacía fresco, los radiadores silbaban. Se puso una chaqueta deportiva, encontró las zapatillas de andar que casi no usaba, y salió al rellano. Olía a escalera, a polvo, a pintura vieja, y algo más indescriptible, como siempre. Junto al ascensor se detuvo y miró el tablón de anuncios. Allí colgaban fotocopias sobre la revisión del contador, un gato perdido y una «reunión de propietarios». Nieves sacó el papel que había preparado la noche anterior y lo sujetó con chinchetas: «Paseos matinales alrededor de la manzana. Sin charla ni compromiso. Quien quiera, a las 7:15 en la puerta del portal. Sólo una vuelta para estirar las piernas y a casa. Nieves M.» Se sorprendió lo fácil que había sido escribirlo. No «Hagamos amigos», ni «Hay que ser vecinos», sólo —pasos. A las 7:12 ya estaba junto a la puerta, comprobando por tercera vez que había cerrado el gas y las ventanas. Llaves en mano, móvil, gorro. Pensaba que pasaría un minuto y se iría sola, fingiendo que era su idea. La cancela resonó y al porche salió una mujer de unos cuarenta y cinco, pelo recogido con cuidado y el gesto de quien espera dolor. —¿Vienes por el cartel? —preguntó, arreglándose la bufanda. —Sí —dijo Nieves—. Soy Nieves. —Soy Marta. Tengo la espalda regular, el médico me mandó andar. Pero sola me aburro, —añadió rápidamente, como disculpándose—: No soy muy habladora. —No hace falta, —dijo Nieves. Al minuto llegó un hombre, algo encorvado, abrigo oscuro. Saludó con un gesto a medio camino entre el saludo y la duda, y por fin dijo: —Buenos días. Soy Sergio. Del quinto. —Yo del sexto, —precisó Nieves automáticamente, sabiendo perfectamente cómo se repartía el bloque. Se corrigió al instante: ese afán de clasificarlo todo. Sergio sonrió irónico. —Sexto, vale, me equivoqué. El cuarto en llegar fue un hombre alto, casi sesenta, gorro deportivo y paso de exatleta de barrio. No preguntó nada; sólo se colocó al lado: —Víctor. Yo ando por las mañanas de todos modos. Pensaba que era el único. A las 7:16 empezaron a andar. Nieves había escogido un recorrido simple: rodear la manzana, pasar por el súper, cruzar el patio trasero, bordeando el colegio y de vuelta. La nieve, dura bajo las suelas, resbalaba a ratos. El aire entraba frío, y los primeros minutos nadie decía nada, atentos sólo al ritmo de sus propios pasos. Nieves notaba como el cuerpo, primero reacio, se iba soltando. La cabeza, donde normalmente retumbaban reproches ajenos, se quedaba en blanco, pero no de miedo, sino como un folio limpio. En la esquina, Sergio comentó: —Pensé que era broma lo de «sin conversación». Aquí siempre hay charla. —Si apetece, adelante, —dijo Nieves—. Pero sin informes. Marta sonrió, aunque se llevó la mano a la cintura enseguida. —¿Te va bien? —le preguntó Nieves. —Sí, mientras no pare, —respondió Marta. Víctor marcaba el paso con precisión deportiva. Ya de vuelta resumió: —Bien. Sin reuniones. Sólo andar. Al llegar, eran las 7:38. Todos permanecieron un instante, como después de una breve reunión. —¿Mañana? —preguntó Marta. —Si bajáis, —contestó Nieves. —Yo sí, —afirmó Sergio levantando la mano en señal de despedida. Al día siguiente fueron tres. Víctor faltó, pero apareció la vecina del cuarto, Teresa, poco más de cuarenta, plumífero chillón y el gesto de quien inspecciona si aquí se está formando una secta. —Sólo vengo a mirar, —dijo, sin presentarse. —Mire, —contestó Nieves, arrancando sin esperar explicaciones. Teresa andaba junto a Sergio y callaba. A la semana, en la segunda vuelta, ya decía: —Yo estoy en contra de estas «juntas». Que luego vienen los cobros y el que no paga es enemigo. —Aquí no se paga, —afirmó Sergio—. Yo después de mi divorcio le tengo alergia a cualquier fondo común. Nieves escuchó la palabra «divorcio» y prefirió no indagar. Sabía cómo el dolor ajeno se convertía en tema y luego en cuchillo. Los paseos se asentaron en la rutina: a las 7:15 salían, a las 7:40, cada uno a lo suyo. Hubo ausencias y regresos. Marta traía su botella de agua y bebía caminando, sin detenerse. Sergio un día se olvidó la gorra y estuvo todo el rato protestando, pero no volvió atrás. Teresa primero se rezagaba, luego caminaba cerca. Y esa costumbre se fue filtrando al portal. Nieves notó que la gente saludaba más seguido. No por deber, sino porque al alba ya se habían visto sin la coraza habitual. Una tarde, al volver de la consulta, cansada, con papeles en el bolso, se cruzó con Víctor junto al ascensor estropeado. —¿No va? —dijo Nieves. —Sólo hay que apretar con decisión, —y el ascensor apareció. Él añadió de repente: —Gracias por estos paseos. Pensé que ya no tenía con quién. Y, bueno… se agradece. Nieves asintió. Sintió un calor suave por dentro, pero no le dejó endulzarse; sólo tomó nota: alguien estaba mejor. Pequeños gestos brotaban solos: una mañana Sergio avisó a Marta de que se le desató el cordón. Más tarde, en el grupo, Marta escribió: «Gracias a quien me avisó del cordón, me salvó de una caída». Sin nombres, pero con sonrisas en el mensaje. Teresa trajo un saco de sal un día para las escaleras del portal. —No es para todos, es para mí, que si no me mato bajando. —Gracias igual, —saludó Nieves. Salaron los escalones juntas, y Teresa murmuró, limpiándose los guantes: —Bueno, ya que estáis… El grupo se llenó menos de mayúsculas. No desaparecieron enfados ni broncas por la basura o el aparcamiento, pero a veces alguien sugería: «Hablemos sin gritar, que se puede dialogar». Ya no era lema, sino un recordatorio. El problema surgió a finales de noviembre, cuando en el sexto piso empezaron obras en casa de Álvaro, el