Llevamos cuarenta años viviendo bajo el mismo techo y ahora, con sesenta y tres años, ¿vas a cambiar todo de golpe?
María se encuentra sentada en su butaca favorita, mirando por la ventana mientras trata de dejar atrás los acontecimientos del día. Hace apenas unas horas preparaba la cena con su característico esmero, esperando a Ramón, que estaba de pesca. Él regresó sin peces, pero con las palabras que llevaba tiempo queriendo pronunciar y, hasta hoy, no se atrevía.
Quiero separarme y te pido que lo aceptes sin más, dijo Ramón, evitando la mirada de María. Las niñas ya son mayores, lo comprenderán; los nietos ni se enterarán. Podemos terminar esto sin discusiones.
Cuarenta años juntos y decides ahora cambiar de vida, responde María incrédula. Tengo derecho a saber qué planeas.
Tú te quedas en el piso de Madrid, yo me marcho a la casa de campo de Segovia, contestó Ramón, como si lo tuviera todo calculado. No hay nada que dividir, y al final, todo acabará en manos de nuestras hijas.
¿Cómo se llama ella? pregunta María resignada.
Ramón se ruboriza, se pone a recoger cosas con nerviosismo y finge no escuchar. La reacción no deja a María dudas sobre la existencia de otra mujer. Nunca había pensado que, a su edad, terminaría sola y que su marido se iría detrás de otra.
Ya se arreglará todo mamá, seguro que estarás bien, le decían después Rocío y Clara, sus hijas. No te preocupes por papá.
Ya nada va a cambiar, suspira María. Me conformaré con vivir lo que me queda y con vuestra felicidad.
Rocío y Clara fueron a la casa de campo para hablar con su padre. Volvieron a casa cabizbajas y decidieron no contarle a su madre todo. Cambiaron la forma de animarla, intentaron convencerla de que estar sola puede ser hasta una ventaja: menos preocupaciones. María comprendió el mensaje, pero prefirió no preguntar, esforzándose por seguir adelante. No era fácil: familiares y conocidos no dejaban de preguntar y de mostrarse curiosos.
Fíjate, tantos años juntos y al final tu marido se va con otra, murmuraban las vecinas poco discretas. ¿Es más joven que tú? ¿O tiene dinero?
María no sabe qué responder, aunque cada vez piensa más en la nueva pareja de Ramón y hasta desea verla. Decide ir a la casa de campo, con la excusa de buscar unas conservas hechas en verano. No avisa, esperando encontrarse cara a cara con la rival, y lo consigue.
Ramón, ¿me dijiste que tu ex vendría? protesta la dama extravagante de labios muy rojos. Creí que ya habíais resuelto todo y aquí no tenía que venir.
¿De verdad me has cambiado por esto? pregunta María, observando a la nueva compañera.
¿Vas a quedarte ahí permitiendo que esta me insulte? gritaba la mujer. Por cierto, soy solo unos años más joven que vosotros y parece que me conservo mucho mejor.
Si a su edad piensa que el maquillaje llamativo es lo más valioso…, dice María, buscando la mirada incómoda de Ramón.
Camino a la parada de autobús, escucha los gritos de la llamativa y entrada en años amante de Ramón e intenta no llorar. Solo en casa da rienda suelta a sus sentimientos y llama a su hermana, pidiéndole que venga.
Anda, cálmate, le prepara un té de hierbabuena Nina. Dices que la nueva no es guapa ni lista.
¿Y si tiene razón y parezco una vieja? duda María.
Estás muy bien para tu edad, asegura sinceramente Nina. Pero no me parece digno que a los setenta te pongas un pantalón de leopardo o minifalda. La mujer es bella a cualquier edad si sabe comportarse y vestirse según sus años.
María se contempla en el espejo y va asumiendo que su hermana sabe de lo que habla. Sigue estando sana, y sus hijas siempre le regalan buena ropa y cosméticos. Nunca ha sido vulgar, ni ha querido parecer una cacatúa, así que no entiende ese comportamiento tan impertinente.