joven del perro. No eran sus primeras reformas, pero ésta tenía un taladro hasta por la noche. El grupo ardió: «¡Ya basta!», «¡Que hay niños!», «¡Estáis locos!». Teresa apuntó: «Sé quién es. Siempre igual. Le da igual todo». En el paseo Marta caminó rígida, casi dolida. —Es él —dijo, ya cerca del colegio—. El de arriba. Ayer hasta las diez. Me acosté oyendo el taladro en la cabeza. Sergio contestó: —Por ley puede hasta las once, si no molesta más… —No quiero leyes, —saltó Marta—. Hablo de respeto. Teresa, que normalmente respondía con burla, se mostró seria. —Hay que apretarle. Firmas, llamar a la policía. Que se entere. Nieves sintió cómo el grupo, tan cálido la víspera, volvía a las trincheras del vecindario. Le asustaba más la facilidad para volver al «nosotros contra él» que el ruido. —Lo de las firmas después —dijo—. Primero hablar. —¿Con él? —se ofendió Teresa—. Pero si es… —Es una persona, no un enemigo, —respondió Nieves—. No somos un jurado. Sergio la miró de cerca: —¿Quieres hacerlo tú? Nieves no quería. Quería que todo se calmara solo. Pero sabía que si formaban el linchamiento público se cargaban los paseos. —Voy yo. Pero que venga alguien conmigo. Sin multitudes. Sergio asintió. —Voy contigo. Esa noche subieron al sexto. Nieves avisó antes por WhatsApp a Álvaro: «¿Puedes un minuto? Soy Nieves, del portal». Él contestó a los diez minutos: «Sí, pasad, estoy». En la puerta, bolsas de escombros, atadas. Importante: no era una montaña, sólo temporal. Nieves llamó. Silencio de taladro. Álvaro abrió, camiseta, manos polvorientas. El perro, mediano, asomó y volvió dentro. —Buenas —dijo, algo a la defensiva—. ¿Qué pasa? —No vamos a echarte la bronca —dijo Nieves (y le sonó tonto, no halló otra frase)—. Es sobre la obra. Sergio sólo acompañaba. —Intento terminar antes de las nueve —se apresuró Álvaro—, pero sólo puedo hacerlo por las tardes después de trabajar. —Lo sabemos —dijo Nieves—, pero arriba hay gente… Marta, tiene problemas de espalda, necesita descansar. Hasta las diez es mucho. Álvaro suspiró: —No lo sabía. Pensé que todos… Bueno, que sólo se quejaban en el grupo, nunca a la cara. Nieves sintió vergüenza. Cara a cara, poco se decía. —Hagamos esto: dime qué días tienes que hacer ruido por la tarde. El resto, intenta acabar antes. Y la basura, no la bajes de noche. Álvaro miró sus bolsas. —Mañana la bajo en coche. No quiero que se quede aquí, sólo hoy era tarde. —Vale, —asintió Sergio— ¿Y el horario? Álvaro pensó. —Hasta las nueve, seguro. Algún día, quizá 9:30. Pero aviso antes por el grupo y que no sea más de una vez a la semana. Nieves asintió. —Y sobre el perro. Por la noche a veces ladra… Álvaro se sonrojó. —Eso es cuando salgo. Se pone nervioso. Le compraré algo, para que no se queje. Avisadme si pasa más. Por privado, por favor. Salieron, y en la escalera Sergio murmuró: —No es tan malo. Sólo joven y solo. —Aquí todos estamos solos a nuestra manera, —dijo Nieves, sorprendida de decirlo en voz alta. Al día siguiente, en el grupo, Álvaro escribió: «Vecinos, haré obra hasta las 21:00. Si necesito quedarme más, aviso. La basura la bajo mañana». Alguien puso una reacción, otros no comentaron. Teresa sólo: «Veremos». Pero no hubo mayúsculas. Teresa fue al paseo con gesto de mármol. —¿Entonces? —dijo—. ¿Hablasteis? —Sí, —dijo Nieves—. Se ha comprometido. —¿Y ya? —esperaba corona de victoria a su método. —Y ya, —respondió Nieves—. No tenemos que ganar. Teresa resopló, pero siguió andando. Al cabo de un rato, sin mirar, murmuró: —Bueno, si vuelve el ruido, yo lo diré en el grupo. —Dilo, —aceptó Nieves—. Pero primero a él. Marta caminaba junto a Nieves y susurró de pronto: —Gracias por no hacer una caza. No habría aguantado eso también. Nieves tragó saliva, inspiró hondo, el aire frío le aclaró por dentro. Una semana después, Víctor dejó de venir. Nieves lo encontró junto a los buzones. —Se te echa de menos, —dijo ella. —La rodilla —contestó breve—. El médico me ha dicho que pare. —Vaya, —comentó ella. —Igual os veo desde casa. Abro la ventana cuando pasáis. Es un poco como estar ahí. Tenía algo de gracioso y de tierno a la vez. Por Reyes, la costumbre era fija para tres: Nieves, Marta y Sergio. Teresa iba y venía, a veces desaparecía días, antes de volver —como viendo si aquel extraño grupo seguía en pie—. Álvaro un par de veces salió a caminar, sobre todo si la obra le dejaba de los nervios; andaba callado, escuchando el crujir de la nieve, y se despedía el primero. El bloque no era perfecto. Las bolsas volvían a aparecer junto al tubo. Alguien seguía aparcando mal. En el chat a veces la tensión renacía. Pero Nieves sentía ahora que la casa tenía memoria de lo que podía ser distinto. Un día de enero, a las 7:14, bajó al portal. Sergio ya esperaba, abrochándose la chaqueta. La miró: —Buenos días, Nieves. —Buenos días, Sergio. Marta se acercó, bajando los escalones salados con cuidado. —Hola. La espalda hoy aguanta, —sonrió, como una pequeña victoria. Asomó Teresa, medio dormida, sin su característico sarro. —Voy con vosotros. Pero nada de hablar del grupo, —murmuró. —Trato hecho, —dijo Nieves. Caminaron. Los pasos se sumaron en un ritmo común, imperfecto pero firme. En la esquina, Sergio ayudó a Marta cuando resbaló, tan natural que nadie agradeció. Al regresar, Álvaro esperaba con su perro atado. Asintió. —Buenos días. Saldré más tarde, me toca trabajar. Pero… gracias por hablar en persona la otra vez. Nieves asintió. —Al final, todos vivimos aquí, —dijo. No sonaba a lema. Era un simple hecho, que por fin había dejado de ser motivo de guerra.

El círculo matutino

En la puerta del ascensor, alguien había vuelto a pegar con celo una hoja que decía: NO DEJÉIS BOLSAS JUNTO AL CONTENEDOR. El celo aguantaba de milagro, el papel ya se doblaba por las esquinas. La luz del rellano parpadeaba, y el aviso parecía a ratos tajante, a ratos desvaído, como el tono del grupo de vecinos del edificio.

Margarita Salcedo se quedó parada con las llaves en la mano, escuchando cómo al otro lado de la pared, en el sexto piso, el taladro cogía tono, tropezaba y volvía a empezar. No era el ruido lo que la crispaba. Era otra cosa: siempre acababa en juicio. Alguien escribía en el chat en mayúsculas, otro respondía con sarcasmo, alguno subía una foto de zapatos ajenos como prueba de la decadencia moral. Todo eso parecía exigirle que participara, aunque ella solo deseaba una cosa: silencio en la cabeza.

Subió a su piso, dejó la bolsa de la compra sobre la mesa de la cocina sin quitarse el abrigo y abrió el chat. Arriba del todo, un mensaje: QUIÉN APARCÓ ANOCHE EN LA ZONA DE NIÑOS. Debajo, la foto de una rueda. Otro replicaba: Y QUIÉN NO SALUDA EN EL PORTAL. Margarita fue pasando mensajes, notando cómo crecía esa ola familiar de irritación. De repente, se dio cuenta: estaba harta de ser testigo de peleas ajenas. Y también estaba cansada de su propia facilidad para añadir leña al fuego, aunque fuera en silencio.

A la mañana siguiente se despertó temprano, no porque hubiese descansado. Su cuerpo ya era como un reloj viejo, funcionaba solo, sin que se lo pidiesen. En la habitación hacía fresco, los radiadores chisporroteaban. Se puso una chaqueta deportiva, encontró en el pasillo unas zapatillas para andar, casi sin estrenar, y salió al rellano. Olía a portal, como siempre: un poco a polvo, algo a pintura vieja de barandillas, y ese fondo neutro que ni apetece describir.

Se paró junto al ascensor y miró el tablón de anuncios. Había hojas sobre revisiones de contadores, un aviso de gato perdido y otro sobre una junta de vecinos. Margarita sacó un papel que había preparado la noche anterior y lo fijó con chinchetas.

Paseos matutinos por el barrio. Sin charlas ni compromisos. Si te apetece, sal a las 7:15 al portal. Solo dar una vuelta y listo. Margarita S.

Le sorprendió lo fácil que le salió. Ni vamos a ser amigos, ni sermones. Solo pasos.

A las 7:12 ya estaba frente a la puerta, comprobando si había cerrado el gas y dejado las ventanas bajadas. Llevaba llaves y móvil en la mano, el gorro puesto. Pensaba que tendría que esperar un minuto para luego irse, disimulando que era eso lo previsto.

La puerta del portal se abrió y salió una mujer de unos cuarenta y cinco, el pelo recogido con esmero y cara de quien ya sospecha que la vida va a doler.

¿Por el anuncio? preguntó ella, ajustándose la bufanda.

Sí. Yo soy Margarita.