Pues mira, sigue Nina. Ahora que eres libre, disfruta: las hijas son independientes, te sobran oportunidades para salir, aprender y divertirte. No voy a dejar que te rindas.
Nina cumple su promesa y arrastra a María por teatros, paseos y conciertos. Pronto se forma un grupo de amigos de su edad. Incluso aparece un señor que intenta cortejar a María, pero ella lo frena enseguida y rechaza encuentros privados.
Dicen que ahora sales mucho, que tienes amigos nuevos; ¿vas a casarte otra vez? pregunta Ramón, al encontrársela por casualidad en el mercado.
¿Qué haces aquí tan lejos de tu casa de campo? ¿No hay tiendas más cerca? ¿O es que tu dama no cocina? indaga María.
Siempre venía aquí, estoy acostumbrado, y a nuestra edad se cambian mal las costumbres, refunfuña Ramón.
María no entra en el tema y, fingiendo tener prisa, se va a casa. Ramón en ese momento siente la necesidad de ir detrás y decirle cuánto se arrepiente de haberla dejado. Siempre fue un hombre de familia, pero se dejó arrastrar por la vida animada de Teresa, y todo cambió.
Al principio la vida con Teresa le pareció emocionante; después, vio que no le gustaba encargarse de las tareas domésticas y prefería cotillear, rodearse de hombres, hacer ruido y vivir de fiesta.
Últimamente Ramón solo quiere volver al hogar y el deseo se hace más fuerte tras ver a María. Ella nunca armó escándalos, ni reproches, solo sobrevivía con dignidad y tranquilidad. Ramón no había imaginado cuánto echaría de menos esa paz y ese calor de hogar que solo tuvo con María.
Otra vez has comprado orejones, yo quería ciruelas pasas, se enfada Teresa viendo la compra. El queso tampoco tiene la grasa que me gusta y te has olvidado la mahonesa.
Antes compraba María, o los dos juntos, y ahora tú lo dejas todo en mis manos, responde Ramón.
Ya basta de compararme con tu exmujer, vocifera Teresa. ¿Prefieres que te diga que lamento que la dejaras por mí?
Ramón sí lo lamenta, aunque sabe que decírselo no sirve de nada. María no ha hecho nada para que él la eche de menos, solo ha seguido siendo ella misma, y Ramón ahora desespera por el perdón.
Pero sabe bien que María nunca volverá a confiar ni le aceptaría de vuelta. Piensa en llamarla, tras una discusión con Teresa incluso se planta ante la puerta de su antiguo piso.
¿Necesitas recoger algo? pregunta María, sin dejarle pasar del umbral.
Querría hablar contigo, ¿tienes un momento? balbucea Ramón, oliendo el aroma a tarta de ciruelas que tanto le gusta.
No tengo tiempo, ni ganas, ni posibilidad, contesta María con calma. Recoge lo que quieras y vete, que espero visita.
No hay nada que recoger; hay mucho que decir, pero no encuentra palabras. Regresa a la casa de campo, se mete en la cocina para prepararse la cena porque Teresa otra vez está por el pueblo. Cuando ella vuelve, ya algo achispada, Ramón comprende finalmente y le da tiempo para recoger sus cosas.
Tras la bronca, a punto está de llamar a María, pero desiste y se calma. Ramón conoce demasiado bien a su exmujer para saber que no hay vuelta atrás, ni olvido posible.
Quizá algún día, con el tiempo, logre acercarse y pedirle disculpas: necesita hacerlo para encontrar paz. Sabe, sin embargo, que aunque María pueda perdonarle, nunca reincidiría en una relación, y eso lo sabía incluso cuando comenzó con Teresa.
Ahora, él sobrevive en la casa de campo; María vive su vida en Madrid, rodeada de hijas, nietos y salidas culturales. El exmarido ya no tiene hueco en ese nuevo capítulo.