Inés. Tengo la espalda fastidiada, el médico me ha dicho que ande. Pero sola me aburro confesó, añadiendo rápido, como para justificarse: no soy de hablar mucho.

No hace falta, respondió Margarita.

Al poco, apareció un hombre, algo encorvado y con un anorak oscuro. Asintió, les miró como preguntando si tocaba saludar, y al final murmuró:

Buenos días. José Luis, del quinto.

Yo del sexto apuntó automáticamente Margarita, porque le gustaba tener controlado a cada vecino. Y al instante se pilló a sí misma: esa manía de poner a todos en su sitio.

José Luis sonrió.

Del sexto, pues. Me equivoqué.

El cuarto en llegar fue un hombre alto, de unos sesenta, gorro deportivo y andar de quien no ha olvidado el estadio. No preguntó nada, solo se puso al lado.

Ramón dijo, breve. Yo por las mañanas ando igual. Pensaba que era el único raro.

A las 7:16 echaron a andar. Margarita había buscado una ruta fácil: alrededor del bloque, pasando por la panadería, por el patio de la finca contigua, junto al colegio y de vuelta. Había zonas heladas y los pies crujían sobre un suelo apisonado. El frío les llenaba el pecho y todos permanecían callados, atentos a sus propios pasos.

Margarita notó cómo, primero el cuerpo protestaba, y luego se adaptaba. La cabeza, normalmente atestada de quejas y quejidos ajenos, se le quedó vacía, pero no de forma inquietante, sino como una hoja limpia.

En la esquina, José Luis soltó de pronto:

Pensé que bromeabais con lo de sin hablar. Aquí hay charla para rato siempre.

Si apetece, se habla respondió Margarita. Pero nada de informes.

Inés se rió flojito, pero enseguida se llevó la mano a la espalda.

¿Vas bien? le preguntó Margarita.

Aguanto. Lo importante es no parar en seco.

Ramón caminaba firme, como contando pasos. De regreso, comentó:

Mejor esto Sin asambleas. Solo andas.

Al volver, eran las 7:38. Delante del portal, todos se quedaron un momento como tras una reunión exprés.

¿Mañana también? preguntó Inés.

Si salís, respondió Margarita.

Salgo, dijo José Luis, y alzó la mano a modo de adiós.

Al día siguiente fueron tres. Ramón no apareció, pero en su lugar vino una vecina del cuarto, Carmen, unos cuarenta años, plumas de colores, mirada de quien viene a ver si hay aquí algún lío.

Yo solo observo dijo sin presentarse.

Adelante, respondió Margarita, y arrancó sin explicar nada más.

Carmen fue un rato al lado de José Luis y no habló. A la segunda vuelta, una semana después, se sinceró:

Estas movidas de grupo no me van. Luego piden dinero y el que no pone es el enemigo.

Aquí no hay hucha, le aseguró José Luis. Yo después del divorcio, lo de juntar dinero común ni en pintura.

Margarita escuchó la palabra divorcio, y prefirió no indagar. Demasiado fácil era transformar el dolor ajeno en tema para el corrillo y luego un proyectil.

Los paseos se mantenían por la fuerza de la repetición. A las 7:15 salían, a las 7:40, cada uno para su casa. A veces alguno fallaba y luego volvía. Inés llevaba agua y bebía caminando, concentrada. Un día, José Luis apareció sin gorro y se quejó todo el rato consigo mismo, pero no abandonó la vuelta. Carmen primero iba apartada y luego fue acercándose.

Y poco a poco, eso se notó en el portal. Margarita percibió que los vecinos empezaban a saludarse con mayor frecuencia. No por educación, sino porque ya se habían visto antes, sin escudos.

Una tarde, volviendo de la consulta médica, cansada y con papeles en la bolsa, se encontró con Ramón trasteando con el botón del ascensor.

¿No va? preguntó.

Sí va respondió él. Hay que pulsar fuerte.

Lo hizo, llegó el ascensor. Dentro, la luz encendida y el espejo rayado. De repente, Ramón añadió:

Gracias por esto de pasear. Pensé que no le importaba a nadie, pero viene bien.

Margarita asintió y sintió algo cálido por dentro, que no dejó traducrise en ternura fácil. Solo lo registró: alguien respiraba mejor.

Pequeños gestos empezaron a surgir por sí solos. Una mañana, José Luis vio a Inés con el cordón deshecho y le señaló en silencio para que parase. Luego, en el chat, Inés puso: Gracias a quien avisó del cordón, me evitó una caída. Sin nombres, pero con sonrisa implícita.

Un día, Carmen trajo una bolsa de sal para echar en los escalones.

No es para todos, advirtió, apoyando la bolsa. Es por mí, no quiero matarme resbalando.

Gracias igual, respondió Margarita.

Echaron sal juntas, Carmen se frotó los guantes:

Bueno, ya que estáis

En el chat disminuyeron las mayúsculas. No desaparecieron, pero fueron menos. Seguían las discusiones por basura y aparcamientos, pero de vez en cuando alguien decía: Hablemos normal, por favor, no como eslogan, sino como recordatorio de que sabían conversar sin gritos.

A final de noviembre surgió un problema. En el sexto, comenzó una obra en casa de Pablo, joven con perro. No era la primera, pero esta vez el taladro se alargaba hasta la noche. Pronto llegaron mensajes al chat: ¿Hasta cuándo el ruido?, Hay niños, “¿No hay respeto?”. Carmen puso: Sé quién es. Siempre igual. Le da igual todo”.

En el paseo, Inés caminaba tensa, como si cada paso le doliera no solo la espalda, sino el ánimo.

Es él, dijo cuando pasaron junto al colegio. Del sexto. Justo encima. Ayer hasta las diez. Y luego, en la cama, la cabeza seguía con el taladro.

José Luis comentó:

Por ley, hasta las once si no molesta

No quiero leyes, atajaba Inés. Quiero respeto.

Carmen, normalmente sarcástica, esta vez iba seria.

Hay que apretarle las tuercas. Juntar firmas, avisar a la policía de barrio. Que se entere.

Margarita sintió cómo el grupo, cálido hasta el día anterior, empezaba a convertirse de nuevo en trinchera. Y temió, no por la obra, sino por lo rápido que podían volver al nosotros contra él.

Las firmas pueden esperar, dijo. Lo primero, hablar.

¿Hablarle? Carmen se paró. ¿En serio? Es imposible.

Es una persona, dijo Margarita. No somos un tribunal.

José Luis la miró atento.

¿Quieres ir tú?

Margarita no quería. Quería que todo se calmase solo. Pero supo que, si se montaba el linchamiento público, los círculos matutinos serían una asamblea de quejas y todo aquello desaparecería.

Hablo yo, dijo. Pero prefiero no ir sola. Solo uno conmigo.

José Luis asintió.

Voy contigo.

Esa tarde subieron juntos al sexto. Margarita le escribió a Pablo por privado: ¿Puedo hablar un minuto contigo? Soy Margarita, del portal. Respondió a los diez minutos: Sí, ahora mismo.

En la puerta, bolsas de escombros bien atadas. No desparramadas, sino apiladas provisionalmente. Margarita llamó. Silencio de taladro.

Pablo abrió en camiseta, manos polvorientas. Su perro, mediano y pelirrojo, asomó y se retiró.

Buenas tardes, dijo con cautela. ¿Qué pasa?

No venimos a discutir, dijo Margarita, sonando rara hasta para ella. Es solo una petición. Nada más.

José Luis la acompañaba en silencio.

Intento terminar antes de las nueve, se adelantó Pablo. Pero solo puedo por la tarde. Voy lo más rápido.

Lo entendemos dijo Margarita. Pero, arriba de ti vive Inés. Tiene problemas de espalda, necesita descansar. Hasta las diez es mucho.

Pablo suspiró.

No sabía lo de la espalda. Pensaba que era como siempre, ponéis mensajes en el chat, pero en persona nada.

Margarita se sintió algo culpable. Es verdad, en persona pocos se enfrentan.

Si te viene muy mal algún día, avisa antes propuso. El resto, si puedes acabar antes de las nueve, genial. Y la basura, cuando puedas por la mañana.

Pablo miró los sacos.

Mañana lo bajo en coche dijo. No quiero dejarlo ahí. Hoy se me fue la hora.

Perfecto dijo José Luis. ¿Y del horario?

Pablo se rascó la cabeza.

Hasta las nueve suele ser. Algún día, hasta nueve y media, pero aviso. No será más de un día a la semana.

Margarita asintió.

Y otra cosa El perro, cuando ladra por la noche

Pablo se sonrojó.

Es cuando salgo, llora. Intentaré comprar algo para que no ladre. Si molesta, avisadme a mí, por favor. Antes de ponerlo en el chat.

Ya en el portal, José Luis murmuró:

Es buen chaval. Solo joven y solo.

Aquí, cada uno tiene su soledad, dijo Margarita, asombrada de oírse así.

Al día siguiente, Pablo escribió en el chat: Vecinos, hoy trabajaré hasta las 21:00. Si alguna vez necesito más, lo avisaré. La basura la saco mañana. Alguien puso un icono, otros callaron. Carmen escribió: Veremos. Pero no hubo mayúsculas.

En el paseo, Carmen apareció con cara de piedra.

¿Ya hablasteis? preguntó.

Sí. Termina a las nueve, avisa y saca la basura pronto.

¿Y ya está? esperaba ganar, exigir que su método era mejor.

Eso es todo, respondió Margarita. No queremos ganar.

Carmen bufó, pero siguió caminando. Al rato, murmuró sin mirar:

Bueno. Si otra vez, escribiré.

Escribe, dijo Margarita, calmada. Pero primero, a él.

Inés la miró y murmuró:

Gracias por no organizar un linchamiento. No lo habría soportado.

Margarita sintió un nudo en la garganta. Inspiró profundo, el aire frío, y el nudo desapareció.

A la semana, Ramón dejó de salir. Margarita lo encontró en los buzones.

¿Te has perdido? bromeó ella.

La rodilla respondió. Me han dicho de momento que no fuerce.

Qué pena, dijo ella.

Igual os veo. Abro la ventana cuando pasáis. Como si también fuese.

Era tierno y gracioso a la vez.

Cercano el año nuevo, ya era costumbre el paseo para tres: Margarita, Inés y José Luis. Carmen venía intermitente, alguna semana desaparecía, otras volvía, como comprobando que aquello resistía. Pablo salió un par de veces, cuando la obra le tenía agotado. Caminaba en silencio, escuchando el crujido de la escarcha y se despedía primero.

El portal no se volvió perfecto. Seguían apareciendo bolsas junto al cubo. Alguien seguía aparcando mal. En el chat, el tono a veces subía. Pero ahora Margarita sentía que en la casa no solo había enfado, también memoria de una forma mejor de convivir.

En enero, una mañana laboral, salió a las 7:14. José Luis ya abrochaba su abrigo en la puerta.

Buenos días, Margarita.

Buenos días, José Luis.

Inés llegó, subiendo despacio los peldaños esparcidos de sal.

Hola. Hoy la espalda aguanta, dijo, sonriendo como si fuera un pequeño logro.

Carmen apareció, soñolienta, sin su habitual sarcasmo.

Hoy vengo. Pero nada de hablar del chat, murmuró.

Hecho, dijo Margarita.

Se pusieron en marcha. Los pasos encajaron, a su propio ritmo: no perfecto, pero firme. En una esquina, José Luis sostuvo a Inés cuando resbaló, tan natural que no hizo falta agradecérselo.

Al volver, junto al portal, estaba Pablo esperando con el perro atado.

Buenos días. Yo más tarde, tengo que ir a trabajar. Pero gracias, por venir bien aquel día.

Margarita asintió.

Aquí vivimos todos dijo.

No era un lema. Era solo un hecho, que por fin había dejado de ser una excusa para la guerra.

Y así, aprendieron que vivir juntos no consiste en ganar discusiones, sino en saber escuchar y dejar que la convivencia se construya a base de pequeños pasos, día tras día, en silencio o con palabras justas.

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MagistrUm
La ronda matutina En la puerta del ascensor alguien había vuelto a pegar una hoja con celo: «NO DEJÉIS LAS BOLSAS JUNTO AL TUBO DE LA BASURA». El celo aguantaba a duras penas y el papel ya se doblaba por las esquinas. La luz del portal parpadeaba, y el letrero parecía, unas veces tajante, otras difuso, como el ambiente en el grupo de WhatsApp de la comunidad. Nieves Martín tenía las llaves en la mano y escuchaba, tras la pared del sexto, cómo un taladro buscaba su tono, se atascaba y volvía a empezar. No le molestaba el ruido en sí, sino otra cosa: que todo terminaba siempre en tribunal. Unos escribían en el grupo en mayúsculas, otros respondían con sarcasmo, alguno enviaba foto de zapatos ajenos en el rellano como prueba del declive moral. Y todo eso parecía requerir de ella una participación —cuando ella, desde hace tiempo, sólo deseaba silencio en la cabeza—. Subió a casa, dejó la bolsa de la compra sobre la mesa de la cocina, sin quitarse el abrigo, y abrió el grupo. Arriba colgaba el mensaje: «QUIÉN HA APARCADO ANOCHE EN EL PARQUE INFANTIL». Seguía la foto de una rueda en la acera. Después alguien añadía: «¿Y QUIÉN NI SIQUIERA SALUDA EN EL PORTAL?». Nieves hojeó, notando la ola de irritación subirle al pecho, y de pronto se sorprendió pensando que estaba harta de ser espectadora de disputas ajenas. Y también de su propia disposición a alimentar el fuego, aunque fuera en silencio. A la mañana siguiente se desveló temprano, no porque hubiera descansado. Más bien por costumbre, como un viejo despertador. En la habitación hacía fresco, los radiadores silbaban. Se puso una chaqueta deportiva, encontró las zapatillas de andar que casi no usaba, y salió al rellano. Olía a escalera, a polvo, a pintura vieja, y algo más indescriptible, como siempre. Junto al ascensor se detuvo y miró el tablón de anuncios. Allí colgaban fotocopias sobre la revisión del contador, un gato perdido y una «reunión de propietarios». Nieves sacó el papel que había preparado la noche anterior y lo sujetó con chinchetas: «Paseos matinales alrededor de la manzana. Sin charla ni compromiso. Quien quiera, a las 7:15 en la puerta del portal. Sólo una vuelta para estirar las piernas y a casa. Nieves M.» Se sorprendió lo fácil que había sido escribirlo. No «Hagamos amigos», ni «Hay que ser vecinos», sólo —pasos. A las 7:12 ya estaba junto a la puerta, comprobando por tercera vez que había cerrado el gas y las ventanas. Llaves en mano, móvil, gorro. Pensaba que pasaría un minuto y se iría sola, fingiendo que era su idea. La cancela resonó y al porche salió una mujer de unos cuarenta y cinco, pelo recogido con cuidado y el gesto de quien espera dolor. —¿Vienes por el cartel? —preguntó, arreglándose la bufanda. —Sí —dijo Nieves—. Soy Nieves. —Soy Marta. Tengo la espalda regular, el médico me mandó andar. Pero sola me aburro, —añadió rápidamente, como disculpándose—: No soy muy habladora. —No hace falta, —dijo Nieves. Al minuto llegó un hombre, algo encorvado, abrigo oscuro. Saludó con un gesto a medio camino entre el saludo y la duda, y por fin dijo: —Buenos días. Soy Sergio. Del quinto. —Yo del sexto, —precisó Nieves automáticamente, sabiendo perfectamente cómo se repartía el bloque. Se corrigió al instante: ese afán de clasificarlo todo. Sergio sonrió irónico. —Sexto, vale, me equivoqué. El cuarto en llegar fue un hombre alto, casi sesenta, gorro deportivo y paso de exatleta de barrio. No preguntó nada; sólo se colocó al lado: —Víctor. Yo ando por las mañanas de todos modos. Pensaba que era el único. A las 7:16 empezaron a andar. Nieves había escogido un recorrido simple: rodear la manzana, pasar por el súper, cruzar el patio trasero, bordeando el colegio y de vuelta. La nieve, dura bajo las suelas, resbalaba a ratos. El aire entraba frío, y los primeros minutos nadie decía nada, atentos sólo al ritmo de sus propios pasos. Nieves notaba como el cuerpo, primero reacio, se iba soltando. La cabeza, donde normalmente retumbaban reproches ajenos, se quedaba en blanco, pero no de miedo, sino como un folio limpio. En la esquina, Sergio comentó: —Pensé que era broma lo de «sin conversación». Aquí siempre hay charla. —Si apetece, adelante, —dijo Nieves—. Pero sin informes. Marta sonrió, aunque se llevó la mano a la cintura enseguida. —¿Te va bien? —le preguntó Nieves. —Sí, mientras no pare, —respondió Marta. Víctor marcaba el paso con precisión deportiva. Ya de vuelta resumió: —Bien. Sin reuniones. Sólo andar. Al llegar, eran las 7:38. Todos permanecieron un instante, como después de una breve reunión. —¿Mañana? —preguntó Marta. —Si bajáis, —contestó Nieves. —Yo sí, —afirmó Sergio levantando la mano en señal de despedida. Al día siguiente fueron tres. Víctor faltó, pero apareció la vecina del cuarto, Teresa, poco más de cuarenta, plumífero chillón y el gesto de quien inspecciona si aquí se está formando una secta. —Sólo vengo a mirar, —dijo, sin presentarse. —Mire, —contestó Nieves, arrancando sin esperar explicaciones. Teresa andaba junto a Sergio y callaba. A la semana, en la segunda vuelta, ya decía: —Yo estoy en contra de estas «juntas». Que luego vienen los cobros y el que no paga es enemigo. —Aquí no se paga, —afirmó Sergio—. Yo después de mi divorcio le tengo alergia a cualquier fondo común. Nieves escuchó la palabra «divorcio» y prefirió no indagar. Sabía cómo el dolor ajeno se convertía en tema y luego en cuchillo. Los paseos se asentaron en la rutina: a las 7:15 salían, a las 7:40, cada uno a lo suyo. Hubo ausencias y regresos. Marta traía su botella de agua y bebía caminando, sin detenerse. Sergio un día se olvidó la gorra y estuvo todo el rato protestando, pero no volvió atrás. Teresa primero se rezagaba, luego caminaba cerca. Y esa costumbre se fue filtrando al portal. Nieves notó que la gente saludaba más seguido. No por deber, sino porque al alba ya se habían visto sin la coraza habitual. Una tarde, al volver de la consulta, cansada, con papeles en el bolso, se cruzó con Víctor junto al ascensor estropeado. —¿No va? —dijo Nieves. —Sólo hay que apretar con decisión, —y el ascensor apareció. Él añadió de repente: —Gracias por estos paseos. Pensé que ya no tenía con quién. Y, bueno… se agradece. Nieves asintió. Sintió un calor suave por dentro, pero no le dejó endulzarse; sólo tomó nota: alguien estaba mejor. Pequeños gestos brotaban solos: una mañana Sergio avisó a Marta de que se le desató el cordón. Más tarde, en el grupo, Marta escribió: «Gracias a quien me avisó del cordón, me salvó de una caída». Sin nombres, pero con sonrisas en el mensaje. Teresa trajo un saco de sal un día para las escaleras del portal. —No es para todos, es para mí, que si no me mato bajando. —Gracias igual, —saludó Nieves. Salaron los escalones juntas, y Teresa murmuró, limpiándose los guantes: —Bueno, ya que estáis… El grupo se llenó menos de mayúsculas. No desaparecieron enfados ni broncas por la basura o el aparcamiento, pero a veces alguien sugería: «Hablemos sin gritar, que se puede dialogar». Ya no era lema, sino un recordatorio. El problema surgió a finales de noviembre, cuando en el sexto piso empezaron obras en casa de Álvaro, el joven del perro. No eran sus primeras reformas, pero ésta tenía un taladro hasta por la noche. El grupo ardió: «¡Ya basta!», «¡Que hay niños!», «¡Estáis locos!». Teresa apuntó: «Sé quién es. Siempre igual. Le da igual todo». En el paseo Marta caminó rígida, casi dolida. —Es él —dijo, ya cerca del colegio—. El de arriba. Ayer hasta las diez. Me acosté oyendo el taladro en la cabeza. Sergio contestó: —Por ley puede hasta las once, si no molesta más… —No quiero leyes, —saltó Marta—. Hablo de respeto. Teresa, que normalmente respondía con burla, se mostró seria. —Hay que apretarle. Firmas, llamar a la policía. Que se entere. Nieves sintió cómo el grupo, tan cálido la víspera, volvía a las trincheras del vecindario. Le asustaba más la facilidad para volver al «nosotros contra él» que el ruido. —Lo de las firmas después —dijo—. Primero hablar. —¿Con él? —se ofendió Teresa—. Pero si es… —Es una persona, no un enemigo, —respondió Nieves—. No somos un jurado. Sergio la miró de cerca: —¿Quieres hacerlo tú? Nieves no quería. Quería que todo se calmara solo. Pero sabía que si formaban el linchamiento público se cargaban los paseos. —Voy yo. Pero que venga alguien conmigo. Sin multitudes. Sergio asintió. —Voy contigo. Esa noche subieron al sexto. Nieves avisó antes por WhatsApp a Álvaro: «¿Puedes un minuto? Soy Nieves, del portal». Él contestó a los diez minutos: «Sí, pasad, estoy». En la puerta, bolsas de escombros, atadas. Importante: no era una montaña, sólo temporal. Nieves llamó. Silencio de taladro. Álvaro abrió, camiseta, manos polvorientas. El perro, mediano, asomó y volvió dentro. —Buenas —dijo, algo a la defensiva—. ¿Qué pasa? —No vamos a echarte la bronca —dijo Nieves (y le sonó tonto, no halló otra frase)—. Es sobre la obra. Sergio sólo acompañaba. —Intento terminar antes de las nueve —se apresuró Álvaro—, pero sólo puedo hacerlo por las tardes después de trabajar. —Lo sabemos —dijo Nieves—, pero arriba hay gente… Marta, tiene problemas de espalda, necesita descansar. Hasta las diez es mucho. Álvaro suspiró: —No lo sabía. Pensé que todos… Bueno, que sólo se quejaban en el grupo, nunca a la cara. Nieves sintió vergüenza. Cara a cara, poco se decía. —Hagamos esto: dime qué días tienes que hacer ruido por la tarde. El resto, intenta acabar antes. Y la basura, no la bajes de noche. Álvaro miró sus bolsas. —Mañana la bajo en coche. No quiero que se quede aquí, sólo hoy era tarde. —Vale, —asintió Sergio— ¿Y el horario? Álvaro pensó. —Hasta las nueve, seguro. Algún día, quizá 9:30. Pero aviso antes por el grupo y que no sea más de una vez a la semana. Nieves asintió. —Y sobre el perro. Por la noche a veces ladra… Álvaro se sonrojó. —Eso es cuando salgo. Se pone nervioso. Le compraré algo, para que no se queje. Avisadme si pasa más. Por privado, por favor. Salieron, y en la escalera Sergio murmuró: —No es tan malo. Sólo joven y solo. —Aquí todos estamos solos a nuestra manera, —dijo Nieves, sorprendida de decirlo en voz alta. Al día siguiente, en el grupo, Álvaro escribió: «Vecinos, haré obra hasta las 21:00. Si necesito quedarme más, aviso. La basura la bajo mañana». Alguien puso una reacción, otros no comentaron. Teresa sólo: «Veremos». Pero no hubo mayúsculas. Teresa fue al paseo con gesto de mármol. —¿Entonces? —dijo—. ¿Hablasteis? —Sí, —dijo Nieves—. Se ha comprometido. —¿Y ya? —esperaba corona de victoria a su método. —Y ya, —respondió Nieves—. No tenemos que ganar. Teresa resopló, pero siguió andando. Al cabo de un rato, sin mirar, murmuró: —Bueno, si vuelve el ruido, yo lo diré en el grupo. —Dilo, —aceptó Nieves—. Pero primero a él. Marta caminaba junto a Nieves y susurró de pronto: —Gracias por no hacer una caza. No habría aguantado eso también. Nieves tragó saliva, inspiró hondo, el aire frío le aclaró por dentro. Una semana después, Víctor dejó de venir. Nieves lo encontró junto a los buzones. —Se te echa de menos, —dijo ella. —La rodilla —contestó breve—. El médico me ha dicho que pare. —Vaya, —comentó ella. —Igual os veo desde casa. Abro la ventana cuando pasáis. Es un poco como estar ahí. Tenía algo de gracioso y de tierno a la vez. Por Reyes, la costumbre era fija para tres: Nieves, Marta y Sergio. Teresa iba y venía, a veces desaparecía días, antes de volver —como viendo si aquel extraño grupo seguía en pie—. Álvaro un par de veces salió a caminar, sobre todo si la obra le dejaba de los nervios; andaba callado, escuchando el crujir de la nieve, y se despedía el primero. El bloque no era perfecto. Las bolsas volvían a aparecer junto al tubo. Alguien seguía aparcando mal. En el chat a veces la tensión renacía. Pero Nieves sentía ahora que la casa tenía memoria de lo que podía ser distinto. Un día de enero, a las 7:14, bajó al portal. Sergio ya esperaba, abrochándose la chaqueta. La miró: —Buenos días, Nieves. —Buenos días, Sergio. Marta se acercó, bajando los escalones salados con cuidado. —Hola. La espalda hoy aguanta, —sonrió, como una pequeña victoria. Asomó Teresa, medio dormida, sin su característico sarro. —Voy con vosotros. Pero nada de hablar del grupo, —murmuró. —Trato hecho, —dijo Nieves. Caminaron. Los pasos se sumaron en un ritmo común, imperfecto pero firme. En la esquina, Sergio ayudó a Marta cuando resbaló, tan natural que nadie agradeció. Al regresar, Álvaro esperaba con su perro atado. Asintió. —Buenos días. Saldré más tarde, me toca trabajar. Pero… gracias por hablar en persona la otra vez. Nieves asintió. —Al final, todos vivimos aquí, —dijo. No sonaba a lema. Era un simple hecho, que por fin había dejado de ser motivo de guerra.